Respuesta a una columna de opinión de La Nación.

A PROPOSITO DEL KIRCHNERISMO

Norberto Colominas

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Colominas:-Sin industria no hay clase obrera, sin clase obrera no hay peronismo, era la frase favorita que Martínez de Hoz repetía ante sus secretarios.

A PROPOSITO DEL KIRCHNERISMO

 

Por Norberto Colominas

NAC&POP

07/06/2015

(Respuesta a una columna de opinión de “La Nación”).

 

El autor de esa nota sostiene que el kirchnerismo es, más que un programa de gobierno, un acto de fe, y por ende está más cerca de la religión que de la política; del fundamentalismo que dé la razón.

 

Bonita manera de identificar con la barbarie lo que molesta a los prohombres de la civilización, es decir a los demócratas que apoyaron golpes de estado, a los defensores de la libertad solamente para los de su clase y de la justicia en defensa propia; en fin, a los hombres de pro, con minúscula y mayúscula.

 

XX (no importa de quién se trata; estos son escribas intercambiables) escribe su artículo como si antes de Néstor y Cristina Kirchner hubieran gobernado los ángeles, dos de cuyos últimos representantes son el prócer yubio de La Yioja y el prófugo del helicóptero.

 

Como si en el siglo 20 no hubiera habido seis golpes de estado y entre ellos una dictadura asesina que provocó 30 mil muertos y centenares de miles de presos y exiliados.

 

Estos ocho gobiernos fundieron varias veces al país, lo subdesarrollaron, mataron, torturaron la carne y la vida, encarcelaron la esperanza.

 

¿A cuál de estos ocho gobiernos se opusieron el establishment, La Nación, Clarín o sus columnistas?

 

La mayoría de ellos sólo se opuso a una sola “dictadura”: la de Perón.

 

El gesto fundador del kirchnerismo, que fue mandar que se retire de la pared el retrato de Videla, fotografiado con uniforme y banda de presidente, es visto por el articulista como un acto de revancha, una condensación del odio en estado puro.

 

Y trascartón sostiene que los militantes y los seguidores del kirchnerismo no ejercen una opción política consciente sino que siguen al becerro de oro agitado por el populismo, que, como se sabe, es la madre de todos los males.

 

Es difícil ser más gorila.

 

Pero nada dice del crecimiento económico del país desde 2003, el más importante y prolongado que haya conocido la Argentina (lo que ya justificaría ampliamente al gobierno de Néstor y a los dos de Cristina), ni de la distribución de la riqueza que promovieron, ni de las numerosas leyes sociales que trajeron justicia y oportunidades, reconocimientos y reparaciones.

 

Aunque, bien mirado: ¿qué ganó el establishment con todo eso?

 

Nada, salvo que siguieron ganando dinero como antes, como siempre (un hecho indudable que XX oculta).

 

Sólo perdieron el gobierno, y con él una parte de su enorme poder de decisión.

 

Los gobiernos kirchneristas tienen luces y sombras, es verdad.

 

Algunas de las primeras ya las mencionamos; entre las segundas figuran la manipulación del Indec, quizá la política minera, y seguramente los beneficios que recibieron algunos amigos del poder.

 

Si hiciéramos la lista, no ya de las sombras sino de los horrores del pasado, no podríamos terminar de escribirla este año ni nos alcanzarían 10 mil páginas…

 

Ya mencionamos las más repugnantes.

 

Recordemos, de todos modos, la venta del patrimonio nacional y la convertibilidad durante el menemato y el interinato de la Rúa.

 

La nacionalización de la deuda externa privada (Cavallo, 1982) y, sobre todo, la destrucción de la industria nacional, deliberadamente provocada durante el período más atroz que soportó la Argentina en toda su historia: el cuarto de siglo que va de 1976 a 2001.

 

Su inspiración fue transparente.

 

“Sin industria no hay clase obrera, sin clase obrera no hay peronismo”, era la frase favorita que Martínez de Hoz repetía ante sus secretarios.

 

Quienes apoyamos y apoyaremos a los gobiernos kirchneristas decimos que sin industria no hay nación, y que sin clase obrera no hay pueblo.

 

Esta creencia no es un acto de fe, es una afirmación política, y vale para el 45, para los 70, para el 2015 y para el 2050.

 

XX pretende convencernos de que la democracia es posible sin desarrollo económico, sin justicia social y sin soberanía política, y que lo más importante es la libertad de los individuos y el cuidado de “las instituciones”.

 

El problema es que la mayoría de los argentinos recordamos cómo nos fue a cada uno de nosotros (y también a la libertad y a las instituciones) cuando nos gobernaron generales sin nación, empresarios sin patria y políticos sin pueblo.

 

NC/