Al doctor Dante Bodo lo fusilaron en la puerta de su casa en una fría noche mercedina, el 10 de abril de 1976

COMPAÑERO DANTE BODO, DE SAN LUIS, ¡PRESENTE!

Por Miguel Landro y Mabel Redona*

Abogado,docente universitario, diputado provincial, convencional constituyente, Bodo, hombre bueno y solidario, fue autor de Leyes Laborales
 

Gentileza de Miguel Eduardo Landro Lamoureux emelandro@gmail.com

 

COMPAÑERO DANTE BODO, DE SAN LUIS, ¡PRESENTE!

El 11 de abril de 1976 Raimundo Dante Bodo fue asesinado en Villa Mercedes por la dictadura militar. Hoy, a 33 años de su muerte, todavía no hay culpables ni condenados por ese crimen. Bodo fue abogado, docente universitario, diputado provincial, convencional constituyente, presidente del Consejo de Educación Provincial. Autor de Leyes Laborales, Secretario del Colegio de Abogados de Villa Mercedes, Vice Presidente del PI. Hombre bueno y solidario, según quienes lo conocieron. -Eso molestaba a los cumple ordenes, aseguran.

 

UN RELATO DE ESA NOCHE

OMAR URÍA Y SU RECUERDO DEL ASESINATO DE DANTE BODO

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UN RELATO DE ESA NOCHE

Al doctor Dante Bodo lo fusilaron en la puerta de su casa en una fría noche mercedina, el 10 de abril de 1976

Por Mabel Redona

NAC&POP

 

Sus asesinos fueron hasta allí en un auto particular, que minutos antes le había sido secuestrado a una pareja de jóvenes por las denominadas fuerzas de Seguridad Nacional.

 

Era un Ford Falcon de color lila, pintado a mano por don Funes, convirtiéndolo en un auto único en toda la ciudad.

 

Sus ocupantes, Patricio y Mercedes, fueron obligados a tirarse al piso de la parte trasera, amontonados de miedo, encañonados con una pistola calibre 22, escucharon, sufrieron y vivieron todo el procedimiento.

 

Patricio estaba haciendo el servicio militar en la Quinta Brigada Aérea; los hombres que acababan de violentarlos, eran los mismos con los que había compartido el mate cocido de las cinco de la mañana.

 

Con pánico los reconoció, ellos no.

 

Recuerdan que dieron muchas vueltas por la ciudad antes de llegar a su objetivo, tratando de despistar a no saben qué fantasmas.

 

Finalmente llegaron a la calle San Juan número 23, en el Barrio San Martín.

 

Evidentemente se necesitan varios santos para indicar el lugar de un crimen.

 

 El Falcon iba delante apoyado por una estanciera que los seguía de cerca.

Patricio, boca abajo como estaba, trataba de estirar su mano derecha en un intento de calmar a Mercedes.

 

Dice que transpiraba entero y que ella no dejaba de llorar mientras el sujeto que los apuntaba le pegaba en la cabeza con la punta de la pistola.

 

¡Callate si no querés ser la primera  boleta de la noche!        

 

Sintió que se orinaba, y tuvo conciencia de la vergüenza que le causaba ese descontrol inaudito de su cuerpo. No miedo, vergüenza.

 

Con cautela, logró asirla de la mano y con el dedo pulgar, comenzó a trazar círculos lentos y regulares sobre la palma de ella, recreando un viejo juego de reconciliación, un código secreto que siempre les traía calma en las tempestades.

 

Funcionó también esta vez. Dice que fue como una pausa, un lugar común y tibio, un refugio de minutos ante tanto grito, órdenes, descontrol, odio, golpe de puertas, cubiertas chirriando y olor a miedo.

 

Una frenada brusca, y el descenso nervioso de los ocupantes de los dos móviles, les indicó que habían llegado a destino.

 

Minutos de silencio tenso que contrastaban con el frenesí  anterior. Una mano asesina que pulsa el timbre, la puerta que se abre y el infierno desatado.

 

Balas y olor a pólvora, gritos de rabia y otros de dolor, cuerpos que caen, muerte en el aire, en los huecos de las paredes de esa casa de barrio, pájaros que vuelan en la avenida a esta hora tan rara sobre los plátanos y el desconcierto anunciador de  tiempos peores.

 

Acaso éste haya sido el aviso, el preaviso, el mal augurio.

 

Órdenes y escape a toda velocidad.

 

Por la radio que comunicaba los vehículos supieron del éxito de la misión, que la ciudad era zona liberada, que nadie iba a investigar el caso y que no habría comodoro, capitán ni alférez responsable de sus responsabilidades.

 

También, con terror, escucharon los diferentes planes que con descaro  hacían acerca de ellos.

 

Algunos de los milicos opinaban que sin más debían morir rápido y tirar sus cuerpos en algún baldío de la ciudad; otros que debían fusilarlos en el campo, donde las balas no alertaran tan pronto a los vecinos y les diera margen de maniobra.

 

Al escucharlos, Mercedes reanudó los llantos, el milico los golpes. Patricio, su sobrehumano ejercicio de amor mientras  rogaba a algún Dios justo, que esto fuera sólo una pesadilla de la que pronto despertaría.

 

En su mundo sencillo, este horror no tenía antecedentes ni lugar.

 

El fresco que entraba por las ventanillas, la oscuridad del recorrido y la velocidad del automóvil les indicó que habían decidido llevarlos hacia el campo.

 

Allí donde la ruta siete hace un primer desvío. Pasando la planta de YPF, un camino se abre hacia la izquierda, lleva el nombre de otro lamentable prócer de la historia Argentina: Alsogaray. Es un paraje triste y desierto, aún más en aquellos años. Hacia él se dirigieron los vehículos, uno detrás del otro. Adentro, el temblor de dos vidas apiladas que presentían su final sangriento.

 

Dice que a los pocos kilómetros, comenzaron a aminorar la velocidad hasta parar definitivamente. Que los bajaron entre empujones, patadas, gritos, puteadas. Que en ningún momento dejaron de apuntarlos aunque no los miraban, porque estaban demasiado nerviosos decidiendo qué hacer con ellos.

 

Dice que consultaron por radio pero no escucharon la respuesta o tal vez no quisieron enterarse. A veces la ignorancia es más piadosa que la verdad.

 

Los milicos se insultaban a los gritos, como si de pronto fueran enemigos asociados sólo para este asesinato.

 

En el asfalto se reflejaban algunas estrellas, apenas se adivinaban los montes de espinillos y en el aire puro que les inundaba los pulmones, ellos presentían su pronto final.

 

La vida les parecía tan fugaz como los autos que pasaban por la ruta, allá a lo lejos.

 

Dice que no se movían, abrazados, apretados, detenidos, intentando desaparecer, desaparecerse, desaparecidos para siempre de esas miradas furiosas.

 

De pronto uno de ellos se dio vuelta y a punta de pistola les gritó – ¡Corran, cabrones, corran! Ellos, aturdidos pero esperanzados, empezaron una loca carrera a campo abierto, tomados de la mano.

 

Creen que gritaban mientras corrían. Creen que lloraban.

 

Patricio dice, también, que creyó sentirlos disparos en su espalda. Impactos que le sonaron fuertes y duros, tanto que trastabilló hasta caer.

 

Sintió la sangre tibia escapar del cuerpo, su cabeza dar vueltas, un remolino de dolor en la cara, los hombros, la mano que apretaba a Mercedes que caía y volvía a ser levantada a la rastra por él que no se preguntaba ya nada, ni siquiera de dónde sacaba fuerzas para seguir y seguir.

 

Dice que el rastrojo de los sembrados les lastimaba los pies, que la muerte los perseguía como una luz mala

 

Corrieron horas, cruzando campos oscuros y apenas trabajados y en esa carrera no encontraron a nadie, sólo perros se sentían ladrar a lo lejos.

 

Vieron todo el tiempo la ruta como una cinta iluminada en movimiento y también todo el tiempo evitaron acercarse a ella.

Sin decir una palabra coincidían en pensar que la civilización que representaba ese camino, era ahora la muerte.

Que las cartas estaban dadas de otra manera, que la risa podía ser de pronto mueca, que el orden de la noche era el asesinato, que lo seguro vacilaba, que todos los órdenes estaban trastocados.

Mantenerse alejados y en la oscuridad era, de pronto, un refugio.

 

¿Cuántas horas corrieron? ¿Hacia dónde pensaban que iban?

 

De pronto cayó en la cuenta que podía ver sus manos, y que la luz de la ruta no estaba por ningún  lado. Era el amanecer y pensó que era injusto, muy injusto.

 

Sin decir una palabra se ocultaron al amparo de unos yuyos altos al costado de la ruta siete y cuando no vieron autos hicieron el intento de cruzar. La mano de ella lo detuvo

 

         No doy más.

         –Sí das más.

 

Y buscando fuerzas de donde no tenía, empezó a revisar su cuerpo y el de Mercedes.

 

Esa sangre mezclada y tan pegajosa que venía a teñirlo a él también de rojo. ¿Cómo respiraba si tenía huecos en la espalda? ¿cómo vivía todavía con tanta sangre vertida? ¿Dónde estaba la bocanada final de la muerte que aún no llegaba?

 

Los disparos nunca lo habían alcanzado, las llagas en las manos no están más, la sangre era por los rasguños de las raíces húmedas de la mañana, pero el dolor es el mismo.

 

Todo es un sueño, casi una mentira, si no fuera miedo de vivir y de gritar.

 

Si no fuera que él sabe.

Si no fuera porque el cuerpo de Dante cae y cae, una y otra vez, sobre la vereda amarilla, frente a sus ojos. Sin saber su nombre cae y rebota, sin saber su estado, su rutina militante, su amor por las tonadas y el vino tinto, sus noches entre amigos, sus acaloradas discusiones hasta el amanecer.

 

Sin saber nada de eso, desaparece el hombre de su vista, los anteojos rotos sobre el asfalto.

 

Nada está en su lugar, ni las manos de su novia, ni las heridas profundas, ni la muerte próxima.

 

Permanece sólo esa cinta azul cruzando la tierra que ahora se ve tan nítida y de pronto tan segura.

 

Por fin una certeza y FABRICARNE a lo lejos, cruzando otro campo.

 

Un lugar tan conocido, amigos que recuerda trabajan allí. Luces, humo, policías en la guardia y un teléfono que suena al otro extremo del mundo, en la comisaria más cercana de la ciudad.

 

Una voz desconcertada del otro lado que por primera vez dice operativo, un masculino y una femenina. Vivos. Ilesos. Saben.

 

Sus hijas hoy se preguntan cómo y por qué sobrevivieron.

 

Y a pesar de que muchos callan, ellos en agosto de 2007, por primera vez vuelven a esa noche y ante la débil justicia, cuentan la verdad. 

 

MR/

OMAR URÍA Y SU RECUERDO DEL ASESINATO DE DANTE BODO

Por Miguel Landro

NAC&POP

10/04/2021

 Junto con Rodolfo Bodo, retiró de la morgue el cadáver del abogado acribillado el 10 de abril de 1976.

 Dice que a través de un lacónico llamado telefónico se enteró de que su amigo y colega había sido asesinado.

Omar Uría no lo dudó y viajó a Villa Mercedes.

Cuando llegó, confirmó la noticia que le dieron por teléfono: Dante Bodo estaba en la morgue del hospital, rojo de sangre y con dos orificios que marcaban el recorrió hecho por la bala.

Con él estaba el hermano de Dante, Rodolfo Luis Bodo.

Entre los dos sacaron el cuerpo para poder velarlo.

A poco de cumplirse 31 años del crimen, el miembro del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia recuerda aquella fatídica noche. La próxima semana deberá repetir el ejercicio ante la fiscal federal Mónica Spagnuolo, quien lleva la instrucción de la causa.

Asegura que el peor enemigo de este caso es el tiempo. –Como hombre de derecho que siempre se ha desempeñado en la parte penal creo que lo peor que puede pasar es que se cometa un crimen de tamaña envergadura y quede sin investigar y sin aclararse. No soy partidario de la impunidad, afirmó.

—¿Cómo conoció a Dante Bodo?

—Conocí y fui amigo del doctor Dante Bodo en mi época de estudiante de derecho y después cuando me recibí y fui designado agente fiscal en Villa Mercedes estrechamos aún más nuestra amistad. Fue un excelente abogado, muy culto, muy inteligente. Bodo era muy querido en Villa Mercedes, sobre todo en el foro de abogados. Tenía muchos amigos, entre ellos los doctores Zabala, Aguilera, Florencio Rubio, Bataller. Era, a mi criterio, una persona muy respetada social y profesionalmente.

—¿Que recuerda de la noche del crimen?

—Muy poco. Alguien me avisó por teléfono, estaba aquí en San Luis. Nos fuimos a la madrugada para Mercedes y nos enteramos de lo que había sucedido.

Viajamos su hermano Rodolfo, un muchacho Ortiz, que era farmacéutico en Villa Mercedes, y yo.

Cuando llegamos estaba toda la familia y gente allegada a Bodo.

Lo que se manifestaba era que hubo un tiroteo, que lo habían intentado sacar de la casa y corrió hacia la esquina. Ahí le dispararon.

—¿Usted retiró el cuerpo de la morgue?

—Así es. Tenía un impacto de bala que le entraba por la espalda y le salía por la garganta.

—¿Tuvo inconvenientes para hacerlo?

—No. Hasta ese momento yo era fiscal de primera instancia y fui a hablar con la doctora Ruth Gutiérrez Barros de Mezzano, que estaba de turno, y ella ordenó la entrega del cuerpo.

—¿Por qué cree que lo mataron?

—El día del golpe, el doctor Bodo estaba en San Luis y yo cumplía funciones de fiscal en Mercedes. El 23 de marzo, un día antes, a las 6 viajó conmigo a esa ciudad.

Cuando íbamos llegando, frente a la destilería de YPF, nos pidieron los documentos en un operativo que estaba haciendo la Fuerza Aérea.

Había un oficial con un listado y le dijo al doctor Bodo que se tenía que bajar.

Bodo bajó y quedó detenido, por pocos días.

Yo pude continuar y le avisé al hermano.

Aparentemente lo que le pasó fue por motivos políticos.

—¿Quién cree que lo mató?

—Yo me vine a San Luis, lo que no significa que me haya desligado del tema.

Pero siempre hablé con el hermano, que era procurador y decía que había sido personal de la Fuerza Aérea, que se había hecho cargo de la policía.

—¿Cómo era Villa Mercedes previo al golpe?

—Sucedieron ciertos hechos que nos llamaron poderosamente la atención a todos los funcionarios del crimen.

Fue una época en que nos tocó ir a buscar cadáveres que estaban envueltos en bolsas, incinerados y evidentemente acribillados a balazos a los costados de las vías del tren.

Entonces funcionaba activamente la Triple A.

—¿Cree que a Bodo lo mató la Triple A?

—Por su actividad política creo que puede haber tenido incumbencia tanto la Triple A como el personal que comandaba el golpe de estado.

Incluso queda la posibilidad de que hayan sido civiles.

Pero recuerdo que el hermano del doctor Bodo a los pocos días del entierro me mostró una cápsula de un fusil de alto calibre que pudo ser de un FAL.

 ML/