EL KIRCHNERISMO GERMINAL

Julia Rosemberg

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El primero de marzo de 2004 Néstor Kirchner llevaba 9 meses de gestión y daba por primera vez un discurso de inicio de sesiones en el Congreso.

Néstor Kirchner. Inicio de sesiones ordinarias 2004

EL KIRCHNERISMO GERMINAL

 

Por Julia Rosemberg

TELAM

28/02/2014

El primero de marzo de 2004 Néstor Kirchner llevaba 9 meses de gestión y daba por primera vez un discurso de inicio de sesiones en el Congreso.

 


Enérgico, el mensaje construye al mismo tiempo una dimensión de la crisis de la que se estaba saliendo, un reproche a las políticas que habían llevado a esa debacle y un conjunto de ideas fuertes que organizarán el futuro de su gobierno.

 

Volver a ese momento permite ver, en ese kirchnerismo temprano, los rasgos de una época que estaba por venir.

 

 

“Hay que destacar que no hay símbolos políticos” dice el cronista de canal 7, “esta es una fiesta de la democracia en absoluta normalidad".

 

Todos los que están allí han llegado de manera espontánea, “nadie los trajo”, remarca.

 

Parado desde la escalinata del Congreso se describe cuál es la situación en la plaza de enfrente.

 

La cámara enfoca y se llega a ver una pequeña multitud que se va a ir engrosando a medida que pasan los minutos, pero que nunca llegará a ser muy significativa.

 

No hay cantitos, sí muchas banderas, en su gran mayoría celestes y blancas.

 

Había sido un pedido.

 

Hay una, sin embargo, que llama la atención por sobre el resto.

 

Con letras grandes y en negro afirma: “Primero la patria”.

 

El clima es de expectación.

 

Marzo de 2004.

 

Como suele ocurrir, la llegada del presidente estuvo rodeada de gente que se agolpa y entonces empioja el protocolo.

 

En esos vaivenes, mientras Kirchner con la ventanilla baja saluda, se llega a leer en una bandera “La quita del 75% de la deuda externa privada es nuestra causa nacional”.

 

Finalmente, la transmisión nos trae una imagen clásica: el primer mandatario entrando al Congreso.

Saludos, abrazos, aplausos.

 

La imagen muestra a primera dama y senadora que se adelanta para ir hacia su banca; su marido se ha detenido en saludos.

 

Finalmente, el protocolo impone la firma del Libro de Honor del Congreso.

 

Kirchner rechaza el ofrecimiento de una lapicera para cumplir con el asunto.

 

Con cara de pícaro, tantea su saco y luego muestra orgulloso su birome Bic negra con tapita blanca.

 

Entonces, el discurso.

 

Fue un mensaje largo, leído.

 

El diario La Nación del día siguiente se asombra por la  sobriedad que allí se había transmitido, en contraste, marca, con la desprolijidad de la llegada hasta el recinto.

 


Visto desde hoy, ese discurso llama la atención porque aún no tiene los acentos a los que nos acostumbrará poco tiempo después.

 

Quizás, los  elementos más cercanos son el énfasis con el que marca el conflicto con el FMI y la fuerte crítica a la dirigencia política por las malas gestiones llevadas a cabo.

 


No hay nombres en esas invectivas, pero el tono es de reproche fuerte.

 

Kirchner habla de un país que en algún momento llegó a ser industrial, pero elige no mencionar a Perón.

 

La única referencia concreta de este discurso es a  su generación “que dio todo por un nuevo país, aún en el marco de su propio error”.

 

Desde allí elige enunciar.

 

Kirchner menciona una y otra vez que quiere un país normal y un capitalismo en serio.

 

Racionalidad, es la palabra que repite como un mantra.

 


Con el 2001 pisándole los talones. ¿Qué era “lo normal” hacia el 2004?

 

"Finalmente, el protocolo impone la firma del Libro de Honor del Congreso. Kirchner rechaza el ofrecimiento de una lapicera para cumplir con el asunto. Entonces, con cara de pícaro,  tantea su saco y luego muestra orgulloso su birome Bic negra con tapita blanca."

 

Reparación, infierno, nación, administración, tal vez estas palabras organicen el campo de los sentidos de este discurso.

 

Hacia el final, Kirchner deja su lectura y pide al pueblo que lo acompañe.
 

 

Se trata de un discurso, de un momento, todavía muy sobrevolado por “el infierno”, palabra que repiten otros políticos entrevistados y también los noteros.

 

Sobrevuela aun el espíritu decembrista del “que se vayan todos” y la primera tarea es reconstruir la confianza en la política.

 

En 2004, el kirchnerismo ya empezaba a ser el gobierno de la reparación, pero no sólo material.

 

Es mucho lo que hay que olvidar para atreverse a decir, como hacen algunos, que la herencia fundamental de los 90 es la de la “modernización tecnocrática”.

 

La unidad, la nación, son la obstinación de de Kirchner en ese momento porque el riesgo de la disolución había estado muy cerca.

 

Por eso el cierre de su discurso pidiendo que “la bandera nacional nos vuelva a cobijar a todos”.

 

La promesa, tal como lo había soñado su generación, ya no es la del cielo.

 

Ahora, se trata de reparar las fisuras, de volver a ser un colectivo.

 

Cuando Kirchner termina su discurso sale del Congreso y va hacia la plaza, que no está llena.

 

Va hacia allí, de todos modos, a enredarse entre los concurrentes por varios minutos, a pesar de la valla que los separa, sin rastros de la solemnidad que había mostrado en su discurso.

 

Rostros curtidos en su mayoría, golpeados, sin edad, provenientes de distintas zonas del conurbano, buscan de manera enérgica saludar al presidente.

 

Recién ahí, se escucha el primer cantito: “Argentina, Argentina”.

 

El infierno todavía está cerca. 

JR/