Homenaje a Enrique Santos Discépolo

“YO NO INVENTÉ A NÉSTOR Y A CRISTINA, MORDISQUITO”

Gerardo Abbruzzese

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Mordisquito, crecimos./Y los piratas no se tapan más un ojo./Ahora te tapan los dos a vos, para que no veas como te engañan./Mientras tanto el Pueblo, harto, empezó a buscar como dar vuelta la taba./Y los inventó a Néstor y a Cristina.


NAC&POP
10 de Agosto 2011

Bueno, mirá, Mordisquito, hoy, en el 2011, te lo digo de una vez, yo no inventé a los Kirchner.

Te lo digo de una vez, como hace más de 60 años Discepolín te decía que él no había inventado a Perón.

Si, si, antes que me lo recuerdes, te lo digo yo: Néstor no era Perón.

Y Cristina no es Evita.

¡Qué te parece! ¡Vaya comparación!

Pero ¿sabés que pasa, Mordisquito?

Como aquel gran narigón, autor de himnos como Cambalache, Uno, Yira Yira, y tantas otras páginas inolvidables, yo también quiero terminar con este derroche de buena voluntad que estoy poniendo en mi afán por liberarte de tanto macaneo, de tanto charlatán impune, de tanto gorila mediático, de tanto “medio pelo” resentido.

La verdad Mordisquito, yo no lo inventé a Néstor; ni a Cristina.

Ellos nacieron como una reacción a tantos gobiernos retrógrados y “neoliberales”.

Yo no lo inventé a Néstor, ni a Cristina, ni al Frente para la Victoria.

Los trajo, para defenderse, un Pueblo al que vos y los tuyos habían condenado a un irremediable destino de miseria y exclusión.

Nacieron de vos, por vos y para vos.

Esa es la verdad.

Yo no los inventé,

Los trajo esta lucha salvaje que siempre nos proponen vos y los tuyos, Mordisquito.

Los trajo el cansancio de tanta gente a la que vienen verdugueando hace más de 35 años.

Los trajo tu tremendo desprecio por los de abajo, por los laburantes.

Los trajo el dolor de haber sufrido la dictadura más cruel de la historia, que hizo desaparecer a miles de compañeros mientras vos, Mordisquito, paseabas por Punta del Este, Río de Janeiro y Miami, con la mágica fiebre del “déme dos”.

Y cuando pasó el miedo a la represión, llegó el hambre, la falta de trabajo, el Plan Austral, el Plan Primavera.

Y los laburantes siempre poniendo el lomo, mientras vos timbeabas con el dólar.

Y… ¿que nos quedó?

El Punto final y la Obediencia debida.

¿Y sabés que otra cosa los trajo?

Los trajo la traición de aquel riojano disfrazado de Facundo Quiroga; el que le vendió el P.J. a tus amigos, el que festejaba con Neustad y Grondona, diciendo “Je, je, je, si decía lo que iba a hacer no me votaba ninguno”.

Y se reían, Mordisquito.

Se reían.

Claro, no mataban peones ni trabajadores molestos, porque no hacía falta. Simplemente los dejaban sin trabajo.

¿Te acordás, Mordisquito?

Vos, mientras tanto, festejabas.

Y empezaste a viajar a Cancún, a Punta Cana; te mandaste un par de cruceros de lujo por el Caribe.

Un peso = un dólar, Mordisquito.

¿Te acordás de Cavallo y la convertibilidad?

¿Tengo que explicarte más?

¿Te tengo que hablar de las miles de empresitas familiares, y alguna más grande también, fundidas, cerrando sus puertas, dejando a todos los laburantes en la calle, porque “la onda” era importar?

Vos comías jamón crudo español y queso suizo, Mordisquito.

Pero el Pueblo, el que antes había vivido de un jornal o un sueldo, corría la coneja.

Si, yo sé que te fastidia que te lo recuerde.

Claro.

Pero vamos a terminar con el verso de una vez.

Porque, te repito: yo no los inventé ni a Néstor ni a Cristina.

Los trajo la injusticia, el desengaño del Pueblo por tanta mentira, por tanta traición.

Los trajo el vaciamiento del Estado que realizó el gobierno del turco Menem y su socio, el cabezón Duhalde, con Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía.

Y los trajo el regalo de las empresas públicas, de Aerolíneas, de Segba, de YPF, de Gas del Estado, de SOMISA.

¿Te acordás de Somisa, Mordisquito?

Ni los milicos se atrevieron a regalar así todas las empresas del Estado por papelitos de colores de la deuda externa, que se compraban a 30 en el mercado y el Estado te los tomaba a 100 para pagar las empresas que se privatizaban.

Papelitos de una deuda que, además, era casi toda trucha.

Claro.

Los milicos miraban el cuadro de San Martín en los cuarteles y sentían un poquito de vergüenza.

No podían olvidar que YPF nació por impulso de Mosconi que era general, y que Savio, que fue otro militar, es casi el padre del acero en Argentina.

Pero al turco no le importaba; él era “pragmático”.

Por eso te gustaba a vos, ¿no Mordisquito?

Con los verdes que entraban mantenía el 1 a 1 y vos y tus amigos pudieron conocer Europa.

¿Fuiste a Paris?

¿Y a Roma?

Claro, mientras tanto, por acá había muchos que no podían ni pagar el pasaje de colectivo para salir a ver si conseguían algún trabajo.

Y si; la memoria fastidia, claro.

Pero yo no inventé a Néstor y a Cristina.

Los inventó toda esa mugre, esa injusticia.

Esa postración de nuestro Pueblo.

Los inventó la falta de laburo, los inventó cada pibe que dejó de ir a la escuela.

Yo se que te da rabia que, como Discepolín, te lo repita muchas veces.

Pero lo que me da más rabia a mí es que no querés escucharlo.

Reconocé, de una vez, que a vos también te cagaron.

Reconocé que a tu primo, el investigador científico lo mandaban a lavar los platos.

Y que tu sobrino todavía sigue trabajando para el mismo patrón, figurando como monotributista después de 15 años.

Claro, así aprendieron a bajar costos. Flexibilización le llamaron, ¿no Mordisquito?

Sin pagar aportes jubilatorios, ni seguro de vida, ni A.R.T.

No lo sigas negando.

Reconocé que ese Pueblo, que se bancó 18 años con su partido político mayoritario proscripto, y que recuperó la alegría en el 73, después fue masacrado, física y económicamente.

Fueron muchos años Mordisquito.

Demasiada pobreza y demasiado sufrimiento.

Como dijo una vez el Diego, a ese Pueblo le cortaron las piernas. Mordisquito.

Porque a un tipo que toda su vida no hizo más que trabajar para dar de comer a su familia, dejarlo sin laburo es cortarle las piernas.

Es robarle la dignidad.

No me jodás más, Mordisquito.

No me digas que hay muchos que no quieren trabajar, que son vagos.

Probá vos.

Presentáte a un laburo y dejá como dirección una casilla en una villa.

En cualquiera.

En la ciudad de Buenos Aires o en la Provincia.

Y sentate a esperar que te llamen.

Mientras esperás, probá de leer las obras completas de Sócrates, esas que leyó tu amigo el turco.

Alguno de esos hombres que perdieron su trabajo, en el afán por ganarse un peso para que sus hijos coman se hizo cartonero.

¿Qué me vas a decir?

¿Qué el cartón y el plástico se pagan bien?

¿o como ese Mauricio, que es Macri, vas a decir que se roban la basura?

¿Alguna vez probaste salir a revolver la basura de otro para ganarte unos pesos?

¡Hacelo! Y tratá de llevar con vos a tus hijos.

Seguramente pensarás que los pibes se divierten.

Los tuyos, a lo mejor te lo agradecen.

Seguís sin entender. Mordisquito.

Te lo repito.

Yo no inventé ni a Néstor ni a Cristina.

El Pueblo, harto de vos y de los tuyos, los inventó.

Inventó a ese flaco con la cara curtida por el frío y el viento del sur y a esa mujer que se le plantaba al turco y a su banda en el Congreso.

Y el Pueblo les puso todas las fichas.

Y se las sigue poniendo, Mordisquito.

Vos, en tanto, seguís escuchando a los que Discepolín llamaba “pajarones”.

Esos pajarones que siempre tienen buena presencia, mucha prensa, hablan en difícil y vos, aunque no entiendas ni medio, repetís lo que dicen.

Compraste Mordisquito.

Compraste el cuento del “mercado” Mordisquito.

Compraste el cuento de los “multimedios”, el de las consultoras “especializadas” y los gurúes, como les llaman ahora.

Cuando éramos chicos leíamos cuentos de piratas que nos fascinaban.

Eran piratas buenos.

Siempre le robaban a los malos y repartían con los buenos y con los pobres.

Pero crecimos, Mordisquito, crecimos.

Y los piratas no se tapan más un ojo.

Ahora te tapan los dos a vos, para que no veas como te engañan.

Mientras tanto el Pueblo, harto, empezó a buscar como dar vuelta la taba.

Y los inventó a Néstor y a Cristina.

Y, como te dije antes, les puso todas las fichas.

Y, aunque ya no tengamos por acá a Néstor, el Pueblo sabe que anda por allá arriba con Perón y con Evita.

Y ese Pueblo sigue bancando a Cristina para que, todos con ella, recuperemos el país.

Fueron muchos años de saqueo y esto no se arregla en un par de años.

Hay que profundizar el modelo económico nacional.

Hay que profundizar la generación de puestos de trabajo de calidad.

Hay que profundizar la educación de calidad.

Hay que profundizar la justicia.

Hay que profundizar la dignidad.

No es poco.

Te dejo, Mordisquito.

Con tu conciencia.

Los Kirchner son tuyos.

Vos los trajiste.

Por tu inconducta, por tus abusos.

Por tu desprecio hacia el más débil.

A mi lo único que me resta es agradecerte, como diría Discepolín, por el bien enorme que sin querer le hiciste al país.

Y a nuestro Pueblo.

¡A mi tampoco me la podés contar más, Mordisquito!

Hasta otra vez.

Si, hasta otra vez.

-.-.-.-.-.-.-.-.-

Enrique Santos Discépolo nació con el siglo XX.

Fue el 27 de marzo de 1901, en ésta, su querida Buenos Aires, la ciudad que lleva su marca para siempre.

Porque Discepolín vivió como nadie la dolorosa realidad del sufrimiento y la pobreza, que interpretó y reflejó en cada canción.

Al igual que Homero Manzi y Cátulo Castillo, sus letras son verdaderos ensayos de filosofía, que reflejan el sufrimiento, el dolor, la rebeldía, de un Pueblo que nunca lo olvidará.

Alguna vez manifestó:

«Me di de corazón a un pueblo, porque los pueblos no engañan nunca y devuelven, como la tierra, un millón de flores por una semilla seca.

Y mi pueblo me ha devuelto exageradamente la ternura que le di, sin esperar su premio.

En el largo y penoso diálogo de mi vida, no he tenido más interlocutor que el pueblo.

Siempre estuve con él… afortunadamente con él”.

Una de las facetas fundamentales del universo de Enrique Santos Discépolo fue su comprometida militancia peronista.

Y uno de los factores que provocaron su depresión y un final divorciado de la elite intelectual fue, justamente, este aspecto esencial, amén de su propuesta poética vinculada al conflicto social.

Discépolo murió distanciado de varios viejos amigos y criticado por algunos pares, que le hicieron un vacío a raíz de su ideología.

Defendió con convicción, ironía y vehemencia lo que él entendía un enorme avance en el desarrollo político y social del pueblo argentino, el gobierno del General Perón.

La radio iba a ser el vehículo para difundir su ideario, en su famoso y fulminante micro-programa: «¿A mí me la vas a contar?».

Estas líneas son apenas un modestísimo pero sincero homenaje al querido Discepolín que, como Homero Manzi, no fue un «hombre de letras»…sino que hizo «letras para los hombres».

Sepan disculpar el atrevimiento.

El texto no intentó ser una imitación.

Es un sentido homenaje a un Grande de verdad.

¿Qué mejor que imaginar qué le diría hoy Discepolín a “Mordisquito”?

Seguramente él lo haría mucho mejor.

Pero el sentimiento sería el mismo.

Y después, sin ninguna duda, votaría a DANIEL SCIOLI-CARLOS ZANNINI
Gerardo Abbruzzese
Agosto 2011