PIÑERA, PINOCHET Y LA PATRIA GRANDE

¿Por qué el presidente Sebastián Piñera dio marcha atrás con la decisión de cambiar el modo de designar a la dictadura de Pinochet?  PIÑERA, PINOCHET Y LA PATRIA GRANDE

 Por Julio Fernández Baraibar*

 ¿Por qué el presidente Sebastián Piñera dio marcha atrás con la decisión de cambiar el modo de designar a la dictadura de Pinochet?

 De todos los países suramericanos posiblemente sea Chile donde con mayor fuerza se instaló el nacionalismo de campanario, de patria chica, que sobrevino a la derrota política de los Libertadores. Bernardo de O'Higgins, el compañero de San Martín en la guerra de la Independencia, ya había sido derrotado en 1823 y casi obligado a abandonar Chile. La burguesía comercial representada por el impertérrito comerciante Diego Portales, un hombre a quien sólo le interesaba el orden para llenar sus bolsillos, logró derrocar con sus intrigas al Director Supremo. Con ello, Chile perdió al último de sus políticos y militares que coincidían en el programa continental de San Martín y Bolívar. La Guerra Civil de 1829-30 lograría que el partido conservador de Diego Portales se impusiera en toda la línea.

 El Portalismo

 Este partido, el portalismo, es el que impuso sobre la sociedad chilena, dominada por una oligarquía terrateniente vasco-castellana, la idea de su singularidad, su aislamiento del conjunto del continente, su convicción de ser la última esperanza blanca rodeada de enemigos desesperanzadamente oscuros y mestizos. Su integración al mercado mundial y su especial relación con el Reino Unido consolidaron esta ideología conservadora, que llevó a Chile a enfrentarse con la Confederación Peruano-Boliviana del Mariscal Santa Cruz, con quien colaboraba el general O'Higgins, -en guerra en la que Chile contó con el apoyo del gobernador porteño don Juan Manuel de Rosas-, en 1836, y nuevamente con Perú y Bolivia, en la Guerra del Pacífico de 1879, cuyos resultados pesan todavía en la política regional. Uno de ellos, quizás el más grave, es la carencia de salida al mar por parte de Bolivia, perdida por la ocupación chilena en este conflicto.

 Esta ideología portalina nunca fue seriamente cuestionada en Chile. Ni siquiera los partidos de la Unidad Popular ni su breve gobierno fueron capaces de mover la losa que más de cien años de predominio oligárquico habían impuesto sobre la cabeza de sus contemporáneos. También la izquierda chilena cargó con el peso de Diego Portales. Con un latinoamericanismo más retórico que concreto, el pensamiento continentalista fue marginal dentro del partido Socialista y, por supuesto, inexistente en el partido Comunista, más preocupado por la unidad del COMECON que de América Latina. Ese pensamiento, que corresponde a lo que en la Argentina se puede considerar como mitrismo y sarmientismo junto, ha sido muy poco cuestionado en Chile. Todavía influencia sobre amplios sectores populares y constituye la base ideológica de su proverbial desconfianza hacia los argentinos, hacia el peronismo y su actitud de fortaleza sitiada por pueblos hostiles. Figuras como la de Felipe Herrera, el ya fallecido creador del BID, o la del profesor Pedro Godoy y su Centro de Estudios Chilenos (CEDECH) son todavía minoritarias, aunque crecientes, en la cultura política del país trasandino.

 Alberto Methol Ferré solía decir, entre irónico y descriptivo, que Chile era una isla y que los del continente debíamos esperar a que los isleños se subiesen a sus canoas y viniesen a ver qué había en tierra firme. Quería decir con ello que la integración de Chile al conjunto suramericano sería una tarea lenta y determinada más por el propio interés de los chilenos que por nuestras invocaciones a la Patria Grande.

 La Constitución de Pinochet

 Por otra parte el proceso por el cual Chile volvió a la normalidad constitucional fue muy diferente al de la Argentina, aunque paradójicamente el origen haya sido el mismo. En efecto, en Argentina la Guerra de Malvinas aceleró la salida de escena de la dictadura cívico militar instaurada en 1976. La misma dejó de ser funcional, a partir del 2 de abril de 1982, a los intereses imperialistas que la habían sostenido. En el momento en que el imperialismo le suelta la mano a la dictadura, la misma cae en medio de un profundo desprestigio político y social. Tuvo que huir desorganizadamente de la escena y los sectores militares y civiles vinculados directamente a ella no tuvieron posibilidad de influir en el desarrollo de los acontecimientos.

 Pero la decisión de Galtieri de recuperar el territorio nacional usurpado por el Reino Unido tuvo como resultado no deseado el hecho de que EE.UU. comenzara a desconfiar de la eficacia de los regímenes militares y a pensar en diversas salidas que permitieran retornar a los regímenes constitucionales. Así empieza Pinochet y su dictadura a perder apoyo externo. La Guerra de Malvinas, en la que había colaborado de diversas maneras con el ocupante extracontinental en contra de su vecino, arrastró también a su dictadura. Pero, a diferencia de Argentina, lo hizo sin perder arraigo y popularidad en amplios sectores de la población, no sólo en la tradicional oligarquía. Las fuerzas armadas pinochetistas, formadas y constituidas en la más pura tradición portalina -antiargentina y antiperuana-, y los sectores sociales vinculados a ella lograron condicionar la salida constitucional, después de haber conseguido, en un plebiscito, reformar la Carta Magna. Y, si bien el plebiscito de 1989 produjo su primera y gran derrota electoral, Pinochet siguió siendo el hombre fuerte del régimen en retirada y durante los siguientes nueve años, Comandante en Jefe del Ejército hasta el año 1998, cuando pasó a retiro.

 Los gobiernos de la Coalición Cívica cargaron sobre sus espaldas el peso de una transición rigurosamente controlada y la decisión propia de no tocar en un ápice el sistema económico y social impuesto por la dictadura pinochetista. Estas limitaciones de afuera y de adentro determinaron su enorme fracaso y su derrota electoral en las últimas elecciones chilenas.

 El triunfo de la “derecha”

 Dichos comicios pusieron en la presidencia de Chile a un empresario, un hombre de negocios al frente de una coalición de dirigentes explícitamente pinochetistas, economistas y políticos neoliberales y conservadores de todo pelaje, es decir de ideologistas reaccionarios de todo tipo. Sebastián Piñera, un hombre práctico, acostumbrado a dar órdenes, debía asumir, trece años después del pase a retiro de Pinochet, un gobierno de “derecha” o “momio”, en condiciones de insertar a su país en una región, con la que tiene muchas relaciones económicas, pero caracterizada por un importante grupo de gobiernos de signo contrario al suyo. Fue notorio, desde un primer momento, que Piñera no quería desentonar en el conjunto suramericano. Su participación en las celebraciones del Bicentenario en Buenos Aires fue un signo evidente de esto. Su familiaridad y hasta camaradería con el resto de los presidentes presentes -sobre todo con Hugo Chávez y Evo Morales-, su acercamiento a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner -notoriamente correspondido por ésta-, eran muestras evidentes de que el businessman Piñera ansiaba desprenderse el rígido corsé que la tradición portalina le imponía. Y esto, para el desarrollo de la integración continental era y es un enorme paso adelante, de ahí que la presidenta argentina correspondiera con elogios y menciones a los esfuerzos del chileno. Los temas de política interna, las cuestiones que dividían a los chilenos en dos bandos enfrentados en las calles, en las manifestaciones estudiantiles y populares, quedaban completamente afuera de toda conversación, como corresponde, justamente, a un proceso tan delicado como es el de la consolidación de la Patria Grande.

 Por otra parte es evidente que este acercamiento ha tenido resultados notables. Chile, bajo el gobierno de Piñera, se ha sumado al bloqueo contra las naves con la falsa bandera de Malvinas, decretada por la última cumbre del Mercosur. Chile se va acercando al gran continente.

 Y, además, este año Sebastián Piñera es presidente pro témpore de la Unasur, hecho que comprometía aún más a su gobierno y a su país en la suerte del continente.

 Todo este largo prólogo que el lector ha debido fatigosamente recorrer son los antecedentes necesarios para lo que viene a continuación.

 En ese momento, como resultado del empecinamiento neocons de no ceder a los reclamos por una educación universal y gratuita, llega al ministerio del área uno de esos dirigentes provenientes del viejo pinochetismo recalcitrante. Este no tiene mejor ocurrencia que sancionar una resolución por la cual, los libros escolares deberán llamar a la dictadura de Pinochet con el eufemismo suavizante de “régimen militar”. Obviamente la mayoría antipinochetista de la sociedad chilena puso el grito en el cielo. La decisión significaba un profundo retroceso en el camino de la afirmación democrática de Chile y un intento de ocultar a las nuevas generaciones la naturaleza violenta, ilegítima y despótica de esos años. La decisión tuvo, naturalmente, repercusión periodística y política en todo el continente y Piñera decidió anularla y dejar las cosas como estaban.

 ¿Fue la presión de la sociedad chilena la que logró esta marcha atrás? Por supuesto, sin ella no hubiera ocurrido. Pero en mi opinión, esa presión popular fue capaz de modificar la resolución inicial por el simple y definitivo hecho de que Chile se encuentra, también y con su propio ritmo, inmerso inexorablemente en el proceso de integración continental. El reclamo y las luchas populares no han logrado aún imponer en Chile un sistema educativo público más justo y democrático. Las razones económicas que da el gobierno no alcanzan para ocultar el profundo anclaje ideológico, privatista, comercial, que tiene la defensa del actual sistema. Y ahí ningún país de la Unasur tiene derecho a entrometerse. Pero Sebastián Piñera, presidente pro témpore de Unasur, vio que esa posición de no llamar dictadura a una dictadura casi paradigmática no la iba a poder sostener ante la mayoría de los presidentes suramericanos. Escuchó la voz áspera y cuartelera de Hugo Chávez riéndose del eufemismo. Supuso el tono admonitorio y didáctico de Cristina ironizando sobre ello. Se imaginó a Rafael Correa y su perfecta dicción de bachiller preguntando qué tenía que hacer un régimen militar dictatorial para ser llamado dictadura. Vio que en las pausas de las reuniones, con simpatía y sin maldad, los presidentes suramericanos lo iban a convertir en objeto de chanzas o comentarios sarcásticos. ¿Y todo para qué? ¿Para salvar la reputación de un militar ya fallecido, cuya honestidad está en duda? ¿Para limpiarle la cara a un período que ya no puede volver y que dio todo lo que podía dar?

 Eso es cosa de ideólogos, debe haber pensado el empresario Piñera. Es cosa de fundamentalistas que no piensan ni en la política ni en los negocios. Y eso no le conviene a mi gobierno. Ni a mi país, concluyó.

 Y, es mi aventurada hipótesis, por primera vez, la Patria Grande influyó en una decisión de política interna en el esquivo Chile que quizás ha comenzado a repatriar el ideario de O'Higgins.

 *Periodista, guionista cinematográfico, escritor y político.

Miembro de número del Instituto de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego y miembro de la Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular.