El anclaje del peronismo en amplios sectores populares es un fenómeno de interfase entre los carismas del liderazgo secular y el liderazgo religioso.

EVITA-PERÓN. LO SECULAR Y RELIGIOSO.

 Por Hilario Wynarczyk

“Perón es la Patria, Eva Perón es nuestra bandera, el puente para el goce pleno de esta felicidad tan criolla.” (Enrique Santos Discépolo). Evita conectó una idea religiosa con una idea política, al afirmar que Dios prefiere a los humildes.

EVITA-PERÓN. LO SECULAR Y RELIGIOSO.

“Perón es la patria, Eva Perón es nuestra bandera, el puente para el goce pleno de esta felicidad tan criolla.”

Enrique Santos Discépolo (fallecido el 23 de diciembre de 1951)

 Por Hilario Wynarczyk (*)

PRENSA ECUMENICA  

 23/06/2009

A comienzos de invierno.

 Un día lluvioso.

El 26 de julio de 1952, a las 16 horas Eva Duarte quedó en coma.

A las 20 y 15 recobró la conciencia y supo que el fin era inminente.

El cáncer pudo más.

A las 20 y 25 perdió el pulso.

Un  locutor radial proclamó al país: “Eva Perón, Jefa Espiritual de la nación, ha entrado en la inmortalidad”.

 Evita, la esposa del presidente Juan Domingo Perón, fue velada en la sede del Ministerio de Trabajo y Previsión, la misma donde Perón había comenzado su carrera política, siendo todavía coronel.

 De la “capilla ardiente” del Ministerio la trasladaron a la Confederación General del Trabajo, y a las 23 horas fue embalsamada, en el vértice institucional de los trabajadores.

Tenía 33 años.

 “Aguacero y lágrimas le prepararon el camino a la mítica inmortalidad” (1).

 Tres años después, por voluntad de los militares antiperonistas, la fogosa oradora y dirigente popular se convirtió en “María Maggi de Magistris, una viuda italiana emigrada a la Argentina, con cuyo nombre fue enterrada en un cementerio de Milán” (2).

Y así permaneció por varios años en el anonimato.

 Ya no la tuvo el general Perón a su lado.

 Los dos habían formado una pareja política que tenía un atractivo casi religioso. 

Quizás en ese punto reside la permanencia social del peronismo, tan difícil de licuar para la política argentina, como la religión lo fue para el movimiento bolchevique.

 Carisma y la mediación entre el pueblo y el general Perón. 

 Si aceptamos esa hipótesis, el anclaje del peronismo en amplios sectores populares es un fenómeno de interfase entre los carismas del liderazgo secular y el liderazgo religioso.

 Esta conexión parece clara en los discursos de despedida de Evita, sucesivos a partir de los 31 años de edad.

 El 3 de marzo de 1950, se presentó a sí misma encuadrada en el arquetipo del mártir, al entregar cien pensiones para personas mayores sin recursos, en un acto en el Teatro Colón, centro del máximo refinamiento lírico, que por entonces no era algo así como precisamente popular: “Dejé mis sueños en los caminos por velar los sueños ajenos. Agoté mis fuerzas físicas para reanimar las fuerzas del hermano vencido. Mi alma lo sabe, mi cuerpo lo ha sentido” (3).

 En agosto de 1951, proclamó que no formaría parte de un binomio presidencial con el General Perón, cuando en las próximas elecciones por primera vez votarían las mujeres.

 En el discurso, recordado como “discurso del renunciamiento”, avanzó, frente a una amplia concentración justicialista, sobre la figura del mártir-mediador entre los trabajadores y el general Perón.

 Esos trabajadores solían aparecer también en el léxico peronista como “masa sudorosa”, “el pueblo” y “descamisados de Evita”. 

Entonces Evita conectó una idea religiosa con una idea política, al afirmar que Dios prefiere a los humildes.

 De hecho, significaba que los humildes tendrían también un carisma propio.

Pero eso era algo más que una creencia metafísica o un teologema práctico.

 Era un criterio de división (una taxonomía social) entre sectores de la población argentina: de un lado, los trabajadores defendidos por el movimiento peronista (como si fuesen el campo de Dios) y del otro lado la oligarquía (como enemiga del pueblo y “antipatria”, signada también por un atributo, que podríamos llamar el atributo del mal):

 “Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria. Yo sé que Dios está con los humildes y desprecia la soberbia de la oligarquía. Por eso la victoria será nuestra. Tendremos que alcanzarla tarde o temprano, cueste lo que cueste y caiga quien caiga” (4).

 El 4 de enero de 1952, el Congreso de la Nación reunido en Sesión Extraordinaria la nombró “Jefa Espiritual de la Nación”.

La Convención Constituyente de la nueva provincia de La Pampa, determinó que ese territorio se llamaría a partir de entonces Eva Perón.

 El 1 de mayo de 1952 (Día de los Trabajadores) Evita pronunció su último discurso y se refirió a Perón con las siguientes expresiones: líder del pueblo, líder de la humanidad, líder de los trabajadores, alma y cuerpo de la patria, un hombre de bien; homologado al aire, el sol y la vida (5).

A sí misma se refirió Evita como la persona que unía al pueblo con su padre: “arco iris de amor entre el pueblo y Perón, puente de amor y de felicidad […] entre ustedes y el líder de los trabajadores”.

Perón, no solamente poseía el carisma del líder de los trabajadores: les daba identidad.

 “Hoy, gracias a Perón, estamos de pie virilmente. Los hombres se sienten más hombres, las mujeres nos sentimos más dignas, porque dentro de la debilidad de algunos y de la fortaleza de otros está el espíritu y el corazón de los argentinos para servir de escudo en defensa de la vida de Perón.  […] 

Lo necesitamos, mi general, como el aire, como el sol, como la vida misma.” (Idem).

 Los humildes destinatarios a los que Evita les habló comenzando con “mis queridos descamisados”, revestidos del atributo ontológico del trabajador, una condición asociada a la clase popular, son, dijo Evita en su discurso, “puros y por ser puros ven con los ojos del alma y saben apreciar las cosas extraordinarias del general Perón” (Idem).

 Pero la batalladora de hermoso rostro argentino, consumida por el cáncer pesaba treinta y tres kilos, y se aproximaba al final.

 Sus postreras palabras llevaron al punto más alto un proceso de construcción de la figura paternalista y mesiánica alrededor del general que desciende hacia el pueblo, se constituye en su coronel protector – como veremos más adelante – y se identifica con su existencia y con su amor, para edificarlo y ayudarle a alcanzar la felicidad, en un orden social nuevo, la Tercera Posición, que no es ni liberal ni comunista.

 La respuesta a uno de los dilemas planteados desde Spengler y otros intelectuales entre las dos guerras mundiales, algo afín, quizás, a la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia Católica. 

 Tercera Posición justicialista  y carisma político-espiritual.

 Sin embargo la construcción carismática comenzó antes que el protagonismo de Evita alcanzase una gravitación tan central y tan intensa alrededor de su propia figura pública.

El discurso fundacional del ciclo de poder presidencial de Juan Domingo Perón, el 17 de octubre de 1945, también pronunciado desde los balcones de la Casa de Gobierno hacia los trabajadores concentrados en la Plaza de Mayo, lo presentaba como el conductor que dejaba de ser general de la nación para ser coronel del pueblo.

 El conductor se identificaba a sí mismo con la masa, y a la masa la identificaba con la madre, en una triple metáfora, como patria, madre tierra, y objeto del sentimiento filial criollo plasmado en la figura de “mi pobre vieja”:

 “Trabajadores:

 Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del ejército.

Con ello he renunciado voluntariamente, al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la nación.

Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el Coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino.

Dejo el honroso uniforme que me entregó la patria, para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza de la patria.

Por eso doy mi abrazo final a esa institución que es un puntal de la patria: el ejército.

Y doy también el primer abrazo a esta masa, grandiosa […] el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de reivindicar […] quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en esta masa sudorosa, estrecharla profundamente con mi corazón, como lo podría hacer con mi madre […] porque ustedes han tenido los mismos dolores y los mismos pensamientos que mi pobre vieja había sentido en estos días.” (6).

 La relación carismática se sostuvo sobre hechos concretos y sobre un encuadre ideaciónal para interpretar y manejar la realidad.

 La experiencia de muchos trabajadores impactados por el peronismo “fundacional” fue la de un gobierno que cambió la relación del Estado con el movimiento obrero en un giro radical basado en la agencia del gobierno benefactor y el concepto del Estado como tercero mediador entre el capital y el trabajo, dispuesto a aplicar leyes de carácter socialista y a reducir, en última instancia, el conflicto social.

 La “tercera posición” – tercera entre el comunismo soviético y el capitalismo angloamericano –constituiría a partir de la exposición de Perón en el Congreso de Filosofía reunido en Mendoza en 1949, el ideario justicialista asentado en la piedra angular de la teoría política de “la comunidad organizada”.

 El pueblo experimentó mejores salarios, jubilaciones, vacaciones, obras sociales manejadas por los sindicatos, viviendas, especiales atenciones a los niños, y una vasta iconografía que desde lo simbólico alimentaba el sistema de protección del Estado: éste constituía en última instancia la dimensión material del carisma emanado del caudillo, que al pueblo, masa sudorosa, un colectivo indiferenciado poseedor de su propio carisma – otra clase de carisma, proveniente de la humildad – lo encuadraba institucionalmente en organizaciones sindicales que también eran garantes del sistema, y lo constituía discursivamente en el papel de sujeto de la historia. 

 

HW/

 

Notas
 (1)     Sabsay, Fernando (2006): Protagonistas de América Latina / 2. Buenos Aires, Editorial El Ateneo. Página 304.
(2)     Sebrelli, Juan José (2008): Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos. Buenos Aires, Editorial Debate. Página 80.
(3)     Sabsay, obra citada, página 301.
(4)     Demitrópulos, Libertad (1984): Eva Perón. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. Página 141, cita textual del discurso de Evita.
(5)     Diario El Tribuno, edición especial (Salta, 30 de abril de 2006, página 5): El último discurso de Evita. Plaza de Mayo, 1ro. de mayo de 1952. (Reproducción literal del discurso completo). [He omitido partes, señaladas con puntos suspensivos entre corchetes].
(6)     Perón, Juan Domingo. Discurso del 17 de Octubre de 1945 en Plaza de Mayo. Buenos Aires, Página del Partido Justicialista Bonaerense, www.pjbonaerense.org.ar. Colección de discursos. [He omitido partes, señaladas con puntos suspensivos entre corchetes]. 

(*) Doctor en Sociología. Socio fundador e integrante de la Asamblea Directiva del Consejo Argentino para la Libertad Religiosa, CALIR. Asesor experto en iglesias evangélicas de la Secretaría de Culto de la Cancillería 1999-2001. Miembro de la Asociación de Cientistas Sociales de la Religión en el Mercosur, Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales, y Programa Latinoamericano de Estudios Socio-Religiosos.

 Este ensayo se basa en un artículo académico más extenso de Hilario Wynarczyk: “El río fluye en tierra seca. Primera gran movilización evangélica en la Argentina, carisma peronista y agencia de Perón”. A ser publicado en Si Somos Americanos. Vol. X, N° 1, junio de 2009. Universidad Arturo Prat del Estado de Chile.

 

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