Ese es el asesino Ulloa, gobernó Salta en la dictadura.

ULLOA / SALTA/ENCUENTRO CON EL ESPANTO

Jorge Zuviría

roberto-augusto-ulloa-150-m.jpg
Se probó también que Ulloa decretó el mismo la cesantía de un docente salteño que días después fue secuestrado y permanece desaparecido.

ULLOA / SALTA/ENCUENTRO CON EL ESPANTO

 

Por Jorge Zuviría

NAC&POP

14/06/2015

La tarde del pasado sábado 13 transcurría apacible en la mesa.

 

Pese al frío a la hora de la merienda algunos parroquianos estiraban su  sobremesa en los jardines del  bar-restaurante de la planta baja de la Biblioteca Nacional.

 

Compartía un  cortado con cinco  compañeros entrados todos nosotros en años ensayando hipótesis sobre el futuro, discutiendo opiniones respecto de  una malograda experiencia laboral y atentos sobretodo al relato de Quique y su reciente regreso de Berlín.

 

Ya corría la tercera botella de agua sin gas y el tercer café de cada uno.

 

Yo  daba mi espalda a la calle Agüero; de pronto el hombre pasó delante hacia la salida.

 

Canoso, hasta elegante con su saco de gamuza y pantalón al tono.

 

Fue verlo y no poder conmigo.

 

Lo reconocí y atiné a pararme y gritar, no sé si a él mismo o a quienes “ese es el asesino Ulloa, gobernó Salta en la dictadura”.

 

Todo se congeló.

 

Ese anciano y la mujer que lo acompañaba se escabulleron delicada pero rápidamente por la salida y encararon hacia Las Heras.

 

Me hice lugar entre las mesas y  afuera volví a gritarle entonces sí a él mismo, a ese hombre que me recordó a tantos hombres y mujeres que no están más.

 

Con mis manos a modo de cono le grité “hacete cargo, asesinaste gente, mataste gente en Salta, genocida, asesino, torturador”.

 

La mujer atinó a contestarme;  “loco” me dijo. 

 

Permanecí inmóvil por  millones de segundos y cuando el frío me volvió al cuerpo, solo en ese jardín tan solo, solo y presa de mucho muchísimo miedo no se a que, regresé a la mesa con mis amigos.

 

Una pareja en una mesa del jardín me estiró sus manos, me apretaron fuerte.

 

Ya adentro  dos señoras me preguntaron preocupadas por mi salud, como queriendo alivianar el golpe “pero…señor,  quizás no sea el asesino”.

 

Me apoyé sobre su mesa y les expliqué “vean señoras, ese hombre tuvo un hermano digno, a quien conocí.

Se llamaba Fernando y me contó que ambos hermanos se encontraron luego de años en casa de su madre, el capitán de navío para despedirse  porque asumiría en Salta y el hombre digno  para despedirse también de ella porque partía a su exilio”.

 

Uno de los mozos, viejo pícaro y con calle me abrazó.

 

Mis amigos me contuvieron, me rodearon de tan rara calidez como nunca había sentido.

 

Facundo, Daniel, Raúl, Bruno y Quique fueron de pronto columnas de la más dura  madera.

 

Llegué cerca de la noche a casa y busqué en internet.

 

Claro que de ese viejo se trata, tiene noventa y un años, está libre, todavía goza de su rango militar, todavía no hay condena, todavía afronta una causa por falso testimonio porque se probó que no pudo no conocer a cinco personas.

 

Se probó también que decretó el mismo la cesantía de un docente salteño que días después fue secuestrado y permanece desaparecido.

 

Entonces, tomé mucha agua, mucha agua y más agua.

 

Y luego la lloré, toda. 

 

Lloré mucho; no es justo, concluí.  

 

JZ/