CARTA AL INGENIERO FAVALLI

Juan Sasturain

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Para nosotros, profesor, usted era simplemente Favalli, ese gordo serio y un poco cabrón con pulóver de cuello alto y anteojos gruesos que siempre sabía.

CARTA AL INGENIERO FAVALLI

Fac. Ing. UBA. Buenos Aires

 

Por Juan Sasturain

 

Para Mario Morán

 

Estimado Favalli, disculpe

que me dirija a usted

en estos términos formales

pero durante los años que

lo frecuenté cada miércoles

–aunque usted no me conoce–

nunca supe más que su apellido.

 

Y éramos muchos los pibes que

seguíamos sus idas y venidas

junto a Juan, Franco, Mosca y

el resto, bajo la muda nevada en

blanco y negro, dibujada por Solano

en el Hora Cero Semanal.

 

Desde entonces, nadie puede

sentarse a jugar un truco de cuatro

a la noche en la Argentina sin

mirar de reojo a la ventana,

a la espera de que pase o que no

vuelva a pasar lo que pasó.

 

Nadie puede cruzar la General Paz

viniendo por Maipú sin esperar

que asomen las antenitas de

los cascarudos en el terraplén,

tiemble el suelo de Plaza Italia

con la llegada de los gurbos,

nos espere el mano tenebroso

en la glorieta iluminada de Barrancas.

 

Para nosotros, profesor, usted era

simplemente Favalli, ese gordo

serio y un poco cabrón con pulóver

de cuello alto y anteojos gruesos que

siempre sabía –y en eso resultaba

un poco hinchapelotas– lo que

pasaba, por qué pasaba y lo que

había que hacer en cada caso.

 

Y si no tenía razón, al menos

tenía una teoría razonable, una

versión de la vida que no incluía

los consejos del miedo ni el

cálculo mezquino. Claro que,

a veces, con eso no alcanzaba.

 

Me acuerdo, justamente,

cuando estaban refugiados en

la casa, amargados de pelear

a los tiros con vecinos envidiosos,

y su diagnóstico fue que se venía

la ley de la selva –el todos

contra todos – y que sólo cabía

tomárselas a un valle aislado en

Mendoza o la loma del carajo

para empezar de nuevo, desde cero.

Era el fin de la Historia, si se quiere.

 

Y fue entonces, ingeniero,

que les golpearon a la puerta del

chalet y esa vez no fue para

matarlos ni quitarles lo poco o mucho

–los bienes y saberes– que tenían

sino para contarles, simplemente,

que la Historia –como siempre– continúa,

que había una invasión, no una desgracia,

y que había que luchar, sin ir más lejos.

 

Y ahí le digo, profesor, que usted supo

adaptarse a la nueva situación

–al nuevo escenario dirían hoy –

e incluso a la nueva ideología.

 

Que al salir a la calle aprendió de

los que hacían y se sumó a una pelea

que no tenía prevista en los papeles.

 

Quiero decir –y perdóneme, Favalli–

que fue más allá de sus libros y su clase,

y se puso del lado que debía.

 

Tal vez por eso, ingeniero,

el costo pagado fue tan alto.

 

La última vez que lo vimos –no incluyo

aquella aparición en la vereda

del final circular que inventó

Oesterheld– la imagen fue atroz.

 

Marchaba junto a Franco, un

arma en la mano y el control

en la nuca: hombre robot con

la mirada y el alma perdidas en un

descampado del Gran Buenos Aires

que si no era José León Suárez

tenía una tristeza parecida.

 

Así, viejo Favalli, si le escribo

ahora, precisamente en estos días

de saludable pelea, es para decir que

lo extrañamos. Todos, hasta los pibes

que lo conocieron hace poco,

ladero gordo, sabihondo amargo,

junto al famoso Eternauta, extrañamos

su gesto, su convicción a la hora

de elegir de qué lado ponerse,

para qué usar lo que se sabe

cuando uno sale o lo arrastran

a la calle, a la Historia, a la

arena política, que le dicen.

 

Parece que ya no vienen así,

los ingenieros.

 

En fin, gordo querido –y disculpe

esta confianza tal vez desubicada–

espero que esté bien y acompañado

de los suyos que son nuestros:

los compañeros del truco y de

la lucha, los vivos y los muertos

de papel y carne y hueso.

Acá, como sabrá, la lucha continúa.

 

Un abrazo

Sasturain, su amigo viejo.