El pibe se revolcó por el suelo y pudo escabullirse. Apenas se alejó unos metros hubo que calmarlo porque empezó a putear a la policía hasta en sánscrito.

EL TIEMPO QUE VIVIREMOS EN PELIGRO

Por Victor Ego Ducrot

La cana blindada con cascos, chalecos y garrotes se relamía. No podía ser de otra forma; ahora los federales y sin duda los provinciales de todo el país están al acecho, intuyen que entraron en tiempos con licencia para matar.

Por Víctor Ego Ducrot
Tiempo Argentino.
Agepeba
19 de Diciembre de 2015

Desde la Plaza llegaban no muy nítidas las voces de los oradores.

Se veían las banderas de casi siempre.

Podría decirse que por allí se había reunido una multitud, aunque no tanto; cuánto mejor hubiesen sido muchos más, pero por algo se empieza.

No llegué hasta el acto mismo contra el plumazo de mierda que Macri pretende darle a la llamada Ley de Medios, la que tanto costó y la que tanto ha venido sufriendo desde bastante antes de la llegada de la banda de empresarios, ejecutivos y técnicos de la UCA y compañía devenidos en patronos del Estado, porque, admitámoslo, en los últimos tiempos parecía que desde dentro del propio gobierno kirchnerista, y contra Cristina, algunos ya querían convertirla al menos en letra renga; sí aunque ahora se hagan los distraídos con el rasgado ruidoso de sus vestiduras.

No entré a la Plaza del Congreso, me quedé boyando, entre el espanto y el asco, sobre la calle Hipólito Yrigoyen, ahí al costado del palacio legislativo.

Bajo el dintel de una de las puertas, dos gorilas rubios con cabezas rapadas; parecían matones de la mafia rusa, de esos que muestran la películas de Hollywood, producción (in) cultural tan proclive a los clichés bobos; pero no, son custodios, personal de seguridad que dicen cuidar a nuestros senadores y diputados.

Al costado, una formación de la vieja Guardia de Infantería de la Federal; babeaban los hijos de puta, ya huelen sangre como los lobos hambrientos, pues un imaginario aunque no tanto oficial de mando, supongamos que un tal comisario Bermúdez, por ponerle nombre nomás, seguro les había dado el santo y seña: por fin pasó todo eso de los Derechos Humanos, volvimos a la normalidad.

Y volvieron.

Un pibe corpulento, quizás con algún vaso de cerveza de más encima, tuvo la inoportuna y por cierto impúdica idea de orinar contra el paredón del Congreso.

Fue suficiente para que tres de los lobos hambrientos le cayeran a palazos por las piernas.

El pibe se revolcó por el suelo y pudo escabullirse.

Apenas se alejó unos metros hubo que calmarlo porque empezó a putear a la policía hasta en sánscrito.

No era para menos.

La cana blindada con cascos, chalecos y garrotes se relamía.

No podía ser de otra forma; ahora los federales y sin duda los provinciales de todo el país están al acecho, intuyen que entraron en tiempos con licencia para matar.

Y así parece que será.

Pocos minutos después, mientras dos roperos enfundados en no muy finos trajes oscuros, bien taqueros de civil ellos, con los fierros al cinto y a la vista en forma ostensible; mientras esos indeseables, escribía, se pavoneaban sobre el asfalto de la calle Hipólito Yrigoyen, a pocos metros, casi sobre el paredón medio descascarado de algo que parece un playón de estacionamiento, otra vez los lobos a los palos rápidos contra un grupo de jóvenes que no molestaban a nadie.

Uno ya sabe que la práctica policial primero y la manipulación mediática después fueron los creadores de aquello de «tiene cara de fulano que te va a robar»; y todo dentro de su debida lógica, pues si algo necesita la lumpen burguesía argentina y sus lumpen políticos para aposentarse en los sillones de mando, es que la sociedad tenga miedo, que la sociedad sea higiénica, que los lobos salgan a matar al distinto, al de piel oscura, al que tiene cara de pobre.

Me alejé, Volví al barrio. Almagro.

Cierto que últimamente escenario de más robos y sobre todo arrebatos que lo habitual, pero tampoco para tanto.

No sé si habrá sido casualidad, pero hacía mucho que no se veía lo que vi: dos pibes rajaban a la carrera por la calle Salguero hacia la Avenida Córdoba, cuando en la esquina de Tucumán, de un auto civil y sin patente a la vista, bajaron dos tiras con pintas de rocanroleros, dos serpicos de baratija; pistolas sobre las cabezas, algunas patadas con saña una vez los detenidos estuvieron reducidos sobre la vereda, y arriba.

¿A dónde?

Así estamos; y apenas si paso una semana de la llegada de la ultraderecha predadora al gobierno.

Sí, así estamos.

Con pocas horas de diferencia respecto de lo que acabo de narrar en tanto testigo presencial de los hechos, en Mar del Plata, el nazismo criollo aceitaba sus armas.

Allí, Juan Martín Navarro sufrió una brutal golpiza a manos de un grupo vinculado al intendente macrista Carlos Arroyo.

Tras participar en una contundente marcha contra las agresiones a la comunidad gay, Claudia Vásquez Haro, docente de de la Facultad de Periodismo de la UNLP y dirigente de OTRANS (en defensa de los transexuales) dijo: «Este no es un caso aislado sino el resurgimiento de un sector neonazi que no podemos dejar de analizar en el contexto de un gobierno de derecha con Mauricio Macri a la cabeza.

En el caso de Mar del Plata las condiciones están dadas para la violencia porque allí gobierna el sector más neoconservador de esa derecha recalcitrante que siempre ha arremetido en contra de todos los avances conseguidos en materia de género.»

El pasado 8 de diciembre, Navarro –miembro de la Asociación Marplatense por los Derechos a la Igualdad (AMADI)– fue brutalmente agredido por integrantes del grupo neonazi liderado por Carlos Pampillón, del Foro Nacional Patriótico.

Le pegaron con caños de PCV con cemento embutido, al grito de «puto de mierda», le fracturaron el tabique nasal y le causaron contusiones en el cuerpo, por las que debió permanecer hospitalizado.

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada.

Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre.

Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas.

Tomado de «El niño proletario», de Osvaldo Lamborghini.

Como siempre, la literatura nos pone sobre aviso.

VED/

(*) Victor Ego Ducrot es doctor en Comunicación por la UNLP, profesor de esa Universidad y director de AgePeBA.