El antiproyecto se delinea sobre el horizonte mundial del postcapitalismo y la globalización, con su avanzada en las dictaduras del Cono Sur.

EL TRABAJO EN EL PROYECTO DE LA SUMISIÓN: DESOCUPADO Y CONSUMIDOR, PRESENTE SIN PROYECCIÓN

Por Armando Poratti

La inmensa mayoría de esas víctimas fueron los vastos sectores sociales que, a través de la desocupación, cayeron en la marginalidad; verdaderos desaparecidos sociales.

EL TRABAJO EN EL PROYECTO DE LA SUMISIÓN: DESOCUPADO Y CONSUMIDOR, PRESENTE SIN PROYECCIÓN

 

Por Armando Poratti

Telam

01/05/2011

Desde 1976 hasta el momento de quiebre del 2001, vivimos en lo que, siguiendo a Gustavo Cirigliano, denominamos el antiproyecto de la sumisión incondicionada.

 Antiproyecto porque, a diferencia de lo que sucede en un proyecto dependiente, en que la Nación resigna en un sujeto ajeno resortes esenciales, pero conserva otros, en un antiproyecto sucede la entrega lisa y llana, en una situación equivalente a la esclavitud individual. 

El antiproyecto se delinea sobre el horizonte mundial del postcapitalismo y la globalización, con su avanzada en las dictaduras del Cono Sur.

 El sujeto no es ya una potencia determinada, sino esa nebuolosa de poder, con sus brazos financiero, militar y comunicacional, cuya doctrina de choque fue y es el neoliberalismo.

 El Antiproyecto tuvo dos momentos: el del terrorismo de Estado, y, luego, el del terrorismo económico. 

Es bien visible el horror del primero, pero no fue sino la preparación del segundo, que dejó también innumerables víctimas, incluso físicas (¿Cuántos niños, viejos, hombres y mujeres humildes no habrán muerto gracias a las virtudes de la «economía»?).

 Pero la inmensa mayoría de esas víctimas fueron los vastos sectores sociales que, a través de la desocupación, cayeron en la marginalidad; verdaderos desaparecidos sociales, en paralelo con los desaparecidos del terrorismo de Estado. 

Todo el período puede resumirse en una frase: el gran desaparecido fue el trabajo.

 El antiproyecto se inició y justificó construyendo un enemigo, «la subversión».

 Pero su enemigo real fue y es el trabajo.

 La destrucción del aparato productivo y la industria nacional se aseguró poniendo a obreros, delegados y comisiones internas como víctimas preferenciales del terrorismo de Estado.

 Con una sociedad ya domesticada y atomizada por el terror, le resultó fácil desguazar el Estado (cumplida su función terrorista, se pasó a un terrorismo contra el Estado), anular los derechos laborales, y, como la destrucción del trabajo es la destrucción de los vínculos humanos solidarios, convertir a las personas en individuos (el individuo no es nunca, como suponían las filosofías políticas modernas, el elemento último de la sociedad, sino siempre el resultado de una destrucción social).

 Pero el trabajo es, en último término, insuprimible.

Por eso lo que subsiste de él es envilecido y sometido a constante riesgo (¿cómo olvidar el eufemismo de la «flexibilización laboral»?).

 Se produce así un ejército de desocupados que asegura este envilecimiento y se logra un disciplinamiento social que por primera vez atraviesa todas las clases: ya no es sólo el obrero el que teme por su puesto de trabajo, sino, también, los sectores medios y los niveles gerenciales.

 En este estado de cosas, todos somos desocupados, al menos en potencia.

El país, lo que había sido la patria, estaba listo para ser entregado al sujeto del antiproyecto: la nebulosa de las finanzas internacionales.

 Pero lo que las fuerzas globales se proponen es ni más ni menos que una redefinición de lo humano.

Somos humanos porque tenemos conciencia de la muerte y porque trabajamos.

Ningún otro ser sabe que va a morir, y ningún otro hace su vida modificando conscientemente la naturaleza, esto es, trabajando.

Lo que el poder global se propone es destituir al hombre de su condición de trabajador.

En su lugar deja dos categorías de seres: el desocupado, cuyo destino último es el marginal, y el consumidor.

En ambos casos, se produce una destrucción del tiempo: ambos (aparentes) extremos viven en un presente sin horizonte, donde no se puede proyectar la vida; y esto es la esencia de un antiproyecto, y una destitución de la subjetividad.

Ambos son materia inerte para que las fuerzas del poder hagan lo que quieran y sirve de enemigo cuando pretende decir que existe.

El marginal se convierte en desecho social, en sub-hombre.

Pero no le va mejor a los que se salvan, reconvertido en pasivo consumidor. 

También la conciencia de la muerte es manipulada.

 Está exacerbada en el desocupado convertido en marginal y expulsado de la sociedad, para quien ni la vida propia ni la ajena valen nada, tapada por el consumo de evasión, droga, imposición de criterios de rentabilidad empresaria como único valor, y el paso de la producción a las finanzas y la especulación.

 AP/