Los liberales aprecian a Rivadavia y a Lavalle. Los nacional-populares a Dorrego y a Rosas. 

LA VUELTA DE OBLIGADO Y LAS DOS CULTURAS

Por Jorge Bolivar

Pese a la derrota, el combate de Obligado movilizó a la opinión a favor de Rosas. San Martín repudió el ataque en una carta que publicó un periódico inglés.

LA VUELTA DE OBLIGADO Y LAS DOS CULTURAS

 

Por Jorge Bolívar

TELAM

20/11/2011

 El gobierno que preside la Dra. Cristina Fernández de Kirchner agregó a la lista de los feriados nacionales el 20 de noviembre, día en el cual se rememora la heroica resistencia de las tropas y fuerzas navales argentinas contra las poderosas armadas inglesas y francesas que pretendían conquistar los grandes puertos del río Paraná para colocar y vender sus productos manufacturados, respondiendo así a su estrategia mercantil sobre la que se desplegaría el imperio británico.

 La batalla fundamental ocurrió en el paraje denominado Vuelta de Obligado, en la que el citado río Paraná se estrecha, permitiendo el accionar de fuerzas terrestres ante la notable disparidad de navíos de guerra: uno por el lado argentino y veintidós por el lado anglo-francés.

 El historiador Pacho O Donell el año pasado libró una interesante batalla cultural alrededor de esta decisión gubernamental, subrayando su desacuerdo con buena parte de la historiografía de origen liberal que minimiza o cuestiona el hecho histórico, quitándole por distintas razones relevancia.

 En la historia argentina publicada por el diario Clarín con motivo del bicentenario, dirigida por José Luis Romero, en el año 1845 aparece la nota correspondiente, con un subtítulo engañoso: “Pese a la fuerte resistencia de las tropas federales, la escuadra anglo francesa penetra en el río Paraná”.

 El otro subtítulo de la nota es: “La opinión pública a favor de Rosas”.

 Pacho O Donell demuestra con hechos que lo que los historiadores de formación liberal dan como un hecho histórico de trascendencia menor, o lo computan lisa y llanamente como una derrota, no pueden ocultar que el objetivo de semejante escuadra no era pasearse por el río Paraná, sino desembarcar y conquistar militarmente las costas y los puertos.

 Querían llegar a Corrientes y a Asunción y lo hicieron, pero encontraron a una población francamente enemistosa y se volvieron sin poder vender las mercaderías que traían para hacer a través de ellas, cabeceras de puente de su estrategia imperial, mercado-céntrica, como la llamaría el pensador argentino Gustavo Cirigliano.

 Al final de las consideraciones José Luis Romero y sus colaboradores respecto al año 1845, no pueden dejar de reconocer que: “Pese a la derrota, el combate de Obligado movilizó a la opinión a favor de Rosas. San Martín repudió el ataque en una carta que publicó un periódico inglés.

 La población del Litoral rechazó el paso de los barcos extranjeros y la prensa internacional condenó la agresión. París y Londres tuvieron que retirar la flota.

Rosas consiguió el cese del bloqueo de Buenos Aires, recuperó la isla Martín García y logró el reconocimiento del carácter de río interior del Paraná.

En 1848 se firmó la paz con Gran Bretaña sobre la base del reconocimiento de los derechos defendidos por Rosas.

 La paz con Francia se alcanzó en 1850”.

 ¡Qué pedazo de “derrota”!

O, para decirlo estratégica y geopolíticamente: que “derrota” tan victoriosa. 

Pero así es la lectura de la historia en la Argentina.

Y también la valoración de las demás consideraciones políticas, económicas y sociales. 

Los argentinos tenemos como dos almas. 

Estamos iluminados por dos culturas opuestas; a veces, llamativamente enfrentadas.

 Una es la liberal conservadora, a la que muchas veces se le han adosado por distintas razones, los socialismos argentinos y otra la nacional y popular. 

Los acontecimientos históricos son siempre los mismos.

 Los próceres y sus actos son igualmente comprobables.

 Pero son diferentes las valoraciones, las empatías, las significaciones, las afinidades ideológicas. 

Los liberales aprecian a Rivadavia y a Lavalle. 

Los nacional-populares a Dorrego y a Rosas. 

Éstos últimos reconocen mérito en el Mitre que intenta organizar y difundir a través de San Martín y Belgrano, aún con omisiones, la historia patria.

 Pero lamentan su alta valoración del capitalismo inglés, porque no termina de advertir su carácter colonialista.

 Los liberales, al revés.

 Otro tanto ocurre con Sarmiento, todos le reconocen su tarea educadora, pero los nacional-populares deploran la herida producida por la antinomia entre bárbaros y civilizados.

 Los liberales, en cambio, admiran a este Sarmiento antinómico poco patriota y cosmopolita.

 Un suceso semejante ocurre con la valoración del radicalismo.

 Los liberales estiman en alta medida al radicalismo “institucional”, que exagera el poder de las formas sobre los contenidos de la acción política y que sostienen la impersonalidad en la conducción.

 Los nacionales, en cambio aprecian al radicalismo-sentimiento, que moviliza y une a las masas criollas con los trabajadores inmigrantes, y que, impulsado por el personalismo patriótico de Yrigoyen, pone en marcha justamente la conciencia de la nacionalidad en todas las provincias y territorios argentinos.

 Ni que decir de la década del 30.

Para los nacional-populares es la “década infame”, para los liberales es una época difícil, pero que permitió transitarla superando las graves derivaciones de la crisis económica mundial de 1929.

Y así podríamos seguir hasta llegar al presente donde podemos comprobar que las dos culturas no celebran ni aprecian de la misma manera el día de la soberanía con el cual se valora ese suceso fundamental de la construcción de una Nación independiente que es la batalla de la Vuelta de Obligado.

Yo he estado desde joven en una de estas dos culturas, reconociendo entre mis maestros a José María Rosa, a Ernesto Palacio, a Fermín Chavez, a Jorge Abelardo Ramos, a Arturo Jauretche y a tantos otros más, pero estimo valioso que nos reconozcamos.

Que no tratemos de “ningunearnos”, como suelen decir los más jóvenes.

 Es de esperar que las nuevas generaciones vayan encontrando, por lo menos en los acontecimientos fundamentales, una fuerza espiritual más común que permitan superar los enfrentamientos, a menudo deteriorantes, del juego intelectual de estas dos culturas.

 La influencia del cosmopolitismo occidental no ha ayudado en general a que la identidad patriótica se fortalezca en la pluralidad que une y no en el desconocimiento y la simple negación histórica que separa.