Angustiado, en la Quinta de Olivos veía en la pantalla cómo las fuerzas de seguridad se enfrentaban con manifestantes piqueteros, en una pelea con final trágico.

EL BOCHORNOSO FIN DEL GOBIERNO DE DUHALDE

Por Mariano Pérez de Eulate, Sergio Moreno, Walter Curia,

La feroz cacería humana llevada a cabo ese día por la policía duhaldista causó el adelantamiento de las elecciones y el final del sueño presidencialista del ex gobernador. Es un interesante ejercicio recorrer las tapas de los diarios de aquellos dolorosos días, se lo recomendamos a los lectores para no olvidarse del espejo retrovisor, como decía la presidenta Cristina.

EL BOCHORNOSOS FIN DEL GOBIERNO DE DUHALDE

 Es un interesante ejercicio recorrer las tapas de los diarios de aquellos dolorosos días, se lo recomendamos a los lectores para no olvidarse del espejo retrovisor, como dice la presidenta.

LA CRISIS CAUSÓ DOS NUEVAS MUERTES

Decía el titular del gran diario argentino el 27 de Junio de 2002, cuando el gobierno encabezado por Duhalde ordenó reprimir la protesta social de piqueteros en Avellaneda en lo que luego se conoció como La masacre de Avellaneda.

 La feroz cacería humana llevada a cabo ese día por la policía duhaldista causó el adelantamiento de las elecciones y el final del sueño presidencialista del ex gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Más archivo de esos días de Duhalde presidente:

«SE NOS ESTÁ COMPLICANDO MUCHO LA COSA».

Eduardo Duhalde, Presidente de la Nación

La frase apenas contenía la tensión de Eduardo Duhalde.

 Angustiado, miraba el televisor instalado en la quinta de Olivos, ayer al mediodía, y no podía, no quería, ocultar su nerviosismo.

 Era innecesario.

 Sólo un puñado de personas de confianza lo acompañaban: su esposa Chiche, su asistente privado, el edecán de turno. 

Veía en la pantalla cómo las fuerzas de seguridad se enfrentaban con manifestantes piqueteros, en una pelea con final trágico.

 El fantasma del caótico final del gobierno de la Alianza volvía a rondar en su cabeza.

 Desde que asumió, ésa es la peor pesadilla del Presidente.

Expuesto a mil frentes, y con un escenario social posbélico, el gobierno de Duhalde acaso mostraba hasta ayer como único rellano el mantenimiento de la paz social.

 Por eso Olivos transmitía una sensación de pérdida tan profunda.

1) ESTE GOBIERNO CONSIGUIÓ PACIFICAR EL PAÍS.

 

2) La Argentina estaba al borde de la guerra civil cuando Eduardo Duhalde se hizo cargo de la Presidencia.

 3) En estos seis meses de gestión no se produjeron muertos ni heridos en medio de una situación de altísima conflictividad social. 4) Este es el logro más importante del Gobierno.

Las cuatro oraciones precedentes, salmodiadas casi en éxtasis por la mayoría de los integrantes de la administración Duhalde cuando evaluaban su propia faena, mutaron ayer en letra muerta.

 Tan muerta como los dos chicos asesinados en Avellaneda.

Esto a cuento de las declaraciones del aspirante a candidato presidencial el día de hoy a radio La Red y Ciudad, exhibiendo su corta estatura mental en la forma de descalificaciones machistas, bajas y sin fundamentos, al mejor estilo noventoso que tan bien le caía al ex presidente Duhalde:

La Capital – Mar del Plata

17/03/2010 –

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OTRA VEZ LA VIOLENCIA

Grupos de manifestantes intentaron cortar el Puente Pueyrredón, en Avellaneda. La Policía bonaerense los reprimió. Dos jóvenes murieron baleados y todavía no se sabe quién los mató.

Por Walter Curia

Clarin.

 La muerte de dos jóvenes de entre 21 y 23 años durante la protesta piquetera de ayer en Avellaneda incorpora el elemento trágico en los aún no cumplidos seis meses del gobierno de Duhalde.

 Las imágenes en el puente Pueyrredón, en la estación Avellaneda y en el Hospital Fiorito remitieron inevitablemente a los episodios de diciembre pasado que dejaron 29 muertos y terminaron con el gobierno de Fernando de la Rúa. 

Desde entonces, y con los dos de ayer, ya son 31 las víctimas en la peor crisis, por su multiplicidad de factores, de la historia argentina.

 Duhalde permaneció ayer desde las cinco de la tarde y hasta casi las nueve y media de la noche reunido con su gabinete en Olivos evaluando los hechos.

 Los funcionarios que fueron contactados por Clarín y que participaban del encuentro transmitían un doble sentimiento de consternación e incertidumbre.

 En una conferencia de prensa al término de la reunión, el secretario de Seguridad Interior Juan José Alvarez manifestó el pesar del Gobierno por lo que calificó de hechos gravísimos.

 En una reunión previa y más restringida en Olivos con el Presidente, de la que participaron Alvarez, el jefe de Gabinete Alfredo Atanasoff, y el titular de la la SIDE, Carlos Soria, se analizó el impacto que los episodios de ayer podrían tener en adelante sobre el explosivo cuadro social.

 Adelante es hoy: la CTA convocó a un paro de actividades y a una marcha a la Plaza de Mayo junto con el movimiento piquetero de la Corriente Clasista y Combativa.

 -Es el comienzo de una escalada de violencia organizada, resumió una alta fuente oficial.

 Se espera para hoy no menos de 2.000 policías en las calles.

 Expuesto a mil frentes, y con un escenario social posbélico, el gobierno de Duhalde acaso mostraba hasta ayer como único rellano el mantenimiento de la paz social.

 Por eso Olivos transmitía una sensación de pérdida tan profunda.

 La crónica de los hechos podría contarse desde las 10.30, cuando un número de manifestantes del Bloque Piquetero Nacional que según la Policía bonaerense no superó los 1.200 (otras fuentes hablaban de 2.000) se concentró en la bajada de Avellaneda del Puente Pueyrredón, en una protesta anunciada.

 El Gobierno había difundido la noche del martes la información de que desplegaría en la zona unos 2.000 efectivos de la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura y la Policía bonaerense para garantizar la libre circulación entre la Capital y la provincia.

 Una decisión que había sido adoptada hacía ya semanas.

 El choque, algo después de las 12 del mediodía, entre policías bonaerenses y piqueteros remitió en el acto a aquella decisión oficial. 

Pero también a la tensión dentro del Gobierno y fuera de él en torno a la política de seguridad, en especial a ciertos rasgos de permisividad, según los sectores más críticos.

 La decisión del Gobierno de impedir los cortes de los principales accesos a la Capital equivale, en efecto, a un endurecimiento objetivo de su política de seguridad.

 Pero fuentes del Gobierno y de la gobernación bonaerense oponen a esta idea la aparición de un nuevo comportamiento de los manifestantes piqueteros, como encierra el término escalada.

 Es una lógica de trampa, en la que una posición genera y justifica la otra.

 -Quienes manifestaron son otros, dijo anoche Alvarez buscando reforzar ese análisis. 

El secretario de Seguridad también mencionó que –no había con quién negociar entre los piqueteros, un ejercicio cotidiano en este tipo de manifestación de protesta.

 Y que los nuevos manifestantes actuaron ayer –de manera violenta e irracional.

 Hasta bien tarde anoche no había información sobre las circunstancias en que se produjeron las muertes.

 Sólo se sabe que los dos jóvenes murieron por impactos de bala, en la estación de trenes de Avellaneda, al menos a diez cuadras del lugar donde estallaron los incidentes. 

La Policía bonaerense está en el centro de la sospechas, que aumentarán en la medida en que no se avance sobre una versión oficial de los hechos. La falta de información sólo crió fantasmas.

 Una de las versiones hablaba de que los disparos podrían haber provenido de los propios piqueteros.

 Pero de los más de 170 detenidos (fueron todos liberados) que dejaron los incidentes no se incautó ninguna otra arma que no fuera improvisada.

 El enfrentamiento derivó en una persecución de la Policía bonaerense sobre los manifestantes en un amplio radio en torno al centro de Avellaneda.

 Hubo una razzia frente a las cámaras de televisión, que incluyó la irrupción de la Policía en un local partidario de la Izquierda Unida.

 El diputado Luis Zamora y la legisladora porteña Vilma Ripoll sacaron a los empujones a un hombre de la infantería.

 La Policía también hizo detenciones en el Hospital Fiorito, donde ingresaron 21 heridos, siete de los cuales de bala.

 El jefe del operativo policial, el comisario Alfredo Franchiotti, recibió dos trompadas en el rostro mientras hablaba con periodistas en la playa de ambulancias del hospital. 

Una reacción espasmódica llevó a los partidos de izquierda a una convocatoria a la Plaza de Mayo que fue menor; otros grupos se concentraron en el Congreso.

 El centro de Buenos Aires era para el atardecer un sitio desolado.

 Sin un proyecto colectivo, sin crédito y buscando consuelo de tontos en una región marginal del mundo, los episodios de ayer refuerzan la sensación de que Argentina vive un período de completo extravío, en el que lo peor todavía no ocurrió.

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“SE NOS ESTÁ COMPLICANDO MUCHO LA COSA».

 

Por Mariano Pérez de Eulate

Clarin.

La frase apenas contenía la tensión de Eduardo Duhalde.

 Angustiado, miraba el televisor instalado en la quinta de Olivos, ayer al mediodía, y no podía, no quería, ocultar su nerviosismo.

 Era innecesario.

 Sólo un puñado de personas de confianza lo acompañaban: su esposa Chiche, su asistente privado, el edecán de turno. 

Veía en la pantalla cómo las fuerzas de seguridad se enfrentaban con manifestantes piqueteros, en una pelea con final trágico.

 El fantasma del caótico final del gobierno de la Alianza volvía a rondar en su cabeza. Desde que asumió, ésa es la peor pesadilla del Presidente.

 Cuando le confirmaron que aquel choque dejó dos muertos, Duhalde comprendió que había perdido una de las pocas realidades que su gobierno podía reivindicar en tono de pequeño triunfo: hasta ayer, y a pesar de que la crisis social va en ascenso, el Presidente no tenía que lamentar víctimas fatales en la calle. 

Una de las cosas que más desesperó a Duhalde en las primeras horas de la tarde fue la falta de información precisa. 

Una discusión bizarra sobre la jurisdicción de los incidentes retrasó todo.

 Tres veces llamó el Presidente a su secretario de Seguridad, Juan José Alvarez, cuando ya circulaba la versión de que había un muerto cerca del Puente Pueyrredón.

 A Alvarez, que venía haciendo equilibrio para evitar lo que sucedió ayer, le confirmó el dato el ministro de Seguridad bonaerense, Luis Genoud.

 Pero no es una, son dos víctimas, le dijo.

 Eso mismo le transmitió el secretario a Duhalde.

 El Gobierno nacional preveía incidentes.

 De hecho, se había encargado de anunciar que no permitiría cortes de rutas y puentes.

Lo que nunca imaginó fue el grado de violencia que tiñó la protesta.

 El Presidente gastó el celular de su asistente, mientras la televisión repetía una y otra vez la batahola en las puertas de la Capital.

 Entre otros, habló con Jorge Matzkin, ministro del Interior; Alfredo Atanasof, jefe de Gabinete; Carlos Soria, titular de la SIDE y José Pampuro, a cargo de la Unidad Presidencia.

 Pampuro, uno de los que pilotea la relación con el Congreso, le contó la impresión de radicales y frepasistas.

 Les quedó claro que la alianza con esos sectores está más que rota.

 El Presidente había hablado con Carlos Ruckauf, temprano, sobre las posibilidades que tendría en Washington el ministro de Economía, Roberto Lavagna. 

Ese viaje —decisivo para saber si habrá ayuda del FMI— se perfilaba como el tema del día hasta que empezaron los tiros en la zona sur.

 Duhalde volvería a hablar con el canciller, pero sólo de los incidentes.

 El destino quiso que justo ayer la agenda de Chiche contemplara un encuentro con más de doscientas manzaneras bonaerenses, una creación suya en los tiempos en que Duhalde gobernaba la provincia.

 Las recibió en Olivos, a las 14.

 Las mujeres eran todas de Avellaneda, convertida en zona caliente desde el mediodía. 

Muchas de ellas, madres y abuelas de chicos pobres, conviven día a día con los piqueteros y tienen sus mismas necesidades.

 Fue Chiche, muy cauta pero sin vueltas, quien les informó que había dos personas muertas en la entrada de la ciudad.

 Usó un tono maternal para pedir sensatez:

 -No podemos permitir que nuestros hijos se conviertan en personas violentas, dijo.

 Mientras tanto, el Presidente seguía el frenético raíd telefónico.

 Al menos seis veces se comunicó con el gobernador Felipe Solá.

 Buscaba información, quería saber quién investigaría las responsabilidades, de dónde habían partido las balas. 

No se lo dijo, claro, pero Duhalde también estaba metiendo presión sobre el bonaerense para que éste midiera sus palabras.

 No quería que desde La Plata desplazaran responsabilidades a la Rosada. Solá tenía el mismo temor, pero a la inversa.

 Evaluaron la posibilidad de que Duhalde saliera por TV para dar un mensaje tranquilizador.

 -De la Rúa hizo eso y después se vino un cacerolazo, recordaron.

 Lo mismo analizaron miembros del Gabinete.

 Al final, la idea fue desechada.

 El Presidente había citado un día antes a una reunión de ministros, para las 17. 

Lógicamente, el único tema tratado fue el piquete trágico, una definición que probablemente se instale para siempre.

 En un aparte con Soria, Alvarez y Atanasof, el jefe de la SIDE acercó información sobre el seguimiento que le venían haciendo a los piqueteros más duros.

 Pero ya era tarde.

 Anoche, después de las 22, el Presidente discutía con Atanasof y Alvarez cómo hacer para que el día de hoy no sea peor.

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EL FIN DEL ÚNICO LOGRO DEL GOBIERNO DE DUHALDE

  Por Sergio Moreno

Jueves, 27 de junio de 2002  |

 La fenecida praxis de evitar muertos en manifestaciones públicas se sostenía en base a la decisión del propio Duhalde y la acción del secretario de Seguridad Interior, Juan José Alvarez, que funge en el cargo desde que fuera nombrado por el ex presidente Adolfo Rodríguez Saá, cuando todavía retumbaban en la Plaza de Mayo los ecos siniestros de la represión desatada el 19 y 20 de diciembre último a instancias del gobierno de Fernando de la Rúa.

 Alvarez se había erigido, desde entonces, en el adalid de la tolerancia, tributando a la teoría de que con el laissez-faire de las fuerzas de seguridad, la protesta menguaría con el tiempo. 

Hasta ayer, así venía ocurriendo.

 Pasó con los cacerolazos, en los barrios y/o en la Plaza de Mayo; pasó con los piqueteros, que se avenían a negociar cortes, derroteros y duración de las protestas.

 No se repitieron los saqueos.

 Pero la política de tolerancia tuvo, desde siempre, enemigos declarados.

 Empresarios, banqueros, gobernadores, ministros, legisladores, intendentes y dirigentes políticos de variado pelaje pero similar pensamiento presionaron (y presionan) para cambiar la praxis estatal sobre la protesta. 

Clamaron (y claman) por endurecer la mano. 

Ayer se endureció. 

Por si algo faltase, las Fuerzas Armadas – repolitizadas desde la gestión de Ricardo López Murphy hasta estos días – retomaron la avanzada para participar en la represión interna.

 El jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni, y su brazo político, el ministro de Defensa Horacio Jaunarena, son los voceros y operadores de esta blitzkrieg de cabotaje.

 Jaunarena es – más acá de sus conjuras para restablecer una versión aggiornada de la doctrina de seguridad nacional – un personaje de influencia menor en el gabinete. 

No así muchos de sus pares, ansiosos por demostrar lo que un ministro dio en llamar –la autoridad del Estado.

 Carlos Ruckauf es, además de un canciller con pocas horas de vuelo y menguado interés por las relaciones internacionales, el paradigma de la mano dura.

 El ex gobernador bonaerense sólo rompió el silencio en los últimos meses para clamar venganza por el asesinato de su custodio en un bar de Barrio Norte.

 Un viejo hombre de su confianza ocupa la jefatura del Policía Federal, el comisario Roberto Giacomino, el mismo que le informó a sociedad argentina que estaba en libertad condicional por la ola de inseguridad. 

Alfredo Atanasof es un sindicalista que tributa sin contradicciones al matrimonio Duhalde.

 Actualmente funge como jefe de Gabinete y, desde hace quince días, de pregonero oficial.

 La semana pasada y anteayer emitió el mismo bando: que el Gobierno no permitiría que la Capital Federal quedase aislada por los cortes de los puentes de acceso, y que el Estado utilizaría todos los medios a su disposición.

 Ni siquiera durante la gestión De la Rúa un acto represivo fue anunciado con tanta antelación y descaro. 

Alrededor del secretario de Seguridad sostienen que el resto de los integrantes del gabinete, en menor medida que los nombrados anteriormente, tienden a propiciar el fin de la política de tolerancia con la protesta social.

 -Los que antes estaban de acuerdo, consideran ahora que hay que ponerse más duros, que hasta acá estuvo bien pero que es hora de mostrar más autoridad, repetían hasta el martes pasado en las oficinas de Gelly y Obes.

 El credo renacido durante la jornada de ayer, en Avellaneda, viene siendo abonado por varios hombres de negocios.

 Los banqueros amalgamados en la Asociación de Bancos de la Argentina (entidad que agrupa a los bancos extranjeros) fueron los pioneros. 

Y desgranaron sus temores y necesidades de represión a los pobres en cuanta ocasión tuvieron de hacerlo.

 Los gobernadores peronistas no fueron en saga.

 Este diario contó con lujo de detalles las exigencias que, en el encuentro de La Pampa, derramaron sobre Alvarez el salteño Juan Carlos Romero – un halcón experimentado en reprimendas a piqueteros –, el cordobés José Manuel de la Sota, el jujeño Eduardo Fellner y el pampeano Rubén Marín.

 Anteayer, algo de esa medicina aplicó en su provincia el tucumano Julio Miranda.

 Así y todo, y a pesar de la brutalidad de sus palabras en algunos casos, ninguno empardó siquiera a Carlos Menem, quien de gira proselitista por Estados Unidos aventuró que las calles de la Argentina estaban tomadas por el marxismo, frase que podrían haber dicho hace 25 años Guillermo Suárez Mason, Ramón Camps o Emilio Massera, por citar algunos ejemplos.

 Los intendentes del conurbano, duhaldistas por extracción, en su gran mayoría son proclives a imaginar conspiraciones, más aún cuando las supuestas conjuras se traman en sus territorios.

 Los zurdos – como llaman con olor a naftalina varios alcaldes a las organizaciones piqueteras, sin diferenciación ni sutilezas – son su enemigo del momento.

 Felipe Solá y el propio Duhalde escuchan con cierta asiduidad el reclamo de estos condotieri del PJ bonaerense por evitar toda piedad y conmiseración hacia los protestones desocupados. 

En el peronismo parlamentario las diferencias internas desaparecen cuando surge el tema.

 Duhaldistas, menemistas y operadores de los gobernadores convergen en la idea de cerrar el puño en el bastón policial.

 Es quizá Miguel Angel Toma, fugaz ministro del Interior y ex secretario de Seguridad de Menem, quien encabeza la antitolerancia.

 El titular de la Cámara, Eduardo Camaño, duhaldista de paladar negro, va a su grupa en la tarea, salvando la diferencia de que el bonaerense no pretende reemplazar a Alvarez en Seguridad. 

Anoche fue el secretario de marras quien, junto a su par bonaerense, Luis Genoud, salió a dar la cara por el ¿manejo? oficial de la represión.

 Su aparición fue el corolario de un debate que se dio en Olivos sobre el tratamiento que se le daría a la crisis, político o policial.

 La presencia de ambas autoridades de las fuerzas de seguridad testimoniaron el resultado de la discusión.

 Las palabras de Alvarez desnudaron los patéticos esfuerzos del Gobierno por evitar asumir la responsabilidad de la represión de Avellaneda que se llevó, hasta ahora, las vidas de Darío Santillán y Maximiliano Costeki.

 Alvarez solía decir a los suyos que antes de avalar un endurecimiento de la política de seguridad, renunciaría. 

Anoche, varios miembros del gabinete pujaban por eyectarlo de su cargo, a pesar del oscuro triunfo de la doctrina que venían pregonando.

 Acostumbrados, quizás, a no medir las consecuencias de sus actos, los pretores de turno han regado nuevamente con sangre la huella de sus días en el poder, huella que llevó a Fernando de la Rúa a huir por los techos de la Casa Rosada.