En esta madrugada de consuelos que no alcanzan, de cielos que se enrarecen y de pueblo en las calles, solo queda decir “Gracias, Jefe”

GRACIAS, JEFE CHAVEZ !

Por Leandro Albani

En Chávez nos reflejamos, nos descubrimos, encontramos lo que éramos: latinoamericanos que no nos conocíamos y, desde su llegada al gobierno en Venezuela, empezamos a palparnos, abrazarnos y respetarnos. Chávez rompió con lo establecido.

¡GRACIAS, JEFE CHAVEZ!

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Por Leandro Albani

 NAC&POP

06/03/2013

 El cielo se cerró y en ese momento estalló la lluvia. Sobre Caracas cayó un aguacero denso, frío, complicado.

En la avenida Bolívar muchos corrimos a guarecernos.

 Nos amontonábamos debajo de los árboles, en cualquier techito que goteaba.

Muchos pensamos que había que esperar a que escampara y entonces sí, volver a la avenida y llenarla, reventarla, porque como siempre escuchamos y aprendimos, en cada elección se jugaba la patria y América Latina.

Fue ese día, el cierre de la campaña presidencial de 2012 cuando Hugo Chávez quedó inmortalizado.

Pensábamos que iba a esperar, que la lluvia era pasajera, que el cierre de campaña podía retrasarse.

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Pero no, Chávez salió y quedó empapado por esa cortina de agua que se desbarrancaba desde el cielo.

Desde abajo del escenario la muchedumbre le gritaba que no, que volviera después, que se protegiera.

Y en esa imagen está Chávez de cuerpo entero.

Su épica, su firmeza, su conciencia.

 Sabíamos el esfuerzo que estaba haciendo, que en esa campaña se jugaba la vida.

Para describir a un hombre como Hugo Chávez las palabras no alcanzan, principalmente porque fue transparente, sincero y humilde a la hora de tomar las decisiones.

Intempestuoso y frontal, visceral y profundamente humano.

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Chávez no dudaba ni respetaba los protocolos.

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Con sus ministros o con el rey de España, ese hombre nacido en los llanos de Barinas nunca se callaba lo que pensaba.

Y esa característica fue su diferencia.

Por eso no alcanzan las palabras para describirlo: él mismo se mostró tal cual era, sin intrigas o mediaciones.

En Chávez nos reflejamos, nos descubrimos, encontramos lo que éramos: latinoamericanos que no nos conocíamos y, desde su llegada al gobierno en Venezuela, empezamos a palparnos, abrazarnos y respetarnos.

Chávez rompió con lo establecido.

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Cuando decían que el socialismo se había convertido en un fósil que Washington trataba de enterrar, su irrupción como presidente vigorizó ese ideal teórico y práctico, encontró un nuevo camino, como lo quería José Carlos Mariátegui.

Ese “ni calco ni copia, sino creación heroica” que legó el marxista peruano se hizo carne en Chávez.

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En Teherán, en Chiapas, en la selva misionera de Argentina la gente preguntaba por Chávez.

Lo conocían, lo observaban con curiosidad, desconfiaban de él o lo admiraban, pero todos sabían que ese hombre era uno de ellos.

Ni economista de Harvard ni abogado de universidades católicas.

Y sobre todo, a esa gente Chávez le caía bien, porque hacía lo mismo que ellos.

Sus sentimientos estaban a flor de piel en todo momento.

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Riendo a carcajadas, cantando, esquivando a su propia seguridad para hablar con quien fuera, Chávez era un hombre de a pie, como lo demostró en ese cierre de campaña en 2012, cuando la tormenta se encapotaba sobre Caracas y él no dudó.

El pueblo colmaba la avenida Bolívar con su fiesta de liberación, con su cadencia y frenesí y con una furia enternecedora.

Y si eso sucedía, Chávez no podía faltar.

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Por eso salió, por eso nos preocupamos, pero también admiramos otra vez a ese hombre que no le negaba una taza de café a quien se la alcanzara y que podía debatir sin vacilar con los presidentes de las principales potencias del mundo.

Seguramente el “buen revolucionario” estará pidiendo reflexiones concretas y perfectas en estos momentos de dolor inabarcable -e incompresible para los cínicos de siempre-.

En esta madrugada de consuelos que no alcanzan, de cielos que se enrarecen y de pueblo en las calles, sólo queda decir “Gracias, Jefe”.

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Por enseñarnos que un mundo diferente es posible, que el hombre nuevo que soñó el Che lentamente se hace carne en miles de personas y que la lucha es con el cuerpo, cueste lo que cueste.

 

Fuente: Contrainjerencia