EL PODER SOCIAL DE LOS TRABAJADORES

Alfredo Carazo

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El poder se disputa, se construye entre fuerzas que representan al movimiento nacional y popular o a las minorías, casi sin patria, que responden al sojuzgamiento.

EL PODER SOCIAL DE LOS TRABAJADORES

 

Por Alfredo Carazo *

 

Si hay algo que no se le puede discutir a Juan Domingo Perón, es su condición de estratega, aplicado esto a la política. Y en esa dirección, lo importante es reconocer el motor de los cambios, el sujeto protagónico de las transformaciones.

 

Siempre ha sido así en la historia de los pueblos.

 

Pero no siempre el estadista ha percibido el signo de los tiempos y los sujetos históricos.

 

En la década del ’40, tras la irrupción política de una incipiente clase media, era necesario incluir a los trabajadores de una Argentina que se soñaba industrial, sin excluir al campo.

 

Por eso en 1943, el pedido del entonces coronel Perón fue directo.

 

Era necesario adelantarse a los tiempos creando la Secretaría de Trabajo y Previsión, para abrir el sendero a un nuevo modelo de país, el de la Justicia Social.

 

El Estatuto del Peón, las jubilaciones, los tribunales del Trabajo y sobre todo, la reconfiguración de un movimiento obrero, hasta entonces fracturado ideológicamente como consecuencia de sus orígenes europeos, en un modelo orgánico y participativo políticamente, fueron algunas, apenas algunas, de las medidas que se impulsaron.

 

En el 45, ese 17 de octubre de la memoria militante, los obreros de los frigoríficos, de los talleres, de las curtiembres, de las gráficas, los metalúrgicos y textiles, tuvieron no solamente una lectura política de lo que estaba ocurriendo, sino que apostaron fuertemente a la simbiosis del movimiento con su líder, anticipando una Argentina distinta. Nunca pudo quebrarse esa mutua lealtad.

 

Ni siquiera cuando alguien supuso que era posible un “peronismo sin Perón”.

Quizás por eso –o sin el quizás para ser más certeros- cuando en 1972 Perón regresó al país, lo primero que visitó fue la sede de la CGT.

 

Allí no estaban los votos como se dijo.

 

Allí estaba la legitimación social del poder.

 

Y el poder se disputa, se construye entre fuerzas que representan al movimiento nacional y popular o a las minorías, generalmente sin patria, porque solo responden a la economía del sojuzgamiento.

 

Y luego se ejerce.

 

Como ahora, las oligarquías reinantes resistieron el nuevo cauce.

 

Sobre todo los que atalonaban sus pingues ganancias en el modelo agro exportador.

 

Pero como acababa de decir la presidenta, Cristina Fernández, “la Patria no existe sino existen los trabajadores”.

 

Y los trabajadores que asomaron sus demandas por primera vez en la Plaza de Mayo, nunca dejaron de estar.

 

Con trabajo o sin trabajo, pero con la ideología de los derechos sociales.

 

Se los denominó el “aluvión zoológico”; se los apostrofó como “los negros vagos que se benefician de los gobiernos clientelistas”; eran ninguneados cuando Eva Perón los llamaba cariñosamente “mis grasitas” y “mis descamisados”.

 

Pero una y otra vez volvieron a recuperar la dignidad del trabajo fecundo para convertirse en sujetos de derecho.

 

Hoy las fábricas se volvieron a llenar de trabajadores.

 

Nuevos oficios y profesiones constituyen la base político-social de un país que está retomando el proyecto trunco de la Justicia Social.

 

Y lo hace con los trabajadores que como siempre son la columna vertebral del crecimiento.

 

El “viejo” no se había equivocado cuando pidió la Secretaría de Trabajo.

 

El poder estaba en los trabajadores.

AC/

 

* Periodista