EL ÚLTIMO VIAJE DE CARLOS ARBELOS

Arbelos (FOTO). En 1977 fue detenido con Alfredo Roca y Horacio Rossi –camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, de la Fiat.

EL ÚLTIMO VIAJE DE CARLOS ARBELOS

Por Roberto Bardini

BAMBU PRESS

Foto: Paco Sánchez

“En España, y especialmente en Andalucía –donde vivo– nunca se habla del ‘último’ o la ‘última’.»

«Siempre es la penúltima copa, la penúltima despedida y así sucesivamente… porque el último es un viaje sin regreso”, me dijo Carlos Arbelos en septiembre de 2006.

El 27 de enero de 2010 él inició en Sevilla el último viaje, del que no ya no retornará.

Nacido en 1944, originario del barrio de Belgrano, alumno del Colegio Nacional Roca y estudiante de Arquitectura de 1962 a 1964, Arbelos inició su militancia en el Movimiento Nacionalista Tacuara.

Más tarde, se integró al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara, liderado por Joe Baxter y José Luis Nell, y en agosto de 1963 fue uno de los comandos que participó en el célebre asalto a Policlínico Bancario, considerada la primera acción de guerrilla urbana en Argentina.

Pasó un primer destierro en Uruguay y conoció las celdas de Villa Devoto, Caseros, Rawson y el buque-cárcel Granaderos.

A comienzos de la década del 70, se sumó con otros ex militantes del MNRT a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y al Peronismo de Base (PB), vivió la clandestinidad junto con Envar El Kadri y, finalmente, amenazado por la Triple A, en 1974 se exilió en España.

En Madrid administró un restaurant llamado Cafetín de Buenos Aires, vendió alfombras árabes y tapices persas, redactó artículos que firmaban otros.

En 1977 fue detenido junto con Alfredo Roca y Horacio Rossi –viejos camaradas de Tacuara– acusado de participar en París del secuestro de Luchino Revelli-Beaumont, director-gerente de la Fiat en Francia, por el que se pagó un rescate de dos millones de dólares.

Sin juicio, estuvo preso en la cárcel de Carabanchel, con pedidos de captura de las policías de Francia, Italia y Suiza.

“Pasé más de la mitad de mi juventud detrás de las rejas”, recordaba.

Después de salir en libertad por falta de pruebas, en 1978 vivió un nuevo exilio en Costa Rica en compañía de Roca, con quien más tarde –de regreso en España– publicó cuatro libros: Argentina, peronismo y democracia (1980), Los muchachos peronistas (1981), Evita: No me llaméis fascista (1982) y Argentina: Proceso a la violencia (1983).

Vivió 30 años en Argentina y 36 en España, donde se transformó en uno de los más reconocidos fotógrafos y críticos del arte flamenco.

Deja un libro inédito, El exilio de un muchacho peronista, del que publicamos el siguiente capítulo.

Por un puñado de dólares

“Buenos muchachos”

En el ambiente del exilio argentino en España no todos los compatriotas eran militantes políticos, dirigentes sindicales, artistas o periodistas comprometidos.

También llegaron algunos a quienes se podría encuadrar en el “destierro económico”, por decirlo de alguna manera.

No eran inversionistas, ni empresarios, ni comerciantes, ni empleados.

Eran, simplemente, “buenos muchachos” que también tenían que ganarse la vida.

Y lo hacían, como diría el mariscal Karl von Clausewitz, “por otros medios”.

Conocí a algunos de ellos a través de Horacio Rossi, mi antiguo amigo.

Rossi, apodado cariñosamente “El Viejo”, era hijo de un obrero de la construcción que el 17 de octubre de 1945 –cuando él tenía nueve o diez años– lo había llevado de la mano a la Plaza de Mayo para ver al entonces coronel Juan Domingo Perón en el balcón de la Casa Rosada.

Desde entonces era peronista.

“El Viejo” fue suboficial de la Marina y, cuando estaba destinado en la base naval de Punta Indio, cerca de Bahía Blanca, había tenido una participación decisiva contra los militares gorilas que el 16 de junio de 1955 intentaron derrocar a Perón.

Una década después de la gesta popular de aquel 17 de octubre, Horacio militaba en la Resistencia Peronista y colocaba “caños”. En 1962 se vinculó al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT) y al año siguiente participó del Operativo Rosaura, de expropiación al Policlínico Bancario.

Con él compartimos militancia, cárcel y maltratos.

Nos veíamos con cierta frecuencia en Madrid. “El Viejo” estaba muy contento en España porque había descubierto que los familiares de Mary, su mujer, eran ricos hacendados de Galicia, por lo que heredó una buena suma de dinero.

Él suponía que si invertía bien esas pesetas no iba a que tener que trabajar durante el resto de su vida e iba a poder criar a sus hijos holgadamente; Mary estaba esperando el segundo.

Esto, además de ser una garantía para él, era un seguro para mí, porque a cuenta de tanta hermandad, siempre disponía de alguien a quien mangar una peseta si me hacía falta, ya que “El Viejo” era muy generoso con lo mucho o poco que tuviese.

Fue precisamente en el departamento de Horacio Rossi en el barrio de Chamartín donde estuve en una fiesta con algunos de estos “buenos muchachos” de los que hablaba antes.

“El Viejo” invitó a unos cuantos amigos al tercer cumpleaños de Horacito, su hijo.

El niño había nacido a los cinco meses de gestación y durante las primeras semanas los médicos no sabían con certeza si moriría o quedaría con secuelas.

Afortunadamente, no fue ni lo uno ni lo otro, y Horacio y Mary siempre festejaban su llegada al mundo con una gran fiesta.

 

Así que en esa oportunidad tomé algunos tragos y charlé con Víctor “Cacho” Castillo, Vicente “El Tano” Giarratana, Luis Alberto “Tito” Ramos y Héctor Iriarte.

Víctor “Cacho” Castillo era el único que conocía de antes. Había sido jefe de una banda de asaltantes y compartimos durante muchos años el mismo pabellón en la cárcel de Villa Devoto.

Él era bastante mayor que todos nosotros –presos muy jóvenes del MNRT y del peronismo– y tenía mucho prestigio dentro de la prisión.

Detrás de las rejas, su palabra era ley.

Aunque estaba considerado como uno de los líderes de “la pesada”, a fines de la década del sesenta había llegado a la conclusión de que robar con armas era un riesgo innecesario.

En su nueva etapa, “Cacho” prefería disfrazarse de policía, detener camiones que transportaban contrabando y llevárselos.

Muy educado, peronista de toda la vida y admirador del “Che” Guevara, lo considerábamos “el buen ladrón”.

O, por lo menos, un “ladrón bueno”.

Él, por su parte, respetaba a los presos políticos jóvenes como nosotros porque decía que arriesgábamos la vida sin pensar en el lucro personal.

Cuando “Cacho” Castillo llegó a España en 1977, tenía 54 años y lo acompañaban su esposa y su hijo de tres años.

Antes de la fiesta de cumpleaños en casa de Horacio Rossi, nos habíamos encontrado por casualidad en alguna calle de Madrid.

Me contó que estaba ganando mucho dinero con cierto “negocio” de tarjetas de crédito y cheques de viajero, pero trabajaba fuera de España porque “donde se come no se caga”.

Comentó que había venido a Europa porque en Argentina la calle se había puesto muy dura: la policía de la dictadura militar, en vez de detener a los “buenos muchachos” y mandarlos a prisión, les exigía parte de sus ganancias; si no, los mataban.

Para esa época, “Cacho” le tenía aún más alergia a las armas de fuego.

Yo le conté las razones de mi exilio y las dificultades económicas por las que estaba pasando.

“Cacho” me ofreció dinero rápidamente.

Cuando me negué a aceptarlo, él impuso su vieja autoridad del pabellón en Villa Devoto y me obligó casi a la fuerza a que le “guardase” un pequeño fajo de dólares.

Un tipazo, realmente, respetuoso de códigos que ya no existen en estas épocas de polvo blanco, hierba verde, uniformes azules y gatillo fácil.

Luis Alberto “Tito” Ramos, otro de los recién llegados a España, era amigo íntimo de “Cacho” y trabajaban juntos en Europa.

En la fiesta en casa de Rossi me enteré que era muy habilidoso con las llaves y las cerraduras.

También me enteré, con sorpresa, que había tenido cierta militancia política en una Unidad Básica de la zona norte del Gran Buenos Aires, ligada al Peronismo de Base.

 

Pienso que, en realidad, Ramos sólo aportaba algún dinero.

Vicente “El Tano” Giarratana, se llamaba en realidad Vincenzo y había nacido en Calabria, Italia, pero se crió en Argentina.

Se decidió a vivir en España por las mismas razones que “Cacho” Castillo: bajo la dictadura militar ya no se podía trabajar tranquilo porque había que repartir el botín con los guardianes de la ley y el orden.

“El Tano” era muy amigo de Rossi, por quien sentía auténtica veneración.

Creo que en algún momento de sus vidas habían estado presos juntos y “El Viejo” lo protegió frente a alguna dificultad que tuvo con otros reclusos.

Héctor Iriarte llegó a España con Vicente Giarratana y por las mismas razones: era imposible trabajar tranquilo en Argentina.

La policía pedía tajadas cada vez más grandes y a uno, que se arriesgaba, le quedaba poca ganancia.

Iriarte y Giarratana eran los últimos recién llegados a este exilio económico sui generis y, a pedido de Rossi, fui un poco guía de los dos durante los primeros días que pasaron en Madrid.

Después de esa fiesta en casa de “El Viejo” pensé que nunca más en mi vida volvería a ver a estos “buenos muchachos”.

Estaba equivocado.

Algún tiempo más tarde, recordé a la fuerza el final de El largo adiós, de Raymond Chandler: “Nunca volví a ver a ninguno de ellos… excepto a los policías.

«A éstos todavía no se ha inventado la forma de decirles adiós”.

En mi caso, además de los policías, volví a ver a Castillo, Ramos, Giarratana e Iriarte.

Y no fue en una fiesta, precisamente.

RB/