Un cuento de Solana Gonzalez desde el femenino

VESTIDO

Solana Gonzalez

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Mirando entre los vestidos como quien busca a la lealtad en unos volados, unos breteles o en unas flores moradas de gasa.

VESTIDO

Por Solana González

RNV/ NAC&POP

Enero 2015

 

Me lo dijo al oído como si pudiera soportarlo. Juan solía decirme cosas  y cada tanto  esas  cosas lograban conmoverme.

 

          Te busco a las seis y vamos. Estás segura?

 

Era una premisa simple, quizás una invitación, pero desde anoche estaba sin dormir.

 

Faltaba una hora y ya había sacado y vuelto a guardar todos los vestidos de mi placard.

 

Fumaba desnuda frente al espejo, convencida que así encontraría alguna respuesta.

 

La última vez que Juan me había invitado conocí a Rosa, una esmirriada traductora de inglés colombiana.

 

Se había pegado a mi vestido de flores  toda la noche, como si la gasa azul de los volados fuera un mismísimo radiador.

 

Pegada a mi cuerpo, sin embargo, no había dicho una sola palabra.

 

Me sonreía cada tanto como si de ese modo no lograra asustarse.

 

Juan le había invitado un trago y desde ese momento no tuvo ojos más que para él ni vestido más que el mío.

 

Juan como ajeno a la polilla seguía hablando de literatura y ella cada tanto murmuraba nombres de autores en inglés: Joyce, Keats, Stevenson. 

 

Todo mi esfuerzo por anularla era desoído por mi vestido de gasa azul y flores moradas.

 

          Hace cuanto estás aquí? – le preguntó Juan

          Tres días

          Hace poquito – le respondí  pero la polilla hizo caso omiso

 

No logré escuchar su chiste o lo que ella acababa de decir, solo me perdí en la sonora carcajada de Juan y en la pudorosa risa de ella que soplaba el bretel de mi vestido.

 

¿Cuánto más íbamos a estar ahí?

 

El tiempo empezaba a caer con la consistencia de una gota de aceite.

 

La noche giraba sobre temas intrascendentes y  salvo por la polilla, todos bailaban mientras agradecían el vientito que había comenzado a desfilar por la terraza.

 

No supe porque pero quise descalzarme y ese minúsculo gesto conmovió a Rosa que por un segundo dejó a Juan para mirar mis pies.

 

         Y eso que todavía no me saqué el vestido-  lo dije riendo.

          

         Como si el chiste lograra ocultar el nudo de mi estrategia.

          

         Si seguís así voy a desnudarme y vas a caer asfixiada polilla.

 

 Juan comenzó a reírse y Rosa dejó mis pies para volver a él

 

          Bailamos?

 

Lo que parecía una pregunta era en realidad un secuestro, lo tomé por la cintura y lo llevé lejos de Keats, Joyce y los demás ingleses de bolsillo.

 

A Juan le gustaba que le baile, me acercaba de a poco solo para que sienta el borde de mi vestido sobre su pantalón.

 

Cada vez que hacia eso él sonreía y comenzaba a mover los hombros como si el baile le sucediera en ese espacio del cuerpo.

 

Me alejaba y volvía, solo para morderle la oreja o invitarlo a coger.


Juan volvía a sonreír y yo me sentía feliz.

 

Alguien paro la música, el cumpleañero del que no sabía el nombre y  al que menos podía reconocer había decidido soplar las velitas. 

 

Nada más incómodo que un grupo de extraños y más aún cuando ese mismo grupo decide hacer alarde de su conocimiento en común.

 

          Vamos Pedro que no zafás de cumplir años

          Bravo Pedrito

          Alta fiesta cumpleañero

 

Todos se habían hermanado, vitoreaban hasta Juan decía algo que no lograba escuchar.

 

Desde una esquina la polilla miraba y apuraba el trago.

 

Sentí  en ese momento que mi ajenidad había logrado volverme visible como si sobre mi cabeza un cartel luminoso indicara que no sabía quién era Pedro y lo que era peor aún ni me importaba.

 

Consciente de mi incomodidad comencé a sonreír con la amabilidad como escudo.

 

Juan había tomado mi mano y se había acercado a la mesa con la torta.

 

          Torta simbólica Juan. No entraban todas las velitas?

 

De nuevo las carcajadas generales inclusive las de Juan.

 

¿De qué se reían?

 

El chiste era malísimo y común.

 

Nada más básico que escaparle a la muerte diciendo que las velitas no entran en la torta de cumpleaños.

 

Era un hecho, la torta era chiquita, tan así que parecía un alfajor sin embargo el que hayan dicho que era simbólica ocultaba su magnitud y todos cantaban a la vuelta como esperando su pedazo.

 

          Quién es Pedro?

          El de azul

 

Eso sí era un chiste, había al menos cuatro tipos de azul con la misma cara de feliz cumpleaños y  todos a la vuelta del alfajor.

 

No insistí, claramente Juan pensaba que yo podía reconocerlo.

 

          Gracias a todos por venir me han hecho muy feliz

 

Cuando lo dijo por azar me miro y  le sonreí desde mi escudo a la solidaridad de su festejo.

          Ahora quisiera que Rosa dijera unas palabras.

 

¿Rosa?

 

Pero ¿El cumpleaños no era de Pedro?

 

O yo me había perdido una parte de la historia, lo que para esa altura no era novedad, o la polilla tenía un as debajo de la manga para cuando la despegaran de los vestidos.

 

Todos comenzaron a vitorearla, aplaudían, gritaban su nombre.

 

Miré a Juan quería saber si se animaba a festejarla.

 

Para mi suerte no estaba gritando, para mi desgracia la miraba caminar mientras ella no dejaba de prender sus ojos a su barba.

 

-Por fin le vamos a escuchar el colombiano, no?   

 

Se lo dije mientras sentía que se  había desprendido de mi vestido y volado hasta mi odio.

 

– Por?

 

-Porque estuvo toda la noche murmurándote en inglés.

– No la escuché.

 

Era desatinado insistirle, posiblemente no la había escuchado y seguramente yo tampoco solo había sentido sus ojos y la tela de mi vestido

 

         Le agradezco a Pedro su amorosa estadía.

          

         Los esperamos en Colombia para su muestra.

          

         Y gracias a Juan por haberme ido a buscar al aeropuerto.

          

         Salut!

 

Cuando escuché Juan estaba mirando a Pedro tirarle besos de un modo infantil, como esos que se tiran en la despedida de las vacaciones a los abuelos.

 

Tarde un momento en reaccionar pero mis ojos  que eran  más rápidos que mi boca ya estaban en Juan.

 

El aplaudía, chiflaba, como lo hace cuando algo le gusta tan metido en la escena que preguntarle por el aeropuerto era toda una decisión.

 

Se trataba de dejarlo en el éter o hacerlo aterrizar.

 

Rosa comenzó  a circular entre la gente y a saludar como quinceañera de novela.

 

Juan hablaba con el recién conocido Pedro sobre las ventajas de exponer en Colombia.

 

Escuchaba sus palabras entrecortadas: hermano-  cumpleaños- Rosa. 

 

Mientras mis ojos comenzaban a seguir a la polilla con una inusitada ansia de naftalina.

 

    ¡Música carioca! – grito uno

 

La terraza se puso nuevamente a oscuras y todos comenzaron a bailar mientras un gordo repartía sombreros, silbatos y de esos choclos amarillos, que hacen indecorosamente de maracas.

 

Empecé a mover los pies cuando Juan comenzó a hacer lo mismo con sus hombros.

 

La música era claramente espantosa pero parecía no importarles.

 

Juan me tomó por lo cintura y yo también dejé de escuchar la música para comenzar  nuevamente a acercarme y alejarme, a morderle la oreja e invitarlo a coger.

 

          Voy por más vino

 

Alcancé a escucharlo, mientras ya caminaba hacia la mesa, entremedio de un brazo, un coro y unos dientes blancos exagerados.

 

El viento había cedido y el vestido comenzaba a pegarse a mis piernas como celofán.

 

Una pequeña luz, de esas  lucecitas del árbol  de navidad, iluminaba la mesa para dejar que sobrevivieran algunos vasos.

 

Lo mire a Juan, Rosa estaba hablándole mientras le ponía la mano sobre el hombro.

 

El vestido de gasa azul que hasta ese momento era un celofán  empujaba a mis piernas a caminar.

 

Pasé como un relámpago entre la oscuridad y el baile carioca.

 

Rosa había pasado de esmirriada a tener cuerpo, y toda esa operación había sido causa del hombro de Juan.

 

Una ráfaga se apoderó de mí, todavía no puedo explicarlo, pero en ese momento solo atiné a bajar el cierre de mi vestido.

 

Mientras lo miraba a Juan fijamente a como si una tanza saliera de mi cadera a sus ojos.

 

Rosa sacó la mano y dejó de sonreír.

 

Por primera vez no sabía qué hacer, como polilla sin vestido.

 

Juan comenzó a reírse. 

 

Me abrazo y le dijo que yo había tomado demasiado.

 

Saludo a todos de lejos y bajamos la escalera mientras me pellizcaba la cintura y me llamaba loca.

 

De eso había pasado un mes.

 

Ya eran los seis menos diez y yo seguía sentada desnuda frente al espejo. 

 

Mirando entre los vestidos como quien busca a la lealtad en unos volados, unos breteles o en unas flores moradas de gasa.

 

SG/

 

         Psicoanalista