“Que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que hace”, fue lo último que le dijo al público guatemalteco, un día antes de caer baleado

FACUNDO, HAN DEGOLLADO NUEVAMENTE A LA PALOMA.

Por Osvaldo Tangir

Pobre de toda pobreza, su padre lo había abandonado el mismo día que nació; casi mudo, tal vez por las atrocidades que había visto y vivido, el pibe, de 9 años, criado entre el reformatorio y las carencias, viajó como pudo desde aquella tierra paradójicamente llamada del Fuego para llegar a la capital del país.Tenía una sola idea dibujada como un destino entre sus ojos grandes, cargados de imágenes, asombro y necesidades: ver al Presidente del país y a su esposa, Evita.

FACUNDO, HAN DEGOLLADO NUEVAMENTE A LA PALOMA.

Por Osvaldo Tangir

El Gato Escaldado

Domingo, 10 de julio de 2011

 Un día de julio, de un julio helado perdido ya de todas las memorias, se fue de su casa, que no era suya, sin decirle nada a su madre, que lo tenía a cargo a él y a sus siete hermanos.

 Pobre de toda pobreza, su padre lo había abandonado el mismo día que nació; casi mudo, tal vez por las atrocidades que había visto y vivido, el pibe, de 9 años, criado entre el reformatorio y las carencias, viajó como pudo desde aquella tierra paradójicamente llamada del Fuego para llegar a la capital del país.

 Fueron cuatro larguísimos meses los que tardó en llegar a la gran ciudad.

 Tenía una sola idea dibujada como un destino entre sus ojos grandes, cargados de imágenes, asombro y necesidades: ver al Presidente del país y a su esposa, porque alguien le había dicho a su vieja, que ellos eran buenos con los pobres y que podían darle lo que su familia tanto precisaba: trabajo. 

 Una idea loca, peregrina, desesperada, justa, claro, que el pibe siguió contra viento y marea, como quien persigue más que una ilusión, una fe.

 Al fin, en la ciudad, un vendedor ambulante que escuchó la historia, entre compadecido y risueño, le dijo dónde podía encontrarlos: un lugar llamado La Plata, a unos 50 kilómetros de esa capital a la que había llegado hacía unos días. 

Había dormido a la intemperie, tapado con arpilleras, se había alimentado de las sobras de los restaurantes, y de lo que le daban los obreros al borde de los caminos, ¿qué era recorrer cincuenta kilómetros más?

 La Plata, donde él había nacido, aunque no tuviera ni un recuerdo ni una seña de aquel suceso que hasta su padre había ignorado. 

La Plata, justo lo que no tenía, lo que había ido a buscar, eso que sólo podía conseguirse con laburo.

 Laburo, lo que precisaba para sacar a su familia de aquel pozo helado y sin futuro a la vista. 

 Allí, en esa ciudad extraña, armada como una telaraña, se celebraría un Tedéum conmemorando su fundación.

 Al día siguiente, con las monedas que le habían dado, el pibe viajó.

 Llegó a la terminal poco antes del mediodía y se fue caminando por las diagonales bañadas de sol y llenas de gente hasta la plaza Moreno, donde, le habían dicho, encontraría a ese hombre y esa mujer que había ido a buscar esperanzado de la misma desesperación.

 Y de repente, en medio de vivas, de pañuelos al viento, de sombreros arrojados al aire -y las palomas que levantaban vuelo asustadas-, los vio.  

Iban sentados en el asiento de atrás de un auto negro, descapotado, rodeados de policías que marchaba despacito: los vio cuchichear entre ellos algo que él ni nadie podía escuchar.

 Y sonreían, le sonreían a la gente, y la gente les devolvía la

sonrisa: él levantaba los brazos, ella saludaba como una niña subida a un carrousel. 

 Todo sucedió en un instante; rápido como una perdiz, empujado por el hambre y el abandono acumulados, que no tenían días ni meses sino siglos acumulados en su cuerpecito esmirriado, se coló entre la guardia que los custodiaba y trepó al estribo del auto. 

Quisieron bajarlo de un empujón, pero el hombre sonriente, vestido de militar, que mucho después supo había sido electo presidente ese año, lo impidió. 

 Con el auto en marcha, con la multitud que festejaba el paso de la pareja, el hombre que él había ido a buscar desde tan lejos, acaso desde el fondo de la misma historia, le preguntó: “¿Qué precisás, m’hijito, en qué te puedo ayudar?”, y el pibe, con sus pilchas sucias, las uñas negras, los ojos hundidos de cansancio; el pibe emocionado, con el hambre atrasado, con sus nueve años que parecían tres vidas, hizo la pregunta de las preguntas, la que solo admite una respuesta: “¿Hay trabajo?”.

 El hombre sonriente la miró a ella, y ella miró al pibe. “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna.

 Por supuesto, mi amor, hay trabajo”, le dijo la mujer, de voz algo cascada pero bella como una princesa, más hermosa que un hada buena, pero real, más real que ese día soleado, que esa multitud alegre y vociferante, que tantos años de privaciones, que esa catedral gótica y fría como tantas otras catedrales góticas y frías donde los hombres durante siglos quisieron encerrar a Dios. 

 Era el 19 de noviembre de 1946, el presidente se llamaba Juan Perón, su mujer Evita Duarte de Perón, y el niño, Facundo Cabral…

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De inmediato la señora llamó a alguien y le ordenó “ocúpese del niño”.

 Y después de tantos meses, el pibe que había recorrido medio país para llegar a ese día, comió comida caliente, se bañó, se puso la ropa limpia que le dieron. 

Y se sentó a esperar como entre sueños, alucinado, feliz; y esperó esas cuatro horas mágicas hasta que terminó el Tedéum, y ella, como una vieja amiga que cumple su palabra, fue a verlo a esa casa de la calle 1 donde lo habían llevado de la mano.

 “Tuvimos suerte -le dijo Evita, con una sonrisa que jamás olvidó-conseguí una escuela en Tandil, van a trabajar ahí, con un sueldo de 160 pesos”.

 Y lo mandó de vuelta en avión a buscar a su familia a Tierra del Fuego con dos pilotos, un médico y con una carta en el bolsillo que decía: “Sería de mi agrado que la señora de Cabral y sus hijos no tuvieran ningún problema” con la firma: Eva Perón.

 Para Facundo, su madre y sus siete hermanos, ese 19 de noviembre de 1946, empezó otra vida.

 Una vida que nunca habían imaginado, pero que merecían, tan solo por haber nacido en esta tierra que comenzaba a ser libre, soberana y por sobre todo justa. 

Ya no iban a estar sin pan y sin trabajo en el lejano y helado sur, sino en Tandil, en la templada llanura, entre sierras, donde el sol podía aliviar a todos de tanto desamparo y tanta, tanta intemperie.

 Era la primera vez que alguien le decía que estaba dentro de la cancha, que pertenecía a una sociedad, que no era un excluido, como había sentido hasta ese momento.  

Muchos años después ese pibe, Rodolfo Enrique Facundo Cabral, nacido en La Plata el 22 de mayo de 1937, se hizo poeta, musicante, trovador, vagamundo, sabio, narrador de historias, viajes, sueños, pesadillas, se hizo a sí mismo predicador de una fe, entre cuyas verdades está ésta que aprendió o descubrió o inventó ese día de noviembre a los 9 años, después de aquel encuentro maravilloso que lo reunió con el hombre del destino y con la abanderada de los humildes.

 Una verdad sencilla como el aire y el agua, una verdad grandiosa como una catedral: “Yo debo ofrecer antes que pedir”.  

Ayer, ayer nomás, este argentino de todos lados, este militante de la paz y la fraternidad, fue brutalmente asesinado. ¿Por qué?, porque sí, por nada.

 Por la sinrazón, que es lo que es, y nunca tiene una explicación.

 Pero lo cierto es que otra vez matan al cantor creyendo que acallarán la canción.  

“Que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que hace”, fue lo último que le dijo al público guatemalteco, un día antes de caer baleado: este hombre que pintó su aldea íntima, como Tolstoi, y la hizo universal; que conoció el infierno y la iluminación, como el Buda; que se sentó a tomar café en La Biela, como cualquier porteño; y enseñó el amor, como Cristo; y abrazó a la Madre Teresa en los moritorios de Dehli; y habló a sus hermanos con la verdad de Alah, como Muhammad; y bailó como un derviche por las calles de Sanná, y volvió a beber su vino a Tandil tantas veces; y se volvió ciego, tal vez para ver mejor; y cantó una y mil veces en cientos de escenarios “No soy de aquí ni soy de allá”, su himno, nuestro, siempre igual y siempre distinto.

 Esa fue también la última canción, la que cantó en Quetzaltenango, donde alguna vez, hace cientos de años, los mayas vivieron para descubrir el universo, y otra, ayer, los sicarios volvieron a matar.  

El camino de la verdad otra vez manchado de sangre, sangre criolla, sangre universal, de alguien que llevó alrededor del mundo ese mensaje de  misericordia, de agradecimiento, de amor y justicia que entró en su alma aquel día de 1946, cuando frente a la catedral de La Plata, el feo rostro de la necesidad se fue a barajas y el buen dios se le hizo carne en la sonrisa de aquel hombre y aquella mujer predestinados.

“Hay una mitad del mundo con una flor en la mano, y la otra mitad del mundo por esa flor esperando”, eso cantaba a fines de los 60, cuando lo escuché por primera vez y creo que aun se hacía llamar El Indio Gasparino.

El, como Sidartha, sabía hacer ambas cosas: dar y esperar. 

 Julio, otra vez julio para empezar un largo viaje.

 Esta vez no estaban un Perón y Evita al final del camino, sino el mismo destino.

Un rezo, una oración, una lágrima para no olvidar nunca el mensaje entrañable de Facundo.

 Una alma buena, un Gandhi moderno, un hermano de todos.

 Ayer, en Guatemala, las bestias amputaron una parte de nosotros.

 El quinto mandamiento sigue sin tener sello.

 Han matado a un peronista, han degollado nuevamente a la paloma. 

 OT/