OPERACION MASACRE RODOLFO WALSH PRIMERA PARTE

El Ortiba

El 10 de Junio de 1956 la Revolución «Fusiladora» de Aramburu y Rojas ejecutó a los patriotas que defendieron el gobierno constitucional del General juan Perón.

RODOLFO WALSH

OPERACIÓN MASACRE

 A Enriqueta Muñiz

 -Agrega el declarante que la comisión encomendada era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de todas las funciones específicas de la policía. Comisario Inspector Rodolfo Rodríguez Moreno

 PRÓLOGO

Por Rodolfo Walsh

 NAC&POP

La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana.

 En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorprendido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada revolución de Valle. 

Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué festejo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901.

 Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras.

 Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa.

 Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.

 

Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: «Viva la patria» sino que dijo: «No me dejen solo, hijos de puta».

 

Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle.

 

Tengo demasiado para una sola noche.

 

Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa.

 

¿Puedo volver al ajedrez?

 

Puedo.

 

Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela «seria» que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo.

 

La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.

 

Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:

 

–Hay un fusilado que vive.

 

No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.

 

Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte.

 

Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.

 

Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto.

 

Así nace aquella investigación, este libro. La larga noche del 9 de junio vuelve sobre mí, por segunda vez me saca de «las suaves, tranquilas estaciones».

 

Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supiera, y los que no se salvaron.

 

Porque lo que sabe Livraga es que eran unos cuantos y los llevaron a fusilar, que eran como diez y los llevaron, y que él y Giunta estaban vivos.

 

Ésa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en que soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho del juez, donde todo respira discreción y escepticismo, donde el relato suena un poco más absurdo, un grado más tropical, y veo que el juez duda, hasta que la voz de Livraga trepa esa ardua colina detrás de la cual sólo queda el llanto, y hace ademán de desnudarse para que le vean el otro balazo.

 

Entonces estamos todos avergonzados, me parece que el juez se conmueve y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.

 

Ésa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse.

 

Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas.

 

 En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto.

 

Es cosa de reírse, a doce años de distancia porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe.

 

Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hombre que se anima.

 

Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película.

 

Y la historia sale, es un tremolar de hojitas amarillas en los kioscos, sale sin firma, mal diagramada, con los títulos cambiados, pero sale. La miro con cariño mientras se esfuma en diez millares de manos anónimas.

 

Pero he tenido más suerte todavía.

 

Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera.

 

Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas.

 

Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo «hice», «fui», «descubrí», debe entenderse «hicimos», «fuimos», «descubrimos».

 

Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados Troxler, Benavídez, Gavino.

 

En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de garantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario.

 

En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligencia que me parecían tan rarificados a mi alrededor.

 

Así que una tarde tomamos el tren a José León Suárez, llevamos una cámara y un pianito a lápiz que nos ha hecho Livraga, un minucioso plano de colectivero con las rutas y los pasos a nivel, una arboleda marcada y una (x), que es donde fue la cosa.

 

Caminamos como ocho cuadras por un camino pavimentado, en el atardecer, divisamos esa alta y obscura hilera de eucaliptos que al ejecutor Rodríguez Moreno le pareció «un lugar adecuado al efecto», o sea al efecto de tronarlos, y nos encontramos frente a un mar de latas y espejismos.

 

No es el menor de esos espejismos la idea de que un lugar así no puede estar tan tranquilo, tan silencioso y olvidado bajo el sol que se va a poner, sin que nadie vigile la historia prisionera en la basura cortada por la falsa marea de metales muertos que brillan reflexivamente.

 

Pero Enriqueta dice «Aquí fue» y se sienta en la tierra con naturalidad para que le saque una foto de picnic, porque en ese momento pasa por el camino un hombre alto y sombrío con un perro grande y sombrío.

 

No sé por qué uno ve esas cosas.

 

Pero aquí fue, y el relato de Livraga corre ahora con más fuerza, aquí el camino, allá la zanja y por todas partes el basural y la noche.

 

Al día siguiente vamos a ver al otro que se salvó, Miguel Ángel Giunta, que nos recibe con un portazo en las narices, no nos cree cuando le anunciamos que somos periodistas, nos pide credenciales que no tenemos, y no sé qué le decimos, a través de la mirilla, qué promesa de silencio, qué clave oculta, para que vaya abriendo la puerta de a poco, y vaya saliendo, cosa que le lleva como media hora, y hable, que le lleva mucho más.

 

Es matador escuchar a Giunta, porque uno tiene la sensación de estar viendo una película que, desde que se rodó aquella noche, gira y gira dentro de su cabeza, sin poder parar nunca.

 

Están todos los detallecitos, las caras, los focos, el campo, los menudos ruidos, el frío y el calor, la escapada entre las latas, y el olor a pólvora y a pánico, y uno piensa que cuando termine va a empezar de nuevo, como es seguro que empieza dentro de su cabeza ese continuado eterno, «Así me fusilaron».

 

Pero lo que más aflige es la ofensa que el hombre lleva adentro, cómo está lastimado por ese error que cometieron con él, que es un hombre decente y ni siquiera fue peronista, «y todo el mundo le puede decir quién soy yo».

 

Aunque eso ya no es seguro, porque hay dos Giuntas, éste que habla torrencialmente mientras se pasa la gran película, y otro que a veces se distrae y consigue sonreír y hacer un chiste como antes.

 

Parece que aquí va terminar el caso, porque no hay más que contar. Dos sobrevivientes, y los demás están muertos.

 

Uno puede publicar el reportaje a Giunta y volver a aquella partida que dejó suspendida en el café hace un mes.

 

Pero no termina.

 

A último momento Giunta se acuerda de una creencia que él tiene, no de algo que sabe, sino de algo que ha imaginado o que oyó murmurar, y es que hay un tercer hombre que se salvó.

 

Entretanto la gran divinidad de la picana y sus metralletas empieza a tronar desde La Plata.

 

La hojita del reportaje flota en los pasillos de la Jefatura de Policía, y el teniente coronel Fernández Suárez quiere saber qué bochinche es ése.

 

El reportaje no estaba firmado, pero al pie de los originales figuraban mis iniciales.

 

En el diarito trabajaba un periodista con las mismas iniciales, aunque a él le tocaron en otro orden: J. W. R.

 

Una madrugada se despierta para contemplar una interesante concentración de fusiles y otros implementos silogísticos, y su espíritu experimenta esa gran emoción previa a una verdad por revelarse.

 

Lo sacan en calzoncillos y lo trasladan en un vuelo a La Plata y a la Jefatura, lo sientan en un sillón y enfrente está sentado el teniente coronel, que le dice, -Y ahora por favor, hágame un reportaje a mí.

 

El periodista aclara que no es a él a quien corresponden esos honores, mientras por lo bajo se acuerda de mi madre.

 

La rueda sigue girando, hay que ir por esos andurriales en busca del tercer hombre, Horacio di Chiano, que se ha vuelto lombriz y vive bajo tierra.

 

Parece que ya nos conocen en muchas partes, los chicos por lo menos nos siguen, y un día una nena nos para en la calle.

 

–El señor que ustedes buscan –nos dice–, está en su casa. Les van a decir que no está, pero está.

 

–¿Y vos sabes por qué venimos?

–Sí, yo sé todo.

Bueno, Casandra.

 

Nos dicen que no está, pero está, y hay que ir venciendo las barreras protectoras, las cautelosas deidades que custodian a un enterrado vivo, esta pared, esta cara que niega y desconfía.

 

Se pasa del sol de la calle a la sombra del porch, se pide un vaso de agua y se está adentro, en la obscuridad, se pronuncian palabras-ganzúa, hasta que la más oxidada del manojo funciona, y don Horacio di Chiano sube la escalera tomado de la mano de su mujer, que lo trae como un chico.

 

Así que son tres.

Al día siguiente llega al periódico una carta anónima y dice que «lograron fugar: Livraga, Giunta y el ex suboficial Gavino».

Así que son cuatro. Y Gavino, dice la carta, «pudo meterse en la embajada de Bolivia y asilarse a aquel país».

 

En la embajada de Bolivia no encuentro pues a Gavino, pero encuentro a su amigo Torres, que sonríe, cuenta con los dedos, me dice: «Le faltan dos», y me habla de Troxler y Benavídez.

 

Así que son seis.

Y ya que estamos, ¿no serán siete? Puede ser, me dice Torres, porque había un sargento, con un apellido muy común, algo así, como García o Rodríguez, y nadie sabe qué ha sido de él.

A los dos o tres días vuelvo a ver a Torres y le disparo a quemarropa:

–Rogelio Díaz.

Se le ilumina la cara.

–¿Cómo hizo?

Ya no recuerdo cómo hice. Pero son siete.

 

Entonces puedo sentarme, porque ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, prófugos, delatores presuntos, héroes anónimos.

 

En el mes de mayo, tengo escrita la mitad de este libro.

 

Otra vez el paseo en busca de alguien que lo publique.

 

Por esa época los hermanos Jacovella han sacado una revista.

 

Hablo con Bruno, después con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito, y se ríe, no del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete.

 

Lo demás es el relato que sigue.

 

Se publicó en «Mayoría», de mayo a julio de 1957.

 

Después hubo apéndices, corolarios, desmentidas y réplicas, que prolongaron esa campaña hasta abril de 1958.

 

Los he suprimido, así como parte de la evidencia que usé entonces y que reemplazo aquí por otra más categórica.

 

Frente a esta nueva evidencia, creo que la polémica queda descartada.

 

Agradecimientos: al doctor Jorge Doglia, ex jefe de la división judicial de la policía de la provincia, exonerado por sus denuncias sobre este caso; al doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan C. Livraga y Miguel Giunta; a Leónidas Barletta, director del periódico «Propósitos», donde se publicó la denuncia inicial de Livraga; al doctor Cerruti Costa, director del desaparecido periódico «Revolución Nacional», donde aparecieron los primeros reportajes sobre este caso; a Bruno y Tulio Jacovella; al doctor Marcelo Sánchez Sorondo, que publicó la primera edición en libro de este relato; a Edmundo A. Suárez, exonerado de Radio del Estado por darme una fotocopia del libro de locutores de esa emisora, que probaba la hora exacta en que se promulgó la ley marcial; al ex terrorista llamado «Marcelo», que se arriesgó a traerme información, y poco después fue atrozmente picaneado; al informante anónimo que firmaba «Atilas»; a la anónima Casandra, que sabía todo; a Horacio Manigua, que me dio albergue; a los familiares de las víctimas.

 

Primera parte

 

LAS PERSONAS

 

1. CARRANZA

 

Nicolás Carranza no era un hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956.

 

Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro.

 

Nunca lo sabremos del todo.

 

Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra.

 

Por un momento, sin embargo, pudo olvidar sus preocupaciones.

 

Tras el azorado silencio inicial, un coro de voces chillonas se alzó para recibirlo.

 

Seis hijos tenía Nicolás Carranza.

 

Los más pequeños se habrán prendido a sus rodillas.

 

La mayor, Elena, habrá puesto la cabeza al alcance de la mano del padre.

 

La ínfima Julia Renée –cuarenta días apenas– dormitaba en su cuna.

 

Su compañera, Berta Figueroa, alzó los ojos de la máquina de coser.

 

Le sonrió con mezcla de pena y alegría.

 

Siempre era igual. Siempre llegaba así su hombre: huido, nocturno, fugaz. A veces se quedaba una noche, después desaparecía las semanas.

 

Por ahí le hacía llegar un mensaje: estaba en casa de tal amigo.

 

Y entonces era ella quien iba a su encuentro, dejando los chicos a alguna vecina, y pasaba con él unas horas transidas de temor, de zozobra, de la amargura de tener que dejarlo y esperar el lento paso del tiempo sin noticias suyas.

 

Era peronista Nicolás Carranza. Y estaba prófugo.

 

Por eso, cuando en furtivos regresos como éste algún chico del barrio le gritaba al encontrarlo: «¡Adiós, don Carranza!», él… apresuraba el paso y no contestaba.

 

–¡Eh, don Carranza! –lo seguía la curiosidad.

Pero don Carranza –silueta baja y maciza en la noche– se alejaba rápidamente por la calle de tierra, levantando hasta los ojos las solapas del sobretodo.

 

Y ahora estaba sentado en el sillón del comedor, hamacando en las rodillas a Berta Josefa, de dos años, y a Carlos Alberto, de tres, y acaso a Juan Nicolás, de cuatro –toda una escalera de pibes tenía, don Carranza–, hamacándolos e imitando el fragor y el silbato de los trenes que manejaban hombres como él, gente de esa barriada ferroviaria.

 

Después conversó con la preferida, Elena, de once años –alta y espigada para su edad, grandes ojos pardos–, le contó algo de sus andanzas mezclado con algo de fábula risueña, y la interrogó con preocupación, con miedo, con ternura, porque, la verdad, se le hacía un nudo en el corazón cada vez que la miraba, desde que estuvo presa.

 

Presa durante varias horas, aunque parezca cuento, la tuvieron en Frías (Santiago del Estero) el 26 de enero de 1956. El padre la había dejado allí el 25 con familiares de la madre, aprovechando uno de sus viajes regulares en la línea al Norte del Belgrano, donde trabajaba como camarero, y había seguido de largo.

 

En Simoca, provincia de Tucumán, lo detuvieron por una denuncia de distribuir panfletos que nunca llegó a probarse.

 

A las ocho de la mañana siguiente la sacaron a Elena de la casa de sus parientes, la llevaron sola a la comisaría y la interrogaron durante cuatro horas. ¿Llevaba panfletos su padre? ¿Era peronista su padre? ¿Era un delincuente su padre?

 

Se enloqueció don Carranza cuando supo la noticia.

–A mí, que me hagan cualquier cosa. Pero a una criatura…

Rugía y sollozaba.

 

Se les disparó en Tucumán.

 

Y seguramente desde entonces asomó un brillo peligroso en la mirada de este hombre de rostro firme y despejado, que antes era de ánimo alegre, aficionado a las diversiones y amigo preferido de todos los chicos del barrio, propios y ajenos.

 

Cenaron todos juntos esta noche del 9 de junio en esa casa del barrio obrero de Boulogne. Después acostaron los chicos y quedaron solos, él y Berta.

Ella le habló de sus penas, de sus preocupaciones.

 

¿El ferrocarril no les quitaría la casa, ahora que él estaba cesante y prófugo?

 

Era una buena casa, de material, con flores en el jardín, y allí entraban todos, hasta un par de muchachas fabriqueras que había tomado como pensionistas para ayudarse.

 

¿Con qué iban a vivir ella y los chicos si se la quitaban?

 

Le habló de sus temores. Siempre ese temor de que lo agarraran una noche cualquiera y lo golpearan en cualquier comisara hasta dejarlo idiota. Y le repitió el eterno ruego:

 

–Entrégate. Si te entregas, a lo mejor no te pegan. Y de la cárcel se sale, Nicolás…

 

Él no quería. Se refugiaba en afirmaciones duras, secas, definitivas:

–No he robado. No he matado. No soy un delincuente.

 

La pequeña radio, sobre la repisa del aparador, transmitía una música popular. Tras un largo silencio Nicolás Carranza se levantó, descolgó el sobretodo de la percha y lentamente se lo puso.

 

Ella volvió a mirarlo con expresión resignada.

–¿Dónde vas?

–Tengo que hacer. A lo mejor vuelvo mañana.

–No dormís acá.

–No. Esta noche no duermo acá.

Entró en el dormitorio y fue besando a todos los chicos, uno por uno: Elena, María Eva, Juan Nicolás, Carlos Alberto, Berta Josefa, Julia Renée. Después se despidió de su mujer.

–Hasta mañana.

Le dio un beso, salió a la vereda y dobló a la izquierda. Cruzó la calle B., apenas unos pasos y se detuvo frente a la casa 32.

Llamó a la puerta.

 

2. GARIBOTTI

 

Casa de muchachones bravos y ambiente acaso tempestuoso ésta de los Garibotti, en el Barrio Obrero de Boulogne. El padre, Francisco, era una estampa de hombre: alto, musculoso, cara cuadrada y enérgica, de ojos un poco hostiles, bigote fino que rebasa ampliamente las comisuras de los labios.

 

Hermosa mujer también la madre, aunque de rasgos duros y plebeyos. Alta, resuelta, de boca algo desdeñosa y ojos que no sonríen.

 

Los hijos también son seis, como los de Carranza, pero ahí termina la semejanza. Varones, los cinco mayores, desde Juan Carlos que va a cumplir dieciocho, hasta Norberto, que tiene once.

 

Delia Beatriz, de nueve, mitiga un poco ese ambiente cerradamente varonil. Morena, de flequillo, ojos risueños, el padre se ablanda frente a ella. Una foto en una vitrina la muestra de guardapolvo blanco, junto al pizarrón escolar.

 

Toda la familia está representada en las paredes. Pegadas a una gran cartulina y dentro de un marco amarillean remotas instantáneas de Francisco y Florinda –son jóvenes y se ríen en un parque–, fotos de carnet del padre y de los chicos y hasta algunos rostros fugaces de parientes o amigos.

 

También han estado aquí, como en lo de Carranza, los infaltables «retrateros» y han dejado, tras un doble marco «bombé», una profusión de azules y dorados que pretenden representar a dos de los muchachos, no adivinamos cuáles.

 

La pasión decorativa o recordatoria culmina en la prevista litografía de Gardel, recortado en negro, el sombrero casi tapándole la cara, el pie apoyado en una silla, pulsando la guitarra.

 

Pero es una casa limpia, sólida, discretamente amoblada, una casa donde puede vivir bien un obrero.

 

Y «la empresa» les cobra menos de cien pesos de alquiler.

 

De ahí tal vez que Francisco Garibotti no quiera meterse en líos.

 

Sabe que las cosas andan mal en el gremio –interventores militares y compañeros presos–, pero todo eso pasará algún día.

 

Hay que tener paciencia y esperar.

 

Treinta y ocho años tiene Garibotti, y dieciséis de servicio en el Ferrocarril Belgrano. Ahora trabaja en la línea local.

 

Esa tarde ha dejado el servicio alrededor de las cinco y se ha venido directamente a casa.

 

De los hijos varones, a quien prefiere es tal vez al segundo. Se llama como él: Francisco, con el agregado de Osmar.

 

Tiene dieciséis años este muchacho de mirada seria, que también está por entrar en el ferrocarril.

 

Hay verdadera camaradería entre ambos.

 

Al padre le gusta tocar la guitarra y el muchacho canta. Es lo que hacen esa tarde.

 

Obscurece pronto estos días de junio, en pleno invierno.

 

Cuando quieren acordar, ya es de noche.

 

La madre pone la mesa para la cena.

 

En la cocina crepita una sartén.

 

Ya casi ha terminado de cenar Francisco Garibotti –un bife con huevos fritos comió esa noche– cuando llaman a la puerta.

 

Es don Carranza.

¿Qué viene a hacer Nicolás Carranza?

 

–Vino a sacármelo. Para que me lo devolvieran muerto –recordará Florinda Allende con rencor en la voz.

 

Hablan un rato los dos hombres. Florinda se ha retirado a la cocina.

 

resiente que al marido le ha entrado la comezón de salir esta noche de sábado, y ella va a pelear su derecho, pero en su dominio, sin la presencia del vecino.

 

No tarda en entrar Francisco.

–Tengo que salir –dice, sin mirarla.

–íbamos al cine –le recuerda ella.

–Sí, es cierto. A lo mejor tenemos tiempo de ir más tarde.

–Habías quedado en salir conmigo.

–Vuelvo en seguida. Hago una diligencia y vuelvo.

–No sé qué diligencia tendrás que hacer.

–Después te explico. La verdad –aclara anticipándose al reproche–, a mí también me tiene un poco cansado éste… Con sus cosas …

–No parece.

–Mira, es la última vez que le llevo el apunte. Espérame un rato.

Y como para reafirmar que sale apenas por un momento, que tiene toda la intención de volver lo antes posible, grita ya desde la puerta mientras termina de ponerse el sobretodo:

–Si llega Vivas, decile que me espere. Que voy a hacer una diligencia y vuelvo.

Salen los dos amigos. Caminan varias cuadras por la larga calle Guayaquil, doblan a la derecha, rumbo a la estación.

Allí toman el primer local que va a Florida. Son apenas unos minutos de tren.

No hay testigos de lo que hablan.

 

 Sólo podemos formular conjeturas.

 

Es posible que Garibotti vuelva a repetir a su amigo el consejo de Berta Figueroa: que se entregue.

 

Es posible que Carranza a su vez quiera hacerle algún encargo para el caso de que él llegue a faltar de su casa.

 

Quizá esté enterado del motín que se acerca y se lo mencione. O le diga simplemente:

 

–Vamos a casa de un amigo a escuchar la radio. Van a pasar una noticia…

 

También caben explicaciones más inocentes.

 

Una partida de naipes o la pelea de Lausse que se va a transmitir luego por radio.

 

Algo hubo de todo eso.

 

Lo indudable es que Garibotti ha salido de mala gana y con el propósito de volver pronto.

 

Si después no lo hace es porque han logrado conquistar su curiosidad, o su interés, o su inercia.

 

No lleva armas encima y en ningún momento las tendrá en sus manos.

 

También Carranza va desarmado.

 

Se dejará arrestar sin resistencia.

 

 Se dejará matar como un chico, sin un solo movimiento de rebeldía.

 

Pidiendo inútilmente clemencia hasta el balazo final.

 

Bajan en Florida.

 

Doblan a la derecha y cruzan las vías.

 

Caminan seis cuadras por la calle Hipólito Yrigoyen. Atraviesan Franklin.

 

Se detienen –Carranza se detiene– ante una finca con dos portoncitos de madera pintados de celeste que dan a un mismo jardín.

 

Entran por el de la derecha.

 

Se internan por un largo pasillo. Llaman a una puerta.

 

De Garibotti no volveremos a tener referencias ciertas.

 

ara que alguna recojamos de Carranza antes del silencio definitivo, tendrán que pasar muchas horas.

 

Y muchas cosas incomprensibles.

 

3. DON HORACIO

 

Florida , sobre el F. C. Belgrano, está a 24 minutos de Retiro.

 

No es lo mejor del partido de Vicente López, pero tampoco es lo peor.

 

El municipio regatea el agua y las obras sanitarias, hay baches en los pavimentos, faltan letreros indicadores en las esquinas, pero el pueblo vive a pesar de todo.

 

El barrio en que van a ocurrir tantas cosas imprevistas está a unas seis cuadras de la estación, yendo al oeste.

 

Ofrece los violentos contrastes de las zonas en desarrollo, donde confluyen lo residencial y lo escuálido, el chalet recién terminado junto al baldío de yuyos y de latas.

 

El habitante medio es un hombre de treinta a cuarenta años que tiene su casa propia, con un jardín que cultiva en sus momentos de ocio, y que aún no ha terminado de pagar el crédito bancario que le permitió adquirirla.

 

Vive con una familia no muy numerosa y trabaja en Buenos Aires como empleado de comercio o como obrero especializado.

 

Se lleva bien con los vecinos y propone o acepta iniciativas para el bien común. Practica deportes –por lo general el fútbol–, conversa los temas habituales de la política, y bajo cualquier gobierno protesta sin exaltarse contra el alza de la vida y los transportes imposibles.

 

Sobre este esquema se da una gama no muy amplia de variaciones.

 

La vida es tranquila, sin altibajos. Aquí, en realidad, nunca ocurre nada.

 

En invierno las calles quedan semidesiertas a hora temprana.

 

Las esquinas están mal iluminadas y hay que cruzarlas con precaución para no enfangarse en los charcos provocados por la falta de desagües. Donde hay un puentecito o una hilera de piedras para facilitar el cruce, es obra de los vecinos.

 

A veces el agua obscura llega de un cordón a otro, y más que verse se adivina por el reflejo de alguna estrella o de los macilentos faroles que languidecen en los porches hasta altas horas.

 

Sólo en la avenida San Martín se nota algún movimiento: un colectivo que pasa, un letrero de neón, el frío resplandor celeste del ventanal de un bar.

 

La casa donde han entrado Carranza y Garibotti, donde se desarrollará el primer acto del drama y a la que volverá por último un fantasmal testigo, tiene dos departamentos: uno al frente y otro al fondo.

 

Para llegar a éste, hay que recorrer un largo pasillo, limitado a la derecha por una pared medianera y a la izquierda por un alto cerco de ligustrina. Es tan angosto el corredor, en cuyo extremo se divisa una puerta metálica de color verde, que sólo se puede caminar en fila india. Conviene retener el detalle; tiene cierta importancia.

 

El departamento del fondo está alquilado a un hombre sobre quien volveremos a último momento. En el del frente vive con su familia el dueño de toda la finca, don Horacio di Chiano.

 

Don Horacio es un hombre de pequeña estatura, moreno, de bigotes y anteojos.

 

Tiene alrededor de cincuenta años y hace diecisiete que está empleado como electricista en la Ítalo.

 

Sus aspiraciones son simples: jubilarse y luego trabajar un tiempo por cuenta propia, antes de retirarse definitivamente.

 

Su casa trasciende clase media apacible y satisfecha.

 

Desde los muebles de serie hasta los platos ornamentales que en las paredes reiteran distraídas sentencias –»Errar es humano, perdonar es divino»– o alguna audacia ingenua: «El amor hace pasar el tiempo, el tiempo hace pasar el amor», hasta la imagen devota que ha colocado en un rincón la esposa, o la única hija, Nélida, silenciosa muchacha de veinticuatro años.

 

Lo único notable es cierta abundancia de cortinados, de almohadones, de alfombras. La señora Pilar –cabellos blancos y modales apacibles– es tapicera.

 

Este sábado es para don Horacio idéntico a otros centenares de sábados. Ha permanecido de guardia en su empleo.

 

Su trabajo consiste en reparar desperfectos en las instalaciones de los abonados.

 

A las cinco de la tarde recibe el último reclamo, procedente de Palermo.

 

Sale hacia allá, arregla la instalación y vuelve a Central. Para entonces ya es de noche. A las 20.45 comunica telefónicamente su salida a la oficina de Balcarce y emprende el regreso a su casa.

 

Nada hay de nuevo en esta rutina.

 

Es la misma de años y años.

 

Tampoco el mundo es distinto cuando él toma el tren en la estación Retiro del Belgrano.

 

Los diarios de la noche no traen noticias de mayor importancia.

 

En los Estados Unidos han operado al general Einsenhower.

 

En Londres y Washington se comentan las notas de Bulganin sobre el desarme. San Lorenzo derrota a Huracán en un encuentro anticipado del campeonato de fútbol.

 

El general Aramburu realiza uno de sus periódicos viajes, esta vez a Rosario.

 

El interventor federal lo recibe con efusiones líricas: «… ha llegado la hora de trabajar en paz, de fructificar en paz, de soñar en paz y de amar en paz…». El Presidente responde con una frase que al día siguiente va a repetir, pero en circunstancias distintas: «No teman los temerosos. La libertad ha ganado la partida». Más tarde da a los periodistas que lo acompañan paternales consejos sobre la forma de decir la verdad. Nada nuevo, realmente, sucede en el mundo.

 

Lo único de algún interés son los cálculos y comentarios previos a la gran pelea de box que por el título sudamericano se realiza esa noche en el Luna Park.

 

El arribo de don Horacio a su casa coincide con el de otro vecino, que vive cincuenta metros más lejos, sobre la misma calle Yrigoyen.

 

Es Miguel Ángel Giunta.

 

Se detienen un momento a conversar. No hay real amistad entre ellos –hace menos de un año que se conocen–, pero sí una relación cordial de vecinos.

 

Por la mañana suelen tomar juntos el mismo tren.

 

Don Horacio lo ha invitado más de una vez a entrar en su casa. Giunta no halló hasta ahora la oportunidad de aceptar, pero esta noche se renueva el ofrecimiento:

 

–¿Por qué no viene a escuchar la pelea después de la cena?

 

Giunta titubea.

–No le prometo nada. Pero puede ser.

–Traiga a su señora –insiste don Horacio.

 

En realidad, ése es el motivo por el que vacila Giunta. Esa tarde, al salir, ha dejado a su esposa un poco indispuesta. Si la encuentra mejor, es posible que venga.

 

Quedan en eso los dos hombres. Después cada uno se apresura a entrar en su casa.

 

Ha empezado a apretar el frío. El termómetro marca menos de 4 grados y seguirá bajando.

 

Son las 21.30.

En ese momento, a treinta kilómetros de allí, en Campo de Mayo, un grupo de oficiales y suboficiales al mando de los coroneles Cortínez e Ibazeta inician el trágico levantamiento de junio.

 

Don Horacio y Giunta lo ignoran.

 

La mayoría del país también lo ignora y seguirá ignorándolo hasta después de medianoche.

 

Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, transmite música de Haydn.

 

4. GIUNTA

 

Giunta, o don Lito como lo llaman en el barrio, vuelve de Villa Martelli, donde ha pasado la tarde con los padres.

 

No ha cumplido treinta años Giunta. Es un hombre alto, atildado, rubio, de mirada clara.

 

 Expansivo, gráfico en los gestos y el lenguaje, tiene una dosis considerable de humor y aun de ironía escéptica. Pero lo que en el acto se desprende de él es una impresión de honradez sólida, de sinceridad.

 

De todos los testigos que sobrevivan al drama, ninguno resultará tan convincente, a ninguno le resultará tan fácil y natural evidenciar su inocencia, mostrarla concreta y casi tangible.

 

 Bastará hablar una hora con él, oírle recordar, ver la indignación y el evocado espanto que paulatinamente le brotan de adentro, le asoman a los ojos y hasta le erizan el cabello, para deponer toda incredulidad.

 

Hace quince años que trabaja Giunta como vendedor en una zapatería de Buenos Aires.

 

Importa señalar dos cualidades menores, recogidas en el oficio.

 

Por un lado, cierta «psicología» práctica que en oportunidades le permite adivinar deseos e intenciones de sus clientes, no siempre fáciles, y por extensión, de otras personas.

 

Luego, una envidiable facultad de fisonomista, adiestrada en el transcurso de los años.

 

No sospecha –mientras cena en esa casa apacible, adquirida con su esfuerzo, rodeado del afecto de los suyos–, que esas cualidades le ayudarán horas más tarde a salir del trance más amargo de su vida.

 

5. DÍAZ: DOS INSTANTÁNEAS

 

Al departamento del fondo, entretanto, van llegando algunas personas.

 

En un momento habrá alrededor de quince hombres jugando a los naipes en torno a dos mesas, escuchando la radio o conversando.

 

Algunos se irán y vendrán otros. En ciertos casos será difícil establecer con precisión la cronología de estos arribos y partidas.

 

Y no sólo la cronología. Hasta la identidad de uno o dos de los protagonistas quedará finalmente borrosa o ignorada.

 

Sabemos, por ejemplo, que alrededor de las 21 aparece un hombre llamado Rogelio Díaz, pero no sabemos con exactitud quién lo trae ni a qué viene.

 

Sabemos que es un suboficial (sargento sastre, dicen algunos), retirado de la Marina, pero no sabemos por qué se ha –o lo han– retirado.

 

Sabemos que vive muy cerca de allí, en Munro, pero ignoramos si es esa simple proximidad lo que explica su presencia.

 

Sabemos que está casado y tiene dos o tres chicos, pero más tarde nadie podrá indicarnos el paradero exacto de su familia.

 

¿Está comprometido con el movimiento revolucionario? Puede ser. También puede ser que no.

 

Lo único preciso, lo único en que coinciden quienes recuerdan haberlo visto, es en su aspecto físico, un hombre corpulento, provinciano, muy moreno, de edad indefinible («Usted sabe que a los negros es difícil conocerles la edad…»), alegre conversador, que en un momento estará jugando con entusiasmo al chinchón, y en otro momento muy distinto –cuando ya todos temen– roncará apacible y estruendosamente en un banco de la Unidad Regional San Martín, como si no tuviera el más leve peso en su conciencia. En estas dos instantáneas puede resumirse toda la vida de un hombre.*

 

Cuando mencioné por primera vez a Díaz en mis notas para «Revolución Nacional» su existencia y supervivencia eran más bien una hipótesis, que afortunadamente pude luego comprobar.

 

La persona que me lo había nombrado, sólo recordaba su apellido, y aun de eso no estaba seguro. Interrogando a un número bastante grande de testigos secundarios, deduje que efectivamente existió un sargento Díaz.

 

Curiosamente, nadie recordaba su nombre de pila y casi todos lo daban por muerto. Hasta que en un semanario encontré una lista de presos en Olmos, donde figuraba un tal «Díaz Rogelio».

 

Mis informantes recordaron entonces que ése –Rogelio– era su nombre de pila. Mientras se publicaba este libro en la revista «Mayoría», recogí los siguientes datos adicionales sobre él.

 

Efectivamente era sargento sastre, santiagueño, estuvo en 1952 en el Batallón 4 de Infantería de Marina (en Dársena Norte), después pasó a la Escuela Naval de Río Santiago.

 

6. LIZASO

 

Más nítida, más apremiante, más trágica, aparece la imagen de Carlitos Lizaso.

 

Tiene veintiún años este muchacho alto, delgado, pálido, de carácter retraído y casi tímido.

 

Pertenece a una familia numerosa de Vicente López.

 

En su casa la política ha sido siempre un tema dominante. Don Pedro Lizaso, el padre, fue radical en una época. Luego simpatiza con el peronismo.

 

En 1947 lo designan comisionado municipal, por poco tiempo.

 

Más tarde se opera en él una evolución adversa.

 

A partir de 1950 está alejado del peronismo y ha de irse alejando cada vez más.

 

Es prácticamente un opositor cuando se produce la revolución de setiembre.

 

–Teníamos la secreta esperanza de que todo iba a cambiar, de que se conservaría lo bueno que hubiera quedado y se destruiría lo malo –dirá luego un amigo suyo–. Pero después…

 

Después ya se sabe lo que ocurre. Una ola revanchista sacude al país. Don Pedro Lizaso, envejecido, enfermo y desilusionado, vuelve a ser opositor.

 

Estos cambios se reflejan en sus hijos varones.

 

En setiembre de 1955, cuando la revolución estremece a todos y los que no combaten están pegados a la radio, escuchando las noticias oficiales y las que se filtran del otro bando –¡singular recuerdo! nadie los fusilará por eso–, alguien le pregunta a Carlos:

 

–¿Por quién pelearías?

–No sé –responde, desconcertado–. Por nadie.

–Pero si te obligaran, si tuvieras que elegir.

Medita un segundo antes de contestar.

–Creo que por ellos –responde al fin.

 

Ellos son los revolucionarios.

 

Desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente. Carlos Lizaso parece haber olvidado semejantes disyuntivas. Lo exterior de su vida es que ha abandonado sus estudios secundarios para ayudar al padre en su oficina de martillero.

 

Trabaja duramente, tiene aptitud para ganar dinero, aspira a una posición y está en camino de lograrla a pesar de su juventud. En sus momentos de descanso, se distrae para jugar al ajedrez.

 

Es un jugador fuerte, que interviene con éxito en algunos torneos juveniles.

 

No es difícil reconstruir sus movimientos esa tarde del 9 de junio. Primero visita a una hermana.

 

Más tarde se va a casa de su novia, con quien permanece alrededor de una hora. Son más de las nueve cuando se despide y se marcha. Toma un colectivo y baja en Florida. Camina un par de cuadras, se detiene ante la casa de portones celestes, se aventura por el largo corredor…

 

¿Qué sabe de la revolución que estalla en ese mismo momento? Una vez más la contradicción, la duda.

 

Por una parte, es un muchacho tranquilo, reflexivo.

 

No lleva armas encima ni sabe manejarlas. Se ha exceptuado del servicio militar y nunca ha tenido un simple revólver en sus manos.

 

Por otra parte, adivinamos su actitud mental ante el proceso político. Un detalle la confirma.

 

Después que él se marcha, su novia encuentra en su casa un papel escrito con la letra de Carlos:

«Si todo sale bien esta noche…».

 

Pero todo saldrá mal.

 

7. ALARMAS Y PRESENTIMIENTOS

 

Hay un hombre, por lo menos, que parece presentirlo. Una, dos, tres veces pasará por la casa para buscar a Lizaso, para llevárselo, para arrancarlo a la muerte, aunque ese extremo no pase todavía por la mente de nadie.

 

Y será inútil.

 

Este hombre –que más tarde se volcará al terrorismo y se hará llamar «Marcelo»– representa un curioso papel en los acontecimientos. Es amigo de la familia Lizaso y de otros protagonistas.

 

Por Carlitos siente una paternal solicitud, un cariño que el tiempo y la desgracia tornarán amargo. Este hombre sabe lo que está ocurriendo.

 

De ahí que tema, que quiera llevarse al muchacho.

 

Pero siempre lo encontrará entretenido, animado, conversando, y se dejará disuadir por la repetida promesa:

–Dentro de diez minutos voy…

«Marcelo» no se queda conforme. Antes de marcharse por última vez se dirige al hombre a quien estima responsable de la equívoca situación que parece advertir en el departamento. Lo conoce. Lo lleva aparte y hablan en voz baja.

–¿Sabe algo toda esta gente?

–No. La mayoría no sabe nada.

–¿Y qué hacen aquí?

–Qué sé yo… Van a escuchar la pelea.

–Pero usted –insiste «Marcelo» irritado–, ¿por qué los tiene aquí?

–¿Quiere que los eche? Yo no soy el dueño de casa.

La discusión llega a ser agria. «Marcelo» la corta bruscamente:

–Haga lo que quiera. Pero a ese muchacho –señala con la cabeza a Lizaso, que conversa en un grupo alejado– no me lo lleva a ninguna parte, ¿me oye?

El otro se encoge de hombros.

 

–Quédese tranquilo. No lo llevo a ninguna parte. Además, ya no hay nada esta noche.

 

8. GAVINO

 

«Ya no hay nada esta noche», repite Norberto Gavino para sus adentros. Hace rato que la radio tendría que haber dado la noticia. Por un momento piensa que «Marcelo» tiene razón. Pero después se olvida. Si no hay nada, tampoco hay peligro para nadie. Muchos han venido simplemente de visita, gente a quien él ni conoce, sería ridículo decirles: «Váyanse, estoy por hacer una revolución».

 

Porque no hay duda de que Gavino, aunque a estas horas se encuentre desconectado y no sepa a qué atenerse, está en el levantamiento.

Hombre de unos cuarenta años, de estatura mediana pero atlético, suboficial de gendarmería en una época, más tarde vendedor de terrenos, temperamento vivo, precipitado, propenso a la jactancia –y a los peligrosos descuidos que ella acarrea en una existencia como la suya–, Gavino venía conspirando desde bastante tiempo atrás. Y a comienzos de mayo un lamentable episodio lo confirmó en ese camino. Su esposa, completamente ajena a esas actividades, fue encarcelada como rehén. Gavino supo que sólo cuando él se entregase la dejarían en libertad. Y a partir de ese momento, sólo pensó en la revolución.

Estaba prófugo, desde luego, y se creía buscado por autoridades militares y policiales. Con sobrada razón.

 

Todo lo acontecido esa noche, la información periodística aparecida en días posteriores y otros indicios lo confirman.*

 

No halló nada mejor para eludir el cerco, que refugiarse en el departamento de su amigo Torres.

 

Y allí aguardaba ahora, nerviosamente, la noticia que no llegaría a escuchar.

 

9. EXPLICACIONES EN UNA EMBAJADA

 

Y así llegamos al personaje que explica gran parte de la tragedia –Torres, el inquilino del departamento del fondo.

Juan Carlos Torres lleva dos o tres vidas distintas.

Para el dueño de casa, por ejemplo, es el simple inquilino, que paga puntual su alquiler y no crea problemas, aunque a veces desaparece unos días y cuando vuelve no dice dónde ha estado. Para el vecindario es un muchacho tranquilo, bastante popular, que acostumbra organizar en su casa «asados» y reuniones a las que asiste gente del barrio y en las que no se habla de política. Para la policía, en la época posterior al levantamiento, es un individuo peligroso y escurridizo, vana e incansablemente buscado…

Yo lo encontré, por fin, muchos meses más tarde, asilado en una embajada latinoamericana, caminando de un lado para otro en su forzoso encierro, fumando y contemplando a través de un ventanal la ciudad tan próxima y tan inaccesible.

 

Volví a verlo varias veces. Alto y flaco, de abundante cabellera negra, nariz aguileña, ojos obscuros y penetrantes, me impresionó aun allí adentro como un hombre decidido, parco y extremadamente cauteloso.

 

–Yo no tengo por qué mentirle –me dijo–. Cualquier cosa perjudicial que usted me saque, diré que es falsa, que a usted ni lo conozco. Por eso no me importa que publique mi nombre verdadero o no.

 

Sonrió sin animosidad. Le expliqué que comprendía las reglas del juego.

 

A mediados de 1958, Gavino me escribió desde Bolivia para manifestar su disconformidad con el breve retrato que trazo de él, y cuya fuente son otros testigos.

 

Asimismo rechaza responsabilidad en la muerte de Lizaso, pero yo nunca le atribuí esa responsabilidad.

 

Parece claro que Lizaso sabía algo de la revolución de Valle, y fue allí por su propia voluntad.

 

–A esos muchachos no tenían por qué fusilarlos –prosiguió entonces–. A mí, vaya y pase, porque yo «estaba» y en mi casa secuestraron documentación. Nada más que documentación, no armas como dijeron después. Pero yo me escapé. Y Gavino también se escapó…

Hizo una pausa. Quizá pensaba en los que no se habían escapado. En los que no tenían nada que ver.

 

Le pregunté si se había hablado de la revolución.

 

–Ni remotamente –dijo–. A los que en realidad estábamos, que éramos Gavino y yo, nos bastaba una mirada para entendernos. Pero ni él ni yo sabíamos si íbamos a actuar o dónde. Esperábamos un contacto que no se produjo. Yo me enteré cuando Gavino me pidió la llave del departamento, porque lo buscaba la policía. Éramos amigos, y se la di. Es posible que algún otro haya venido porque estaba en la onda y quería saber algo más.

 

Su tono se volvió sombrío.

 

–La desgracia fue que también cayeron otros muchachos del barrio, que vieron reunión en la casa y entraron a escuchar la pelea o jugar a las cartas, como de costumbre. En mi casa entraba cualquiera, aun sin conocerme. Hasta dos «tiras» llegaron esa noche y nadie se dio cuenta. La verdad es que al mismo Livraga, ése que nombran los diarios, yo no lo conocía ni recuerdo haberlo visto. La primera vez que lo vi fue en foto.

 

Un interrogante flotaba pesado entre nosotros. Juan Carlos Torres se adelantó a contestarlo.

 

–No les dijimos nada –explicó pesarosamente– porque la realidad es que hasta ese momento no había nada. Mientras no tuviéramos noticias concretas, era una noche como cualquiera. Yo no podía ponerlos sobre aviso, decirles que se fueran, porque iba a despertar sospechas, y no acostumbro a hablar más de lo necesario.

 

«Unos minutos más, y cada uno se habría ido a su casa. Entonces no habría ocurrido nada.»

 

Unos minutos más.

 

En este caso, todo girará alrededor de unos minutos más.

 

10. MARIO

 

En el número 1812 de la calle Franklin vive Mario Brión. Es un chalet con un jardín, casi en una esquina, a menos de cien metros de la casa fatídica.

Brión tiene treinta y tres años esa tarde del 9 de junio.

 

Es un hombre de estatura mediana, rubio, con una calvicie incipiente, de bigotes. Cierta expresión melancólica se desprende quizá de su rostro ovalado.

 

Un muchacho serio y trabajador, dicen los vecinos. Una vida común, sin relieves brillantes, sin deslumbres de aventura, reconstruimos nosotros.

 

A los quince años se emplea de oficinista, sin abandonar sus estudios, sigue cursos de inglés, que llegará a hablar con cierta soltura, se recibe de perito mercantil.

 

Parece haberse fijado un plan de vida de etapas precisas y las va cumpliendo.

 

Con sus ahorros compra un terreno, edifica una casa.

 

Sólo entonces decide casarse, con su primera novia.

 

Más tarde les nace un hijo: Daniel Mario.

 

Del padre, un español que supo ganarse la vida en duros oficios, ha heredado un difuso amor a la lectura.

 

Es una sorpresa encontrar en su biblioteca a Horacio, a Séneca, a Shakespeare, a Unamuno y Baroja, junto a las frías colecciones contables.

 

También hay allí esos libros de inevitable procedencia americana y de títulos diversos, que pueden resolverse en uno –»Cómo triunfar en la vida»–, y ellos indican, por encima de los dudosos resultados prometidos, cuáles eran las aspiraciones de Mario: trabajar, progresar, proteger a su familia, tener amigos, ser estimado.

 

No le hubiera costado trabajo lograrlo.

 

En la empresa donde estaba se le había ofrecido ya una jefatura de sección. Ganaba bien: ninguna comodidad faltaba en su casa.

 

Suya era cuanta iniciativa útil nacía en el vecindario. Un caminito pavimentado que une la esquina de su casa con la avenida San Martín lo recuerda.

 

Él recolectó el dinero, él reunió a los vecinos para trabajar domingos y feriados.

 

Mario Brión –dice la gente– es un muchacho alegre, amable con todos, un poco tímido. No fuma ni bebe. Sus únicas diversiones consisten en ir al cine con su esposa, o en jugar al fútbol con sus amigos del barrio.

Esa noche ha cenado tarde, como de costumbre.

 

Después ha salido a comprar el diario. También lo hace siempre. Le gusta leer el diario, en un sillón, mientras escucha algún disco o algún programa de radio.

 

En el camino se encuentra con un amigo o con un conocido. No sabremos con quién.

 

–Quieren que vaya a oír la pelea –anuncia a su esposa, Adela, cuando vuelve – . No sé si ir…

 

Está indeciso. Al fin se resuelve. Después de todo, él también pensaba escucharla.

 

Da un beso a su hijo Danny –que ya tiene cuatro años– y se despide de su mujer.

 

–Apenas termine, vuelvo.

 

No se pone sobretodo a pesar del frío. Sólo lleva una gruesa tricota blanca.

 

Camina hasta Yrigoyen y se adentra por el largo pasillo. Un testigo de último momento lo verá parado cerca del receptor de radio, sonriente y con las manos en los bolsillos, un poco aislado, un poco ausente de los otros grupos que charlan o juegan a las cartas.

 

11. «EL FUSILADO QUE VIVE»

 

El número 1624 de la calle Florencio Varela, en Florida, marca un hermoso chalet de estilo californiano. Podría ser la residencia de un abogado o de un médico.

 

La ha construido con sus manos don Pedro Livraga, hombre silencioso, ya entrado en años, que en su juventud ha sido peón de albañil y que luego, en paulatina maestría del oficio, ha terminado en constructor.

 

Tres hijos tiene don Pedro. La mayor está casada. Los dos varones, en cambio, viven con él. Uno de éstos es Juan Carlos.

 

Flaco, de estatura mediana, tiene rasgos regulares, ojos pardo-verdosos, cabello castaño, bigote, le faltan unos días para cumplir veinticuatro años.

 

Sus ideas son enteramente comunes, las ideas de la gente del pueblo, por lo general acertadas con respecto a las cosas concretas y tangibles, nebulosas o arbitrarias en otros terrenos.

 

Tiene un temperamento reflexivo y hasta calculador.

 

Pensará mucho las cosas y no dirá lo que no le convenga.

 

Esto no excluye una curiosidad instintiva, una impaciencia de fondo, no manifiesta en los actos menudos pero sí en la forma en que va tratando de adaptarse al mundo.

 

Ha abandonado sus estudios secundarios al terminar el primer año.

 

Después, durante varios, ha sido oficinista en la Aeronáutica. Ahora trabaja de colectivero.

 

Más tarde, ya «resucitado», acompañará a su padre en trabajos de construcción.

 

Buen observador es, pero acaso confía demasiado en sí mismo. En el transcurso de la singular aventura que está por sobrevenirle, algunas cosas las captará con extraordinaria precisión y hasta será capaz de trazar diagramas y planos muy exactos.

 

En otras, se equivocará e insistirá terco en el error.

 

Ante el peligro se mostrará lúcido y sereno.

 

Y pasado el peligro, demostrará un coraje moral que debe señalarse como su principal virtud. Será el único, entre los sobrevivientes o los familiares de las víctimas, que se atreva a presentarse para reclamar justicia.

 

¿Sabe algo, esa tarde del 9 de junio, de la revolución que estallará después?

 

Ha llegado a su casa antes de terminar su turno de trabajo, y esto podría parecer sospechoso. Pero el caso es que se le ha descompuesto el colectivo que maneja –el número 5 de la línea 10 con recorrido en Vicente López–, y la empresa confirmará ese detalle.

 

¿Sabe algo? Él lo negará terminantemente. Y añadirá que carece de todo antecedente policial, judicial, gremial o político. Y esa afirmación también será probada y confirmada.

 

¿Sabe algo a pesar de todo? Son muchos en el Gran Buenos Aires los que están en la onda, aunque no piensen intervenir. Sin embargo, de los numerosos testimonios recogidos, no hay uno solo que indique a Livraga como comprometido o enterado.

 

Son más de las diez de la noche cuando Juan Carlos sale de su casa. Dobla a la derecha y luego toma por la avenida San Martín en dirección a Franklin, donde hay un bar que frecuenta. Hace frío y las calles están poco transitadas.

 

Cierta indecisión lo domina. No sabe si quedarse jugando una partida de billar o si ir a un baile al que ha prometido su asistencia.

 

La casualidad decide por él. La casualidad que le sale al paso en la persona de su amigo Vicente Rodríguez.

 

12. «ME VOY A TRABAJAR…»

 

Es una torre de hombre este Vicente Damián Rodríguez, que tiene 35 años, que carga bolsas en el puerto, que pesado y todo como es juega al fútbol, que guarda algo de infantil en su humanidad gritona y descontenta, que aspira a más de lo que puede, que tiene mala suerte, que terminará mordiendo el pasto de un potrero y pidiendo desesperado que lo maten, que terminen de matarlo, sorbiendo a grandes tragos la muerte que no acaba de inundarlo por los ridículos agujeros que le hacen las balas de los máuseres.

 

Hubiera querido ser algo en la vida Vicente Rodríguez.

 

Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de grandes palabras.

 

Pero la vida es feroz con gente como él.

 

Solamente ganarla será un permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite.

Se ha casado, tiene tres chicos y los quiere, pero es claro, hay que darles de comer y mandarlos al colegio.

 

Y esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno inculto donde picotean las gallinas, no es lo que él imaginaba. Nada es como él imaginaba.

 

La sensación de poder que le dan sus músculos vigorosos nunca puede verla cabalmente trasladada al mundo objetivo.

 

En alguna época, es cierto, actúa en su sindicato y hasta llega a delegado, pero luego todo eso se derrumba.

 

Ya no hay sindicato ni hay delegado. Entonces comprende que él es nadie, que el mundo pertenece a los doctores. El signo de su derrota es muy claro.

 

En su barrio hay un club, en el club una biblioteca. Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa –los libros– de donde parece fluir el poder.

 

No sabemos si alcanza a leerlos, pero del paso de Rodríguez por la época de canibalismo que vivimos, sólo quedará –aparte de la miseria en que deje a su mujer y sus chicos– una foto opaca con un sello borroso que dice precisamente «Biblioteca».

 

Rodríguez ha salido de su casa –Yrigoyen 4545– alrededor de las nueve. Y ha salido con mal pie.

 

A su mujer le dice:

–Me voy a trabajar.

 

¿Es una mentira inocente para encubrir una salida más? ¿Oculta algo más serio, es decir su propósito de intervenir en el movimiento? ¿O realmente va a trabajar?

 

Es cierto que ha transcurrido más de una hora, pero la calle por donde camina conduce a la estación, y allí puede tomar un tren que en veinticinco minutos lo conduzca al puerto, donde podría optar a un turno extraordinario de trabajo.

 

Será difícil determinarlo. En este caso como en otros. Por un lado, Rodríguez es opositor, peronista. Por otro, es un hombre comunicativo, locuaz, a quien le resulta muy difícil callar algo importante.

 

Y a su mujer, con quien lleva trece años de casados, no le ha dicho nada. Ni siquiera una insinuación.

 

 Le ha dicho solamente: «Me voy a trabajar», y se ha despedido en forma normal, sin ningún signo de impaciencia o nerviosidad.

 

Por otra parte, conviene observar su actitud ulterior. Es de absoluta pasividad cuando lo llevan a la muerte en el carro de asalto.

 

Un sobreviviente que lo conocía bien, observará más tarde:

 

–Si el Gordo hubiera querido, los desparramaba a trompadas a esos milicos…

 

Cabe suponer que jamás pensó que lo iban a matar, ni aun a último momento, cuando eso era evidente.

 

Conversan un momento los dos amigos. Livraga le ha prestado días antes una valija destinada a llevar los equipos del club de fútbol en el que ambos juegan.

–¿Cuándo pasas a buscarla? –pregunta Rodríguez.

–Si querés, vamos ahora.

–De paso, podemos escuchar la pelea.

 

Son muchos los que hablan de esa pelea. Por el título sudamericano de los medianos van a combatir a las once el campeón Lausse –que acaba de cumplir una campaña triunfal en los Estados Unidos– y el chileno Loayza.

Livraga es aficionado al boxeo y no tiene inconveniente en aceptar el ofrecimiento.

 

Se dirigen pues a la casa de Rodríguez. No sabemos la excusa que éste piensa dar a su mujer, y de todas maneras no tiene importancia, porque no llegará a darla.

 

Se detiene cincuenta metros antes, frente a la finca de portones celestes, observa que hay luz en el departamento del fondo y dice:

–Espérame un momento.

 

Entra, pero no tarda en volver.

–Podemos escuchar la pelea aquí. Tienen la radio prendida. –Y aclara:– Son unos amigos.

Livraga se encoge de hombros. Tanto le da.

 

Se internan por el largo pasillo.

 

13. LAS INCÓGNITAS

 

¿Hay alguien más en el departamento del fondo?

 

Sin duda están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Gavino, Torres, Brión, Rodríguez y Livraga. «Marcelo» ha estado tres veces y no volverá.

 

Algunos amigos de Gavino han venido y también se han retirado temprano.

 

Sabemos por lo menos de un vecino, conocido de Brión, que como él ha llegado a escuchar la pelea y que a último momento se siente descompuesto, se va, y se salva.

 

El desfile no termina allí.

 

Alrededor de las once menos cuarto se presentan dos desconocidos que –si no fuera tan trágico lo que va a suceder– plantean una situación de comedia. Torres cree que son amigos de Gavino.

 

Éste, que son amigos de Torres. Sólo más tarde, comprenderán que son pesquisas.

 

Permanecen unos momentos, circulando entre los grupos, explorando la situación.

 

Cuando se hayan alejado, informarán que no hay armas en el local y que la entrada está expedita.

 

Necesaria precaución.

 

Porque la configuración del terreno es tal, que desde la puerta metálica que da acceso al departamento, un hombre armado con un simple revólver dominaría todo el pasillo y dificultaría durante minutos enteros la entrada de cualquier enemigo potencial.

 

Si el arma fuese una pistola ametralladora, la posición podría mantenerse horas.

 

Sin embargo cuando llegue la policía –que en ese mismo momento está requisando un colectivo en la parada de Puente Saavedra–, nadie ofrecerá la menor resistencia.

 

No se disparará un solo tiro.

 

Pero, ¿hay alguien más, aparte de los ya mencionados? Será difícil encontrar a un testigo que recuerde a todos; los que podrían hacerlo están ausentes o muertos.

 

Sólo podemos guiarnos por indicios. Torres, por ejemplo, afirmará que había dos hombres más.

 

Del primero supo que era suboficial del ejército. Del segundo, ni siquiera eso.

 

Otros testimonios indirectos vuelven a mencionar al suboficial. Y precisan: sargento.

 

Las descripciones son confusas, divergentes.

 

Parece que llegó a último momento… Nadie sabe quién lo trajo… Casi nadie lo conocía…

 

Alguien sin embargo, volverá a verlo, o creerá verlo, horas más tarde, en el momento en que recibe un tiro y se desploma.

 

¿Y el otro? Ni siquiera sabemos si existió. Ni cómo se llamaba, ni quién era. Ni si está vivo o muerto.

 

Con respecto a estos dos hombres, nuestra búsqueda ha concluido en un callejón sin salida.

 

Faltan pocos minutos para las once. La radio está transmitiendo los preliminares de la pelea de box.

 

En el grupo que juega a las cartas hay un silencio cuando el locutor anuncia la presencia en el cuadrado del campeón Lausse y del chileno Loayza.

 

Al departamento del frente, entretanto, ha llegado Giunta alrededor de las diez y media.

 

La tranquilidad que reina en la casa de don Horacio es perfecta.

 

La señora Pilar conversa unos momentos con ellos antes de retirarse a descansar.

 

Su hija Nélida prepara unos mates para el invitado, mientras don Horacio enciende el receptor.

 

Si acaso sintoniza un instante Radio del Estado, la voz oficial de la Nación, comprobará que ha terminado de transmitir un concierto de Bach y a las 22.59 inicia otro con Ravel…

 

A esa hora, en la Comisaría 2a de Florida, han terminado de concentrarse veinte hombres, para un misterioso procedimiento.

 

–Algo gordo –piensa el comisario Pena cuando se entera de quién va a conducir a los hombres.

 

La palabra revolución no ha sido todavía pronunciada. Y mucho menos por Radio Splendid, que filtra el rumor de multitud en el Luna Park y la voz tensa del locutor Fioravanti, transmitiendo las primeras incidencias del match.

 

Es un combate corto y violento, que desde la segunda vuelta queda prácticamente definido. En total, dura menos de diez minutos.

 

Al promediar el tercer round, el campeón derriba a Loayza por toda la cuenta.

 

El dueño de casa y Giunta se miraron con una sonrisa de satisfacción.

Giunta tomaba una copa de ginebra y se disponía a marcharse.

 

Desde el dormitorio, la señora Pilar pidió a su esposo una bolsa de agua caliente.

 

Don Horacio fue a la cocina, llenó la bolsa y regresaba con ella cuando se oyeron violentos golpes a la puerta. Parecían asestados con la culata de una pistola o de un fusil.

 

En el silencio nocturno resonó el grito:

–¡La policía!