MALVINAS UNA HERIDA ABIERTA QUE RECLAMA JUSTICIA.

Edgardo Esteban

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Esteban:-En el final del conflicto las autoridades y la sociedad se comportaban como si los soldados fuesen los responsables de la derrota

MALVINAS UNA HERIDA ABIERTA QUE RECLAMA JUSTICIA.

 

Por Edgardo Esteban*

 

La indiferencia social posterior al conflicto contrastó con el fervor patriótico que el 2 de abril de 1982 generó el anuncio de la recuperación de las Islas Malvinas, en boca del dictador Leopoldo Galtieri.

 

La Plaza de Mayo de Buenos Aires, teñida de color celeste y blanco, se colmó de miles de ciudadanos, entre ellos muchos reconocidos dirigentes políticos y sindicales.

 

Galtieri, decía: –si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla.

 

Al final de la guerra, el 14 de junio, todo cambió de golpe.

 

Tras la derrota, esa misma gente trató de incendiar la casa de gobierno, echó a Galtieri del poder y no quiso volver a hablar de Malvinas.

 

El final del conflicto cerró el capítulo de la dictadura y fue un factor decisivo para la reinstauración de la democracia, pero en cuanto a la guerra, la sociedad no se hizo cargo de sus responsabilidades.

 

Las autoridades y la sociedad se comportaban como si los soldados fuesen los responsables de la derrota.

 

Hubo un acuerdo tácito para olvidar la guerra, esconder a los que regresaban y borrar de las mentes lo vivido.

 

Para obtener la baja militar, los oficiales hicieron firmar a los soldados una declaración jurada, en la que nos comprometíamos a callar y por ende a olvidar.

 

Hablar de la guerra, de lo ocurrido durante la guerra, fue lo primero que nos prohibieron.

 

Así, el dolor, las humillaciones, la frustración, el desengaño, la furia, quedaron dentro de cada uno de nosotros hasta tornarse insoportables en muchos casos.

 

Es que hablar, contar, era el primer, necesario paso para exorcizar nuestro infierno interior y empezar a curar las heridas.

 

Pero no se podía, eran cuestiones de Estado.

 

De modo que el regreso fue cruel, en silencio, a escondidas, como si fuésemos un grupo de cobardes.

 

La bienvenida quedó para el hogar.

 

Nadie discute hoy, ni ha discutido nunca, el justo reclamo argentino de soberanía que la República Argentina mantiene sobre las Islas desde 1833.

 

Pero eso nada tiene que ver con el análisis descarnado de lo ocurrido en 1982.

 

Durante mucho tiempo se ha preferido eludir la autocrítica de la derrota, de la que nadie quiso hacerse cargo.

 

Galtieri y recientemente el almirante Jorge Anaya murieron sin haber hablado, sin enfrentar sus responsabilidades políticas y militares.

 

Ninguna guerra es buena, pero ésta, por la improvisación e incompetencia, fue peor.

 

 

Al margen de los errores tácticos y estratégicos que definieron la suerte de la guerra, lo que aparece como inaudito son los injustificados malos tratos, las crueldades de algunos oficiales y suboficiales hacia sus soldados: por ejemplo, estaqueos  durante horas en la turba mojada, con temperaturas bajo cero.

 

En su gran mayoría eran castigos por robar comida.

 

Teníamos hambre, porque la imprevisión y la incompetencia eran tales, que a pesar de que invadimos unas islas semidesiertas, estábamos al lado de nuestras costas y permanecimos allí 30 días hasta que llegaron las tropas inglesas y empezaron los combates y junto con las bombas comenzó a faltar casi comida.

 

El genocidio iniciado por los militares y sus apoyos civiles con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, continuó de algún modo en Malvinas.

 

La misma crueldad, la misma incompetencia, el mismo desprecio por la vida ajena, la misma cobardía.

 

En Malvinas, los militares cometieron aberraciones progresivamente denunciadas por quienes las sufrieron en carne propia: tortura física y psicológica; traición.

 

Con alguna otra excepción, sólo la valentía y capacidad técnica de los pilotos de la Fuerza Aérea quedan fuera de estas calificaciones.

 

La difícil recuperación de las secuelas de la guerra y de la reinserción social, el Trastorno de Estrés Postraumático (TEP) afectó en diverso grado a todos los ex combatientes.

 

El TEP es un estado depresivo crónico, propio de alguien que ha experimentado de forma directa la guerra.

 

Genera una constante sensación de temor, angustia u horror y pesadillas, miedos, problemas de relación, irritabilidad, dificultades para conciliar el sueño, sobresalto, un elevado nivel de violencia e irritabilidad, inclinación por las adicciones, entre tantos síntomas.

 

Durante 10 años no hubo ningún tipo de asistencia ni ayuda, por lo que se reclama una ley de reconocimiento histórico por el periodo que abraca desde 1982 hasta 1990.

 

En el año 1992, una década después, escribí Iluminados por el fuego, libro que contribuyó a abrir un debate sobre lo ocurrido en Malvinas.

 

Hasta ese momento poco o nada se sabía sobre los suicidios y los traumas de posguerra entre los soldados, y la película realizada luego por Tristán Bauer mostró la cotidianidad de la guerra; el hambre, las torturas a soldados por sus propios jefes.

 

Desde entonces se multiplicaron las denuncias de los soldados sobre los malos tratos.

 

 

En 2007, tras un profundo trabajo de investigación y denuncia por parte del ex Subsecretario de Derechos Humanos de la Provincia de Corrientes, Pablo Andrés Vassel y la decisión colectiva de los ex combatientes, se llevó a cabo una recopilación para el libro  Memoria, verdad, justicia y soberanía, Corrientes en Malvinas, donde se denuncia la muerte de cuatro conscriptos –uno ametrallado; los otros por desnutrición y un enorme número de estaqueados.

 

Vassel comenzó a recopilar estos testimonios en 2005, luego del preestreno en Corrientes de Iluminados por el fuego, al que asistieron numerosos ex combatientes.

 

Vassel narra que después de la proyección hubo un debate y que al comentar los vejámenes lo sorprendió que todos confirmaran las denuncias de la película, pero que al respecto ésta se había quedado corta. Así nació la idea de reunir las denuncias.

 

Poco tiempo después Vassel filmó y armó con ellas el cuerpo central de los casos.

 

Los primeros testimonios fueron presentados en el 2007 al entonces presidente Néstor Kirchner, en su carácter de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y a la ministra de Defensa Nilda Garré.

 

Posteriormente el documento fue presentado a la jueza Federal de Río Grande (Tierra del Fuego, jurisdicción de las Islas Malvinas), a cargo de la jueza federal Lilian Herraez.

 

El texto denuncia que algunos efectivos militares de carrera, oficiales y suboficiales, trataron a los soldados conscriptos de manera similar, o con los mismos criterios y métodos de terror, que había utilizado la dictadura militar ante el conjunto de la población.

 

Simulacros de fusilamiento, torturas sistemáticas, vejámenes repetidos y desprecio absoluto por la vida.

 

Varios soldados correntinos murieron de hambre, y ésto no fue una circunstancia inevitable de la guerra, sino consecuencia de un tratamiento humano indigno, ya que todos los testimonios hablan de que el personal de cuadro no sufría privaciones.

 

A mediados de agosto de 2007, la jueza Herraez y la secretaria Cecilia Incardone se instalaron en la ciudad de Corrientes, en el Juzgado Federal.

 

Allí tomaron los primeros 23 testimonios y se presentó una segunda denuncia con 15 nuevos casos de estaqueamientos de soldados de la provincia de Corrientes, dos de Chaco, uno de Santiago del Estero, tres de Rosario y uno de Buenos Aires.

 

Este último, Cacho Núñez, un ex soldado del Batallón de Infantería de Marina 5, de Río Grande, compartió la pena con el suboficial retirado del ejército Guillermo Insaurralde, castigado… porque se compadeció y lo liberó del cepo.

 

Fue muy importante el testimonio de un ex conscripto de la Fuerza Aérea, Alberto Fernández, de Casilda, Santa Fé, quien fue enterrado hasta el cuello en la turba helada a causa del acto indisciplinario de tomar un paquete de galletitas para alimentarse.

 

Muchas de las historias reunidas en el libro fueron relatadas por primera vez en 25 años.

 

-Hubo tres formas de presión sobre los ex combatientes: la imposición de silencio de los jefes militares, que los amenazaron para que no hablaran al volver de Malvinas; la campaña de desmalvinización posterior y el olvido que se impuso en los ’90, señala el libro.

 

Una de las consecuencias del silencio ha sido el alto número de suicidios de ex combatientes, mas de 400, que supera al de los 271 caídos durante la guerra.

 

Pero además de las políticas impulsadas desde el Estado, el tema de los soldados de Malvinas siempre ha provocado frialdad social.

 

Tiene que ver con que Malvinas expresa las contradicciones de los argentinos: el haber salido a la Plaza de Mayo a apoyar a Galtieri, y luego el hecho de que mucha gente asocia el tema a una reivindicación de la dictadura.

 

Esto deja a los soldados en una situación difícil, porque para los militares, ellos son civiles, pero para los civiles son militares.

 

Totalizan 80 los casos denunciados ante la Justicia Federal de Primera Instancia de Río Grande, con jurisdicción sobre las Islas Malvinas.

 

La presentación sostiene que las Fuerzas Armadas pueden aprender mucho del testimonio de los soldados, puesto que para ellos su participación en Malvinas es el hecho más importante de sus vidas; que allí lo pusieron todo, que el hambre, el frío, la incompetencia, no fueron suficientes para quitarles su ánimo de combate y que esos relatos no hacen más que encarnar un profundo deseo de verdad y justicia.

 

Se trata de establecer la verdad de lo ocurrido.

 

Algo que la sociedad les debe a los caídos y a los que combatieron con dignidad en Malvinas.

 

Se trata de hacer justicia, para separar nítidamente a aquellos que combatieron con honor, incluidos algunos oficiales y suboficiales, de quienes consideraban un acto de valentía estaquear a un soldado hambriento.

 

Aun no hay responsables  de los estaqueos y de los abusos de poder.

 

Durante mucho tiempo se jugo con la mentira, escondiendo esa parte de la historia, pero ahora llego el tiempo de la verdad y que se pueda hablar, debatir sobre un tema que nos genero mucho daño.

 

Uno puede comenzar a cerrar las heridas de la Guerra que perduran en el tiempo, primero denunciando lo que nos angustia, lo que esta adentro nuestro y duele, después debe llegar el tiempo de la Justicia.

 

La sociedad Argentina jamás será justa, si no condena la impunidad.

 

A pesar del tiempo transcurrido debemos reclamar esa justicia, en honor a los que murieron en las islas, como a los que volvieron y como consecuencia de la indiferencia, el silencio cómplice y del olvido se quitaron la vida.

 

Por la vida

 

EE/

 

* Periodista, soldado ex combatiente de Malvinas