Aquí hacen falta unos cuantos Rambo, disparó Piazzolla.

BORGES, BRIANTE Y ESA TENTACIÓN

Luis Soto

briante_miguel-150-m.jpg
El 19 de mayo Miguel cumpliría 71 años, decidimos regalarle una insolencia, no usada, a estrenar, esta insolencia que lo nombra.

“Aquí hacen falta unos cuantos Rambo”, disparó Piazzolla.

BORGES, BRIANTE Y ESA TENTACIÓN
briante-borges410-m.jpg 

El 19 de mayo Miguel cumpliría 71 años, decidimos regalarle una insolencia, no usada, a estrenar, esta insolencia que lo nombra.

Por Luis Soto

Telam

NAC&POP

15/05/2015

“Al llegar a la librería literalmente se nos cayeron las mandíbulas.

En la vitrina estaba Borges firmando su nuevo libro para el público ordenado en fila.

´Acompañame, tengo que hablarle´, me dijo Miguel preso de una compulsión.

 

Sin respetar la atildada fila estuvimos en un santiamén al lado del maestro y Briante dixit: ´Borges, soy Miguel Briante.

Déjeme contarle que soy escritor y hace años me fui a Francia más que nada para ver si podía crear algo lejos de su influencia.

Prácticamente huyendo de usted.

Y ahora que vengo, recién llegando, es usted mismo la primera persona que encuentro´

 

Borges se acarició una ceja y repuso: ´no es extraño, en Buenos Aires somos sólo tres o cuatro”.

 

Este es el final de una columna de “Página 12”, firmada por Antonio Skármeta con el título de “Recordando a Briante, a 20 años de su muerte”.

 

Cuenta Skármeta que de regreso de Francia, viaje imprevistamente compartido con Miguel, éste lo llevó a la citada librería y se produjo el encuentro.

 

El texto de la columna alienta lecturas surtidas.

 

Una de las tentaciones que acechan a escritores y periodistas es armar la narración de un episodio y

aparecer como testigo presencial.

 

Se trata, claro, de narrar desde adentro de la escena, en la que puede intervenir alguien famoso.

 

No es fácil renunciar a esa posición de privilegio que tiende a valorizar el texto.

 

Si el protagonista, ignoto o famoso, ha muerto, también es tentador alterar una frase o un diálogo.

 

Nada de fondo.

 

¿O sí?

 

De todas formas no habrá quien desmienta al narrador.

 

Con frecuencia ocurre que por sorprendentes o mal copiados, palabras y conceptos que se atribuyen al protagonista del episodio o de una entrevista son poco creíbles.

 

En una ocasión, década del 80, le hicimos un reportaje a Astor Piazzolla, que entonces vivía en Roma.

 

El autor de “Tango del ángel” que en sus declaraciones no solía tocar temas políticos, dudaba en decidir su regreso a Buenos Aires por la inseguridad que decía palpar en la calle.

 

“Aquí hacen falta unos cuantos Rambo”, disparó Astor.

 

Alarmados por la catadura del personaje que a su juicio contribuiría a proteger nuestra calidad de vida, preguntamos si proponía importar un Rambo estilo yanqui, o acaso la ciudad ya contaba con un aspirante a encarnar al original marca Stallone.

 

“Está aquí, todos lo conocen – una pausa y el remate –. Es Kelly, Guillermo Patricio Kelly”.

 

Por admiración al músico excepcional hubiéramos preferido omitir la añoranza y el nombre del candidato elegido como justiciero ejemplar.

 

Se publicó la nota, sin que hubiera rectificación de Astor.

 

Sí recibimos reclamos que coincidían en una afirmación: Piazzolla no es fascista, nunca diría esa barbaridad.

 

“¿A vos te lo dijo?”, quiso saber Arturo Penón, bandoneonista de la orquesta Osvaldo Pugliese.

 

“Sí”.

 

Confesamos haber cedido a esa tentación al escribir, entre otros, sobre tipos tan disímiles como Boris Vian y Leónidas Lamborghini.

 

A Vian apenas lo vimos una noche que tocó la trompeta – realmente sin mérito –, en un boliche de la rue Benoit de Paris, pero habíamos leído novelas y poemas.

 

En una audición radial caímos con bastante dignidad en la glosa de un diálogo con Boris sobre el canto al soldado que proclama ante el presidente de la nación su negativa a empuñar un arma para combatir “por la patria”.

 

Con Lamborghini, en cambio, vivimos en una misma casa, en Belgrano R, durante los meses de 1976 previos a su exilio en Méjico, y ya de nuevo aquí compartimos momentos de su amistad con Briante (reaparece Miguel, y volverá).

 

En un relato rescatamos su asistencia, en la iglesia de San Patricio, a la misa dedicada a honrar la memoria de los sacerdotes palotinos asesinados por la Triple A.

 

En esos días, para escándalo del vecindario – él, que andaba con las patas todavía mojadas en la fuente, fue acusado de provocador –, Lambor caminaba desafiante con una camiseta musculosa por el exclusivo

barrio porteño.

 

Y sí, habremos tirado alguna frase convencidos de que no se hubiera sentido incómoda por haber saltado al mundo debajo del poblado bigotón de Lamborghini.

 

Sin amenguar el respeto postal y literario que se ha granjeado Skármeta, nos sonó desafinado el diálogo en la librería.

 

Sentimos que era el decir de otros hombres, que Borges no hablaba como Borges, que Briante no decía cosas de Briante.

 

El mismo Skármeta sugiere arrimarse al ruedo sin pruritos cuando dice: “que estos cariñosos recuerdos ayuden a matizar o a completar la imagen de Briante de otros que sin duda lo conocieron mejor que yo”.

 

Recogimos el guante.

 

Como el 19 de mayo Miguel cumpliría 71 años, decidimos regalarle una insolencia, no usada, a estrenar, esta insolencia que lo nombra.

 

El primer paso, arranque prudente, era consultar a voces autorizadas que mediaran en el entuerto.

 

Héctor Viel Temperley, el poeta de “Hospital Británico”, íntimo amigo de Briante, fue terminante. “Se me ocurre que si en efecto hubiera dicho ´soy Miguel Briante´, ahí se habría plantado, para un tipo como él esa presentación era suficiente.

 

A esperar lo que dijera el otro y como era su estilo, pelear de contragolpe.

Miguel nunca huyó de Borges.

Temprano se largó a reelaborar la escritura borgeana y se sacó de encima la herencia”.

 

El siguiente llamado fue dirigido, naturalmente, a Bioy Casares, pero una criada informó que había ido a jugar al tenis.

 

En su reemplazo recurrimos al testimonio de Manuel Peyrou, narrador muy próximo a Borges y Bioy, a los que invitaba una vez por semana a cenar en el comedor del diario “La Prensa”.

 

 “Borges no usaba, ni sentía el ´somos´.

 

Siempre evitaba referirse a su obra y si lo hacía, le bastaba un soplo de humor para desacralizar valores y elogios. Se hubiera burlado de que el poder de ´su influencia´ llevara a un escritor a irse a Paris.

Y eso de: ´en Buenos Aires somos sólo tres o cuatro´, me resulta inconcebible.

 

Confieso que he llegado a plantearme si muy entre las sábanas de una cama de una plaza, Borges no pensaría, por qué no, y con razón: -sólo soy yo. Pero su sentido del pudor y su timidez jamás le habrían permitido decirlo”, sostuvo Peyrou.

 

Briante impulsó en “Confirmado” – fuimos compañeros de redacción en esa revista y en “Tiempo Argentino” (1982-1986) – los reportajes insolentes.

 

Sin perder en el camino ni una miga de su enorme talento, nunca dejó de cultivar el espíritu de esos reportajes.  

 

Lástima el absurdo final cayendo de una escalera de su casa.

 

Hay una fantasía que no nos abandona.

 

Quizás el accidente se haya debido a su obstinación por ser él quien tripulara el último modelo de hamaca voladora, precisamente en la prueba decisiva, cabo General Belgrano en lugar de cabo Kennedy, para que se aprobara la libre circulación de su nave espacial.

 

El 19 de mayo Miguel cumpliría 71 años, decidimos regalarle una insolencia, no usada, a estrenar, esta insolencia que lo nombra.

 

Cuesta imaginarlo cargando 71 tradicionales.

 

Aunque la foto es secundaria, el ojo que parece equipado con laser no cesa de copar toda situación.

 

Y sigue ardiendo con llama azul su talento, ruidoso en la charla, elegante y certero con la palabra escrita y el dedo de Arispe.

 

LS/