DE NAVIDADES REALES Y NAVIDADES VIRTUALES

Pedro de Arrabal

Para ellos, la navidad sin un arbolito,y sin la figura del gordo ridículo, o su calcetín-media colgando de la chimenea –o arbolito-, no es navidad.

 DE NAVIDADES REALES Y NAVIDADES VIRTUALES

Por Pedro del Arrabal

El Emilio

24/12/2010

Como en un ritual que en apariencias parece perenne, y hasta como si forzosamente, en cada nueva navidad, ciertos porteños quisieran regresar a un pasado cultural de “ilustres” y desconocidos ancestros, nacidos y criados allende los mares, uno vuelve a observar en esta segunda quincena del mes de diciembre, la misma película de siempre.

 

Como todas las viejas y perimidas películas que por años los canales de cable vienen repitiendo para esta época; películas de la navidad nórdica

 

Patéticas escenas intentan reeditar tradiciones culturales que el tiempo, el clima y el lugar fueron diluyendo con el correr de las décadas -y hasta centurias-, para dar paso a otras sino originales, por lo menos fusionadas con las nuevas, las oriundas del descubierto lugar.

 

Esa fusión se dio naturalmente y con la lógica que la propia evolución impone.

 

Uno lo puede comprobar con solo ver actuar a las nuevas generaciones de argentinos.

 

Pero…

 

En esta época del año uno recorre ciertas zonas de esta Buenos Aires y se encuentra con los mismos cuadros de una vieja exposición (tal el nombre de un disco de Emerson, Lake y Palmer).

 

Y en ese paseo por esta ciudad cosmopolita -en términos comparativos y en relación al resto de las capitales Suramericanas en cuanto a esa hibridez en su identidad cultural-, uno vuelve, año a año, navidad tras navidad, a reencontrarse con personajes artificial o naturalmente gordos, con un ridículo atuendo rojo acompañado de un gorro del mismo color y vivos blancos, quienes bañados en sudor y rascándose esa barba postiza que les genera una terrible picazón en el maxilar inferior, intentan con un ¡Ho, ho, ho,ho…! entretener a los niños de familias de clase media que de la mano de sus padres con aspiraciones burguesas recorren los Shopping y principales avenidas de la zona norte de la ciudad haciendo las habituales compras para la ocasión; niños que en su inocencia, y como buenos productos de la colonización cultural trabajada desde los medios de comunicación por años, gritan al verlos “Papá Noel,…Papá Noel…”.

 

Padre e hijo corren a sacarse fotos con el gordo de rojo.

 

Si el gordo de rojo está sentado en el centro de una escenografía montada para la ocasión, seguro que tendrá un piso rodeado de bolitas blancas de telgopor simulando ser la nieve, y pinitos llenos de capullitos de algodón completando ese cuadro invernal de la admirada y deseada navidad nórdica, con la que dichos porteños se sienten completamente identificados.

 

Para ellos, la navidad sin un arbolito, reprimiendo ese deseo de encender una chimenea (si la tienen) sabiendo que si lo hacen fundirían el equipo de aire acondicionado, y sin la figura del gordo ridículo, o su calcetín-media colgando de la chimenea –o arbolito-, no es navidad.

 

La temperatura en las calles pica los 40°, y es lógico que así sea ya que el 21 de diciembre nos anunció que llegó el ansiado verano; ese verano al que se la pasaron puteando durante todo el año porque tardaba tanto en llegar ya que con él, para muchos de ellos, llegan las ansiadas vacaciones.

 

Las puteadas comienzan en abril: ocho meses antes.

 

En esta época, esos porteños recorren los negocios comprando, además de regalos importados, el tradicional pan dulce (del que me dieron tantos orígenes que no se realmente de donde proviene), las nueces, almendras y avellanas, los turrones, los confites chocolatados, las frutas abrillantadas, los budines ingleses, las tortas galesas, la infaltable “pavita” de las mesas navideñas norteamericanas, etc, etc, todas delicias recomendables para ser ingeridas en temperaturas por debajo de los 0°, con un millón de calorías, que al deglutirlas en nuestro verano, sentis que el verdadero calor no proviene de la alta temperatura ambiente típica en esta época del año por estos lares, sino que viene de tu interior, y fluye por tus poros como cascadas de transpiración, mientras comenzás a comprobar que tus entrañas se revolucionan y demandan a gritos más líquido, no solo para reponer el perdido por los poros sino para permitir el mejor tránsito de todo lo ingerido.

 

Es lógico. Estamos en verano; por suerte para nosotros.

 

La sabia naturaleza nos muestra con claridad y en forma insistente sus maravillosos ciclos.

 

Nos muestra que la primavera y el verano son las estaciones en las que la vida sale de su letargo invernal para entregarse al disfrute.

 

Lógicamente tiene sus costos pero a la vez sus recompensas.

 

El agua (digo “agua” en general) abunda en la naturaleza planetaria y su ciclo se conserva inalterable lo que le permite al hombre disfrutarla en sus distintas variantes (por ahora).

 

No es la suerte de la madera que puede servir de leño para tantos menesteres invernales.

 

El hombre y su progreso fueron reduciendo su renovación hasta poner en estado de riesgo su existencia. .

 

Lo cierto es que la mayoría de los porteños, en esta época del año, buscan refugio en algún lugar con aire acondicionado para safar de terminar derretidos por el sol, mientras intentan rehidratarse con cualquier bebida fresca que los quioqueros vende a valor oro.

 

La birra pasa como río desbordado por la garganta de adolescentes y jóvenes; mientras que en los barrios, los más veteranos/as buscan amparo bajo la sombra y la brisa que pueda brindar en la vereda algún arbolito salvador, intentando refrescar su interior con unos tereres(mate frio regado con limonada) que un paraguayo amigo sabiamente le tiró como receta para ocasiones como estas.

 

Esta ciudad de Buenos Aires (y en no pocas capitales de interior del país) todos los años se viven dos navidades:

 

Una real, milagrosa y bella, en una época del año donde todo explota en colores, y los zorzales inundan el aire con sus fantásticas melodías vistiendo de gala los majestuosos amaneceres y atardeceres de una ciudad que se recuesta sobre un imponente río, que más que río parece un mar.

 

Y la otra virtual, donde cierta “gente” cumple con los rituales habituales que fija la agenda mediática para las “tradicionales fiestas de fin de año”; agenda fijada especialmente a través de la “caja boba”.

 

La TV brinda imágenes de la “verdadera navidad”, la que viven los países del hemisferio norte, a 14 mil kilómetros de distancia.

 

Algo similar a lo que les pasa cotidianamente a los salteños y catamarqueños.

 

Ciertos norteños, a la mañana tienden a clavar la sintonía de sus televisores en TN, C5N para ser “informados del lamentable estado del transito en la Gral Paz y en todas las Av. de acceso a la Capital Federal(¿?); a 1400 y 1200 km respectivamente del lugar donde viven. ¿Para que les sirve?

 

Vaya uno a saber.

 

Son los rituales productos de reflejos condicionados trabajados mediáticamente por años.

 

La navidad virtual que te “vende” la caja boba es la navidad con nieve y mucho frío. Frío que allá, en el norte, mata a los pobres viejos que no tienen la suerte de poder calefaccionarse.

 

Pero claro…, son muertes finas, delicadas, con nieve.

 

La nieve siempre dio otra categoría. ¡Lo dijo Sarmiento! “Los del norte son más inteligente que los de acá porque viven en zonas frías y tienen más posibilidades de desarrollar su intelecto” (¿?)

 

Los que viven al sur del paralelo 40 patagónico son todos tarados por su condición sudaca; aunque vivan paradojicamente gran parte del año bajo intensos fríos. ¡Claro! ¡Cómo no me di cuenta antes!

 

Los fríos antárticos son de menor calidad que los fríos árticos!.

 

Con la nieve nórdica toda la gente, de golpe, se vuelve buena y por un día no destroza a golpes ni a musulmanes ni a sudacas ni africanos.

 

La nieve nórdica hace que los negros sean vistos -por un día- como personas, pobres seres humanos, pero personas al fin.

 

Si los muertos por el frío son viejos, hasta alguno de ellos pudo haber sido el propio Papá Noel; desde ya un Papá Noel “blanco”.

 

Resulta inadmisible imaginar un Papá Noel negro; como resulta imposible imaginar un Dios negro, o que fuera femenino, Diosa; ni que hablar de blasfemar imaginándolo a Jesús “negro”.

 

En realidad, las nuestras no son navidades, las nuestras son malas imitaciones de las verdaderas.

 

Son tan malas imitaciones que hasta suelen aparecer por la calle Florida espantosos coros de niños que desafinan versiones en castellano de villancicos nórdicos, y hasta el empelotante “yinguel bel” lo cantan como si estuvieran en el “carajo”(lo dijo alguna vez Facundo Cabral).

 

Pero el pueblo humilde tiene otras navidades, nuestras navidades, sin regalos comprados, pero con el mejor regalo que puede existir en la tierra, encontarnos nuevamente para darnos un abrazo.

 

Los del interior solemos preparar esos especiales manjares llamados humitas, empanadas, y un asadito, regadito con un buen vino y el clerico bien fresquito pal postre.

 

No es para menos; es pa’ celebrar un nacimiento. Todo nacimiento hay que festejarlo.

 

Pero hay un chabón que raramente nace todos los años; como queriendo decir ¡che no se olviden de mi!

 

UN CUMPLEAÑOS QUE PASA INADVERTIDO

 

En medio de tanta preocupación por caretear con los regalos, a la mayoría de esos porteños a los que les gusta la navidad nórdica, se les olviva lo esencial.

 

En realidad ¿que se recuerda en la navidad? ¡El cumpleaños del flaco Jesus! Esto lo dijo alguna vez por estas épocas Martín García –el actual presidente de la agencia oficial TELAM-.

 

En la madrugada del 25 de diciembre, hora del este (es ésta la razón por la que a nosotros nos cae el 24 y celebramos noche buena) una mujer muy humilde dio a luz un niño que luego, siendo adulto, se transformó en lo que fue, ídolo de multitudes; el ser que rescató el valor revolucionario de la palabra, el hombre que luchó por liberar al pueblo judío de las cadenas imperiales romanas que lo oprimían; yugo que se construyó gracias a la complicidad de cipayos políticos sacerdotales que regenteaban los templos llamados sinagogas, lugares donde los mercaderes hacían grandes negocios.

 

El chabón se llamaba Jesús. ¡Un gran tipo! Sin querer queriendo (como dice el “chavo del 8”) formó un partido político, EL CRISTIANISMO. Y como toda estructura política conformada por hombres, muerto el creador, las ambiciones personales hicieron que el partido se dividiera en diferentes facciones, la mayoría inclinándose hacia la derecha y no pocos hasta la ultraderecha, y los menos se izquierdisaron. Muy pocos respetaron las palabras de su creador que siempre incitó a que el hombre se mirara en otro hombre porque era el espejo válido; que las relaciones humanas para que pudieran properar debían asentarse en la Justicia Social.

 

¡Como en el peronismo che!

 

Si, como en el peronismo.

 

¿Lo decis por los Duhaldes, los De Narvaez, Los Menem?

 

¡Si! Lo digo por ellos que no fueron ni son peronista. Y lo digo por Nestor y Cristina que son los que nos devolvieron el verdadero peronismo; como la Madre Teresa de Calcuta nos devolvió el verdadero cristianismo.

 

Brindo por tu nuevo nacimiento Hermano Querido. Brindo en esta Noche Buena por un nuevo reencuentro; brindo por tu revolucionaria palabra querido flaco Jesús, y brindo por tus cojones –dijera un gallego- ¡Que joder!.

 

Levanto mi copa con “Carlón” y digo “Salud hermanas y hermanos argentinos, Salud hermanas y hermanos latinoamericanos del UNASUR.

Feliz Navidad Para Todos

 

PA/

 

N&P: El Correo-e del autor es Pedro del Arrabal contacto@revistaelemilio.com.ar