“El cadáver de mis empeños vanos fecundiza el pavimento estéril de las calles, y en cada pena ha de nacer un júbilo ajeno y venidero.En ellos revivirán mis sueños”.

EL HOMBRE DE CORRIENTES Y ESMERALDA CUMPLE AÑOS

Por Osvaldo Cuesta

En el pulso de hoy late el corazón de ayer, que es el de siempre y revela el extraordinario poder de Buenos Aires, su facultad catalíptica de las corrientes sanguíneas.

EL HOMBRE DE CORRIENTES Y ESMERALDA CUMPLE AÑOS

 

Por Osvaldo Cuesta

 NAC&POP

16/10/2011

El 15 de octubre de 2011 se cumplieron 80 años de la aparición de esa auténtica biblia porteña que es El Hombre que está solo y espera.

 El 15 de octubre de 1931 se publicaba la primera edición de esta obra a través de la editorial de Don Manuel Gleizer.  

 Allí, el autor, Raúl Scalabrini Ortiz nos decía “Este libro, que compendia los sentimientos que yo he soñado y proferido durante muchos años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires, fue vivido durante los treinta y tres años del autor y escrito en un mes; septiembre de 1931”.

 Si bien Scalabrini redactó en un mes este texto,  existen indicios de lo que cree y piensa en sus  escritos anteriores.

 No es un rapto de inspiración sino un proceso de acumulación de experiencias en su constante pesquisa del vivir. 

El libro resultó un éxito literario por las ventas (en el primer año agotó cuatro ediciones) y por las críticas positivas que recibió; inclusive obtuvo un Premio Municipal de Literatura y el Tercer Premio Nacional de Letras de 1931.

Respecto del Premio Municipal, en un bochornoso hecho, debido a maniobras fraudulentas de algunos de los jurados, le otorgaron el segundo lugar aun cuando de acuerdo a las calidades del ensayo le hubiera correspondido indudablemente el primero.

Entre quienes ponderaron el trabajo de Scalabrini podemos citar a Jorge Luis Borges (aun cuando años más tarde increíblemente negara conocer a Don Raúl o su tarea) quien le dedicó este comentario a El Hombre que está solo y espera: “Reúne un justo análisis del sujeto que considera: el hombre cotidiano de Buenos Aires, con una valoración fastuosa de los méritos imaginarios del mismo o de sus deplorables defectos exaltados a virtudes, para mayor satisfacción de nuestro patrioterismo.

A pesar de lo señalado creo en los tres mil pesos del mérito que un jurado en otra resolución errónea, le ha discernido y aún creo que debiera debido otorgarle los cinco mil” (JLB en Jornada 1/1/932).  

Obviamente los cinco mil pesos correspondían al primer premio.

 Una anécdota puede mostrar la personalidad de Scalabrini, sencillo, humilde y modesto para calificar a su propia trabajo pero irreductible para defender su honor.

 El crítico literario de la época Ramón Doll descalifica con duros comentarios la obra de Scalabrini Ortiz.

 Este lo considera malintencionado e insultante y en tal sentido es contundente y, tal como lo había plasmado en 1927 en la revista Martín Fierro “Para mí y para todas las personas decentes, las injurias alcanzan, si leves hasta la longitud de los puños, si graves, los veinte pasos de una bala”, el 29 de marzo de 1933 se baten a duelo y se impone Scalabrini Ortiz al herir a Doll en su antebrazo.

En su indagación por la identidad porteña, en la obra El hombre que está solo y espera, Scalabrini construye el concepto del Espíritu de la Tierra, una abstracción, algo mas allá de lo tangible que nos incluye y guía, que sólo registramos y conectamos a través de las emociones:

“Si por ingenuidad de fantasía le es enfadoso concebirlo, ayúdeme usted y suponga que el ‘espíritu de la tierra’ es un hombre gigantesco.

Por su tamaño desmesurado es tan invisible para nosotros, como lo somos nosotros para los microbios…

Solamente la muchedumbre innúmera se le parece un poco.

Cada vez más, cuanto más son…

La conciencia de este hombre gigantesco es inaccesible para nuestra inteligencia.

No nos une a él más cuerda vital que el sentimiento.

Cuando discrepemos con sus terminaciones, quizá en el corazón tengamos una avenencia”. 

Nos plantea la idea de un hombre nuevo y lo sitúa en la ciudad puerto ya que es en la ciudad donde se da la química de multitudes.

 Es un ser que se suma al conjunto, que se integra en un  ser colectivo.

 Es diverso, dinámico, pluricultural, multígeno.

 En su mirada del porteño incorpora a los tipos criollos precedentes mixturados con los nuevos inmigrantes: “En el pulso de hoy late el corazón de ayer, que es el de siempre” y revela el extraordinario poder de Buenos Aires “su facultad catalíptica de las corrientes sanguíneas”.

 Y lo ejemplifica con el proceso por  el cual la combinación de dos gases, el hidrógeno y el oxígeno, dan por resultado un tercer elemento que es el agua.

 “El porteño es una combinación química de las razas que alimentan su nacimiento.

El porteño es esa gota de agua, incolora, inodora e insípida que brota en el fondo del tubo de ensayo o que el cielo envía para que la tierra fructifique”.                     

En esas décadas donde la Argentina necesitaba de mitos fundantes, Scalabrini nos presenta el arquetípico Hombre de Corrientes y Esmeralda, lo porteño como núcleo de la identidad nacional, ubicado en esa esquina céntrica donde se mixturan las muchedumbres.

 El Hombre de Corrientes y Esmeralda es el vértice en que el torbellino de la argentinidad se precipita en su más sojuzgador frenesí espiritual”… “el Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro de la cuenca hidrográfica, comercial, sentimental y espiritual que se llama República Argentina. Todo afluye a él y todo emana de él”.

 Para auscultar y alcanzar la comprensión del porteño nos dice que hay que estar atentos a la mirada, que revela el estado de ánimo; a la música del tango, que expresa las amarguras de los porteños; al don de la amistad, que es un olvido del egoísmo humano.

 Amor, amistad, soledad, tragedia sexual, tedio, finitud, fugacidad del tiempo, política, sentires, percepciones, son tópicos sobre los que vibra este tratado porteño.

 Esta reflexión psicosociológica y política, con aires ciertamente ilusorios, donde se mezcla lo celeste con lo terrenal, es un hito en la historia del ensayo y describe el proceso de modernización en el que se hallaba la sociedad en ese momento.

El Hombre que está solo y espera… espera algo que sacuda su aletargamiento.

 Así refería Scalabrini en la Revista Rivadavia en febrero de 1932 las intenciones de El hombre que está solo y espera

“Yo realzaba en mi libro las virtudes de la muchedumbre criolla, y demostraba que su valoración no debía emprenderse de acuerdo a las reglas y cánones europeos: daba una base realista a la tesis esencial de la argentinidad y sentaba la tesis de que nuestra política no es más que la lucha entre el espíritu de la tierra, amplio, generoso, henchido de aspiraciones aún inconcretas, y el capital extranjero que intenta constantemente someterla y juzgarla”. 

Con El hombre que está solo y espera, Raúl Ángel Toribio Scalabrini Ortiz, tal su nombre completo, le pasara por arriba a la disputa de los grupos literarios de la época.

Florida, que proponía una vanguardia estética desideologizada y Boedo que apuntaba a reflejar los problemas sociales, el mundo del trabajo y la ciudad.

Con su obra reconciliara las dos vertientes en una estética que le es propia.

En Acentos de una Soledad, un nota publicada en La Gaceta del Sur algún tiempo atrás e incorporada a su libro como oración del Hombre de Corrientes y Esmeralda, concluye con el agudo párrafo final que une fatalismo y esperanza: “El cadáver de mis empeños vanos fecundiza el pavimento estéril de las calles, y en cada pena ha de nacer un júbilo ajeno y venidero.»

«En ellos revivirán mis sueños”.

De tal naturaleza han sido estos trabajos sociológicos sobre  la porteñidad que incluyen la receta para relativizar la derrota, en el sentido que ésta se exprese, ya que alguien vendrá a retomar el mandato dando vida a una nueva ilusión.

Para finalizar, no podemos dejar de mencionar, ya que en pocos días se cumple un nuevo aniversario del histórico 17 de octubre de 1945 que Scalabrini toda su vida presagió aquel hecho; en el cuento Los Humildes del libro La Manga nos hablaba de la “muchedumbre que iba por la mañana y volvía por la tarde.”

En El Hombre que está solo y espera nos presentaba El Espíritu de la Tierra, espíritu que vio reflejado en esa crucial jornada.

Así daba origen a la más hermosa descripción de aquel día que cambiaría la historia del país de la cual dio cuenta en Tierra sin nada, tierra de profetas en 1947: “…Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad.

Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando…

Era el subsuelo de la patria sublevado.

Era el cimiento básico de la nación que asomaba por primera vez en la tosca desnudez original, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto…

Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.

Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto.

Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación.

El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo…”.

 Hoy, El Hombre de Corrientes y Esmeralda no está solo.

 Imbuido del Espíritu de la Tierra hay un pueblo movilizado detrás de las banderas de Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social, dispuesto a transformar la realidad en pos de realizar su destino.

OC/15/10/2011