UN 17 DE OCTUBRE DENTRO DE LA EX ESMA

Mariano Dios

Volví a casa con los pies inflamados, y la sensación de haber vivido un 17 tan intenso como las horas que viviremos el próximo 17.

 UN 17 DE OCTUBRE DENTRO DE LA EX ESMA 

Por Mariano Dios

 NAC&POP

19/10/2011

Mi 17 de octubre fue definitivamente intenso.

Arrancó, temprano, con el arribo a la Ex ESMA.

No para hacer una nueva visita al Centro Clandestino de Detención y Exterminio que allí funcionó.

No.

Para trabajar, de ahora en más, en el edificio del Archivo Nacional de la Memoria, junto a otros diez compañeros, en un refaccionado y luminoso salón llamado “Rodolfo Walsh”.

 La mudanza implica, en lo personal y en lo colectivo, asumir el mandato político de ocupar un predio en el que a través de la función pública se mantiene viva la memoria.

 Al mediodía salí a dar una vuelta.

Debajo del brazo me llevé “En cinco minutos levántate María”, de Pablo Ramos.

Busqué un lugar para sentarme a leer las últimas veinte páginas de una historia narrada por una mujer que recorre su vida desde la oscuridad de su cama, antes de que amanezca.

Recorrí un costado del predio, comí unas moras en el camino, me encontré con dos compañeros de otras épocas de militancia que trabajan en otro edificio, y después de algunos minutos, encontré el lugar que estaba buscando: una explanada de cemento de la parte de atrás del Conti.

En medio del absoluto silencio que reinaba en ese rincón, me acordé de una foto de la previa del acto oficial que se hizo en el centro cultural para su inauguración: Néstor y Cristina ingresando junto a la primera plana del gobierno nacional, frescos, y enormes, haciendo historia.

Rodeado de las hojas y ramas que habían caído de los frondosos árboles del lugar, ahora sí, la profundidad con la que escribe Ramos, acrecentada de manera angustiante por la pendiente narrativa del final ya no del libro sino de su trilogía –los primeros dos son “El origen de la tristeza” y “La ley de la ferocidad”-, me conectó con uno de los tópicos más transitados por la literatura: la muerte.

Fumé un cigarrillo, mientras intentaba coronar la preciosura del texto con algún pensamiento.

Di la última pitada, y me levanté.

Próximo destino: el Ecunhi, espacio en el que se había abierto un pequeño comedor.

En el camino, una mujer, a la distancia, frunció los ojos, se agachó levemente, e intentó descifrar si yo era yo.

Me miraba con gestos dubitativos, hasta que pronunció mi nombre. Era yo, sí, pero yo no sabía quién era ella.

De todas maneras fui a su encuentro, e incluso nos dimos un abrazo. Con honestidad le comenté que no la reconocía.

Cuando me dijo su nombre, y el de su hija, entendí todo.

Adiviné los rasgos de su hija en su propio rostro.

Nos volvimos a abrazar, re afirmando que sí, que nos habíamos tenido cariño.

Intercambiamos unas palabras obligadas, y no mucho más.

El encuentro duró dos minutos, pero fueron tan intensas las miradas y tan drástica la aceleración del pulso sanguíneo, que cuando cada uno siguió su camino intuí que a ambos se nos empastó la boca con el nostálgico gusto de un pasado irrecuperable.

 Más tarde fui testigo privilegiado del frenético trabajo de unas treinta personas de la Unidad del Bicentenario para el acto que unas horas más tarde encabezaría la Presidenta de la Nación, en el edificio Educ.ar (las señales Encuentro, Paka Paka y Tecnópolis TV), al fondo del predio, por los sesenta años de la televisión Pública.

“Son los productores más importantes de la Argentina”, me confió un compañero del Ministerio de Educación.

Un hormiguero a cielo abierto.

Más tarde, y desde una ventana del primer edificio del Archivo Nacional de la Memoria, con el sol de octubre sobre la frente, disfruté cada una de las entradas de de las organizaciones que enfilaban hacia el acto con flameadoras, bombos y trompetas.

Los seguí con la mirada hasta que se perdían por las callecitas del predio, con la naturalidad de cualquier manifestación popular, y volví a enorgullecerme con la obra de Néstor, sus pelotas y su amor por la Patria.

Más tarde, ya dentro del salón principal del edificio de Educ.ar, entre decenas de compañeros, personalidades de la política, los medios y la cultura, la vi, sentada, junto a las suyas, todas en silencio, y ella, intimidante, con un gesto durísimo en la cara arrugada y bordeada por el pañuelo blanco.

Me acerqué, y le dije si la podía abrazar.

Y así fue: varios segundos sentí el corazón incansable de Hebe de Bonafini sobre mi pecho.

 Más tarde, la Presidenta, vestida de negro como la noche que nos envolvía, condujo con la semblanza de los diferentes, un acto que arrancó con la primera imagen que emitió nuestra televisión hace sesenta años: un discurso de Evita, tan vital como su lucha por los derechos de los descamisados.

 Volví a casa con los pies inflamados, y la sensación de haber vivido un 17 tan intenso como las horas que viviremos el próximo domingo, cuando hagamos historia, o dentro de 96 horas, cuando volvamos a llorar por él, nuestro padre, como leí por ahí hace un rato, en una red social.

 MD/

El Correo-e del autor es marianodios@hotmail.com