El 17 de octubre fue una Fuenteovejuna; nadie y todos hicieron el 17 de octubre. (Arturo Jauretche)

17 DE OCTUBRE: EL NACIMIENTO DE UN NUEVO SUJETO HISTÓRICO

Por Maximiliano Pedranzini

En ningún momento registraron la irrupción al escenario político nacional, de este sector social postergado, este actor social no era otro más que el pueblo trabajador y olvidado, que por efecto de las políticas semicoloniales de un país al que lo hicieron dependiente, había migrado desde las zonas rurales a la ciudad en busca de trabajo, encontrando su lugar en las zonas periféricas de la centralidad porteña.

17 DE OCTUBRE: EL NACIMIENTO DE UN NUEVO SUJETO HISTÓRICO

 

Por Maximiliano Pedranzini*

NAC&POP

16/10/2012

 Siempre se trató de hacer una historia rectilínea del 17 de octubre y es imposible porque es un encadenamiento de hechos distintos, que se conjugan.

Yo, la única explicación del 17 de Octubre, la he encontrado en Lope de Vega, ‘todos a una Fuenteovejuna’.

El 17 de octubre fue una ‘Fuenteovejuna’; nadie y todos hicieron el 17 de octubre.

Lo hizo Evita, lo hizo Mercante, que se movió con mucha intensidad; indiscutiblemente lo hizo Cipriano Reyes, que actuó con eficacia; lo hizo Colón apoderándose prácticamente del balcón de la Casa de Gobierno y del auditorio de la Plaza de Mayo; lo hicieron los cañeros de Tucumán, que desde el día 15 estaban en movimiento.

Es difícil explicar cómo se hizo el 17 de octubre…”.

Arturo Jauretche 

Escritos Inéditos. Obras Completas, vol. VI, Corregidor, Buenos Aires, 2002.

 La sociedad porteña formada por el pensamiento occidental dominante daba cuenta del horror que provocaban estos “cabecitas” al poner sus pies en la fuente, episodio que luego pasaría a la fama y se convertiría en un ícono de este acontecimiento, bisagra para la historia de nuestro país.

En ningún momento registraron la irrupción al escenario político nacional, de este sector social postergado, este actor social no era otro más que el pueblo trabajador y olvidado, que por efecto de las políticas semicoloniales de un país al que lo hicieron dependiente, había migrado desde las zonas rurales a la ciudad en busca de trabajo, encontrando su lugar en las zonas periféricas de la centralidad porteña.

Sobre esta cuestión Alcira Argumedo escribe: “En las décadas de 1930 y 1940, las migraciones internas vinculadas con la incipiente industrialización hicieron llegar a los centros urbanos del litoral a los descendientes de esas poblaciones indígenas, mestizas y gauchas, cuyo peso demográfico -pasados tres generaciones desde los grandes genocidios- volvía a ser significativo. Los arrabales de las ciudades se fueron poblando de gente que hablaba español, pero también quechua o guaraní. Eran “los negros”; venían desde el norte portando sus tradiciones y una versión de la historia que cuestionaba el relato de las clases dominantes” (Alcira Argumedo, Los Silencios y las voces en América Latina: notas sobre el Pensamiento Nacional y Popular. Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos Aires, 2001, p. 161).

 

Estos actores sociales habían encontrado un interlocutor que iba transformando en realidad concreta sus demandas.

Este pueblo conoce a Perón al encontrar el camino a la Patria, o tal vez al encontrar a Perón conoció el camino de la Patria, como dice Juan José Hernández Arregui: “El pueblo estuvo en la posición nacional, -no “nacionalista”- y es un mérito de los nacionalistas haber reforzado la conciencia histórica”

(Arturo Jauretche, Política nacional y revisionismo histórico, Corregidor, Buenos Aires, 2006, p. 48).

 Si bien las masas que concurrieron el 17 de octubre a plaza de mayo representaban a distintos sectores de los trabajadores, todos estos conforman un sector que carga con el mayor peso de una política de dependencia establecida por nuestro país y el resto de América Latina.

Este gran sector del pueblo, como los demás pueblos sometidos en nuestro continente nunca fue beneficiado en la misma proporción de sus sacrificios.

En la década de 1930, la delicada situación que estaba atravesando la Argentina arrastrada por una deficiente y fraudulenta acción gubernamental, y con el proceso de reestructuración capitalista que debía afrontar después de la crisis económica de 1929, el contexto sociopolítico en nuestro país estaba pasando por un proceso de transición, de cambio, no en el sentido marxista del concepto (entendido como revolución), sino desde una perspectiva de estabilización y estructuración de un nuevo orden social, político y económico que se estaba constituyendo, haciendo un fuerte hincapié en el desarrollo de la industrialización nacional que reemplazaba a la importación de productos con valor agregado, equilibrado en el eje conformado por las principales empresas estatales (YPF, Gas del Estado, Altos Hornos Zapla, industria militar, etc.) que orientaba este desarrollo al mercado interno durante el proceso de reestructuración económica (1930-1945) con una fuerte presencia por parte del Estado [1] como arquitecto fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas sobre las bases de una economía de corte keynesiana que preponderaba en los EE.UU.

Esto inevitablemente condujo a una creciente demanda de mano de obra que provenía principalmente del interior del país y de las zonas rurales, incrementando la masa salarial durante las décadas del ´30 y la segunda mitad del ´40.

Sobre esto escribe Juan José Hernández Arregui, y dice: “El proceso de industrialización que venía de la Primera Guerra Mundial y acrecentado rápidamente en el transcurso de la Segunda, había dado origen a un proletariado industrial destinado a una decisiva experiencia histórica en medio del pánico de los partidos directa o indirectamente complicados con el pasado.

Esas masas, decepcionadas del socialismo, ajeno a la realidad nacional, del radicalismo en plena descomposición histórica después de la muerte de su gran caudillo Hipólito Yrigoyen, y del comunismo, cuyas consignas nunca entroncaron con demandas populares del país, carecían de compromisos.

El 17 de octubre no sólo fue una lección histórica para las fuerzas del antiguo orden sino la gigantesca voluntad política de la clase obrera.

Su adhesión a un jefe no se fundó en artes demagógicas sino en las condiciones históricas maduras que rompían con las antiguas relaciones económicas del régimen de la producción agropecuaria, que superaban los programas de los partidos pequeño burgueses de centro izquierda.

La revolución política exigía la reforma social.

La recuperación de la economía, enajenada al extranjero y la elevación del nivel de vida del hombre argentino explotado, son la doble faz de un mismo fenómeno: la toma de conciencia histórica de las masas”.

Y continua: “Todo el problema político de la Argentina actual se reduce a esta irrupción consciente de los trabajadores en la historia nacional”

(Juan José Hernández Arregui, La formación de la conciencia nacional, 3ª ed., Plus Ultra, Buenos Aires, 1973).

Esto hace la aparición de un nuevo sujeto histórico, sujeto que estaba empezando a ser visible, principalmente por los sectores más reaccionarios y conservadores que lo iban denominar como el aluvión zoológico, concepto popular acuñado por el diputado radical Ernesto Sanmartino, un 23 de mayo de 1946, que hacía referencia a los legisladores peronistas, gran parte de ellos trabajadores que habían accedido como mayoría a la cámara de diputados.

Al surgir un nuevo contexto, un nuevo proceso histórico de las relaciones sociales de producción que generaba condiciones objetivas para el desarrollo de una nueva estructura económico-social (en este caso el surgimiento incipiente de una burguesía industrial), trae acarreado consigo el surgimiento de este nuevo sujeto histórico.

Estas condiciones materiales objetivas generan a su vez condiciones subjetivas, nuevos sujetos que son el resultado dialéctico de estas nuevas relaciones sociales, de este nuevo contexto histórico que iba a eclosionar un miércoles 17 de octubre de 1945.

 Nace así el peronismo.

Nace un nuevo sujeto histórico en la escena política nacional.

Cuando decimos nace el peronismo, lo decimos en el sentido del movimiento de masas, aquel que posibilitó la aparición real y concreta de ese sujeto social que iba a ser la columna vertebral de este movimiento: la clase trabajadora.

Porque el peronismo es eso, un movimiento de clase sobre todas las cosas, que aglutina a las masas, que hasta ese momento eran invisibles que salieron a las calles a responder por aquel hombre que durante los primeros años del gobierno de la llamada “Revolución Argentina” había conseguido para los trabajadores lo que ningún otro había logrado, ni siquiera el mismo Yrigoyen, quien representó los más cercano a las políticas sociales de los sectores populares. Jauretche sobre esto dice: “El 17 de octubre, más que representar la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia”.

Entendemos por esto que el sujeto histórico que eclosiona, surge para defender a aquella persona que les había proporcionado contención social a las amplias mayorías que se iban congregando hasta el corazón de la capital federal.

 Perón quien formaba parte de la logia del GOU, había logrado algo fundamental en la construcción de poder: visualizar al sector social más desprotegido, más vulnerable, capaz de apropiarse de la realidad, de transformarla, de crear nuevas condiciones históricas que frenen el trémulo paso de la avejentada y arcaica oligarquía, quien había gobernando la Argentina desde el siglo XIX y parecía perder el poder que supo conservar durante casi un siglo.

Una de las definiciones más sutiles sobre la oligarquía la hace el escritor norteamericano Jonathan Swift, y dice: “Podemos observar en la república de los perros que todo el Estado disfruta de la paz más absoluta después de una comida abundante, y que surgen entre ellos contiendas civiles tan pronto como un hueso grande viene a caer en poder de algún perro principal, el cual lo reparte con unos pocos, estableciendo una oligarquía, o lo conserva para sí, estableciendo una tiranía”.

La oligarquía representa eso, un perro que se quedó con el hueso grande y jugoso de la renta agraria y lo repartió con unos pocos.

Esta oligarquía es el sector tradicional que dominó el aparato público del Estado.

El sector parasitario de una economía semicolonial y dependiente al servicio del imperio británico, como escribe Arturo Jauretche en su libro FORJA y la década infame: “Inglaterra será el taller del mundo, y América del sur su granja’, y supieron entender que América del sur en la fórmula significaba Río de la Plata

(Arturo Jauretche, FORJA y la década infame, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1989, p. 36).

Con la directriz del imperio, la oligarquía antes del arribo del GOU había elegido a su hombre, la persona indicada para que sea el presidente de la República, la más idónea para representar los intereses del sector oligárquico; candidatura que se había perfilado en los recovecos de la cámara de comercio británica.

Su nombre, más que elocuente: Robustiano Patrón Costas, político de estirpe conservadora y hacendado del interior, más precisamente de la provincia de Salta donde fue gobernador de su provincia durante el periodo el 1913-1916 y senador nacional por el Partido Conservador, además de ocupar diversos cargos públicos.

Pero esta idea quedaría trunca, ya que el 4 de junio de 1943 el GOU comandado por Arturo Rawson, Pedro Ramírez y Edelmiro Farrell derrocarían al entonces presidente Ramón Castillo que habría preparado un fraude electoral a favor de Patrón Costa.

 Cuando surge un nuevo sujeto, alguien lo tiene que pensar.

El 17 de octubre del ´45 significa eso.

Los inmigrantes internos, los cabecitas negras que llegaban a la capital federal, alguien tenía que darles cobertura política y sindical.

Ese quien les dio esa cobertura fue un coronel que a través de la secretaría de trabajo jugó políticamente un papel trascendental a ser este quien daba un reconocimiento político a ese nuevo sujeto.

 Así como ese nuevo sujeto, que eran los migrantes que llegaban a la capital en el ´43, el 44 y el ´45, fueron visualizados como construcción de poder por este coronel obrerista que era Juan Perón.

De este modo, como dice Jauretche: “Lo que movilizó las masas hacia Perón no fue el resentimiento, fue la esperanza.

Recuerde usted aquellas multitudes de octubre del ’45, dueñas de la ciudad durante dos días, que no rompieron una vidriera y cuyo mayor crimen fue lavarse los pies en la Plaza de Mayo, provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos sanitarios.

Recuerde esas multitudes, aún en circunstancias trágicas y las recordará siempre cantando en coro -cosa absolutamente inusitada entre nosotros- y tan cantores todavía, que les han tenido que prohibir el canto por decreto-ley.

No eran resentidos.

Eran criollos alegres porque podían tirar las alpargatas para comprar zapatos y hasta libros, discos fonográficos, veranear, concurrir a los restaurantes, tener seguro el pan y el techo y asomar siquiera a formas de vida “occidentales” que hasta entonces les habían sido negadas”

(Arturo Jauretche, Los Profetas del Odio y la Yapa. La colonización pedagógica, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1982).

 En este sentido, como bien señala John William Cooke: “el peronismo fue el más alto nivel de conciencia al que llego la clase trabajadora argentina”.

Ergo, el 17 de octubre significó una lección histórica para la oligarquía ante la manifestación masiva de la clase obrera quien exigía una reforma social, política y económica que hacía tiempo era explotada, demandaba el mejoramiento de su calidad de vida y de esta manera alcanzaban el grado más de conquistas y reivindicaciones sociales: El de la justicia social.

Esto fue un hecho contundente en que las masas van tomando una conciencia histórica a partir del proceso de organización sindical, que hasta hoy día se preserva en la memoria y que sirve como bandera de lucha por la liberación nacional.

 Para los defensores de las formas, investigar quienes eran los trabajadores que estaban mojando sus pies en la fuente el 17 de octubre, es todo un tema de debate que desvela a sus intelectuales.

Mientras que para el campo nacional y popular, este sector social es la viva expresión de aquellas voces acalladas y marginadas que nunca fueron tenidas en cuenta por el status quo y que se elevan desde el fondo de la historia en un momento en que parecía que las únicas voces que dominaban el escenario político nacional eran las voces de los sectores hegemónicos, que se expresaba a través de los partidos políticos tradicionales, la Sociedad Rural, la UIA y las universidades de fuerte matriz oligárquica.

 

Referencias:

[1] Julio Godio, Argentina: En la crisis está la solución. Biblos, Buenos Aires, 2002.

 

(*) Ensayista. Miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales Felipe Varela