Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero.

FRANCISCO: NUESTRA FE ES REVOLUCIONARIA

OETEC

Francisco:-La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos. La segunda es unir nuestros Pueblos en la paz y la justicia y la tercera, es defender la Madre Tierra. 

“Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero”.

FRANCISCO: “NUESTRA FE ES REVOLUCIONARIA”

Francisco:-La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos. La segunda es unir nuestros Pueblos en la paz y la justicia y la tercera, es defender la Madre Tierra.   

OETEC

10 jul

Quisiera, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos:

Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero.

Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir.

Esa economía mata.

Esa economía excluye.

Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común.

 Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos.

Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un decoroso sustento.

 Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a las tres T por las que ustedes luchan.

Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad prosperidad sin exceptuar bien alguno.

Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años.

 Jesús dice en el evangelio que aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua cuando tiene sed será acogido en el reino de los cielos.

Esto implica las tres T pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.

Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad.

 Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social.

Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: vivir bien.

Que no es lo mismo que ver pasar la vida.

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía.

Es una perspectiva extremadamente realista.

Podemos lograrlo.

Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de todos los hombres y de todo el hombre.

El problema, en cambio, es otro.

Existe un sistema con otros objetivos.

Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la productividad, sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales.

Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús.

Contra la Buena Noticia que trajo Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía.

Es un deber moral.

Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento.

Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece.

El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia.

Es una realidad anterior a la propiedad privada.

La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos.

Y estas necesidades no se limitan al consumo.

No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola.

Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales.

Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Y en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando.

Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica y vi que algunos están aquí.

Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican.

¡Y qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria.

Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo.

Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de las tres T se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea, eran 3, es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino.

Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia.

No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil.

Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados.

Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos, particularmente el derecho a la independencia (1).

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos.

Los gobiernos de la región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la Patria Grande.

Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad.

Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la Patria Grande y otras latitudes del planeta.

El nuevo colonialismo adopta diversa fachadas.

A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados de libres comercio y la imposición de medidas de austeridad que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres.

Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones.

 Hasta aquí la cita.

 En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo -graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada- vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

 

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo.

Es el colonialismo ideológico.

Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco.

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional.  

Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales.

Hasta el crimen y la violencia se han globalizado.

Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común.

Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia.

 Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros.

El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral.

Y eso, hermanos, es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo.

Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas.

Felices los que trabajan por la paz.

Y aquí quiero detenerme en un tema importante.

Porque alguno podrá decir, con derecho, que cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia.

Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios.

Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo.

Al igual que San Juan Pablo II pido que la Iglesia y cito lo que dijo él: se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos.

Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

Y junto a este pedido de perdón y para ser justos también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz.

Hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón y por eso pido perdón, pero allí también donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres de esos pueblos originarios.

También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz.

No me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente van a los barrios pobres llevando un mensaje de paz y dignidad, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.

La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica

Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero.

Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús.

Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que estamos viviendo, hay una especie de -fuerzo la palabra- genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme transmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas la pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad.                    

Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3. 3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.    

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente.

La cobardía en su defensa es un pecado grave.

Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante.

Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo.

No se puede permitir que ciertos intereses -que son globales pero no universales- se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación.

Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizarse, a exigir -pacífica pero tenazmente- la adopción urgente de medidas apropiadas.

Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra.

Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato que creo que les será dada al finalizar.

Tengo dos páginas y media en esta cita, pero como resumen basta.

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites.

Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio.

Los acompaño.

Y cada uno digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez.

Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra.

Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, y una cosa importante la esperanza que no defrauda, gracias.

Y, por favor, les pido que recen por mí.

Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto, les pido que me piense bien y me mande buena onda.

(1)   Pontificio Consejo "Justicia y Paz", Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.

 

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Nota https://www.oetec.org/nota.php?id=1289&area=21