Oscar Galvez fue Campeón en Turismo de Carretera y en Pista ( en 1947 y 1948); y en TC en en 1953, 1954 y 1961. Como compañero adhiere fervorosamente al peronismo.

ENTRABA EN BOXES DEL COMANDO CELESTIAL, EL LEGENDARIO COMPAÑERO OSCAR GALVEZ.

Por Alfredo Parga

En 1939 participaron en el Gran Premio Getulio Vargas, en que los Gálvez rompieron el diferencial, lo ataron con alambre, volcaron y llegaron segundos de Fangio.

Corrió cerca de 309 carreras, ganó 7 Campeonatos, 90 victorias en total.

ENTRA EN BOXES DEL COMANDO CELESTIAL, EL LEGENDARIO COMPAÑERO OSCAR GALVEZ.

Por Alfredo Parga

– CORSA – LA NACION –

 16 diciembre 2009

 Fue Campeón en Turismo de Carretera y en Pista ( en 1947 y 1948); y en TC en en 1953, 1954 y 1961.

 Adhirio fervorosamente al peronismo.

 Oscar Alfredo Gálvez nació en Caballito el 17 de agosto de 1913.

 Escribió parte de la historia del automovilismo argentino, junto con su hermano Juan, y el menor Roberto, aunque éste último sólo asomó a este deporte. 

Hijos de una familia porteña, en que el padre era mecánico, desde chicos sintieron su pasión por los fierros, lo que hizo que Oscar se sintiera mecánico, y dejara la escuela primaria, después de intentar tres veces cursar el 4º grado. 

 Los hermanos Gálvez fabricaban sus propios autos, rígidos, duros, cuadrados, pesados, prepararon el auto para que Oscar corriera en 1937 las Mil Millas Argentinas, y Juan logró acompañarlo, modificando su documento, pues era todavía menor de edad, y el anecdotario señala que perdieron el segundo puesto por perder tiempo en cambiar la correa que ataba el capot (que se cortaba por ser un cinturón común de pantalones).  

En 1939 participaron en el Gran Premio Getulio Vargas, en que los Gálvez rompieron el diferencial, lo ataron con alambre y continuaron, pero sobre el final volcaron, se reacomodaron y llegaron segundos, atrás de Juan Manuel Fangio. 

 En 1940 tuvieron un tremendo vuelco al caer a un precipicio, y decidieron comenzar a usar casco. 

 Oscar -lo que son las épocas- consiguió uno de paracaidista y Juan otro de los que usan en los tanques de guerra.  

Esos eran los tiempos con anécdotas pintorescas de los pioneros de esta actividad.

 Y fueron muy buenos mecánicos, inventores y técnicos que fabricaban nuevas piezas y probaban ingeniosas soluciones. 

 Juan era menor, sílencioso e introvertido, Oscar expresivo y extravertido. 

 Era inconfundible el auto de Oscar, un Ford negro y blanco de la escudería de Armando (quien fuera presidente de Boca Juniors).  

Corrió cerca de 309 carreras, ganó 7 Campeonatos, 90 victorias en total. 

Fue Campeón en Turismo de Carretera y en Pista ( en 1947 y 1948); y en TC en en 1953, 1954 y 1961. 

 El 6 de febrero de 1949, corrió en Palermo bajo la lluvia, con un Alfa Romeo 3.800 y logró el primer triunfo de Argentina sobre los experimentados conductores europeos, en lo que fue posteriormente la fórmula 1. 

 En 1948 logró el Gran Premio de la América del Sur, que fue considerada una carrera épica por el estado de los caminos de esa época.

 Y la gente se volcaba a la calle para saludar al Aguilucho que volvía triunfador. 

 En 1952 ganó seis veces en un año. 

 Su desempeño como corredor duró 25 años y un mes, y logró en su trayectoria un 28,8% de efectividad, siendo superado en esto por su hermano Juan (quien encontró en su pasión un trágico final).  

Falleció el 16 de diciembre de 1989 y al Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires se le puso su nombre en su homenaje.

UN HITO, LA VICTORIA DE OSCAR

 Por Alfredo Parga

para la revista Corsa

15/02/1999

 Hubo un 6 de febrero de 1949 de gloria; un 6 de febrero para que el automovilismo argentino alcanzara su mayoría de edad cuando Oscar Alfredo Galvez concretaba, en medio del delirio que perlaba una lluvia pegajosa, obstinada y fría en los bosques de Palermo, lo que parecía ser un imposible.

Ganarle a los europeos. 

Es que por aquel entonces (cuando Maserati se escribía con doble T), entre la sonrisa buena que se desvanecía para siempre de Jean-Pierre Wimille, la parquedad rigurosa de Achille Varzi y el blanco cabello del joven Luigi Villoresi, habíamos creído ingenuamente -se nos había hecho creer- que no era posible que los alumnos supieran más que los maestros. 

 Ellos venian con su cruz, de alguna manera, porque habían sobrevivido en una Europa desgastada por la Segunda Gran Guerra. 

 En esa Europa de escombros y dolor, casi no quedaban coches de carrera. 

 Y mucha de aquella pobre artillería deportiva había sido descubierta en viejos galpones en penumbras, bajo lonas enceradas de talleres viejos con pisos manchados de grasa y aceite…

 ¿Como iba a ser posible ganarles a esos súper hombres y a sus máquinas creadas para correr?

 Un año antes, el increíble Oscar había demostrado que tal cosa era posible. 

 Era cuando se detenía en Palermo para cargar combustible, porque eso era lo que les convenía a los coches desembarcados de Europa.  

Una detención teatral, que incluía en medio de la alucinante transmisión del maestro Fioravanti, hasta el golpe que un desconocido de siempre  le daba en la boca  con una bebida que Oscar no había pedido… 

 El 6 de febrero venía con lluvia. Oscar corría el pesado Alfa 3.8 y sin pretensiones (porque hasta el cigüeñal estaba remendado) comprobaba que la velocidad ajena no era tan grande. 

 Y que la propia servía. 

 Todavía mis oídos estas llenos de la palabra de Oscar. –Uno menos…

 Así contaba cuando otro adversario más se había ido del circuito o entraba en trompo en el resbaladizo piso.  

Al final aquel 6 de febrero de 1949, ganaba Oscar. 

Y el milagro se haría costumbre (para la riqueza definitiva de nuestros candorosos sueños). 

 Es que había  legado la hora de los alumnos, que empezaban a saber más que los maestros…

EL RETORNO DE PERÓN

No faltaron las voces que entendían que no podían juntarse en un charter para buscar a Perón figuras científicas como Jorge Taiana o Raúl Matera con Leonardo Favio, Abel Cachazú, José Sanfilippo o Marilina Ross.

 Hasta se le dio calificativo circense.

 No pocas veces en la vida, medida en dimensión de tiempo, la payasada de hoy fue la historia del mañana. 

El peronismo tiene su liturgia muy particular; fue eso… Bombo, profesores como Ramón Carrillo o Oscar Ivanisevich; poetas como Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi o Leopoldo Marechal: ídolos populares como Oscar Alfredo Galvez, José María Gatica o Hugo del Carril.

 ¿Por qué iba a traicionar su liturgia en esta ocasión?

 Las críticas pueden resultar muy frívolas y muy poco aceptadoras de una realidad del conjunto.

 Tal vez esto explique mejor que nadie la presencia de Leonardo Favio junto a Alfredo Gómez Morales para acompañar a Perón. menditeguyperongalvez-3-1.jpg

Menditeguy, Galvez, Perón.

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OSCAR GALVEZ

UN HOMBRE POCO COMÚN

 Por Alfredo Parga

Especial para La Nación.

Año 2000

 ¿Qué cosa admirar más en Oscar?

 ¿Su tenacidad? ¿Su vergüenza? ¿Su entrega?

 De buenas a primeras salta que Oscar fue un luchador que no se dio nunca por vencido. 

 Hasta el código de su actitud con la gente lo impulsaba a terminar una carrera -cualquier carrera- llegando a todas partes y en la posición más imposible. 

 Simplemente porque la gente lo esperaba. 

 Como aquella noche de Tucumán, cuando hombres, mujeres y chicos se mojaban indiferentes para recibirlo entusiasmados cuando ya habían dado las diez. 

 Es que se sabía que Oscar no decepcionaba a la gente.  Así nomás.

 Un tiempo feliz cuando de por medio no se operaba con la moneda de la hipocresía y la victoria era una propuesta a la que sólo se podía acceder con genuina capacidad. 

 ¿Su idoneidad? ¿Su conocimiento? ¿Su particular estrategia? 

 La gente todavía no lo había identificado plenamente, agostándose los años cuarenta cuando alguna petulancia parecía ser la forma que él adoptaba para formular sus juicios.

 ¿Fanfarrón? 

 Oscar no desconocía que muchos creían encontrarse con un vanidoso de marca mayor.

 Listo para declaraciones huecas sobre posibles, pero improbables triunfos que nunca alcanzaría. Y no. 

 Oscar decía que los iba a dejar atrás a todos.

Y lo hacía. 

 Como cuando en el GP del Norte se descolgaba por las montañas de una América joven, impulsando al fatigado crítico Pedro Fiore a calificarlo como un Aguilucho, por aquello que explicaba hasta enfervorizado:-Oscar se adelantó a 29 coches corriendo por lugares en los que únicamente puede avanzar una máquina. Ha debido volar para dejarlos atrás. No es un hombre común.  

 Y en la Buenos Aires que todavía sacudía la modorra de sus siestas con los chirridos de tranvías sosegados, aquel muchacho de voz cascada y manos que movía como aspas de molino, creaba cuidadosamente una imagen que no era sobredimensionada. 

 No se trataba de un corredor común.

Podía volar con su auto. 

No había ningún otro capaz de hacerlo… 

 ¿El camino o la pista? 

 Oscar se sentía más a gusto en el camino.

 Es que el camino le permitía echar a volar una de sus más formidables armas: la improvisación.  

Oscar improvisaba a mil kilómetros por hora. 

Y, en una de esas, recurría a un pedazo de madera para reforzar un diferencial desvencijado para que su coche, aunque arrastrándose, llegara al final de un camino donde sin protocolos ni privilegio de posiciones, se lo esperaba siempre. 

 El, corriendo, únicamente corría contra él. (…) Con los demás, competía. Y sin reparar ni en pelos ni en marcas, ofrecía el precioso regalo de su opinión. Marcos Ciani, que se zafaba dos veces de la muerte, y que hoy se ayuda con un bastón para seguir siendo aquel imponente muchacho de Venado Tuerto, no necesita de remilgo alguno para recordar cuando llegaba desanimado a Buenos Aires sabiendo que su Chevrolet apenas tenía 160 kilómetros de velocidad final. 

Creyendo que tal cosa no servía.  

Marcos se presentaba torpemente al estrechar la mano de aquel muchacho diplomado en la universidad de un taller mecánico porteño, leyendo en sus ojos grises la sinceridad. 

 Le confesaba su desaliento. Oscar lo interrumpía.

 Colocaba una de sus nerviosas manos en el alto hombro de Marcos, le apuntaba a los ojos y dejaba caer sin solemnidad alguna:-Mirá, si vos tenés 160 en tu auto, ganás. Los que hablan de velocidades fantásticas, únicamente las tienen en sus sueños. Esos coches quedarán atrás del tuyo. Hasta el mío…

  Ciani no necesita repasar ninguna historia para saber que aquel juicio resultaría verdad absoluta. 

Y desde la formal seriedad que acompaña al inmenso hombre que dos veces estuvo en tratos con la señora definitiva, redondea:-Para hablar de Oscar, yo me pongo de pie. 

 Y lo hace hoy mismo, cuando el bastón le presta auxilio para levantar su imponente humanidad en un conmovedor homenaje. (…)

 ¿La pista? 

 Oscar estuvo más cerca que el propio Fangio de correr en Europa.

 Y antes. 

 El destino, ese poder indescifrable para el entendimiento de la gente común, iba a disponer que el introductor de Oscar en Europa, Achille Varzi, se matara en Berna, en 1948, a menos de 80 km/h.  

El viejo ídolo golpeaba con la cabeza contra el instrumental de su Alfetta; se abría un corte en la frente y Varzi aparecía como un muñeco roto definitivamente. 

 Oscar Alfredo Gálvez – Cupé Ford Gálvez, que lo vería todo, lamentaría siempre la pérdida de Varzi como la de quien lo había entusiasmado corriendo coches especiales.

 Oscar no se lamentaría nunca cuando advertía que aquella puerta que estaba abriendo en Europa, se cerraba con el mismo ruido con el que golpeaba la tapa del ataúd de Varzi, mientras Italia se abrumaba con un silencio conmovedor. 

  no se ufanaría nunca de ser el primero que conseguía derrotar a los pilotos extranjeros en febrero de 1949, cuando con el pesado Alfa 3.8 iba cazando a todos sus adversarios, uno por uno, para ganarles debajo de una lluvia que encharcaba los vericuetos del asombrado bosque de Palermo. 

 El propio Juan Manuel Fangio definiría con el tradicional ingenio de lúcido paisano: –Oscar nos demostraba que los europeos no eran súper hombres. Que se les podía ganar. 

 El hombre de Balcarce haría después otro tanto, hasta el cansancio. 

 ¿Maestro?

 Héctor «Pirín» Gradassi, bajo el suave techo azul del cielo de Córdoba, desprende con parsimonia sus palabras.  

La mirada perfora los cristales de sus anteojos, revisándolo todo mientras ordena:-Hacía las veces de asesor en el equipo Ford y lo escuchábamos cuando se lo pedíamos. Tenía una habilidad notable para no cansarnos con sus viejas glorias ni enseñarnos nada que no supiéramos.  Un tacto especial.  Cuando con Nasif (Estéfano) o Traverso necesitábamos de él, lo teníamos. Ahí, sí. Para orientarnos mejor por un camino que él había hecho mucho antes. 

 Gradassi esbozará una liviana sonrisa al precisar: –Recuerdo cómo saltaba sobre una mesa para hacer flexiones cuando algún despistado ponía en duda que siguiera siendo el mismo Oscar que todos habían conocido muchos años antes. 

 Gradassi, pronto a ser un hombre de consulta en su provincia, sólo tiene respeto por Oscar. 

 Una moneda que no es de uso frecuente en este tiempo de toma y daca, con facturas que se emiten sin recibo alguno.  

El tiempo es un insobornable testigo.  

Permite separar la paja del trigo.  

Gradúa a los hombres por lo que realmente valieron y no por lo que los hombres creían valer. 

 Se conmovía cuando le daba su nombre al autódromo.

 Apenas vacilaba cuando se recordaba el polémico remate de La Caracas. 

 No levantaba la voz para seguir afirmando que él había ganado la carrera, pero aceptaba el fallo de los hombres que después de ser sus jueces, terminaban siendo sus amigos. 

 Se marchó a media mañana del 16 de diciembre de 1989.

 Pasaron más de diez años.

 ¿Y qué? (…)

 Pepe Diez era, en aquel entonces -década del 60-, un joven impulsivo que conducía el vehículo que la empresa le entregaba para acompañar las alternativas del Gran Premio.

 Y para que Ford informara con exactitud sobre las contingencias que otorgaba la gran carrera. 

 Hubo una vez que, llevado un poco por la impericia y otro tanto por su entusiasmo, aquel vehículo, con Pepe en el volante y Oscar a su lado, en el inusual rol de acompañante, volcaba en un arisco retome de la ruta de la Gran Carrera.  

Pepe, cuando se restablecía la normalidad en la postura del abollado automóvil, mientras el polvo del tumbo todavía galopaba alterado, sentía que aquello podía tener consecuencias nada favorables en su carrera administrativa. 

 Oscar, adivinándolo, sonreía y encontraba la solución casi sin inmutarse. «No te aflijas, pibe. Vos decí que yo manejaba cuando volcamos y listo. Tengo tantos de éstos que uno más… ¿qué importa? 

 Desde Madrid, Pepe Diez recuerda hoy la formidable actitud, por primera vez desempolvada.

 Y renueva permanentemente su agradecido homenaje. 

 Así era Oscar. 

 Hace 19 años caminando Bs. As. buscando los contactos y la guía para lograr un sueño, el sueño de diseñar autos y crear una empresa automotriz 100% Argentina y mientras estudiaba la carrera de Diseño, no dejé de intentar ver estas personalidades que hicieron grande nuestro querido deporte; como hacedores y distintos profesionales del automovilismo y su industria; y como todo en la vida, uno se encuentra con distintos tipos de personas y personajes, tuve éxito y la suerte de encontrar gente como Oscar, que sin conocerme y sin venir de parte de quién, me dio parte de su tiempo, me mostró su pequeño museo -en una concesionaria de Av. Cabildo- , me aconsejó -criticó bocetos- y me alentó a seguir, además de contarme anécdotas y explicarme la técnica de sus fierros -sus autos- ahí presentes, amén de sus conocimientos de la industria, ni hablar de su amor y pasión por Ford, aunque hablaba con la misma dedicación de otras marcas y rivales. 

Está todo dicho y escrito de y sobre Oscar, hasta habría que inventar sinónimos para seguir haciéndolo, un tipazo, un señor, siempre con una sonrisa y predispuesto; y este relato, mi relato, es simplemente una vivencia para certificarles su grandeza, y demostrarle aunque tarde mi gratitud, al igual que a otros -Señores de la industria, los Ing. J.T. y especialmente a G.M., que me abrieron muchas puertas… pero que lamentablemente por errores propios… aún no he logrado concretar mis sueños

 Hoy, años tarde, les digo gracias….

 ¡ Gracias Aguilucho!