Para Alfonsín nunca hubo objeciones de conciencia en haber participado de los almuerzos de Harguindeguy.

¿QUIÉN FUE RAÚL ALFONSÍN?

Por Facundo Cano

Una visión algo difundida habla de un Alfonsín bueno con Grinspun mutado repentinamente en un Alfonsín malo con Sourrouille, tomando como fecha pivote aquel día de mayo de 1985 en que anunció en Plaza de Mayo el lanzamiento de la Economía de Guerra. Se trata de una simplificación.

¿QUIÉN FUE RAÚL ALFONSÍN?

Por Facundo Cano

Medularmente fue un sarmientino, y esa impronta lo acompañó desde el inicio hasta el fin de su vida política.

Hijo de la Libertadora, se formó en el más puro antiperonismo y en tal carácter se mantuvo -incluso durante el Proceso- armando opciones dentro del campo contrario al justicialismo.

Para él, y para todo sarmientino, la dependencia es una cuestión de puntos de vista, no respaldada por la realidad objetiva.

Así, no tuvo cavilaciones antes de aceptar participar de los almuerzos en la residencia del embajador de Estados Unidos, Harry Schlaudeman, durante la guerra de las Malvinas; se trataba de encuentros en los que, por orden directa del Pentágono, se lucubraban alternativas para reemplazar a Leopoldo Galtieri en la presidencia.

Cabe recordar que pocos días después de la derrota del 14 de junio dichas alternativas tomaron forma en un golpe interno comandado por la vieja guardia occidentalista de los generales Nicolaides, Bignone, Llamil Reston, Trimarco, Vaquero, etc.

El hecho es que para Alfonsín nunca hubo objeciones de conciencia en haber participado de esos almuerzos.

Al llegar a la Presidencia Alfonsín se manejó como fiel representante del estrato cultural sarmientino de la población argentina: lo suyo puede sintetizarse como dependencia pero con prolijidad.

Juzgó a las Juntas en momentos en que Estados Unidos había decidido que ya no necesitaba a los militares en América Latina, dejó de lado cualquier grado de independencia en política exterior (en particular en el tema Malvinas) y por sobre todo fue absolutamente permeable a los aprietes de los organismos multilaterales de crédito.

Una visión algo difundida habla de un Alfonsín bueno con Grinspun mutado repentinamente en un Alfonsín malo con Sourrouille, tomando como fecha pivote aquel día de mayo de 1985 en que anunció en Plaza de Mayo el lanzamiento de la Economía de Guerra.

Se trata de una simplificación.

Es tan solo el mismo Alfonsín antes y después de cierto grado de vuelta de torniquete en el apriete antedicho.

No es posible creer que el mismo hombre que en 1984 había convocado a una concentración multipartidaria contra el FMI en Plaza Congreso mudara de opinión tan radicalmente como para enviar a continuación al Parlamento un proyecto para reconocer en su totalidad la deuda externa contraída por el Proceso.

No era sino el mismo Alfonsín, tanteando ligeramente -como suelen hacer los sarmientinos en funciones gubernamentales- la entidad real de los factores de poder económico sin jamás intentar forzarlos, antes de doblegarse a ellos por completo.

De hecho, pagó dicha deuda externa sin el menor gesto de fuerza que habilitara una quita, y asimismo puso su mejor esfuerzo en privatizar las empresas del Estado aunque en esto fracasó (el peronismo quería ese negocio para su propia gestión).

Y finalmente prefirió abandonar el cargo antes que enfrentar al poder financiero de los dueños de la Argentina.

¡No era cosa de malquistarse con Clarín y La Nación, que son los que escriben la Historia!

Cualquiera que se oponga al nucleamiento de los ricos en nuestro país tiene garantizada la execración de los dueños de la Historia, como le está pasando al matrimonio Kirchner.

Mejor negocio que perder la posteridad, evaluó Alfonsín, era perder la Presidencia.

El establishment apreció esa actitud y a partir de entonces le otorgó en los medios un sitial de autoridad moral republicana, que es el mismo con el que lo habrán de perpetuar Clarín y La Nación a partir del día en que ha fallecido.

Alfonsín, durante el decenio de gobierno de Carlos Menem, se dedicó a menear la cabeza frente a desprolijidades y hechos de corrupción sin cuestionar las grandes líneas directrices de la entrega del país.

Es el proceder invariable de todo sarmientino cuando el Gobierno está a cargo de un mitrista: recuérdese al propio Sarmiento, a Lisandro de la Torre, a Alfredo Palacios, a René Favaloro, a Graciela Fernández Meijide, a los socialistas democráticos de todas las épocas.

En el caso puntual del Pacto de Olivos, lo escandaloso no fue haber acordado con Menem la reelección (el Mono Antinacional la hubiera conseguido de todos modos, pues contaba con las fuerzas parlamentarias para ello) sino haber exigido a cambio la introducción de reformas porteñistas y separatistas de increíble cuño reaccionario y decimonónico, verdadero núcleo final de la Constitución de 1994, que no morigeraron sino que remacharon el abismo de sometimiento colonial al que estábamos sometidos por entonces.

Por último, ya con el matrimonio Kirchner en la Casa Rosada, la voz inicialmente aprobatoria de Alfonsín terminó confundiéndose, en los últimos años, con el espeso coro de los republicanos de reciente ropaje que le reclamaban al Gobierno mesura y seriedad cada vez que éste tomaba una medida patriótica que afectara el patrimonio del establishment.

Y sí, tampoco en esto Alfonsín se apartó del lineamiento atávico: mitristas y sarmientinos deponen diferencias y cierran filas cuando aparece un gobierno de signo popular.

Esta médula sarmientina de Alfonsín se hizo notar incluso en la última aparición pública de su vida, cuando afirmó que «la verdadera solución de la pobreza es la educación».

Epa, ¿y con el imperialismo no habrá nada que hacer?

¿Y con el capital extranjero? ¿Y con los banqueros?

¿Y qué se le dice a todo graduado universitario que en cualquier taller u oficina recibe como toda respuesta a su postulación laboral: –Ah, no, acá gente con títulos no queremos?

Sólo quien jamás salió a buscar empleo con los clasificados bajo el brazo puede creer que el nivel educativo tiene alguna relación inversamente proporcional con la pobreza.

No hay cosa que las empresas aborrezcan más que los desocupados con un título universitario.

Ahora, si Alfonsín se refería con esa frase a la educación en patriotismo de los ricos, vaya y pase.

Pero me parece que apuntaba nomás a la educación de los pobres…

En fin.

Se fue Alfonsín.

Nace un nuevo prócer para el establishment, que así alecciona a los futuros gobernantes.

FC/

N&P: El correo-e del autor es Facundo Cano dnifacundo@yahoo.com.ar

¿QUIÉN ERA ALBANO HARGUINDEGUY?

Ex ministro del Interior de la última dictadura Albano Harguindeguy se negó a declarar ayer ante la Cámara Federal de La Plata, que lo había citado en el marco del Juicio por la Verdad por la desaparición de Carlos Esteban Alaye, hijo de la subsecretaria de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, Adelina Dematti.

-No esperaba otra cosa. Si hubiera querido hablar o decir algo lo hubieran hecho en su momento, consideró la funcionaria y Madre de Plaza de Mayo de 80 años.

Harguindeguy ingresó custodiado.

Escuchó los testimonios que lo vinculaban al caso y manifestó que prefería no declarar.

Adujo que no podía entender los relatos que le habían leído y que no había tenido tiempo de hablar con la defensora oficial.

-Fueron tan valientes para hacer lo que hicieron y ahora no pueden asumirlo, buscan dar lástima, lamentó Dematti.

-Nosotras, Madres y Abuelas, algunas con más de 90 años, seguimos buscando sin tregua, agregó.

Su hijo Carlos, de 21 años, fue secuestrado el 5 de mayo de 1977 por un grupo de marinos acompañados por civiles de la Concentración Nacional Universitaria (CNU).

Era obrero metalúrgico, estudiaba psicología y militaba en Montoneros.

Presuntamente fue trasladado al centro clandestino La Cacha.

Harguindeguy, jefe de la Policía Federal hasta el golpe de Estado y ministro del Interior hasta 1981, está detenido desde hace diez días por el secuestro de los empresarios Federico y Miguel Gutheim.

Gracias a sus 81 años gozaba de arresto domiciliario en su casa de Los Polvorines.

FC/