Es evidente que el kirchnerismo es, para algunos, la etapa superior del justicialismo.

LA RECONSTRUCCION

Por Norberto Colominas

Quiera el pueblo encarar una nueva etapa que supondrá, como todas las grandes gestas populares, desde la lucha triunfal de San Martín hasta el peronismo, una apuesta al valor, la determinación, la lucidez, en procura de una nuevo orden social, económico y, por ende, político.

NAC&POP
19/11/2015

Es evidente que el kirchnerismo es, para algunos, la etapa superior del justicialismo.

Si fuera así, ambos habrían llegado a su fin, históricamente hablando, por la derrota en la nación, y, tan importante como eso, por haber sido vencido en la provincia de Buenos Aires, eje y bastión de su poder electoral, por una diferencia de 400 mil votos.

En el futuro no se podrá hablar de culpas; todos los dirigentes la comparten, y el voto mayoritario la certifica.

No habrá mariscales de la derrota sino una fuerza social derrotada, y sus ideas desflecadas, expuestas una vez más, y definitivamente, en su paupérrima incapacidad para transformar la realidad de manera decisiva.

No alcanzaron para ello doce años; si hubiera continuidad de las mismas políticas tampoco alcanzaría medio siglo.

Está claro lo que está muriendo pero no está claro lo que está por nacer.

Es indudable que las sucesivas gestas del peronismo permanecerán en el ADN de lo nuevo, pero también la participación histórica de la izquierda en sus múltiples formas (armada o desarmada, vanguardista o gorila) y de las contribuciones de los distintos socialismos y del progresismo no peronista en general.

Hay una experiencia popular de lucha que no puede faltar cuando se analice la composición del nuevo movimiento, que incluye una porción no desdeñable de radicales.

El peronismo creó el sindicalismo moderno; el nuevo movimiento deberá refundarlo, desburocratizarlo, devolverlo a las calles, representar vigorosamente a su clase.

Esa es la base de lo nuevo.

El peronismo forjó tres conceptos fundadores: justicia social, soberanía política e independencia económica, tres banderas que deberán ser reformuladas para que su sentido transformador.

Y advertir que el capitalismo vernáculo (más que el imperialismo propiamente dicho) fue siempre el obstáculo insalvable para el peronismo, que nunca pudo ir más allá de esos estrechos límites de clase.

Si en el 45 Perón debió apelar al estado para llevar adelante sus políticas reparatorias, es porque no había –ni hay– una burguesía nacional que se hiciera cargo de su tarea histórica: el desarrollo.

El nuevo movimiento deberá aprender de los cambios profundos operados en la comunicación social y política, y utilizarlos con lucidez para difundir sus propuestas.

Lejos está la época de la radio que acompañó al primer peronismo.

Hoy mandan la TV, internet y las redes sociales.

Estricto sensu, ya no puede hablarse de la clase obrera en general sino de distintos estamentos dentro de ella, de menos a más calificados, que no piensan necesariamente lo mismo en política.

Por su parte la clase media está llena de sectores, a veces contrapuestos en sus ideales, que van de consolidarse como tal a dar un salto y confundirse con los que mandan.

Por el contrario, crisis tras crisis –como sabía Marx– el capitalismo se fue concentrando cada vez más, aquí y en todo el mundo.

Los concentrados cada vez son menos, aunque más poderosos que antes.

Ese es el enemigo principal, claro, pero no el único.

Ante aquel dato inexorable, Gramsci propuso la lucha por la hegemonía, el atajo más rápido para consolidar el poder de una nueva mayoría.

Quiera el pueblo encarar una nueva etapa que supondrá, como todas las grandes gestas populares, desde la lucha triunfal de San Martín hasta el peronismo, una apuesta al valor, la determinación, la lucidez, en procura de una nuevo orden social, económico y, por ende, político.