Tenia 90 años y era ciudadana ilustre de la ciudad de Buenos Aires

«PEPA» NOIA, UNA DE LAS 14 MADRES QUE DIERON LA PRIMERA VUELTA A LA PLAZA

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Josefina «Pepa» Garcia moría a los 90 años en el 2015. “La recuerdo como una luchadora saliendo a la calle por mi hermana”, dijo Margarita, una de sus hijas

“PEPA” NOIA, UNA DE LAS 14 MADRES QUE DIERON LA PRIMERA VUELTA A LA PLAZA

Por Ana Soffietto*

Infojus

Josefina «Pepa» García moría a los 90 años.

“La recuerdo como una luchadora saliendo a la calle por mi hermana”, dijo a Infojus Noticias Margarita, una de sus hijas.

También la recordó su compañera de militancia Nora Cortiñas: “Era una flor que estaba siempre con una sonrisa, con un abrazo”.

Sus restos eran velados en la Legislatura porteña.

El 30 de abril de 1977 era sábado y Josefina «Pepa» García de Noia no había pegado un ojo en toda la noche.

Apenas terminó de almorzar salió corriendo, aunque sabía que todavía faltaba para la hora pactada.

La impaciencia le ganaba, pero también quería evitar dar muchas explicaciones sobre lo que luego se convertiría en un día histórico: la primera Marcha de las Madres de Plaza de Mayo.

Llegó primera y se fumó dos atados de cigarrillos para vencer la ansiedad de lo ignificaba ese día.

“Estábamos solo las palomas y yo”, recordaba siempre.

De ahí en más nunca quiso faltar a nada.

Todos los que la recuerdan insisten en que siempre, no importa qué, donde había que estar, ella estaba.

Incluso en sus últimos años, ya grande, no le preocupaba ni que lloviera ni hiciera frío: si le daba el cuerpo iba a la Plaza.

Nada era más importante para ella. Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Pepa falleció esa mañana y era velada en la Legislatura porteña.

“Era una flor que estaba siempre con una sonrisa, con una abrazo, con su pucho hasta los 90 años, bien femenina y bien madraza”, dijo a Infojus Noticias Nora Morales de Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

“Era muy firme, donde había una injusticia estaba ella.»

«Nunca dudó en apoyar a los movimientos que buscaban verdad y justicia, a los trabajadores y a los luchadores populares”, recordó.

La última vez que Pepa vio a su hija María de Lourdes Noia de Mezzadra fue el 12 de octubre de 1976.

Era martes y ella la esperó con unos bifes a la criolla en la casa de Castelar, donde vivía. Lourdes iría a comer y le dejaría al bebé que había tenido hace algunos meses con su marido, Enrique Mezzadra.

Por esos días, Pepa estaba cada vez más preocupada por la seguridad de su hija, aunque la apoyaba todo lo que podía desde su amor de madre.

Los días de Lourdes pasaban a velocidades intensas.

Buena alumna desde chica, sus ganas de hacer la empujaron a terminar la secundaria muy temprano.

Un año lo dio por completo libre y a los 16 ya cursaba en la Facultad de Psicología y militaba en la Federación Juvenil Comunista.

De ahí en más integró el PCR, las FAL y a principios de los 70, la Juventud Peronista.

Ya recibida, se puso un consultorio con otros compañeros y daba clases en la Universidad de Morón.

Era la tercera de cuatro hijos que Pepa tuvo con Juan Carlos Noia.

—Cuidate, nena, cuidate, por favor –le insistió aquel día, mirándola a los ojos.

Daniel, otro de sus hijos, había sido trasladado por trabajo a Australia y había invitado a sus hermanas a viajar con él.

El “no” de Lourdes fue inamovible.

Nunca más volvieron a verse y Pepa nunca más fue la misma.

“La recuerdo como una luchadora saliendo a la calle por mi hermana”, dijo a Infojus Noticias Margarita Noia, otra de sus hijas. 

“Es algo increíble porque era una señora que no tenía militancia y de repente demostró todo el amor que las Madres tienen por sus hijos, que es lo que los milicos no tuvieron en cuenta.»

«Una madre no tiene miedo cuando le tocan a su hijo”, recordó.

Poner el cuerpo

Pepa vio con sus propios ojos los rastros del secuestro.

Todo en la casa que su hija compartía en Constitución con su compañero estaba tirado. Lourdes estaba detenida en la ESMA, aunque eso recién lo sabría cuando liberaron a Enrique, el marido de la joven.

Como pudo y con lo poco que sabía, salió a preguntar por ella a cuanta persona se le cruzó por el camino.

Nunca más paró. “Fui a comisarías, iglesias, embajadas, despachos de las fuerzas armadas, Tribunales, pedí habeas corpus, y empecé a conocer a otras madres y compartir con ellas mis desesperación”, contaba Pepa cada vez que le preguntaban su historia.

“Pepa entendió políticamente cuál era el tablero y no era una mujer con formación, era una laburante, rasa”, la definió hoy Virginia Giannoni, autora del libro “Las viejas”.

“Era un gran sostén para las compañeras porque siempre sabías que estaba”, agregó.

Para Giannoni, lo que más entendía Pepa era la política como forma de vida y la importancia de poner el cuerpo cada segundo de su vida.

Desde la primera marcha, Pepa se acostumbró a llegar un rato antes, se sentaba y fumaba, charlaba con los que aparecían.

Y a la hora señalada, se levantaba, se acomodaba el pañuelo y marchaba.

“Las compañeras la van a sentir, era una presencia muy aglutinante, fuerte, con mucho empuje”, dijo hoy a esta agencia la autora.

Los que la conocieron reconocen su afecto y calidez.

Tenía una manera especial de relacionarse con los otros, siempre desde la alegría, el humor.

Pepa solía tomar a las personas de la mano como gesto de afecto.

«Fue muy buena compañera, muy consecuente, buscó la verdad y la justicia sin claudicaciones», destacó Cortiñas.

Enrique Arrosagaray, autor de su biografía, también la recordó así.

“Siempre tenía tiempo para charlar más allá de las dificultades de tiempos, de ganas o enfermedades.»

«Siempre dispuesta y de buen humor”.

Todavía se acuerda que cuando estaba terminando el libro, le pidió a Pepa hacer una sesión de fotos en la Plaza.

Mientras caminaban cerca de la Pirámide de Mayo, dos fotógrafas lanzaban flashes sin descanso.

“Pero las fotógrafas se tomaban todo el tiempo del mundo para cada foto y ella con una paciencia y una sonrisa en la cara.»

«Yo estaba más cansado que ella”, recordó hoy el escritor y periodista.

“Sus manos están sucias con sangre de nuestros hijos”

Para Pepa la búsqueda de su hija fue un gesto de amor que compartió con todas su compañeras de lo que más tarde se convirtió en Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Fue en el apoyo mutuo de cada una que construyeron su lucha.

El cariño y la solidaridad entre ellas, los cafés y los llantos, las manos que empujan y abrazan trazaron el camino conjunto de búsqueda de verdad.

“Azucena Villaflor armaba trampas inocentes para lograr que Pepa no gastara lo poco que podía pagar.

Se reunían diez a comer y entonces Azucena agarraba papel y lápiz y decía ‘gastamos tanto’ y no la contaba a Pepa.

Ella se encontraba de repente como que ya había pagado”, recordó Arrosagaray.

Pero además de la pobreza, para Pepa su constitución como luchadora también la llevó a cuestionarse como en su religión católica y las contradicciones que esa formación le generaba.

Ni aún eso la frenó.

Muchas veces recordó el día que en la puerta de Tribunales se cruzó con el vicario castrense Emilio Grasselli.

Lo miró y lo enfrentó, entonces él intento pararla.

—No me toque, sus manos están sucias con sangre de nuestros hijos – le dijo con furia.

“Para ella fue un acto importantísimo poder enfrentar a alguien de la Iglesia por toda la cultura que traía”, dijo a Infojus Noticias su hija Margarita.

Desde aquel 30 de abril que llegó dos horas antes a la Plaza de Mayo, hasta el último día, Pepa mantuvo su militancia y manera de vivir la vida.

“Puede ser mi última marcha”, se quejaba cuando alguien le pedía que no saliera a marchar porque hacía mucho frío o porque llovía.

Lo hizo hasta que el cuerpo no le dio más.

Con sus noventa años, mientras vivió con su hija Margarita se levantó siempre antes que ella para dejarle preparado un jugo de naranja.

En su último cumpleaños, sus compañeras fueron a visitarla.

Le llevaron una torta y le cantaron el feliz cumple años.

Ella estaba contenta: había logrado que una de las mujeres que trabajaban en la casa para adultos mayores donde vivía le convidara un cigarrillo.

AS/RA