Cristina le ofrecía a ese pueblo la sensación de que, por ahora, y mientras ella estuviese, nadie lo volvería a derrotar. 

PERON-KIRCHNER: DOS DESPEDIDAS DE DOLOR Y LLANTO. 1974 – 2010

Este sentimiento de derrota fue la gran diferencia entre la muchedumbre que acompaño a Juan Domingo Peron y la que acompaño a Néstor Kirchner, hace menos de un año.

PERON-KIRCHNER: DOS DESPEDIDAS DE DOLOR Y LLANTO.

1974 – 2010  

Por Julio Fernandez Baraibar.

 NAC&POP

03/07/2011

Hace 37 años, alrededor del mediodía, estábamos esperando una llamada telefónica.

 Estábamos en la sede central del Frente de Izquierda Popular, en Alsina y Jujuy, en el primer piso.

 En la sala se encontraban, entre los que me acuerdo, Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo, Blas Alberti, Luis Alberto Rodríguez, Fernando Carpio, Jorge Raventos y quien esto escribe. 

Suena el teléfono, la compañera que se ocupaba de la secretaría le pasa una llamada a Ramos:

 – De la residencia presidencial de Olivos, quieren hablar con Ud.

 Ramos toma el teléfono, conversa unos minutos y con rostro serio y adusto, nos mira a cada uno de los presentes:

 – Ha muerto el General Perón. Han convocado a los presidentes de los partidos a Olivos.

 Recuerdo perfectamente que todos quedamos demudados y en silencio.

Nos mirábamos sin saber qué decir, qué comentario hacer.

 Inmediatamente Ramos se preparó para ir hasta Olivos y, dirigiendose a Raventos y a mí, nos dijo: 

– Vengan conmigo, ustedes son periodistas, tienen que ver este momento histórico.

 En ese momento Raventos y yo dirigíamos el periódico Izquierda Popular, que era el vocero oficial del partido.

 Subimos a su Falcon -Ramos se había comprado el auto hacía unos meses y tenía hacia él un cariño especial, lo consideraba una de las mejores creaciones del capitalismo, cuyo único defecto era que había que ponerle nafta- y nos conduzco hasta la entrada de la Quinta por Libertador. 

Recuerdo que en el viaje Ramos alternaba sus permanentes ironías con recuerdos del viejo caudillo.

 Su encuentro con él en Puerta de Hierro, las tres o cuatro veces que se entrevistaron en Buenos Aires, al regreso del jefe popular.

 Unos meses atrás, el 25 de mayo, había muerto otro enorme argentino, su amigo e interlocutor permanente, Arturo Jauretche.

 El propio padre de Ramos, el antiguo anarquista, hijo de un cantor de fogones y de una institutriz austríaca, también había muerto en Montevideo hacía pocas semanas.

 La muerte ondeaba sus trapos sucios sobre el país y comenzaba ya su siniestra cosecha. 

“1974, el año de la Peste” titularía poco después en la tapa de Izquierda Nacional, aquella notable publicación que tuvo en la calle durante, por lo menos, diez años.

 La muerte de Juan José Hernández Arregui en septiembre del mismo año puso mayor dramatismo al terrible título.

 Llegamos a la residencia presidencial y sólo Ramos pudo entrar a los interiores.

 Nos quedamos en el parque, donde nos encontramos con cantidad de hombres y mujeres de la política y el sindicalismo.

Poco había para hablar.

 Sabíamos que muchos de los que allí estaban con aire compungido, en la intimidad de sus corazones gorilas celebraban la muerte del creador de la Argentina moderna. 

Después de un rato de apretones de manos y abrazos, sinceros e insinceros, nos volvimos en taxi al local de Alsina y Jujuy.

 Había comenzado un gigantesco luto popular.

 El pueblo argentino, que había creado al gran líder, lo acompañó con dolor infinito en las frías y lluviosas días, noches y madrugadas que duró el velorio en el Congreso.

 Los rostros desencajados por llanto, los ojos que se negaban al hecho aciago, las manos que retorcían inútilmente un rosario, un pañuelo, una bufanda que había perdido su misión de abrigo para convertirse en sedante de unos nervios destrozados por la desazón.

 Eso, desazón, desasosiego, desesperanza era el sentimiento que se imponía en la multitud acongojada. 

Sobre ella volaban las aves negras de la orfandad. 

El futuro se presentaba como el cumplimiento de una venganza prometida.

 Vendrían los profetas del odio y no habría nadie que lo protegiese de la sangrienta revancha.

 El hombre que había defendido a la multitud de sus enemigos no dejaba sucesor.

 El trono de la voluntad popular había quedado vacío

 Este sentimiento de derrota fue la gran diferencia entre la muchedumbre que acompañó a Juan Domingo Perón y la que acompañó a Néstor Kirchner, hace menos de un año. 

Había tristeza en la Plaza de Mayo el 27 de octubre, había dolor.

 Había viejos con manos sarmentosas retorcidas por la pérdida.

 Había mujeres de pueblo, humildes, silenciosas, oscuras que contenían el llanto mientras esperaban entrar a la capilla ardiente.

 Había jóvenes, como en 1974, que ponían vibración política con sus gritos y consignas.

 Pero no había el desasosiego de aquel año fatídico.

 No había sentimiento de derrota sobre las masas doloridas.

 El sentimiento era de esperanza, de fe en el futuro y de confianza en que la tarea de ese gran argentino que se marchaba para siempre podría ser continuada sin mengua por quien ejercía la presidencia de la República.

 La historia no permitiría que los argentinos sufriésemos de igual manera la desaparición física del caudillo.

 Clío, la musa de la historia y de la épica, había tejido otro final al viejo relato del héroe moribundo.

 Cristina le ofrecía a ese pueblo la sensación de que, por ahora, y mientras ella estuviese, nadie lo volvería a derrotar. 

El convencimiento de que no caería sobre la república una nueva noche de revancha oligárquica.

 Esa fue la diferencia entre dos dolores que marcaron a fuego el alma de los argentinos.