Reportaje inesperado, al inolvidable Alfredo Ferraresi contando anecdotas de vida y lucha.

ALFREDO FERRARESI, UN LUCHADOR DE TODA LA VIDA

Por Judith Gociol

«La militancia fuerte viene despues del bombardeo del 55. Primero fue la muerte de Evita, que nos destrozo a todos y luego el bombardeo, que nos indigno, entonces nos dimos cuenta de lo que valia el peronismo»

UN LUCHADOR DE TODA LA VIDA

Por Judith Gociol

EL MONITOR

02/03/2013

Alfredo Ferraresi nació, en plena década infame, en un conventillo de La Boca.

En una misma casa vivían unas cuarenta familias, así que allí entendió lo que era el hacinamiento, pero también la solidaridad.

Su padre era empleado municipal y su madre maquilladora en la industria del cine, por lo que a él –que la acompañaba a las filmaciones– le tocó hacer de extra en algunas películas de Niní Marshall o de Hugo del Carril.

“Los viejos laburaban para poner la mesa y como medida preventiva guardaban cinco pesos en la barra de bronce de la cama, para el médico”, recuerda.

En ese barrio de barcos, astilleros y frigoríficos estaba enraizada la cultura del trabajo pero sin ningún derecho laboral, según recuerda Ferraresi, actual secretario general dela Asociación de Empleados de Farmacia, entidad clave del sindicalismo combativo. Integrante de la Resistencia Peronista y de la CGT de los Argentinos, militó toda su vida gremial y políticamente junto a Jorge Di Pascuale, desaparecido por la última dictadura militar.

-¿Qué significó para usted el año 1945?

-Para mí fueron muchas cosas mezcladas.

Mi papá murió en 1945.

Me acuerdo de que el 17 de Octubre –él ya estaba en cama, muy mal– cuando yo salía para la escuela industrial, me dijo: “No, andá al puente que hay un montón de gente en la calle”.

La imagen fue impactante, la cantidad de personas, los que venían del otro lado del Riachuelo, que cruzaban en bote…

Y esa voz mágica, que quién sabe de dónde salía: “Todos a la Plaza de Mayo”.

Cuando volví le conté todo a mi viejo.

Además, escuchamos que habían liberado a Perón por Radio del Estado; no había muchos aparatos, pero los que había se ponían en el patio del conventillo y escuchábamos.

Ese día festejamos todos.

Yo creo que mi papá intuía lo que se venía, pero no llegó a verlo.

Cuando murió tuve que dejar de estudiar y los chicos que le ponían las inyecciones me llevaron a trabajar a la farmacia del barrio, que era la mejor deLa Boca y de Barracas.

Entré en enero del 46 y en febrero fueron las elecciones en las que ganó Perón, así que todo estuvo como signado.

El dueño, que era socialista, les dijo a los muchachos: “Mañana me lo llevan a Alfredo al sindicato, lo afilian y lo anotan en los cursos de laboratorio”.

Yo tenía 13 años.

-¿Cómo se trabajaba por entonces en las farmacias?

-Todo se hacía a mano, las pastillas, los jarabes.

La farmacia era una especie de laboratorio, había uno que otro medicamento envasado, pero no mucho más.

Además, la gente antes de ir al médico, consultaba en la farmacia.

Y, si no, venían y nos preguntaban: “¿Está bien lo que me dio el médico?

Yo había aprendido a dar inyecciones y por ahí me venían a buscar a la noche porque tenían a la nena enferma, te consultaban todo.

Claro que si había algo muy grave, los mandábamos urgente al médico.

Y resultó que al lado de nuestra farmacia vivía el radiotelegrafista de la Presidencia, así que un día se acercó y preguntó si no queríamos hacer un acuerdo para llevar los medicamentos a la Casa de Gobierno.

Le dijimos que sí; el dueño de la farmacia era socialista pero recibió de buena gana al peronismo porque concretaba lo que él había soñado durante años, de manera que empecé a tomar el tranvía en la esquina, el 28, y me iba a la Casade Gobierno, en donde entraba como perico por su casa al 4º piso, y ahí los veía a Perón y a Evita, pero todavía no sabía lo que ellos iban a significar.

Cuando en el barrio se enteraron de que iba a la Presidencia, empezaron a darme papelitos que me metía en el bolsillo del guardapolvo y no me animaba a dárselos.

Hasta que un día le dije a Evita: “Mire, del barrio me mandan unos papelitos para usted”.

Le pedían una máquina de coser, una de tejer, algún laburo, una heladera…

Les contestó a todos.

-¿Cómo era el sindicato cuando lo afiliaron?

-Este sindicato tiene cien años, empezó con los anarquistas y los socialistas. Inmigrantes que llegaron de Europa con una gran consciencia gremial y organizativa.

Este sindicato participó mucho en la Guerra Civil Española: se donó una ambulancia, las farmacias entregaron medicamentos, se hicieron colectas de dinero y hasta fueron designados dos compañeros –Roberto Fierro y Jesús Castilla– para integrar las Brigadas Internacionales en Cataluña.

Cuando llegó el peronismo, el secretario general del gremio, que era comunista, nos dijo: “Muchachos, yo no soy peronista y ustedes sí, de modo que yo renuncio al cargo”, pero siguió laburando en la base.

Cuando nosotros creamos la lista Blanca, Agrupación 22 de diciembre, que hoy dirige el gremio, los hermanos Antonio y Luis Vidal, anarquistas fundadores del sindicato, nos alentaron y nos apoyaron, eran unos viejos entusiastas.

En 1946, nosotros conseguimos uno de los primeros convenios colectivos de trabajo y en el 52, el secretario general de la CGT, Eduardo Vuletich, era de nuestro gremio.

-¿Cuándo se sumó usted a la militancia gremial?

-La militancia fuerte viene después del bombardeo del 55.

Lo primero fue la muerte de Evita, que nos destrozó a todos y luego el bombardeo, que nos indignó; recién entonces nos dimos cuenta de lo que valía el peronismo.

El día de las bombas, yo estaba con un primo que tenía un puesto de frutas, al que acompañaba a comprar mercadería.

Íbamos camino a Retiro y empezamos a ver los cuerpos caídos, fue tan salvaje.

Ahí tomamos conciencia.

Y con el Golpe vino la intervención de los sindicatos, primero a través de comandos civiles y luego con interventores militares, y las detenciones de compañeros

-¿Cómo era la convivencia cotidiana en un sindicato intervenido?

-Durante las diferentes intervenciones, nosotros dejamos de venir al sindicato; alquilamos unas oficinas y le decíamos a la gente que no fueran al sindicato sino a las oficinas.

Es la única manera de seguir.

El interventor se queda en una sede a la que no va nadie; una metodología de funcionamiento semiclandestino.

-¿Cómo organizaron la resistencia?

-A partir del bombardeo empieza la resistencia, de manera incipiente.

Lo que se hace en esa época es tratar de trabajar con los militares que estaban de nuestro lado, con el General Valle, en un golpe que creíamos que íbamos a ganar.

Lo que pasa es que en el 56la Libertadora fusila a Valle.

Tratábamos de utilizar radios clandestinas, tomar ciertos cuarteles aliados, movilizar a la gente, y también meter algún “caño” (NdR: bomba casera).

La idea en ese momento era luchar por el poder a través de dos vías: la lucha armada y el retorno de Perón.

En la resistencia lo que hacíamos era meter “caños” contra los servicios públicos, los trenes, no matar gente pero sí destruir objetivos, organizar huelgas, pedidos de aplicación de los convenios anulados por los milicos, reclamar por aumentos de sueldos y contra la desocupación.

El que venía acá a enseñarles a los muchachos cómo había que armar los artefactos era Julio Troxler, que se había salvado de los fusilamientos de José León Suárez, en el 56, y al que después asesinóla Triple A.

-¿Cómo pensaban la violencia en esos años?

En ese contexto histórico para nosotros la violencia en manos del pueblo no era violencia sino justicia, ese era nuestro parecer en aquel entonces.

-¿Cómo atravesaban las muertes de los compañeros?

-Como una parte de la lucha.

Siempre decíamos: “Más que matarnos no nos van a hacer”.

Y no nos pueden matar a todos juntos, siempre salen compañeros nuevos.

Como decía Evita: “Volveré y seré millones”.

-¿Le discutían a Perón?

-Nos acusaban de hacer todo lo que Perón nos decía pero no es verdad, nosotros le discutíamos todo.

En el 56, cuando Aramburu y Rojas llaman a elecciones en los gremios, antes de que Arturo Frondizi fuera presidente, Perón nos mandó a decir que no convenían esas elecciones y nosotros nos presentamos igual y ganamos todos los gremios, así que Perón tuvo que reconocer que se había equivocado.

Jorge Di Pascuale y Sebastián Borro fueron delegados de Perón –se entrevistaron con el Che, por ejemplo – y discutían mucho con Perón.

Cuando le planteábamos: “General, estos están traicionando ala Patria”, él respondía: “Pero muchachos, si no hay traidores cómo sabemos quiénes son los leales”.

-¿Por qué en esa época decían: “El que no pasa por Farmacia no se bautiza”?

-Porque todo el mundo pasó por acá, toda la juventud… Era un gremio de concentración, operativo.

-¿Cómo conformaron la CGT de los Argentinos?

-El 30 de marzo de 1968 se organizó el Congreso d ela CGT.

Estábamos divididos: por un lado Augusto Vandor y su séquito, que negociaba con el enemigo –con varios dirigentes, por ejemplo, va a la jura de Juan Carlos Onganía– y promovía el peronismo sin Perón; por el otro, nosotros que hablábamos de la patria socialista, la patria peronista.

Había que elegir nuevas autoridades y cada uno tenía su lista.

Nosotros les ganamos por 38 votos y ellos impugnaron el resultado con el argumento de que en nuestra lista votaban los ferroviarios, que era un gremio que estaba intervenido.

De manera que no solo los intervenía la dictadura sino también ellos, que se suponía eran parte de los trabajadores.

Ellos tomaron el edificio de Azopardo y nosotros nos fuimos a la sede de los Gráficos.

Teníamos muchas diferencias.

-¿Qué momentos recuerda más fuertemente de esa experiencia?

-La CGT de los Argentinos condensó todo un ideario con un concepto ni sectario ni excluyente.

El 1º de mayo del 68 se hicieron actos en todo el país.

Nosotros fuimos a San Justo, nos cagaron a palos pero igual logramos llegar a la plaza y se lanzó el programa de lucha.

Hacíamos reuniones públicas; recorríamos el país, abríamos regionales que estaban cerradas con candado desde hacía mucho tiempo: donde íbamos era una eclosión.

A la CGT de los Argentinos se acercaron Ricardo Carpani y Rodolfo Walsh a ofrecerse para lo que necesitáramos y no lo hacían ni como pintor ni como escritor, sino como militantes.

Y era impresionante con el respeto con que venían.

Walsh traía sus artículos para publicar en el Semanario, nos mostraba las notas y nos preguntaba si estaban bien.

Le decíamos: “Rodolfo, cómo te vamos a corregir nosotros a vos”.

Carpani, por ejemplo, se encargaba de repartir el Semanario, buscaba los ejemplares en la imprenta, cargaba y repartía él mismo las láminas que nos hacía.

-¿Fueron muy perseguidos?

-Y… sabíamos que podíamos caer en cualquier esquina, así que por ahí anunciábamos un acto en el Once y lo hacíamos en Pompeya.

En la CGT de los Argentinos teníamos dos conducciones, la titular y una B, porque cada vez que nos llevaban en cana, suplantábamos los cargos para no dejar la conducción sola.

Nos llevaban veinte días, un mes; si era una semana ni lo contábamos.

En el momento en que mataron a Vandor nosotros estábamos reunidos porque preparábamos un paro para el día siguiente, así que los milicos nos vinieron a buscar, nos levantaron a todos en camiones e intervinieron los sindicatos.

A la cárcel de Devoto llegamos 180 y nos pusieron a todos en un pabellón grande.

Yo estuve tres meses ahí.

-¿Cómo pasó esos meses?

-Bárbaro (risas).

Nosotros ya sabíamos que en cana teníamos que organizarnos: elegir un intendente que es el iba a hablar con el director de la cárcel y lo nombramos a Sebastián Borro; un tesorero, que era Di Pascuale; y en el economato, que era por donde se controlaba la comida, en la distribución de la mercadería, estaba yo.

Controlando esas cuestiones, estábamos bien.

Pedimos que nos trajeran la comida cruda y nosotros la preparábamos, que nos dejaran el patio para jugar al fútbol y que nos consiguieran un televisor.

En la cárcel vimos la transmisión del alunizaje.

Hasta tuvimos que organizar asambleas para que algunos compañeros se bañaran.

Desde adentro, seguimos haciendo el Semanario de la CGT de los Argentinos que salió clandestino durante un año y medio.

-¿Todos lo pasaron bárbaro?

-No, algunos la pasaron mal.

Había muchachos que estaban planeando la libertad desde el primer día.

“¿No hay novedades para mí?”, le preguntaban a la guardia todos los días.

¿Sabés lo que es pasar así tres o cuatro meses?

Jorge repetía siempre: “Pidamos por todos, la libertad no se negocia” y había un compañero que decía: “A mí que me negocien, yo me quiero ir”.

-¿Festejaron la asunción de Héctor Cámpora en 1973?

-Acá en el sindicato se definió la liberación de los presos.

La consigna era: “Ni un día de gobierno peronista con presos políticos”, pero lo que nos decían es que no había métodos para largarlos, que no había jurisprudencia.

“Si no hay elementos jurídicos, tenemos que crearlos”, argumentábamos nosotros.

Finalmente decidimos quién iba a agarrar el micrófono enla Plaza de Mayo cuando asumiera Cámpora para dar la voz de aura: “Todos a la cárcel” y así fue.

Había métodos para hacerlos salir.

-¿Cómo entendieron la aparición de Isabelita, de López Rega, de la Triple A, dentro del peronismo?

-Es que para nosotros no eran peronistas, eran traidores: transaban, marcaban gente.

Cuando el Juicio a la Junta Militar, Jorge Triaca, Ramón Baldassini negaron que hubiera habido desaparecidos.

Nosotros estábamos contra la derecha del peronismo y por eso nos mataron a todos los que pudieron; estábamos enfrentados a muerte.

-¿Cómo pasaron cotidianamente la dictadura, a partir de 1976?

-Y… mal. Saltando de un lugar a otro.

Sabíamos que en cualquier esquina nos esperaban, pero cuando pensamos si quedarnos o exiliarnos, decidimos quedarnos a pelear acá.

Y resistimos todo lo que pudimos.

El día del golpe estábamos reunidos en el sindicato y a las 12 de la noche nos llaman para avisarnos que habían matado a Bernardo Alberte: fue el primer peronista desaparecido, lo tiraron por el hueco de la escalera de su casa.

Y a partir de ahí, era todos los días enterarnos de otro compañero secuestrado, desaparecido.

Íbamos a buscarlos a Ezeiza, al camino de Cintura, a un cura o un obispo, a alguna embajada.

De algunos ni sabíamos los nombres porque solo usaban seudónimos.

Y también había grupos que buscaban a los milicos para amasijarlos y algunos se pudieron bajar.

Siempre decíamos lo mismo: “Más que matarnos no nos pueden hacer”.

Ahí fue cuando, al saludarnos, empezamos a darnos un beso entre los hombres (hasta entonces nos dábamos siempre la mano), porque no sabíamos si al día siguiente nos íbamos a volver a ver, así que era como una forma de despedirnos.

-¿Tenían miedo?

-Sí, teníamos miedo.

Pero sentíamos que era más la vergüenza que el miedo, por eso el 27 de abril de 1979 largamos un paro nacional.

Sentíamos que teníamos que hacer algo.

Teníamos miedo pero la vergüenza era mayor.

-¿Le pesa el recuerdo de los muertos?

-Los tengo todos los días al lado, son los que me impulsan y ese es el compromiso que tengo de por vida.

JG/

Fuente: https://elmonitor.educ.ar