CULTURA, PUEBLO, EMANCIPACION, TRABAJO Y SOLIDARIDAD

LA CULTURA DEL TRABAJO Y LA SOLIDARIDAD, Y ALGO MÁS

Ernesto Jauretche

ernesto_jauretche-150-m.jpg
Ernesto:-La Cultura como tal conforma el carácter, la idiosincrasia, el buen o el mal humor, el modo de ser y de actuar de una determinada comunidad.

LA CULTURA DEL TRABAJO Y LA SOLIDARIDAD,

Y ALGO MÁS

Por Ernesto Jauretche

NAC&POP

30/01/2015

 

En el marco de la convocatoria a aportes ciudadanos al anteproyecto de Ley Federal de las Culturas, brindamos nuestra contribución como participantes del Foro de la ciudad de La Plata.

 

En esa ocasión, entre las propuestas elevadas al ministerio de Cultura, se sancionó la necesidad de incluir un ítem a los llamados núcleos temáticos de la Ley.

 

Se trata, nada menos, que la consideración necesaria de un principio básico, de carácter ideológico-político, de cualquier definición nacional y popular: la cultura del trabajo y la solidaridad.

 

Ello, en carácter de núcleo que con el número 22 se agrega a los 21 originalmente propuestos ya fue remitido, respondiendo al reclamo formal de Francisco Tete Romero, Director de Asuntos Académicos y Políticas Regionales del ministerio de Cultura de la Nación.

 

En esa misma adhesión a la idea formulada por el Ministerio que procura la construcción participativa de la Ley Federal de las Culturas queremos, además, hacer llegar de manera abierta y deliberativa una consideración crítica a los textos ofrecidos, y opiniones y propuestas que trascienden el aporte estricto sobre el ya consagrado punto 22.

CULTURA, PUEBLO, EMANCIPACION, TRABAJO Y SOLIDARIDAD

Definiciones

La cultura es una producción social.

 

Como tal, es una sustancia viva, en constante movimiento y eterna recreación.

 

Es un gran quantum integrador, por igual, de lo pequeño y de lo enorme; incluye cálculos e imaginerías, espiritualidad, costumbres y elaboraciones sólidas e incluye a las bellas artes, las tradiciones y, también, las estrategias de supervivencia.

 

La cultura, como tal, no se trasmite ni se comunica, no se propicia ni se inculca; no se puede acceder discrecionalmente a la cultura: se la habita; o no.

 

Conforma el carácter, la idiosincrasia, el buen o el mal humor, el modo de ser y de actuar de una determinada comunidad.

Hay una cultura de la vida y hay una cultura de la muerte.

 

Hay una cultura de la resolución pacífica de los conflictos y hay una cultura de la lógica amigo enemigo.

 

Hay una cultura ornamental, espectacular, inocua; distrae pero no perfecciona ni enseña: es funcional a los multimedia y los monopolios de la información al servicio del imperio.

 

Hay una cultura identitaria, afianzada en el pasado, y hay una cultura siempre en construcción en las artes contemporáneas, en el espíritu malvinero, en la cancha, el piquete, las consignas políticas, los cánticos de las muchedumbres, el arte mural urbano, el diseño gráfico, el circo, la murga, la gastronomía, los centros culturales en el territorio, los sindicatos, las unidades básicas, los comités, las organizaciones libres del pueblo, etc., etc. y en las variadas formas, gestos y creaciones simbólicas que residen en los hechos y universos de cada argentino, y de todos juntos en la vida cotidiana.

Hay, desde luego, innumerables subculturas.

 

Las habitualmente consideradas son las bellas artes, el teatro, la literatura, las producciones audiovisuales, la danza, la plástica.

 

Pero hay culturas de los jóvenes o de los ancianos, masculinas o femeninas, de la alimentación, de las prácticas médicas, de las migraciones, de las cárceles, del deporte, etc.

 

La creación de cultura es renovada y constante: todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega al pueblo, todo lo que escucha el pueblo.

Un pueblo, entendido como naturaleza histórica, celebrante del compromiso en el presente y portador de un horizonte utópico; como espíritu de la tierra en movimiento, como multitud organizada y conciente.

 

El pueblo al  que canta Homero Manzi:

“Nuestra pobre América conquistada, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta.

No podíamos intentar nada nuestro.

 

Todo estaba bien hecho.

 

Todo estaba insuperablemente terminado.

 

¿Para qué nuestra música?

 

¿Para qué nuestros Dioses?

 

¿Para qué nuestras telas?

 

¿Para qué nuestra ciencia?

 

¿Para qué nuestro vino?

 

Todo lo que cruzaba el mar era mejor, y cuando no teníamos salvación apareció lo popular para salvarnos.

 

Instinto de pueblo.

 

Creación de pueblo.

 

Tenacidad de pueblo.

 

Lo popular no comparó lo malo con lo bueno.

 

Hacía lo malo, y mientras lo hacía, creaba el gusto necesario para no rechazar la propia factura y, ciegamente, inconscientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo, y su repudio heroico a lo que venía desde lejos.

 

Mientras tanto lo antipopular, es decir, lo culto, es decir, lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.”

El pueblo no es un sujeto abstracto: se manifiesta sobre todo en las horas de definición política, el combate o la celebración de conquistas sociales y es el gestor de las revoluciones.

 

Emerge nítidamente como energía cultural, en actividades y actitudes que deben ser el objeto de la canalización oficial en proceso.

Estamos en el Ministerio de Cultura (no el ministerio de las culturas); hablamos de la Cultura Argentina (no de las culturas argentinas).

 

En una épica colisión dialéctica, hay una cultura colonial, de imitación, y una cultura propia, independiente y soberana; una cultura que surge de la idea de que los argentinos venimos de los barcos y otra que afirma que inventamos o erramos.

 

Lejos de cualquier giro chauvinista, una cultura nacional se nutre tanto de las producciones universales como de los modos de hacerlas propias.

La cuestión de nuestra Ley sobre una cultura federal, que en tiempos de Cristina debe ser nacional y popular, no es entonces un caso de productores y consumidores sino de poner en claro de qué cultura estamos hablando.

“Todo nuestro problema consiste en empezar a ver las cosas desde el ángulo de nuestra realidad, la individual y la colectiva. Los que tienen más afición por las alpargatas que por los libros, lo han hecho siempre así. Tal vez por eso son más inteligentes que nuestros intelectuales, que sólo expresarán la inteligencia cuando sea expresión de la propia realidad. Cuando con humildad de cabecitas negras, comprendan que ellos también son en el mundo cabecitas negras, y que el esfuerzo intelectual consiste en dar una cada vez más alta expresión del cabecita negra”. Arturo Jauretche

Para una cultura emancipadora existe una única clase de hombres y mujeres: los que trabajan.

 

Es justicia.

 

En las fábricas, los talleres, las oficinas, el campo, en todos los lugares de trabajo, allí se forja una cultura solidaria de resistencia a la opresión y la explotación del hombre por el hombre.

Una cultura del trabajo y la solidaridad forma hombres y mujeres libres e iguales.

El trabajo, en su amplitud de significación humana, entendido como concepto ético (no sólo económico), forma parte y se compenetra estrechamente con la vida: todo hombre es lo que hace.

 

Es producción y, por supuesto, es el origen del círculo virtuoso de una economía liberadora; sí, el trabajo, si no el pleno será el buen empleo, ayuda a crear una sociedad mejor: todo trabajador trabaja para él y para todos nosotros.

 

Pero el trabajo también es creación (y por tanto disfrute y bienestar), es la procura de la felicidad propia y la de quienes nos rodean, incluso de la protección del medio ambiente.

 

El trabajo, por fin, es la fuente de la libertad, tanto individual como del ser social que configura el ciudadano; es el fundamento de la dignidad humana. La acción de trabajar no es sólo lo que da a los objetos su valor; modifica y realza a quien lo realiza.

El trabajo socializa al hombre; sólo una visión muy restringida y productivista podría conducir a menospreciar los momentos de comunicación directa y amistosa que crea el trabajo.

 

Del sentido del esfuerzo y sufrimiento y de la condición social del trabajo surge una forma de cultura trascendental y propia: la cultura del trabajo.

El sindicato como emblema de la defensa conjunta y sumada de los intereses de clase (de las más amplias mayorías); la jubilación en tanto aporte voluntario de la generación presente para sostener a los viejos trabajadores; la confianza mutual, los beneficios sociales, la unidad y la organización, el compañerismo, el amor por el prójimo, forman parte del patrimonio cultural que los trabajadores argentinos hemos construido con sangre, sudor y lágrimas.

¿Entonces, porqué una cultura de la solidaridad?

 

El trabajo, actividad inteligente y libre de cada uno de los hombres y mujeres que hacen, cultivan, inventan o fabrican para comer y alimentar a su prole, se inscribe en el conjunto de funciones de la economía social y la organización estatal a través de las cuales una Nación se erige y se desarrolla.

 

El “mundo del trabajo”, la base misma de gran parte de los conflictos personales y sociales, con sus diversos componentes e intereses, metaboliza la diversidad de bienes, servicios y creaciones de los hombres y mujeres que trabajan, para devolverles salario, derechos, orgullo y honores.

Es nuestro Estado el que vela por atemperar las desigualdades y propende a la justicia social.

 

Y quien debe dictar los lineamientos de una Ley Federal de Cultura latinoamericana, nacional, popular y revolucionaria.

Tiene una base: en el trabajo y la solidaridad está en juego la condición humana.

 

EJ/