Alrededor de treinta actores profesionales, en su mayoría de primera fila, aceptaron el riesgo de la filmación.

OPERACION MASACRE RODOLFO WALSH «APENDICES»

Por el El Ortiba

Una militancia de casi 20 años autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los años duros de la resistencia, la proscripción Y la lucha armada.

RODOLFO WALSH

OPERACIÓN MASACRE

Apéndices

 OPERACIÓN EN CINE

 En 1971 Jorge Cedrón decidió filmar «Operación Masacre».

 La filmación se realizó en las condiciones de clandestinidad que la dictadura de Lanusse impuso a la mayoría de las actividades políticas y a algunas actividades artísticas.

Alrededor de treinta actores profesionales, en su mayoría de primera fila, aceptaron el riesgo de la filmación.

 La película se terminó en agosto de 1972.

 Con el concurso de Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles, se exhibió centenares de veces en barrios y villas de Capital e interior, sin que una sola copia cayera en manos de la policía. 

Se estima que más de cien mil compañeros la habían visto antes del 25 de mayo de 1973.

A partir de esa fecha se espera el permiso del Instituto del Cine para exhibirla legalmente.

En la película Julio Troxler desempeña su prolijo papel

Al discutir el libro con él y con Cedrón, llegamos a la conclusión de que el film no debía limitarse a los hechos allí narrados.

Una militancia de casi 20 años autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los años duros de la resistencia, la proscripción.

Y la lucha armada. 

PRÓLOGO PARA LA EDICIÓN EN LIBRO

(de la primera edición, julio de 1957)

 Operación Masacre apareció publicada en la revista «Mayoría», del 27 de mayo al 29 de julio de 1957: un total de nueve notas. 

Los hechos que relato ya habían sido tratados por mí en el periódico «Revolución Nacional», en media docena de artículos publicados entre el 15 de enero y fines de marzo de 1957. 

Ahora el libro aparece publicado por Ediciones Sigla.

 Estos nombres podrían indicar, en mí, una excluyente preferencia por la aguerrida prensa nacionalista.

No hay tal cosa.

Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara, no para que se incorporase al vasto número de las ensoñaciones de ideólogos. Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse.

Quienquiera me ayude a difundirlos y divulgarlos, es para mí un aliado a quien no interrogo por su idea política.

 De este modo respondo a timoratos y pobres de espíritu que me preguntan por qué yo –que me considero un hombre de izquierda– colaboro periodísticamente con hombres y publicaciones de derecha.

 Contesto: porque ellos se atreven, y en este momento no reconozco ni acepto jerarquía más alta que la del coraje civil. 

¿O pretenderán que silencie estas cosas por ridículos prejuicios partidistas? 

Mientras los ideólogos sueñan, gente más práctica tortura y mata. Y eso es concreto, eso es urgente, eso es de aquí y de ahora.

 Puedo si es necesario renunciar o postergar esquemas políticos cuya verdad es al fin conjetural.

 No puedo, ni quiero, ni debo renunciar a un sentimiento básico: la indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato.

 También he aprendido que las distancias partidarias son quizá las más superficiales que separan a los hombres.

 Son otras las diferencias que importan: las insalvables, irreductibles diferencias de carácter. 

En gente que piensa lo mismo que yo sobre la mayoría de los problemas abstractos, he encontrado un alarmante pragmatismo frente a situaciones concretas que exigen reacciones casi instintivas, capaces de justificar la condición humana.

 El torturador que a la menor provocación se convierte en fusilador es un problema actual, un claro objetivo para ser aniquilado por la conciencia civil.

Ignorábamos hasta ahora que tuviésemos esa fiera agazapada entre nosotros.

 Aun en la Alemania nazi fueron necesarios años de miseria, miedo y bombardeos para sacarla a la luz. 

En la República Argentina bastaron seis horas de motín para que asomara su repugnante silueta.

 Aquí está, con su nombre circunstancial, para que todos la vean.

Y obren en consecuencia. 

Lo demás, en este preciso momento, no me interesa.

 INTRODUCCIÓN

(de la primera edición, marzo de 1957)

 La primera noticia sobre la masacre de José León Suárez llegó a mis oídos en la forma más casual, el 18 de diciembre de 1956.

Era una versión imprecisa, propia del lugar – un café – en que la oí formulada. 

De ella se desprendía que un presunto fusilado durante el motín peronista del 9 y 10 de junio de ese año sobrevivía y no estaba en la cárcel.

 La historia me pareció cinematográfica, apta para todos los ejercicios de la incredulidad. (La misma impresión causó a muchos, y eso fue una desgracia.

 Un oficial de las fuerzas armadas, por ejemplo, a quien relaté los hechos antes de publicarlos, los calificó con toda buena fe de «novela por entregas»)

 Esta, sin embargo, puede ser apenas la máscara de la sabiduría. Suele ser tan ingenuo el incrédulo absoluto como el que todo lo cree; pertenecen en el fondo a una misma categoría psicológica.

 Pedí más datos.

Y al día siguiente conocí al primer actor importante del drama: el doctor Jorge Doglia.

 La entrevista con él me impresionó vivamente.

 Es posible que Doglia, un abogado de 32 años, tuviera los nervios destrozados por una lucha sin cuartel librada durante varios meses, desde su cargo de Jefe de la División Judicial de la Policía de la Provincia, contra los «métodos» policiales de que era testigo. Pero su sinceridad me pareció absoluta.

 Me refirió casos pavorosos de torturas con picana y cigarrillos encendidos, de azotes con gomas y alambres, de delincuentes comunes –por lo general «linyeras» y carteristas sin familiares que pudieran reclamar por ellos– muertos a cachiporrazos en las distintas comisarías de la provincia. 

Y todo esto bajo el régimen de una revolución libertadora que muchos argentinos recibieron esperanzados porque creyeron que iba a terminar con los abusos de la represión policíaca.

 Doglia había combatido valerosamente contra todo esto, pero ahora lo asaltaba el desaliento.

 Dos meses antes había denunciado las torturas y los fusilamientos ilegales ante un Servicio de Informaciones.

 Pero allí un burócrata que bien podría pasarse el resto de sus días estudiando en los textos elementales las normas para cultivar al informante –principio que suponemos básico de todo Servicio similar– no encontró nada mejor que delatarlo. 

En vez de protegerlo, pusieron en peligro su vida, sujeta desde entonces a las más directas amenazas.

 Una denuncia similar presentada por Doglia ante el ministerio de Gobierno de la provincia terminó en una acumulación de papel erudito, un expediente donde –con prosa digna de Gracián, en sus malos momentos– un señor subsecretario llegó a la conclusión de que algo había, pero no se sabía qué.

 A estas horas el expediente seguirá creciendo, acumulando fojas, polvo y frases declamatorias.

 Pero en resumen, nada.

En resumen, lentitud e inepcia, cuando es evidente que se trataba de un asunto que importaba resolver pronto y bien.

 Éste es el servicio que prestan al actual gobierno algunos funcionarios.

 Doglia no depositaba una excesiva confianza en el periodismo.

Presumía que los diarios oficiales no iban a ocuparse de un asunto tan escabroso, y por otra parte no deseaba que los órganos de oposición lo explotaran con criterio político.

 Tampoco esperaba demasiado de la Justicia, ante la que acababa de presentarse como demandante el fusilado sobreviviente. 

Doglia vaticinó desde el primer momento: 1) que la causa sería reclamada por un Tribunal Militar, y 2) que ese reclamo sería atendido. (Lo primero se cumplió puntualmente a comienzos de febrero de 1957.

Lo segundo estaba por verse.

 Todo dependía de lo que resolviera la Suprema Corte de la Nación, ante la que fue planteado el conflicto jurisdiccional.

 Al publicarse este libro, también el segundo vaticinio de Doglia se ha cumplido.)

 En cuanto al fusilado sobreviviente, onseguí esa noche el primer dato concreto: se llamaba Juan Carlos Livraga. 

En la mañana del 20 de diciembre tuve en mis manos la fotocopia de la demanda judicial presentada por Livraga.

 Más tarde pude comprobar que la relación de sucesos que allí se hacía era exacta en lo esencial, aunque con algunas serias omisiones e inexactitudes de detalle.

 Pero todavía era demasiado cinematográfica. Parecía arrancada directamente de una película.

 Y sin embargo, esa demanda era ya un hecho.

Lo que allí se alegaba podía ser enteramente falso o no, pero era un hecho: un hombre que decía haber sido fusilado en forma irregular e ilegal se presentaba ante un juez del crimen para denunciar «a quien resulte responsable» por tentativa de homicidio y daño.

 Había algo más.

En el escrito se mencionaba a un segundo sobreviviente, un tal Giunta, lo que brindaba una posibilidad inmediata de verificar los hechos denunciados.

Ya estábamos a una larga distancia de aquel rumor inicial recogido en un café treinta y seis horas antes.

 Esa misma tarde la copia de la demanda estuvo en manos del señor Leónidas Barletta, director de «Propósitos».

Barletta habló poco y no prometió nada.

Sólo preguntó si la difusión de ese texto no podría perjudicar la marcha de la investigación judicial.

Se le contestó que lo más urgente era proteger mediante una adecuada publicidad la vida del demandante, del propio Doglia y de otros testigos, a quienes se consideraba en peligro.

 Tres días más tarde, la noche del 23 de diciembre, la denuncia estaba en la calle, llevada por «Propósitos».

 El 21, entretanto, tuve mi primer contacto directo con Livraga en el estudio de su abogado, el doctor von Kotsch.

Hablé largamente con él, recogiendo los datos que utilizaría luego en el reportaje que publicó «Revolución Nacional».

 Lo primero que me llamó la atención en Livraga fueron, naturalmente, las dos cicatrices de bala (orificios de entrada y salida) que tenía en el rostro. 

Esto también era un hecho.

Podían discutirse las circunstancias en que recibió esas heridas, pero no podía discutirse la evidencia de que las había recibido, aunque una versión oficial llegó a afirmar, absurdamente, que «no se le hicieron disparos de ninguna naturaleza».

 Por otra parte, se planteaba de inmediato un interrogante fundamental, el de la inocencia o culpabilidad de Livraga en el motín del 9 de junio.

Si hubiera sido culpable, aun en la intención, ¿era normal, psicológicamente, que se presentara ante los jueces a exigir reparación?

¿No era mucho más lógico que se quedara tranquilo, dando gracias a Dios por haber salvado la vida y recuperado la libertad?

Yo creo que un hombre tiene que sentirse inocente para presentar una denuncia así contra toda una Potencia como es la policía provincial.

Desde luego –se dirá– todo es posible en psicología anormal.

Pero si hay algo que llama la atención en Livraga es su normalidad, su reserva, su capacidad razonadora y observadora.

 Por otra parte, ya lo he dicho, estaba en libertad.

Esto también era un hecho.

¿Cómo admitir que un actor directo de los episodios de junio, un «revolucionario», un fusilado, estuviera en libertad?

Lo único que podía explicarlo era la hipótesis de su inocencia.

Y ya estábamos cada vez más lejos de la «novela por entregas», que a partir de entonces correría por cuenta exclusiva de las versiones oficiales.

 No relataré aquí cómo se fue desenredando la madeja; cómo se llegó a establecer, a partir del hilo inicial, un panorama casi definitivo de los hechos; a partir de un personaje del drama, localizar a casi todos los demás.

Prefiero exponer los resultados obtenidos.

 En los cuatro meses que dura ya esta búsqueda, he hablado con los tres sobrevivientes del drama que aún están en libertad en el país.

A todos ellos fui el primero en llegar como periodista.

Al tercero pude localizarlo y entrevistarlo antes que la justicia actuante inclusive.

He descubierto los nombres de tres sobrevivientes más que se encuentran en Bolivia y el de un séptimo que se halla preso en Olmos.

 He establecido y probado que un hombre que figuró como muerto en la lista oficial de fusilados (Reinaldo Benavídez), y de quien existiría inclusive una partida de defunción, se encuentra perfectamente a salvo.

Inversamente, he lamentado comprobar que otro hombre (Mario Brión), que no figuró en esa lista y al que por un momento abrigué la esperanza de encontrar con vida, cayó ante el pelotón.

 He hablado con testigos presenciales de cada una de las etapas del procedimiento que culminó en la masacre.

Algunas pruebas materiales se encuentran en mis manos, antes de llegar a su destinatario natural.

 He obtenido la versión taquigráfica de las sesiones secretas de la Consultiva provincial donde se debatió el asunto.

He hablado con familiares de las víctimas, he trabado relación directa o indirecta con conspiradores, asilados y prófugos, delatores presuntos y héroes anónimos.

Y estoy seguro de haber tomado siempre las máximas precauciones para proteger a mis informantes, dentro de lo compatible con la obligación periodística.

En todas estas diligencias conté con la inestimable ayuda de la persona a quien está dedicado este libro.

 Desde luego, no pretendo haber llegado primero a todas partes. Sé que hubo una investigación judicial, y aunque no conozco directamente sus conclusiones, tengo todos los motivos para suponer que fue muy seria, eficiente y rápida hasta que quedó interrumpida por el conflicto jurisdiccional.

 Espero que cuando sus resultados se hagan públicos –si alguna vez ocurre– puedan llenar las inevitables lagunas que hay en este relato. 

Parte del material aquí recogido apareció en el semanario «Revolución Nacional» que dirigía el doctor Cerruti Costa. Espero que el doctor Cerruti no me culpe de ingratitud si digo que el hecho de que le llevara ese material no implica una preferencia o una simpatía por la línea política en que él está colocado. Como periodista, no me interesa demasiado la política.

 

Para mí fue una elección forzosa, aunque no me arrepiento de ella. El reportaje inicial a Juan Carlos Livraga ya había sido rechazado por los distintos semanarios a que acudí, cuando el doctor Cerruti tuvo el valor de publicarlo e iniciar con él la serie de artículos y reportajes sobre los fusilamientos.

 

Suspicacias que preveo me obligan a declarar que no soy peronista, no lo he sido ni tengo la intención de serlo. Si lo fuese, lo diría. No creo que ello comprometiese más mi comodidad o mi tranquilidad personal que esta publicación.

 

Tampoco soy ya un partidario de la revolución que –como tantos– creí libertadora.

Sé perfectamente, sin embargo, que bajo el peronismo no habría podido publicar un libro como éste, ni los artículos periodísticos que lo precedieron, ni siquiera intentar la investigación de crímenes policiales que también existieron entonces. Eso hemos salido ganando.

 

La mayoría de los periodistas y escritores llegamos, en la última década, a considerar al peronismo como un enemigo personal. Y con sobrada razón.

 

Pero algo tendríamos que haber advertido: no se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo.

 

En los últimos meses he debido ponerme por primera vez en contacto con esos temibles seres –los peronistas– que inquietan los titulares de los diarios.

 

Y he llegado a la conclusión (tan trivial que me asombra no verla compartida) de que, por muy equivocados que estén, son seres humanos y debe tratárselos como tales.

 

Sobre todo no debe dárseles motivos para que persistan en el error.

 

Los fusilamientos, las torturas y las persecuciones son motivos tan fuertes que en determinado momento pueden convertir el error en verdad.

 

Más que nada temo el momento en que humillados y ofendidos empiecen a tener razón. Razón doctrinaria, amén de la razón sentimental o humana que ya les asiste, y que en último término es la base de aquélla. Y ese momento está próximo y llegará fatalmente, si se insiste en la desatinada política de revancha que se ha dirigido sobre todo contra los sectores obreros.

 

La represión al peronismo, tal como ha sido encarada, no hace más que justificarlo a posteriori.

 

Y esto no sólo es lamentable: es idiota.

 

Reitero que esta obra no persigue un objetivo político ni mucho menos pretende avivar odios completamente estériles.

 

Persigue –una entre muchas– un objetivo social: el aniquilamiento a corto o largo plazo de los asesinos impunes, de los torturadores, de los «técnicos» de la picana que permanecen a pesar de los cambios de gobierno, del hampa armada y uniformada.

 

Si se me pregunta por qué hablo ahora, habiendo callado como periodista cuando otros no lo hicieron –si bien jamás escribí una sola palabra firmada o anónima en elogio del peronismo, ni por otra parte me encontré con un caso de atrocidad comparable a éste–, diré con toda honradez: he aprendido la lección.

 

Pero ahora son mis maestros los que callan.

 

Durante varios meses he presenciado el silencio voluntario de toda la «prensa seria» en torno a esta execrable matanza, y he sentido vergüenza.

 

Se dirá también que el fusilamiento de José León Suárez fue un episodio aislado, de importancia más bien anecdótica. Creo lo contrario.

 

Fue la perfecta culminación de un sistema. Fue un caso entre otros; el más evidente, no el más salvaje.

 

Cosas he sabido que resulta difícil callarlas, pero que en este momento sería insoportable decirlas.

 

El exceso de verdad puede enloquecer y aniquilar la conciencia moral de un pueblo.

 

Algún día se escribirá, completa, la trágica historia de las matanzas de junio. Entonces se verá cómo el asombro rebasa nuestras fronteras.

 

Entretanto, el jefe de Policía que ordenó esta masacre en particular sigue en su cargo.

 

 

Eso significa que la lucha contra lo que él representa continúa.

 

Y tengo la firme convicción de que el resultado último de esa lucha influirá durante años en la índole de nuestros sistemas represivos; decidirá si hemos de vivir como personas civilizadas o como hotentotes.

 

Sé que el señor jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires ha demostrado una gran curiosidad –que supongo insatisfecha hasta ahora– por saber quién era el autor de los artículos en que presumiblemente se le atacaba.

 

En realidad, debo decir que no ha existido intención de atacar su persona, salvo en la medida en que constituye una de las dos caras de la Civilización y Barbarie estudiadas hace un siglo por un gran argentino; y justamente aquella que debe desaparecer, que todos debemos luchar por que desaparezca.

 

Con la publicación de este libro firmado se disiparán las dudas del señor jefe de Policía. En tal revelación no alienta un fatuo espíritu de baladronada o desafío. Sé perfectamente que en este país un jefe de Policía es poderoso, mientras que un periodista –obscuro por añadidura– apenas es nada.

 

Pero sucede que creo, con toda ingenuidad y firmeza, en el derecho de cualquier ciudadano a divulgar la verdad que conoce, por peligrosa que sea.

 

Y creo en este libro, en sus efectos.

 

Espero que no se me critique el creer en un libro –aunque sea escrito por mí – cuando son tantos más los que creen en las metralletas.

 

OBLIGADO APÉNDICE

(de la primera edición, marzo de 1957)

 

LA MENTIRA COMO PROFESIÓN

 

Con la nota publicada en «Mayoría» el 15 de julio de 1957, puse provisorio epílogo a mi libro. No era casual aquello de «provisorio».

 

Muchas cosas me habían quedado por decir.

 

Preferí dejarlas para otro momento; primero, porque no quise abusar del espacio que me concedió esa revista; segundo, para que no se creyera que me causa algún placer denunciar la miseria moral que reina en algunos sectores del país; tercero, porque esperé que reaccionaran contra esa miseria quienes tienen el deber de hacerlo.

 

Semejante esperanza, tanto tiempo mantenida, revela que soy uno de los hombres más ingenuos que pisan este suelo.

 

Porque la reacción ha venido de otro lado.

 

El jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires, teniente coronel Fernández Suárez, ha resuelto por fin acusar recibo de las acusaciones que le formulo.

 

Y lo ha hecho en la forma más hábil y al mismo tiempo más torpe en que pudo hacerlo.

 

Después explicaré la torpeza.

 

Véase ahora la habilidad. El señor jefe de Policía de la provincia descubre una banda de terroristas, sin duda real y existente.

 

Cumpliendo con su deber, los detiene. Entre ellos ubica a un hombre, «Marcelo», que es uno de los testigos secundarios mencionados por mí en Operación Masacre.

 

Entonces elige a un juez, el doctor Viglione, que goza fama de hombre íntegro, y le da inmediata intervención para que pueda comprobar el trato correcto dispensado a los detenidos.

 

Y estoy completamente seguro de que ése, justamente ése, habrá sido uno de los procedimientos más medidos, ejemplares y hasta benévolos que jamás se hayan efectuado en la represión del terrorismo.

 

El juez Viglione accede a realizar una conferencia de prensa –que nada tiene de objetable– y da detalles sobre el complot terrorista.

 

Pero entonces sale el as de la manga, la clave de todo, el anzuelo para los ingenuos.

 

Bajo el amparo del augusto juez, santificado por la presencia del augusto juez, interviene el teniente coronel Fernández Suárez y se dirige a mis colegas periodistas de los grandes diarios, que creen estar allí para oír el relato de terrorismo, pero que en realidad están allí, sin saberlo, para que Fernández Suárez pueda «levantar» los cargos que le hago y que tanto le pesan.

 

Y mis colegas periodistas de los grandes diarios escriben, afanosamente escriben, lo que Fernández Suárez les dicta, sin que a ninguno se le ocurra formular una pregunta, plantear una duda.

 

Veamos lo que escriben.

 

El de «La Razón»:

 

«A su vez el jefe de Policía refirió otros antecedentes de la citada conspiración particularizándose en precisar que entre los principales complicados se halla Marcelo Rizzoni, que es la misma persona que lograra escapar el 9 de junio del año pasado, poco antes de practicarse un allanamiento en Florida donde se detuvo a complicados en la rebelión de esa fecha.

 

Añadió que Rizzoni es la persona que, bajo el seudónimo de M, apareció suministrando a periódicos opositores la información sobre los fusilamientos que sirvió de base para desarrollar una campaña contra el teniente coronel Fernández Suárez, fraguando los detalles de ese episodio».

 

El de «La Nación»:

 

«El jefe de Policía, teniente coronel Fernández Suárez, agregó, entonces, que el tal Marcelo es quien, bajo el seudónimo de M, proporcionaba datos a unas publicaciones periodísticas, naturalmente antojadizas, para una campaña contra la dependencia policial por causa de los fusilamientos».

 

El de «El Plata», de La Plata:»Este sujeto Rizzoni es el que le facilitaba los datos al periódico ‘Revolución Nacional’ para la virulenta campaña que llevaba contra el jefe de Policía».

 

El de «El Argentino», de La Plata: «Más adelante manifestó el jefe de Policía que un terrorista que está detenido y que resultó ser Marcelo Rizzoni, quien tenía a su cargo la fabricación de las bombas, era el encargado de suministrar información falsa acerca de los fusilamientos al periódico ‘Revolución Nacional’, quien publica unos artículos denominados ‘Operación Masacre’ en los cuales se culpa al jefe de Policía.

 

Todas estas informaciones dadas por el rotativo citado son falsas, por cuanto se las suministra una persona como Rizzoni, quien solamente persigue fines confusionistas».

 

El de «El Día», de La Plata:»El teniente coronel Fernández Suárez intervino para recordar que uno de los detenidos, de primordial actuación en el organismo terrorista, Marcelo Rizzoni, que firma ‘Sr. M’ sus colaboraciones en un periódico en el que formula denuncias sobre supuestas torturas, y es el jefe de la ‘Operación Masacre’, ha hecho declaraciones de arrepentimiento por su conducta…».

 

Hay oportunidades en que la mentira se vuelve tan espesa, que hace falta cierto método para desentrañarla.

 

A falta de otro mejor, y aun a riesgo de aburrir, emplearé uno ya utilizado anteriormente.

 

Las cinco versiones periodísticas que he citado en orden creciente de estupidez, contienen los siguientes hechos palpablemente falsos, parcialmente falsos o no probados, a saber:

 

1. «Marcelo Rizzoni… es la misma persona que lograra escaparse el 9 de junio de año pasado poco antes de practicarse un allanamiento en Florida…» Falso. Marcelo no «escapó». Estuvo tres veces en la casa de Florida, y la última se retiró tranquilamente sin sospechar nada y sin creer, subjetivamente, que estaba «escapando».

 

El hombre que escapó al producirse el allanamiento se llamaba Juan Carlos Torres.

 

2. «…en Florida, donde se detuvo a complicados en la rebelión de esa fecha…» Parcialmente falso. Se detuvo a un complicado, que era Norberto Gavino, a dos o tres sospechosos y a nueve o diez inocentes. Y, desde el punto de vista de la Ley Marcial que se les aplicó, eran todos inocentes, incluso Gavino.

 

3. «Rizzoni es la persona que bajo el seudónimo de M apareció suministrando a periódicos opositores la información sobre los fusilamientos…» Falso. Marcelo no suministró la información, sino una información.

 

4. «…la información sobre los fusilamientos que sirvió de base para desarrollar una campaña contra el teniente coronel Fernández Suárez..» Falso. La información que trajo Marcelo no sólo no sirvió de base para esa «campaña», sino que en el momento en que la suministró vino a mejorar considerablemente la posición del jefe de Policía, como veremos más adelante.

 

5. «…fraguando los detalles de ese episodio…» Falso. La información suministrada por Marcelo, como toda la que he utilizado, es correcta. La he verificado y puedo probarla ante cualquier tribunal civil o militar.

 

6. «…unas publicaciones periodísticas, naturalmente antojadizas…» No probado lo de antojadizas.

 

7. «Este sujeto Rizzoni es el que le facilitaba los datos al periódico…» Parcialmente falso, véase apartado 3.

 

8. «…al periódico «Revolución Nacional», quien publica…» Falso. «Revolución Nacional» ha dejado de aparecer hace tiempo, y en consecuencia no publica nada. Publicó.

 

9. «…quien publica unos artículos denominados ‘Operación Masacre’…» Falso. «Revolución Nacional» jamás publicó artículos titulados «Operación Masacre».

 

10. «Marcelo Rizzoni, que firma Sr. M sus colaboraciones en un periódico…» Falso, y por añadidura imbécil. Marcelo es un testigo, no un periodista. Un testigo a quien he llamado M. y no «Sr. M». Un testigo que ni colabora ni firma colaboraciones en periódico alguno.

 

11. «…un periódico en el que formula denuncias sobre supuestas torturas…» Falso y ridículo para cualquiera que sepa de qué se está hablando.

 

12. «…y es el jefe de la ‘Operación Masacre’…» Falso. El redactor de esta versión queda confirmado como oligofrénico. El jefe indiscutido de la «Operación Masacre» fue el teniente coronel Fernández Suárez.

 

En una oportunidad anterior demostré que Fernández Suárez mentía, matemáticamente, cada dos renglones.

 

Ahora, con ayuda de mis colegas periodistas, ha mejorado su propio récord.

 

Fernández Suárez pretende desvirtuar todo lo que yo he publicado, haciendo aparecer la información que me sirve de base como suministrada por un terrorista.

 

Pero «Marcelo» es un testigo entre cincuenta, y quizás el menos importante.

 

La información, la verdadera información me ha sido suministrada por el propio Fernández Suárez. Él es mi principal testigo.

 

Por si algún tribunal civil o militar, o los servicios de informaciones, o los directores de los diarios serios, quieren reconstruir paso a paso lo que yo he investigado, éstos son los testigos y declaraciones, en orden de importancia:

 

1) Fernández Suárez en su informe ante la Consultiva provincial el 18 de diciembre de 1956;

2) demanda judicial, ratificación ante el juez y declaraciones orales de Juan Carlos Livraga;

3) declaración de Miguel Ángel Giunta;

4) testimonio oral de Horacio di Chiano;

(con cada uno de estos tres sobrevivientes he hablado por lo menos media docena de veces, indagando exhaustivamente detalle por detalle)

5) declaración firmada por Norberto Gavino, que tengo en mi poder;

6) declaración conjunta firmada por Julio Troxler y Reinaldo Benavídez, en mi poder;

7) testimonio de la viuda de Vicente Rodríguez;

8) testimonio de los familiares de Mario Brión;

9) testimonio de la viuda de Nicolás Carranza;

10) testimonio de la viuda de Francisco Garibotti;

11) testimonio de los familiares de Carlos Lizaso;

12) testimonio de Juan Carlos Torres;

13) testimonio de los familiares de Giunta;

14) testimonio de los familiares de Livraga;

15) testimonio de los familiares de Di Chiano.

 

Suman centenares las entrevistas que en el transcurso de cuatro meses he tenido con estos testigos y otros de menor importancia, que en su inmensa mayoría no han declarado aún ante juez alguno, civil o militar.

 

Mis colegas periodistas de los grandes diarios podrían tomarse –ahora que no hay peligro – el trabajo que yo me tomé, en vez de copiar lo que les dicta el teniente coronel fusilador.

 

BREVE HISTORIA DE UNA INVESTIGACIÓN

 

En mi relato, «Marcelo» aparece mencionado tres veces con la inicial M. No lo conocí como terrorista, sino como testigo.

 

No puedo, sin embargo, decir que me asombra que se haya vuelto terrorista: era un hombre amargado, tremendamente dolorido.

 

El fantasma de Carlitos Lizaso –el pecho estrellado de sangre, la mejilla rota de un tiro– lo perseguía sin tregua. Su íntimo amigo don Pedro Lizaso le había encargado que velara por el muchacho.

 

Se lo devolvió muerto.

 

Para ilustrar hasta qué punto es falso que «Marcelo» haya suministrado «la información que sirvió de base» a mis artículos, y para prevenir nuevos golpes teatrales, tendré que referir brevemente las etapas de mi investigación. El 18 de diciembre de 1956 tuve la primera noticia de la masacre.

 

El 19 conocí al doctor Doglia.

 

El 20 conocí al doctor von Kotsch y obtuve copia de la demanda judicial de Livraga. Esa misma tarde la hice llegar al director de «Propósitos».

 

El 21 conocí a Livraga.

 

El 23 apareció la demanda publicada en «Propósitos».

 

Esa demanda y el relato oral de Livraga eran bastante exactos, pero contenían dos errores básicos que obstaculizaron enormemente todas mis averiguaciones posteriores.

 

El primer error era afirmar que en el departamento del fondo, adonde llevara a Livraga su amigo Rodríguez, sólo había tres personas más.

 

El segundo error consistía en suponer que en el carro de asalto sólo viajaron diez detenidos.

 

El 26 de diciembre terminé de escribir mi reportaje a Livraga, que tras una larga peregrinación iba a publicarse el 15 de enero en «Revolución Nacional».

 

En él, desde luego, aparecían aquellos dos errores.

 

Pero en cambio constaba un notable acierto, casi un palpito, pues se basaba en unas palabras escuchadas por Livraga en un estado de semi-inconsciencia: la hipótesis de un tercer sobreviviente.

 

No imaginaba yo con cuánta amplitud iba a confirmarse. Y otro acierto que no alcanzó a ver la luz pública: la mención casi directa del jefe de Policía como responsable de todo.

 

La redacción del periódico la consideró demasiado «audaz» y la tachó.

 

El 27 de diciembre encontré en los diarios de la época del levantamiento la lista de «fusilados en la zona de San Martín», encabezada por Vicente Rodríguez.

 

Pero ahí también había increíbles errores, que iban a ser verdaderas piedras en el camino. Figuraba un «Crizaso» que más tarde descubrí era Lizaso. Aparecía como muerto Reinaldo Benavidez, que en realidad estaba vivo. Y en su lugar faltaba Mario Brión.

 

Por esa época, pues, el panorama parcialmente erróneo que se desprendía de la demanda de Livraga y de la lista era éste: dos sobrevivientes (Livraga y Giunta), cinco muertos conocidos (Rodríguez, Carranza, Garibotti, «Crizaso» y Benavidez); y tres muertos anónimos.

 

El 28 de diciembre se me ocurrió revisar todos los diarios de la época del motín. Siendo Día de los Inocentes, no es de extrañar que encontrara las declaraciones del jefe de Policía donde relataba el allanamiento diciendo que había detenido a catorce personas.

 

Así empezó el interminable y un poco kafkiano proceso, en el que alternativamente me faltaba o me sobraba un cadáver o un sobreviviente…

 

Por motivos que no importan demasiado, se produjo luego una impasse que duró veinte días.

 

El 19 de enero localicé el escenario del fusilamiento y tomé fotografías. El 20 fue un día extraordinario. Viajé a Florida, conocí a Giunta, logré vencer su tenaz resistencia y conseguí que me contara su versión de los hechos. Esa misma tarde entrevisté a la viuda de Rodríguez.

 

Aproveché para hablar con los vecinos del barrio. De todas estas conversaciones surgieron tres datos importantísimos:

1) la existencia de un «tercer hombre», un nuevo sobreviviente, tal cual yo imaginara;

2) la primera mención de Mario Brión;

3) la primera mención del misterioso inquilino del departamento del fondo, «un señor alto que se escapó», según me dijeron los chiquillos del barrio.

 

Esa tarde averigüé más que en todo un mes de salidas en falso.

 

El 29 de enero de 1957 apareció publicado en «Revolución Nacional» el reportaje a la viuda de Rodríguez, donde por primera vez señalé a Fernández Suárez como autor de las detenciones y responsable de los fusilamientos.

 

El 7 de febrero tuve en mis manos la versión taquigráfica de las dos sesiones de la Consultiva provincial, donde se habían debatido las torturas y los fusilamientos.

 

En una de ellas aparecía la ya notoria confesión de Fernández Suárez.

 

El 10 de febrero regresé a Florida para una de las misiones que de antemano sabía más difíciles: localizar al «tercer hombre». Sabía ya cómo se llamaba. Tenía su dirección.

 

Me habían asegurado, sin embargo, que no lo iba a encontrar. Estaba prófugo, oculto en alguna parte. No se dejaba ver por nadie. Vivía dominado aún por el pánico.

 

Como de costumbre, los chicos del barrio fueron mis mejores informantes. Una pequeña de ojos vivaces se nos acercó misteriosamente.

–El señor que ustedes buscan, está en su casa –susurró–. Le van a decir que no está, pero está.

–¿Y vos sabes por qué vinimos? –le pregunté. –Sí. Yo sé todo –repuso con suprema dignidad. (Escenas como ésta hubo por docenas.) No relataré los prodigios de elocuencia que tuve que desplegar para verme al fin delante de don Horacio di Chiano.

 

Pero allí estaba, el tercer resucitado, vivito y coleando.

 

Con él creí haber agotado el capítulo de los sobrevivientes. Ya era milagroso que se hubieran salvado los tres. Pero al día siguiente, 11 de febrero, recibí una de las grandes sorpresas de mi vida. La carta que tenía en mis manos era real, tangible. Y en ella, como una bomba, este párrafo: «Cuando las inocentes víctimas descendieron del carro de asalto, lograron fugar a Livraga, Giunta y el ex suboficial Gavino. Este último pudo meterse en la embajada de Bolivia y asilarse en aquel país».

 

Los sobrevivientes, pues, aumentaban a cuatro. Empecé a preguntarme si de verdad había muerto alguien. Torné a recorrer «mis testigos», y ante cada uno de ellos fui depositando, como al azar, una frase: «Ese señor alto, que escapó…». Hasta que conseguí la respuesta mecánica, instantánea, que buscaba: –Torres.

–¿En la embajada…? –De Bolivia.

 

Cuando mi informante se llevó la mano a la boca, ya era tarde. Salvo los niños, nadie decía nada voluntariamente. Pero hay reflejos. El 19 de febrero vi a Torres en la embajada de Bolivia.

 

El 21 volví a verlo.

 

Ese día se puede decir que quedó terminada la investigación. Los informes suministrados por Torres eran asombrosos.

 

No sólo confirmaban la existencia de Gavino.

 

Benavídez, el de la lista oficial de ejecutados, no estaba muerto: estaba exiliado en Bolivia. Y junto con él un sexto sobreviviente, a quien yo escuchaba nombrar por primera vez: Julio Troxler. Y acaso había un séptimo que, según versiones, estaba preso en Olmos. Torres no recordaba su apellido. Sabía solamente que era muy común, algo así como Rodríguez… Consulté una lista de presos en Olmos. Cuando vi de nuevo a Torres, le lancé a boca de jarro: –¿Díaz? Se le iluminó el rostro.

–¡Díaz! ¿Cómo hizo? –¿Rogelio Díaz? –Exacto.

 

La cuenta estaba completa. Rogelio Díaz era el séptimo sobreviviente.

 

El mismo 19 de febrero aparecía en «Revolución Nacional» la tercera y más importante de mis notas –»La Verdad sobre los Fusilados»–, con todos los datos reunidos antes de ver a Torres.

 

En ella ya se mencionaba a Mario Brión, se afirmaba la existencia de tres sobrevivientes y se conjeturaba la de otros dos, con lo que ciertamente me adelantaba a la información que tenía en mi poder al escribirla.

 

El 21 pude localizar a los familiares de Mario Brión. Entretanto, ya había averiguado la dirección de la viuda de Carranza y de la de Garibotti.

 

Es entonces, solamente entonces, con el caso plenamente aclarado y resuelto, cuando aparece «Marcelo».

 

EN TORNO A «MARCELO»

 

Al principio, «Marcelo» fue simplemente una voz telefónica.

 

Una voz tensa, nerviosa, que llamaba a la sede del periódico «Revolución Nacional» y pedía hablar con el autor de los artículos que relataban los fusilamientos de José León Suárez.

 

Concertamos una entrevista.

 

Era el 22 de febrero de 1957. «Marcelo» se quedó desolado cuando supo que se estaba arriesgando inútilmente, pues toda la información que él me traía ya estaba en mis manos por conducto de Torres.

 

Lo curioso es que, aun cuando yo no hubiera conocido jamás a estos dos hombres, igual habría averiguado la existencia de los nuevos sobrevivientes.

 

Porque el 23 o el 24 de febrero recibí la tercera carta del informante que firmaba «Atilas», con la nómina de todos los sobrevivientes. «Atilas» llegó con 48 horas de retraso, pero de todas maneras aprovecho aquí –por si me está leyendo– para agradecer la valiosa ayuda que me prestó.

 

No hay un solo dato importante en el texto de Operación Masacre que no esté fundado en el testimonio coincidente y superpuesto de tres o cuatro personas, y a veces más. En los hechos básicos, he descartado implacablemente toda la información unilateral, por muy sensacional que fuese.

 

Es posible que se hayan deslizado intrascendentes errores de detalle, pero el relato es básicamente exacto y puedo probarlo ante cualquier tribunal civil o militar.

 

Volviendo a «Marcelo», su testimonio coincidente con el de Torres perjudicaba a Livraga y favorecía a Fernández Suárez, lo que demuestra en forma terminante que era verdadero.

 

Partiendo de la demanda de Livraga, yo había supuesto en mis primeros artículos en «Revolución Nacional», que Fernández Suárez detuvo sólo a cinco personas en la casa de Florida, y a los demás en los alrededores, en una razzia indiscriminada.

 

 Torres y «Marcelo» me demostraron que no era así, que todos los fusilados habían sido detenidos dentro de la casa.

 

De este modo el allanamiento cobraba por lo menos cierta lógica y la conducta de Fernández Suárez, antes del asesinato en masa, se volvía más explicable.

 

Con toda honradez lo hice constar en la primera oportunidad que tuve. Torres iba más lejos: admitía que él y Gavino estaban complicados en el motín, aunque no llegaron a actuar.

 

Esta gente ha hablado conmigo con total sinceridad y me ha dicho quiénes eran los que estaban comprometidos: Torres y Gavino.

 

Quiénes eran los que estaban simplemente enterados: Carranza y Lizaso. Quiénes eran los que no sabían absolutamente nada: Brión, Giunta, Di Chiano, Livraga y Garibotti. Quedando en la sombra, por falta de datos concretos, la actitud mental de hombres como Rodríguez y Díaz.

 

Todo esto consta muy claramente en mi relato.

 

En cuanto a Troxler y Benavídez, poco importa si estaban o no comprometidos, si estaban o no enterados: el único delito por el cual se pretendió fusilarlos fue que llamaran a la puerta de una casa.

 

«Marcelo» era un hombre de estatura menuda, rostro cetrino, anteojos obscuros, gesto amargo y despectivo. Tenía 37 años, pero representaba más. Su aporte más valioso a mi libro fueron las conmovidas, entrecortadas palabras con que hablaba de Carlitos Lizaso.

 

Lo recordaba casi con fervor de padre, en sus menudas anécdotas, en su modo de ser, en su alegría juvenil. Durante los meses que anduve hurgando en este caso me he encontrado con mujeres en quienes el llanto es ya una costumbre de cada perro día; con criaturas de mirada definitivamente distante («¿Lo extrañas mucho a tu papá?» «Oh, sí, usted no sabe…»); con hermanos en quienes el puño cerrado sobre una mesa es una prolongación de la mirada homicida. Pero pocas cosas he visto como el dolor sordo, terrible, lacerante de este hombre ante el recuerdo de aquel muchacho.

 

En vano procuraba recrear su figura con un ademán, resucitar su sonrisa con una mueca torpe, «regresarlo y desamordazarlo»; él, un hombre acabado y enfermo.

 

Lamento que «Marcelo» haya tomado el estéril camino del terror para disipar ese fantasma. Pero yo pregunto: ¿le han ofrecido otro los altos jueces y los gobernantes que protegen al asesino de su amigo? Sé que nada hay más difícil que justificar a un dinamitero, y yo ni siquiera voy a intentarlo.

 

Sólo puedo decir que, esencialmente, «Marcelo» no era eso.

 

Esencialmente era un hombre que sufría de un modo atroz, permanente e insomne.

 

Cuando recordaba que había salido de la casa de Florida diez minutos antes del allanamiento, repetía: «Si por lo menos me hubiera quedado… Si por lo menos…». Un pudor varonil le impedía decir que deseaba, él también, estar muerto.

 

Ahora «Marcelo» está preso, y me alegro por él de que lo hayan capturado antes que sus bombas pudieran causar víctimas inocentes. Pero no seré yo quien acumule sobre la cabeza de este hombre destruido los calificativos de criminal, irresponsable y cobarde.

 

Esa tarea la dejo a mis colegas, los periodistas serios, los amantes de la fácil verdad.

 

El terrorismo en abstracto es por cierto criminal, irresponsable y cobarde. Pero, entre un desesperado como «Marcelo», corroído por su fantasma y su pasión de venganza; y un frío, gratuito, consciente y metódico torturador y fusilador, no me pregunten con quién me quedo.

 

LA CONFERENCIA DE PRENSA QUE NO DIO EL DOCTOR VlGLIONE

 

El 11 de julio de 1957 el juez Viglione reunió a los periodistas en la Jefatura de Policía de la provincia para informarles sobre la organización terrorista recién descubierta en Boulogne, cuyo jefe sería «Marcelo».

 

Me parece bien que el señor juez haya intervenido en los procedimientos, velando por el trato de los detenidos, porque ésa es la principal función de un juez en la provincia de Buenos Aires.

 

Me parece perfecto, asimismo, que haya informado rápidamente a la opinión pública, porque «en una democracia el diálogo es interesante», como dijo cierta vez Fernández Suárez.

 

Lo que me parece mal es que se haya aprovechado la coyuntura para desacreditar, con una estratagema pueril, los cargos ilevantables de homicidio múltiple que he formulado contra el Jefe de Policía.

 

De no mediar esa circunstancia, yo nada tendría que decir y esta nota no aparecería publicada.

 

Pero la malicia es un arma de doble filo, y aquí está el segundo filo.

 

La respuesta a la torpeza que antes mencioné.

 

Sobre la conferencia de prensa del doctor Viglione debió flotar, no diré el espectro de Banquo pero sí el fantasma de aquella otra conferencia de prensa frustrada a fines de enero de este año, en que otro juez, el doctor Hueyo, iba a anunciar el procesamiento de Fernández Suárez. Por eso –y porque yo hubiera tenido interés en formular unas modestas y respetuosas preguntas al señor jefe de Policía allí presente; ya que entiendo que una conferencia de prensa es algo así como un torneo de preguntas y respuestas–, lamento no haber sido invitado.

 

Otra vez será, Dios mediante.

 

Lo que más lamento es que el señor juez haya perdido una oportunidad casi única para ilustrar y educar a la gente, lo que también está dentro de sus funciones.

 

El señor juez pudo entonces explicar que el terrorismo no es algo que nace por generación espontánea. Pudo explicar que la actitud del terrorista de abajo que coloca una bomba es la respuesta al terrorismo de arriba que aplica la picana. Pudo explicar que la bomba que mata a un inocente no se diferencia gran cosa de la descarga del pelotón que mata a otro inocente. Y que, si cabe establecer algún matiz diferencial, es a favor del terrorista de abajo, que por lo menos no cuenta con la impunidad asegurada, no cree estar defendiendo la democracia, la libertad y la justicia, y no organiza conferencias de prensa.

 

Nadie estaba en mejores condiciones que el señor juez para dar a todo el país esta magistral lección de cordura, de sentido común y de entereza. Porque en la provincia de Buenos Aires no hay nadie -salvo los propios torturadores- que conozca más a fondo el sistema de torturas policiales que el doctor Viglione.

 

Para demostrarlo, me limitaré a transcribir una parte del informe que el 27 de diciembre de 1956 presentó, ante la Junta Consultiva provincial, el consejero socialista, doctor Eduardo Schaposnik. Espero que «La Nación» diga que esto es «antojadizo». Espero que «La Razón» diga que esto es «fraguado». Espero que «El Día» de La Plata hable de «supuestas» torturas. Espero que todo esto sirva de tema a la próxima conferencia de prensa del doctor Viglione.

 

Dijo el doctor Schaposnik:

 

He estado con el señor consejero Bronzini en el despacho de dos jueces, para tener una impresión que nos permitiera saber si nuestra información (sobre las torturas) era veraz o no.

 

Lo que hemos sabido, especialmente de la palabra del doctor Viglione, a quien aprecio como hombre en su actividad ciudadana, y a quien respeto aun más por las dotes que ha demostrado poseer para la judicatura, en su breve pero brillante actuación en que ha puesto tanto celo y entusiasmo, es terminante.

 

Y las comprobaciones a que ha llegado son desalentadoras para nuestra fe en algunos hombres. Se señala un auge de las torturas que comienzan su evolución creciente desde el principio de este año y tiene su período culminante en los días del levantamiento del 9 y 10 de junio…

 

Luego vienen algunos párrafos que ya he citado en el texto de Operación Masacre. Dijo a continuación el doctor Schaposnik:-He encontrado en los juzgados del crimen numerosos expedientes por torturas de las que no queda ninguna duda, porque en uno de ellos sus autores materiales han sido condenados a cuatro años de prisión en primera instancia por el juez doctor Viglione, y se encuentra actualmente en apelación en la cámara respectiva.

 

Otro que se encuentra aún en primera instancia en el mismo juzgado merece la pena de ser destacado para ver si las acusaciones, realmente abrumadoras y penosas para un hombre que tenga dos centavos de sensibilidad, no afectan el prestigio de la institución.

 

Resumiré seguidamente parte de las actuaciones del expediente criminal por denuncia de torturas que se tramita por ante el juzgado del doctor Viglione.

 

Fojas uno, acta del Juzgado: con fecha abril 9 de 1956, el doctor Viglione, habiendo tenido conocimiento de que en la brigada de investigaciones de Lanús se cometen reiteradamente apremios ilegales contra los detenidos, decide constituir el Juzgado en esa repartición policial.

 

Fojas uno vuelta: constituido el doctor Viglione en la seccional policial citada, en compañía de los secretarios del Juzgado, recorre los calabozos y es informado por los detenidos Héctor, Agustín Daniel y Julio Jorge Silva, Agapito Rearte, Rómulo Fernández, Héctor A. Milito, Mariano Enrique Gareca, Carlos Neme, Miguel Artemio Longhi, Alfredo Richler, Alfonso Dande, Ernesto Arturo Suárez, Domingo Cuervo y Domingo Prieto, que se encontraban lastimados por haber sido sometidos a torturas en las mismas dependencias en que se encontraban, por lo que se dispone requerir la presencia del médico de policía, doctor Ricardo Alberto Díaz, quien informa por separado.

 

Los detenidos denuncian entonces a sus torturadores: Rearte al empleado Fariña; a Milito lo sometieron a picana los empleados Zapiola y Fernández; Cuervo denuncia que le pegó el empleado Gatti y otros más que reconocería; Prieto dice que le pegó y aplicó la picana el empleado Fumagalli y otros; Richler vio cuando llevaban a sus compañeros a la celda completamente desnudos y en mal estado, a raíz de las torturas sufridas.

 

El acta es firmada por todos los detenidos mencionados, el juez y los secretarios.

 

El informe del médico de policía dice: Que los detenidos Héctor, Agustín Daniel y Julio Jorge Silva tienen las siguientes lesiones: escoriaciones lineales en la cara lateral derecha y en la cara lateral izquierda del hemiabdomen superior.

 

Múltiples equimosis puntiformes en casi todo el abdomen, con una evolución de siete días; producidas con un instrumento duro y puntiforme pasado por la zona con discreta presión; las segundas han sido producidas por un pequeño instrumento de pequeña superficie sin punta, que ha actuado con violencia suficiente para producir esos pequeños derrames sanguíneos superficiales.

 

Agapito Néstor Rearte: dos cicatrices de medio centímetro aproximadamente de diámetro en la región dorsal del pene; corresponden por su tamaño a quemaduras y tienen una data de no menos de siete días y no más de quince días.

 

Rómulo Fernández: hematomas de ocho días aproximadamente de evolución en el párpado inferior derecho, provocado por elemento contuso, que pudo ser golpe de puño.

 

Milito: equimosis en la región inguino-escrotal, provocadas por elemento contuso.

Carlos Neme: cicatrices puntiformes en el pene y en el escroto, del mismo tipo que las de Rearte.

 

Domingo Prieto: herida contusa en la rodilla derecha y una herida superficial en el brazo derecho; estas lesiones están en plena cicatrización y tienen tres o cuatro días.

 

Dijo luego el doctor Schaposnik:

 

No voy a seguir leyendo constancias del sumario que demuestran fehacientemente los malos tratos inferidos por el personal de la Brigada de Investigaciones de Lanús a los detenidos.

 

El comisario Mucci, que dirigía las investigaciones en Lanús, todavía sigue en funciones… Éstos son ejemplos que pongo.

 

Mi exposición sería interminable si me hubiera dedicado a sacar las notas necesarias de los expedientes judiciales…

 

Esto ¿no merecía otra conferencia de prensa?

 

Admitiendo que sea necesario –y no lo discuto– suscitar una reacción pública contra el terrorismo de abajo, ¿no es también urgente fundamentar un gran movimiento de opinión que aniquile para siempre a los terroristas de arriba, a los torturadores, a los fusiladores?

 

Empiezo a convencerme de que es una desgracia, una especie de tara psicológica de la que huye la gente respetable, ver siempre las dos caras de la moneda.

 

Esa moneda de dos centavos de sensibilidad, que reclamaba el doctor Schaposnik.

 

PROVISORIO EPÍLOGO

(de la primera edición, julio de 1957)

 

Por distintas circunstancias que no excluyen la casualidad, me han tocado bastante de cerca las tres revoluciones –dos aplastadas de muy diverso modo, una intermedia victoriosa– que en 1955 y 1956 sacudieron al país.

 

Puedo, sin remordimiento, repetir que he sido partidario del estallido de setiembre de 1955.

 

No sólo por apremiantes motivos de afecto familiar –que los había–, sino porque abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que negaba el derecho de expresión, que fomentaba la obsecuencia por un lado y el desborde por el otro.

 

Y no tengo corta memoria: lo que entonces pensé, equivocado o no, sigo pensándolo.

 

A fines de 1955 escribí un artículo periodístico con el que me propuse realizar un homenaje a tres hombres de la aviación naval, muertos en la campaña del Sur, combatiendo con simple y comprobable heroísmo.

 

Por causas que más vale no recordar, las autoridades del ministerio de Marina vetaron esa nota, primero verbalmente y después por escrito.

 

Ellos entendieron que los caídos, sus propios muertos, podían prescindir de tal homenaje –que sus enemigos acaso no les hubieran negado– y yo entendí que podía prescindir de la opinión del ministerio de Marina.

 

Porque tanto entonces como ahora creo que el periodismo es libre, o es una farsa, sin términos medios.

 

Y el artículo, naturalmente, salió publicado con mi firma, a pesar de la expresa desautorización que aún tengo en mis manos.

 

No es ociosamente que recuerdo aquel episodio, acaso el primero en la larga serie que permitió a la Revolución devorar a sus héroes y renegar de sus muertos, y con ello perder su atributo de Libertadora y muchas otras cosas.

 

Porque en aquella nota yo señalaba con toda deliberación que, junto al capitán Estivariz y al teniente Irigoin, había caído un suboficial que era peronista.

 

Un hombre que pudiendo eludir el compromiso –como otros más encumbrados lo hicieron– había colocado en primer término su espíritu de cuerpo, su lealtad al uniforme y su devoción al superior; y, en lejano segundo término, su entrañable y en él muy respetable idea política.

 

Esos restos carbonizados e irreconocibles de tres hombres, dos revolucionarios y un peronista, dentro de un mismo avión hecho pedazos, caídos en una misma lucha, consumidos en idéntico fuego de heroísmo, significaban algo indudablemente. Eso era un signo, eso era una advertencia, eso era un símbolo tremendo, eso era un pacto sellado con sangre.

 

¿Qué quiere decir ahora, a casi dos años de distancia, cuando los miopes, los cobardes y los torpes no han hecho más que violar semejante compromiso?

 

Sólo se me ocurre decir: afortunados aquellos tres, que están muertos, unidos e intocados en su gloriosa eternidad.

 

La revolución del 9 de junio me tocó más de cerca.

 

Por simples motivos geográficos, la tuve literalmente dentro de mi casa.

 

Para arribar a ella en plena madrugada debí atravesar zona de combate, en la esquina de 54 y 4, en La Plata.

 

En esos treinta pasos que abarcaba el sector de fuego del Comando de la Segunda División supe lo que era el incoercible miedo físico.

 

Pero tampoco es por simple pintoresquismo que recuerdo el menudo episodio.

 

En aquella esquina, tras un automóvil utilizado como barricada, entre el crepitar de la fusilería, me había parado –destinatario final de un «¡Al-tó-o!» interminable y simétrico de invisibles tiradores– un hombre bajo, más bien gordo, de bigotes, con chaqueta de cuero y pistola ametralladora en la cintura. Me preguntó a donde iba.

 

Entrecortadamente le hablé de mi familia, que estaba cincuenta metros más allá, en la zona donde se libró el tiroteo más intenso de toda esa jornada. No me exigió documentos –que no los tenía conmigo–, no me pidió opinión sobre lo que estaba ocurriendo.

 

Se limitó a decirme, encogiéndose de hombros:

–Si se anima, pase.

 

Era el jefe del grupo rebelde.

 

Un hombre que ahora vende globos en una plaza de Montevideo.

 

Yo pensaba y sigo pensando –nótese bien– que ese hombre estaba equivocado.

 

Porque él no podía saber que, en ese mismo momento, lo estaban justificando.

 

Él no podía saber que, en ese mismo momento, un personaje que no osaba atrever las narices en aquel campo de batalla ordenaba fríamente la ejecución de doce pobres diablos.

 

Él no podía saber que, detrás del paredón y la puertita verde del Comando, otro hombre –Juan Carlos Longoni–, que se estaba jugando la vida por la idea contraria, iba a arriesgar y perder su carrera por rehabilitar a aquellos pobres diablos.

 

Ni él, ni yo, ni Longoni sabíamos nada.

 

Pero aquel sargento Ferrari del grupo rebelde me dejó pasar, y posiblemente debió lamentarlo.

 

Porque dos horas más tarde mi casa se convertía en abrigo de cuarenta soldados leales que, superado el susto, tiraban contra él. Esos hombres del segundo batallón de Comunicaciones de City Bell no se acordarán de mi cara, que apenas vieron en la obscuridad, o de mi nombre, que no averiguaron; pero estoy seguro de que ninguno de ellos –ni siquiera el teniente Cruset, o Decruset, que los mandaba– olvidará en su vida aquella alta puerta de madera que fue la única en abrirse para ellos en la calle 54, bajo el fuego rebelde que amenazaba diezmarlos y que, en la vereda de enfrente, ya había dejado el tendal de infantes de Marina.

 

Uno de ellos acababa de morir, calzada por medio, a diez metros de distancia. Escuché el grito de terror y soledad que lanzó al caer, cuando la patrulla tomada de sorpresa se replegó momentáneamente: «¡No me dejen solo! ¡Hijos de p…, no me dejen solo!».

 

Sus compañeros tomaron, después, el nido de ametralladora que lo había matado desde una obra en construcción.

 

Pero Bernardino Rodríguez, de 21 años, murió creyendo que sus camaradas, sus amigos, lo abandonaban en la muerte. Y eso me dolió entonces, y me sigue doliendo ahora, como tantas cosas inútiles.

 

En ese momento supe lo que era una revolución, su faz sórdida que nada puede compensar.

 

Y la odié con todas mis fuerzas, a esa revolución. Y, por reflejo, a todas las anteriores, por justas que hayan sido.

 

Y lo seguí comprendiendo en las tensas horas posteriores, al ver a mi alrededor el miedo sin disimulo en aquellos rostros casi infantiles de soldados, que no sabían si eran «leales» o «rebeldes», pero sabían que estaban obligados a tirar contra otros soldados idénticos a ellos, que también ignoraban si eran leales o rebeldes.

 

Si hay algo justamente que he procurado suscitar en estas páginas es el horror a las revoluciones, cuyas primeras víctimas son siempre personas inocentes, como los fusilados de José León Suárez o como aquel conscripto caído a pocos metros de donde yo estaba.

 

La pobre gente no muere gritando «Viva la patria», como en las novelas. Muere vomitando de miedo, como Nicolás Carranza, o maldiciendo su abandono, como Bernardino Rodríguez.

 

Sólo un débil mental puede no desear la paz.

 

Pero la paz no es aceptable a cualquier precio.

 

Y siempre habrá en germen nuevos levantamientos, y nuevas olas de insensata revancha –aunque luego tengan sentido contrario–, mientras se mantengan al frente de los organismos represivos del Estado hombres como el actual jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez.

 

EPÍLOGO

(de la segunda edición, 1964)

 

Ahora quiero decir lo que he conseguido con este libro, pero principalmente lo que no he conseguido.

 

Quiero nombrar lo que de alguna manera fue una victoria, y lo que fue una derrota; lo que he ganado y lo que he perdido.

 

Fue una victoria llegar al esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores, hasta inverosímiles, casi sin más ayuda que la de una muchacha y unos pocos hombres acosados que eran las víctimas.

 

Fue una victoria sobreponerme al miedo que, al principio, sobre todo, me atacaba con alguna intensidad, y conseguir que ellos se sobrepusieran, aunque ellos tenían una experiencia del miedo que yo nunca podré igualar.

 

Fue una victoria conseguir que un hombre como «Marcelo», que ni siquiera nos conocía, viniese a traernos su información, arriesgando la emboscada y la picana que más tarde lo laceraron; conseguir que hasta la pequeña Casandra de Florida supiera que se nos podía confiar la vida de un hombre.

 

Ha sido un triunfo encontrarme años después con la sonrisa infantil de Troxler, que salvó esa noche a los que se salvaron, y no hablar una palabra de esa noche.

 

En lo demás, perdí.

 

Pretendía que el gobierno, el de Aramburu, el de Frondizi, el de Guido, cualquier gobierno, por boca del más distraído, del más inocente de sus funcionarios, reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nombre de la República Argentina, se cometió una atrocidad.

 

Pretendía que, a esos hombres que murieron, cualquier gobierno de este país les reconociera que la justicia de este país los mató por error, por estupidez, por ceguera, por lo que sea.

 

Yo sé que a ellos no les importa, a los muertos.

 

Pero había una cuestión de decencia, no sé cómo decirlo.

 

Pretendía que, a los que se salvaron –Livraga desfigurado a tiros; Giunta casi enloquecido; Di Chiano escondido en un sótano; a los otros, desterrados–, cualquier autoridad, cualquier institución, cualquier cosa respetable de este país civilizado, les reconociera, siquiera con palabras, aquí donde las palabras son tan fáciles, donde no cuestan nada las palabras, que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen.

 

Que a los seis hijos de Carranza y los seis de Garibotti, a los tres de Rodríguez y al de Brión, y a las mujeres de esos hombres se les reconociera algún derecho emanante de la carroña sangrienta que la justicia de este país, y no de otro, llevó al cementerio, de todos esos cuerpos que fueron gente querida por los suyos.

 

Que se les diera algo, un testimonio, una palabra, una pensión, no tan grande como la de un general, no tan grande como la de un juez de la Corte, quién podría pretender tanto.

 

Algo.

 

En esto fracasé. Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro: ascendió a Aramburu.

 

Creo que después ya no me interesó.

 

En 1957 dije con grandilocuencia: «Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses o años».

 

De esa frase culpable pido retractarme.

 

Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso está muerto.

 

En otras cosas también fracasé.

 

Pretendía que Fernández Suárez fuera juzgado, destituido, castigado.

 

Cuando se hizo evidente que nada de eso iba a ocurrir, quise castigarlo yo mismo, a mi manera, con mis propias armas; lo perseguí quizá con la misma ferocidad con que él persiguió, torturó, mató; lo flagelé semana a semana.

 

En la medida en que esa tentativa me haya hecho parecido a él, pido nuevamente retractarme.

 

Qué me importa ya Fernández Suárez.

 

Hay otro fracaso todavía.

 

Cuando escribí esta historia, yo tenía treinta años. Hacía diez que estaba en el periodismo.

 

De golpe me pareció comprender que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver con una cierta idea del periodismo que me había ido forjando en todo ese tiempo, y que esto sí –esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso–, tenía que ver, encajaba en esa idea.

 

Amparado en semejante ocurrencia, investigué y escribí enseguida otra historia oculta, la del caso Satanowsky.

 

Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos.

 

Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta.

 

Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es.

 

Releo la historia que ustedes han leído.

 

Hay frases enteras que me molestan, pienso con fastidio que ahora la escribiría mejor.

 

¿La escribiría?

 

RETRATO DE LA OLIGARQUÍA DOMINANTE

(fin del epílogo de la tercera edición, 1969)

 

Las generalizaciones que siguen no podrán ser tachadas de impaciencia.

 

Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante.

 

Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora.

 

Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina.

 

El caso Manchego, el caso Vallese, el asesinato de Méndez, Mussi y Retamar, la muerte de Pampillón, el asesinato de Hilda Guerrero, las diarias sesiones de picana en comisarías de todo el país, la represión brutal de manifestaciones obreras y estudiantiles, las inicuas razzias en villas miseria, son eslabones de una misma cadena.

 

Era inútil en 1957 pedir justicia para las víctimas de la «Operación Masacre», como resultó inútil en 1958 pedir que se castigara al general Cuaranta por el asesinato de Satanowsky, como es inútil en 1968 reclamar que se sancione a los asesinos de Blajaquis y Zalazar, amparados por el gobierno.

 

Dentro del sistema, no hay justicia.

 

Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al extranjero.

 

Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella.

 

No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.

 

CARTA ABIERTA DE UN ESCRITOR A LA JUNTA MILITAR*

 

1.     La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.

 

2. El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.

El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde.

 

En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.

 

Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese «ser nacional» que ustedes invocan tan a menudo. Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación.

 

Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina. 2.

 

Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.

 

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional.

 

El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y

 

*Walsh envió por correo esta carta, fechada el 24 de marzo de 1977, a las redacciones de los diarios locales y a corresponsales de diarios extranjeros.

 

El 25 de marzo de 1977 Walsh fue secuestrado por un «Grupo de Tareas» y desde entonces permanece desaparecido.

 

La carta no fue publicada por ningún medio local, pero poco a poco se difundió en el extranjero.

 

A partir de la reedición realizada en 1984, De la Flor la incluyó como Apéndice en todas las reimpresiones de Operación Masacre. (N. del E.)

 

…el fusilamiento sin juicio.1

 

Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año.

 

En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.

 

De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo.

 

Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aun en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.

 

La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos.

 

El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el «submarino», el soplete de las actualizaciones contemporáneas.2

 

Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad, que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

 

3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.

 

Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.

 

Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela, forman parte de 1200 ejecuciones en 300

 

1 Desde enero de 1977 la Junta empezó a publicar nóminas incompletas de nuevos detenidos y de «liberados» que en su mayoría no son tales sino procesados que dejan de estar a su disposición pero siguen presos.

 

Los nombres de millares de prisioneros son aún secreto militar y las condiciones para su tortura y posterior fusilamiento permanecen intactas.

 

2 El dirigente peronista Jorge Lizaso fue despellejado en vida; un ex diputado radical, Mario Amaya, muerto a palos, el ex diputado Muñiz Barreto, desnucado de un golpe. Testimonio de una sobreviviente: «Picana en los brazos, las manos, los muslos, cerca de la boca cada vez que lloraba o rezaba… Cada veinte minutos abrían la puerta y me decían que me iban a hacer fiambre con la máquina de sierra que se escuchaba».

 

…supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.

 

Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta, los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de «cuenta-cadáveres» que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.

 

El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 o 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.3

 

Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y los partidos de que aun los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica, el humor del momento.

 

Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.4

 

El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masón, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.

 

4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el es-

 

3 Cadena Informativa», mensaje N° 4, febrero de 1977.

 

4 Una versión exacta aparece en esta carta de los presos en la Cárcel de Encausados al obispo de Córdoba, monseñor Primatesta: «El 17 de mayo son retirados con el engaño de ir a la enfermería seis compañeros que luego son fusilados. Se trata de Miguel Ángel Mosse, José Svaguza, Diana Fidelman, Luis Verón, Ricardo Yung y Eduardo Hernández, de cuya muerte en un intento de fuga informó el Tercer Cuerpo de Ejército.

 

El 29 de mayo son retirados José Puchet, y Carlos Sgadurra. Este último había sido castigado al punto de que no se podía mantener en pie, sufriendo varias fracturas de miembros. Luego aparecen también fusilados en un intento de fuga».

panto provocado entre sus propias fuerzas.5

 

Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, «con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles» según su autopsia. Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.6

 

Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.

 

En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la 1a Brigada Aérea,7 sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre «violencias de distintos signos» ni el arbitro justo entre «dos terrorismos», sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte.8

 

La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini,

 

5En los primeros 15 días de gobierno militar aparecieron 63 cadáveres, según los diarios. Una proyección anual da la cifra de 1500. La presunción de que puede ascender al doble se funda en que desde enero de 1976 la información periodística era incompleta y en el aumento global de la represión después del golpe. Una estimación global verosímil de las muertes producidas por la Junta es la siguiente. Muertos en combate: 600. Fusilados: 1300. Ejecutados en secreto: 2000. Varios: 100. Total: 4000.

 

6 Carta de Isaías Zanotti, difundida por ANCLA, Agencia Clandestina de Noticias.

 

7 «Programa» dirigido entre julio y diciembre de 1976 por el brigadier Mariani, jefe de la Primera Brigada Aérea del Palomar. Se usaron transportes Fokker F-27.

 

8 El canciller vicealmirante Guzzeti en reportaje publicado por «La Opinión» el 3-10-76 admitió que «el terrorismo de derecha no es tal» sino «un anticuerpo».

Héctor Gutiérrez Ruiz y decenas de asilados, en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Bolivia y Uruguay.9

 

La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CÍA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CÍA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional, que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezca el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.

 

Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de «Prensa Libre», Horacio Novillo, apuñalado y calcinado después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.

 

A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: «La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal».10

 

5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

 

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40 %, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 %, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar,11 resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.

 

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comi-

 

9 El general Prats, último ministro de Ejército del presidente Allende, muerto por una bomba en setiembre de 1974. Los ex parlamentarios uruguayos Michelini y Gutiérrez Ruiz aparecieron acribillados el 2-5-76. El cadáver del general Torres, ex presidente de Bolivia, apareció el 2-6-76, después que el ministro del Interior y ex jefe de Policía de Isabel Martínez, general Harguindeguy, lo acusó de «simular» su secuestro.

 

10 Teniente Coronel Hugo Ildebrando Pascarelli, según «La Razón» del 12-6-76. Jefe del Grupo I de Artillería de Ciudadela. Pascarelli es el presunto responsable de 33 fusilamientos entre el 5 de enero y el 3 de febrero de 1977.

 

11 Unión de Bancos Suizos, dato correspondiente a junio de 1976.

 

Después la situación se agravó aun más.

 

…siones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9 % 12 y prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13

 

Los resultados de esa política han sido fulminantes.

 

En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40 %, el de ropa más del 50 %, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares.

 

Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30 %, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan.

 

Como si ésas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la «racionalización».

 

Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convierte en una villa miseria de diez millones de habitantes.

 

Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.

 

Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar «el país», han sido ustedes más afortunados.

 

Un descenso del producto bruto que orilla el 3 %, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400 %, un aumento del circulante que en sólo una semana de diciembre llegó al 9 %, una baja del 13 % en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.

 

Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma.

 

Mil ochocientos millones de dólares, que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas, presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120 %, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.

 

12 Diario «Clarín».

 

13 Entre los dirigentes nacionales secuestrados se cuentan Mario Aguirre de ATE, Jorge Di Pasquale de Farmacia, Oscar Smith de Luz y Fuerza. Los secuestros y asesinatos de delegados han sido particularmente graves en metalúrgicos y navales.

 

6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.

 

Un aumento del 722 % en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: «Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos».14

 

El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el «festín de los corruptos».

 

Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.

 

Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados, no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aun si mataran al último guerrillero no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

 

Éstas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh. – C.I. 2845022

 

Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

14 «Prensa Libre», 16-12-76