Escribió cuatro novelas. Todas, de algún modo, autobiográficas. La primera de ellas, Para hacer el amor en los parques, publicada en 1970, fue prohibida

NICOLÁS CASULLO EL PENSADOR DE LOS CONFINES

Por Julián Fava

En 2008, a poco de iniciado el conflicto entre el gobierno y el poder concentrado agro-mediático, pivotó, junto a Horacio González y a Ricardo Forster, el espacio Carta Abierta. Lo obsesionaba el sentido común, siempre de derecha, crecido al abrigo de años de poder nihilizador. Ese fue su último gesto frente a los poderosos de turno. Nos queda ese ejemplo y esos libros, que no es poco.

NICOLÁS CASULLO EL PENSADOR DE LOS CONFINES

 

Por Julián Fava

TELAM

09/10/2011

Había nacido un 10 de septiembre de 1944 en Buenos Aires, en el barrio de Almagro.

La casona que lo recibió tenía tres plantas, treinta habitaciones y dos patios enormes.

Tan grande era que hoy funciona allí el colegio William Morris.

 A principios del siglo XX, su abuelo -también llamado Nicolás- había llegado a convertirse en un próspero comerciante. 

«El frutero de las estaciones» traía cítricos del Paraguay.

Era propietario de unos cuantos barcos, entre ellos, uno que se llamaba «Buenos Aires».

Por los años veinte llegó a formar parte del Concejo Deliberante de la Ciudad. 

Nieto de ese abuelo protestante y de una madre peronista, heredó una profana religiosidad, una sensibilidad por las pasiones populares -Racing siempre fue el telón de fondo de su vida- y una fascinación libresca por la erudición.

 Por mandato familiar había ingresado en el colegio Carlos Pellegrini.

Su carácter, quizá simplemente sus impulsos vitales ajenos a la pretensión rigurosa de los números, hizo que lo expulsaran por indisciplinado.

Terminó el secundario en el Nacional Sarmiento.

Entonces descubrió la biblioteca familiar, responsable de su vocación.

 Los setentas lo encontraron, como a la mayor parte de los jóvenes de su generación, inmerso en la militancia revolucionaria barrida por la violencia militar.

El exilio lo llevó primero a Venezuela y más tarde a México.

Allí nacieron sus hijas: Liza, artista; Mariana, filósofa.

Regresó con la vuelta de la democracia.

 Concibió la existencia como una larga conversación: las historias podían empezar en la casona de Lavalle y Salguero y desembocar en la Viena de fin siglo, entre Freud y Karl Kraus.

Escribía para entender su país, pero también para ajustar cuentas con su pasado, para desquitarse.

 Escribió cuatro novelas.

Todas, de algún modo, autobiográficas.

La primera de ellas, «Para hacer el amor en los parques», publicada en 1970, fue prohibida por un decreto de la Secretaria de Cultura el 21 de enero de 1971.

Inspirada en su viaje a París de 1968 y escrita bajo el calor insurreccional de la lucha armada, constituye una pieza de transgresión frente a un mundo que parecía llegar a su final, que parecía redimir su vieja moral.

 Escrita en el exilio, «El frutero de los ojos radiantes» hace de la primera persona un plural que va hilvanando el derrotero de una familia de inmigrantes y la tragedia de vivir en un país que, a cada rato, se está rehaciendo.

 «La cátedra», publicada en el 2000, se adentra, en cambio, en el oscuro mundo universitario, tan recorrido también por Nicolás.

 Ambientada en una Buenos Aires del año 2117, «Orificio», hasta ahora inédita, es una ficción sobre la intemperie, sobre el fin de las utopías, sobre el desquicio de la vida en común.

Es la historia de una sociedad de mutantes que viven en la anomia.

No es casual que Nicolás la haya escrito en los despiadados años noventas.

Por suerte, estaba ya siendo editada.

 La vida universitaria fue uno de los ejes de su vida.

Fue profesor en la Universidad Nacional de México (UNAM), consultor de la Universidad de París, así como catedrático e investigador de la Universidad de Buenos Aires.

Sus clases en la carrera de Comunicación llegaron a ser multitudinarias.

Seducía su erudición, su honestidad intelectual, su socarronería.

 Sus ensayos «El debate modernidad-posmodernidad», de 1989 o «Viena del 900, la remoción de lo moderno», de 1990, iluminaron el campo intelectual local, marcaron buena parte de las discusiones académicas posteriores.

La tradición iluminista y el proyecto de una modernidad inconclusa eran, para Nicolás, las claves a descifrar si queremos concebir un proyecto de país emancipado, no sólo política, sino económica y culturalmente.

 En abril de 1995 fundó la revista Pensamiento de los Confines, un mojón frente al asedio neoliberal y la frivolidad de esos años.

Por esas páginas desfilaron desde traducciones de Hölderlin y los románticos alemanes hasta agudos análisis sobre los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001.

En 2004 ganó el premio Konex por sus ensayos filosóficos.

 Poco antes de la elección de 2003, escribió: «Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista” Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético del menemismo».

Así de agudas eran sus intuiciones; así de profundos sus compromisos también.

 En 2008, a poco de iniciado el conflicto entre el gobierno y el poder concentrado agro-mediático, pivotó, junto a Horacio González y a Ricardo Forster, el espacio Carta Abierta.

Lo obsesionaba el sentido común, siempre de derecha, crecido al abrigo de años de poder nihilizador.

Ese fue su último gesto frente a los poderosos de turno.

Nos queda ese ejemplo y esos libros, que no es poco.

 JF/