ZELMAR MICHELINI Y GUTIÉRREZ RUIZ ,URUGUAYOS ASESINADOS Y EL FIN DEL EXILIO PORTEÑO DE WILSON.

Horacio Terra

El 18 de mayo de 1976, a Horacio Terra lo despierta una llamada telefónica desde Buenos Aires con una terrible noticia. Zelmar y el Toba habían sido secuestrados

 

LOS AMIGOS URUGUAYOS ASESINADOS ZELMAR MICHELINI Y HÉCTOR GUTIÉRREZ RUIZ Y EL FIN DEL EXILIO PORTEÑO DE WILSON.

 

Por Horacio Terra

NAC&POP

 

Seguramente Wilson Ferreira Aldunate nunca pensó que su estadía en Argentina iba a ser tan prolongada. Y mucho menos que iba a terminar de manera tan trágica.

 

A la luz de lo que hoy se sabe de los crímenes y la coordinación represiva entre las dictaduras de Uruguay y Argentina, es difícil explicar por qué a mediados de 1976, bajo el imperio de terror encabezado por el dictador Jorge Rafael Videla en el vecino país, tres ilustres opositores uruguayos seguían residiendo en aquel país donde sus vidas corrían crecientes peligros.

 

Los senadores Wilson Ferreira (jefe indiscutido del Partido Nacional), Zelmar Michelini (también senador, líder de la lista 99, cofundador del Frente Amplio, y Héctor Gutiérrez Ruiz (Blanco, Presidente de la Cámara de Diputados) sobrellevaban su penoso exilio bonaerense, con los ojos y oídos puestos en la patria cercana y seguramente por una combinación de razones políticas, familiares y emocionales, se habían resistido a viajar hacia países más seguros.

 

El 18 de mayo de 1976, a Horacio Terra lo despierta una llamada telefónica desde Buenos Aires con una terrible noticia. Zelmar y el Toba habían sido secuestrados en la madrugada por comandos de la dictadura y Wilson requería su inmediata presencia.

 

Allá se enteró que Wilson, que vivía en una chacra llamada “La Panchita” a 200 kilómetros al Sur de la ciudad, en plena provincia, había escapado por minutos y con lo puesto al operativo conjunto montado para secuestrar a los tres opositores.

 

Dos amigos del Toba, apenas producido el secuestro, fueron a advertir a Wilson y, adelantándose a las fuerzas de la dictadura, lo habían sacado justo a tiempo de La Panchita.

 

Lo hospedaron precariamente en la residencia de un funcionario de Naciones Unidas a pocas cuadras de la casa de Gutiérrez Ruiz.

 

El lugar no tenía inmunidad diplomática. Wilson estaba regalado, pero su única preocupación en ese momento era rescatar a sus amigos secuestrados.

 

Le encomendó a Horacio, obtener tres entrevistas en Montevideo: con el Arzobispo Monseñor Partelli, con el embajador argentino y con el General Vadora, Comandante en Jefe del Ejército.

 

A Partelli, debía reclamarle que intercediera ante la curia argentina para que ésta asumiera un papel más activo ante la dictadura de su país, en defensa de los Derechos Humanos y que se interesara especialmente por la situación de Zelmar y el Toba.

 

Al embajador argentino le haría saber que el Partido Nacional hacía responsable a su gobierno por lo que pudiera pasarle a los dos secuestrados.

 

Y a Vadora debía expresarle algo similar, en cuanto a la responsabilidad del gobierno uruguayo en el episodio.

 

Junto al fallecido Dr. Ricardo Vidal, Terra trató de cumplir las tareas encomendadas por Wilson. Sólo se logró que sus esposas accedieran de inmediato a Partelli.

 

La entrevista fue decepcionante.

 

Partelli les explicó que las relaciones entre ambas curias eran muy distantes y muy frías, precisamente por la postura tolerante y prescindente de la iglesia argentina frente a las violaciones de los Derechos Humanos que allí se producían.

 

Por lo tanto les dio pocas esperanzas de que pudiera lograr algo.

 

El embajador argentino estaba de licencia y fuera del país.

 

Tres días después, Horacio y Vidal buscaban la forma de llegar a Vadora cuando se enteraron por la radio que los cuerpos sin vida de Zelmar y el Toba, habían sido hallados junto a los cadáveres de los también uruguayos Rosario del Carmen Barredo y William Whitelaw.

 

Horacio acompañado por Ernesto Berro, volvió a Buenos Aires en la siguiente madrugada.

 

Se dirigieron al apartamento del Toba, donde estaba siendo velado. Wilson, junto al féretro de su amigo, no intentaba siquiera disimular las lágrimas. “Llegamos tarde; no pudimos hacer nada”, le dijo Horacio.

 

“Cuando ustedes se empezaron a mover, los compañeros ya estaban muertos”, le respondió Wilson. “No había nada que pidiéramos hacer”.

 

Los famosos coches Falcon de la dictadura merodeaban la zona y los que entraban al edificio para asistir al velatorio eran filmados por fuerzas de seguridad.

 

La situación era tensa.

 

Todos tenían claro que a las dos de la tarde, cuando se llevaran el féretro de Gutiérrez Ruiz para trasladarlo al Uruguay, la relativa protección que le daba el velatorio se terminaba y Wilson quedaba librado al antojo de los asesinos de sus amigos.

 

Había que actuar rápidamente.

 

Dos países habían ofrecido asilo diplomático a Wilson: Venezuela y Austria.

 

El embajador venezolano en Buenos Aires se había ido de cacería y era imposible localizarlo con la urgencia del caso.

 

Había que apelar, entonces, al embajador de Austria, para sacar a Wilson de la Argentina antes que lo atraparan las fuerzas de seguridad.

 

Horacio, junto a Berro, partió hacia la embajada de Austria.

 

El embajador los atendió con deferencia, pero tenía una entrevista entre las dos y las tres de la tarde.

 

Por otra parte, había dado a su chofer instrucciones de lavar el auto.

 

Pidió que lo esperaran hasta las tres.

 

Pero mientras ese diálogo tenía lugar en la embajada de Austria, Horacio recibió allí la llamada de Juan Raúl Ferreira quien el informó que Wilson había logrado escabullirse del velatorio y estaba circulando por Buenos Aires a bordo del cochecito de su amigo, el corresponsal de Le Monde en Argentina.

 

Era imperioso que el embajador actuara sin dilaciones.

 

Con el Mercedes Benz enjabonado, el chofer vestido con el mameluco de trabajo y el propio embajador apenas abrigado con un chaleco en el fresco mayo porteño, la extraña comitiva partió raudamente de la embajada hacia el apartamento de Gutiérrez Ruiz, a buscar a Juan Raúl, quien tenía la información de cómo encontrar a Wilson.

 

Al llegar al lugar, Horacio y Berro se bajaron del auto y en su lugar se subió Juan Raúl, para, junto al embajador, ir a encontrarse con Wilson.

 

Un rato más tarde, Horacio y Berro junto a Susana (la esposa de Wilson) y un grupo de amigos, pasaron frente a la embajada de Austria para asegurarse de que padre e hijo hubieran llegado sin dificultades.

 

Desde una ventana, Wilson y Juan Raúl saludaron al grupo.

 

Todos respiraron aliviados: por lo menos estaban seguros.

 

Pero aquel saludo fue una despedida.

 

Triste despedida de quien, abandonando afectos y recuerdos, partiría hacia un incierto y más lejano exilio en Europa.

 

Los amigos argentinos aconsejaron a Horacio y al resto de los uruguayos que habían viajado para el velatorio, que se fueran inmediatamente a Aeroparque y se tomaran el primer avión a Montevideo.

 

Quedarse más tiempo era muy arriesgado.

 

Pero Susana quería rescatar algunas cosas de “La Panchita”, de donde habían salido de apuro, apenas con lo puesto.

 

Horacio y otro amigo (Carlos Cash) no pudieron negarse.

 

En tren primero y el último tramo en taxi, llegaron a la chacra que lucía abandonada. Los cuidadores habían desaparecido.

 

En el comedor, la mesa servida, graficaba la celeridad con que habían tenido que partir Wilson y Susana para escapar al secuestro.

 

El taxista quería irse.

 

Consideró que el lugar era muy peligroso para esperar que Susana recogiera sus cosas.

 

Pero, finalmente invitándolo con un wisky y asegurándole que demoraría muy poco, logró que el taxista los esperara.

 

Horacio debió allí tomar una decisión muy difícil: quemar toda la correspondencia de Wilson, ordenada en numerosos biblioratos, ya que era un material altamente comprometedor para numerosas personas tanto de Uruguay como de Argentina.

 

Susana recogió algo de ropa y debió abandonar todas las pertenencias y recuerdos acumulados en la casa.

 

Al menos, habían conservado la vida.

 

Para Wilson, Susana y Juan Raúl, estaba a punto de comenzar una nueva etapa: el exilio en Europa.

 

HT/

 

PD: Gracias Víctor Mastrangelo