La irreverencia con que lo trata Zamba le asegura más vida al revolucionario de Mayo.

BELGRANO CARNE Y PIEDRA

Por Javier Trimboli

Pienso cómo pudo con medio siglo de residencia terrena multiplicarse en tantas direcciones, en tantos empeños, en tantas proezas de la sangre y el corazón (Guillermo Korn )

BELGRANO CARNE Y PIEDRA

Por Javier Trimboli

Telam

Junio 2014

Casi del vacío al Monumento a la Bandera, el salto impresiona.

Si una vida no sólo ocurre mientras el corazón late, la de Belgrano fue siempre agitada y llena de obstáculos.

En 1873 la instalación del monumento ecuestre de Belgrano en la Plaza que todavía no era de Mayo produjo una movilización desbordante.

En 1898 se pone en Rosario, frente al Paraná, la piedra fundamental del que luego sería el de la Bandera.

Lo poco que se avanza, no tarda en desarmarse.

Con denuedo buscó Belgrano mantenerse al margen de las diferencias que enemistaron a los patriotas ni bien se produjo la Revolución de Mayo.

En agosto de 1810 acepta hacerse cargo del Ejército auxiliar al Paraguay, también “porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos –de la Primera Junta- que yo no podría atajar”.

“General improvisado por la Revolución” –escribirá Mitre-, parte con 200 hombres y la revolución al Paraguay.

A Saavedra y a Moreno les escribe cartas desde Bajada del Paraná, “Curusuquiatiá”, Candelaria y Tacuarí.

Expedición ardorosa en la que los “obstáculos de la misma Naturaleza se presentan casi tan desnudos de todo auxilio del Arte, como trescientos años atrás.”

Pero la guerra intestina finalmente lo alcanza.

En 1817 hace fusilar al caudillo de Santiago del Estero, Borges, obedeciendo al Congreso de Tucumán que degenera.

Luego sus tropas atacan a Estanislao López que lo había acompañado a Paraguay.

Lo que elude San Martín, enloda a Belgrano.

Expulsado de Tucumán y muy enfermo, Buenos Aires le paga con indiferencia.

Disuelto el poder central, tres gobernadores se dan codazos el día de la muerte de Belgrano y sólo el periódico del Padre Castañeda lo recuerda.

Dice Mitre, muy mal poeta, que son malos los versos que el fenomenal franciscano le dedica en su Despertador teofilantrópico místico político.

El 20 de junio es día de la Bandera y feriado desde 1938 por una ley que pretende contrarrestar el supuesto ultraje que la “insignia patria” había sufrido el 1 de mayo de 1936, uno de los actos más vigorosos de esa década que quería remozarse de la mano de un presidente radical y antiyrigoyenista.

Al amparo de Belgrano, busca legitimidad un gobierno que sólo expresa a las minorías dominantes.

Borrón y cuenta nueva.

En 1939 se convoca a concurso para que el Monumento a la Bandera al fin adquiera forma y realidad. 

Gana el proyecto “Invicta”, con nombres relevantes -Guido, Bustillo, Bigatti y Fioravanti-, sin embargo pronto se empantana.

Con holgura gana Perón en Rosario en 1946.

“Bastantes problemas tengo con los vivos, ¿me voy a meter también con los muertos?”

Cada tanto Perón se mete pero sobre el panteón mismo del liberalismo, quizás como reflejo de una identidad flamante que en su poder e ingenuidad cree no necesitar del pasado.

Aunque el día de la Industria pase a celebrarse el día de su asunción como secretario del Consulado virreinal, Belgrano no es en particular revisitado durante esos años.

¿Desconfió Perón de la enormidad fría de ese monumento inacabado?

No es para tanto.

En el segundo mandato se da el empujón para terminar la obra.

1955, antes de los bombardeos.

En el periódico De Frente, dirigido por John William Cooke, se hacen reportajes a Monumentos (Guillermo Korn).

Cuando es el turno del de la Plaza de Mayo, el cronista señala que Belgrano no genera polémicas.

“Pienso cómo pudo con medio siglo de residencia terrena multiplicarse en tantas direcciones, en tantos empeños, en tantas proezas de la sangre y el corazón.”

No fui yo, responde Belgrano, sino una generación –“el deber traducido en acto”- y la Historia se estremece cada vez que una aparece.

“En mi tiempo lo grande fueron las pasiones y los fervores. Y en medio de ese incendio mi corazón se apagó.”

El cronista: “Pero seguirá encendiendo otros corazones, General.”

Si por la relevancia que le otorga al pasado no es poco lo que el kirchnerismo innova, la atención que le dedica a Belgrano desentona incluso con el revisionismo más clásico.

La irreverencia con que lo trata Zamba le asegura más vida al revolucionario que murió el 20 de junio de 1820.

La inauguración se pauta para el 20 de junio de 1956, pero antes Belgrano y el caballo estuvieron a punto de caerse por los bombardeos sobre la Plaza.

Un muchacho que la noche del 16 de junio se escapa del Instituto de menores, le ensarta un poste para evitar que se venga abajo (Enrique Medina).

El alzamiento de Valle, el estado de sitio y los fusilamientos -en José León Suárez y en la Penitenciaría Nacional-, posponen un año la inauguración.

Entonces sí Aramburu y Rojas se montan al Monumento.

Dicen: “El espíritu de Mayo se convirtió en emblema para decir que nada es superior a la libertad.”

¿Qué podían significar estas palabras en boca de esos hombres?

Mistificaciones, distorsión, vacío.

El riesgo cierto de que la tradición caiga en manos de los tradicionalistas.

Helado el corazón de Belgrano ya no puede encender nada.

Lo que sigue es una sorda obstinación para impedir que Belgrano sucumba en esas manos.

El 20 de junio de 1969, el acto de Onganía en el Monumento es relámpago porque quienes venían de protagonizar el Rosariazo sienten que ese lugar les corresponde.

Belgrano y el Monumento como espacios de disputas de una nación.

También como suelo común. 

JT/