EL PAN DULCE

Leonidas Barletta

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A don Pedro lo pusieron preso y el disgusto no era por tener que ir a visitarlo a la cárcel, sino por lo que se murmuraba en el barrio.

EL PAN DULCE

 

Por Leonidas Barletta

 

Tenia razón doña Matilde.

 

A don Pedro lo pusieron preso y el disgusto (doña María decía: la mala sangre) no era por tener que ir a visitarlo a la cárcel, con el hijo mayor, mientras los otros dos y el perro cuidaban la casa, sino por lo que se murmuraba en el barrio.

 

Los chicos, a decir verdad, sentían cierto secreto orgullo de que el padre se hubiese hecho valer amagando una puñalada con un cuchillo de mesa.

 

Pobrecitos, ¡qué saben ellos de estas cosas!

 

(Este pensamiento debe ir acompañado de un suspiro.)

 

La gente de buen juicio había dicho sencillamente: -No se debe provocar a un padre de familia.

 

Pero la herida no había tenido consecuencias y Fantasía ya andaba otra vez apoyando el codo en el mostrador de estaño del almacén con su vaso semillón dorado.

 

El mismo almacenero, don José, había salido de testigo.

 

(No se alboroten: está bien dicho; no hay por qué complicar el idioma.)

 

Pero don Pedro estaba adentro y no lo soltaban.

 

Doña María lo contaba de este modo:

 

-Como ser, aquí hay una reja; bueno, enfrente hay otra reja alambrada.

 

Y entonces él viene y a veces no se puede acercar de tantos que hay detrás de los barrotes de hierro y no se puede oír lo que dicen, porque hablan todos juntos, gritando.

 

Entonces, claro, usted comprende, a una le vienen las lágrimas a los ojos y un nudo en la garganta que no puede hablar.

 

Y él, con toda la barba, como si no pasara nada; ¿se da cuenta?

 

María, no te hagas mala sangre y ándate para casa.

 

Al pobre Alberto lo miró y nada más.

 

¿Los chicos, están bien?

 

Y el Fidel, ¿no me busca a la noche? ¿Se da cuenta, señora?

 

En esa situación y acordándose del perro.

 

El perro era el que hacía más sensible la ausencia del padre.

 

Cuando llegaba la hora en que volvía del trabajo, Fidel iba a la puerta, miraba inquieto hacia la esquina y volvía caviloso, con un trotecito cansino.

 

Se echaba en cualquier lado, con la cabeza apoyada sobre una pata como si dormitase. Pero afinaba su oído y al menor ruido de pasos se enderezaba súbitamente y corría a la puerta.

 

Pero los días pasaban y don Pedro no volvía.

 

Gracias-por-todo dijo que un amigo le había anunciado que pronto iba a estar en libertad, que estaba todo arreglado.

 

Y a doña María, en la guardia, le habían asegurado: ¡Váyase tranquila, señora, mañana lo tiene en su casa!

 

Doña María salía de mañana a buscar ropa para lavar y volvía con un gran atado sobre la cabeza.

 

El resto del día fregaba furiosamente sobre la tabla hasta quedarse sin aliento; después cocinaba y mientras los chicos comían, sentados a la mesa, ella tomaba un bocado de pie, sin ganas, tanto para no debilitarse.

 

Fidel husmeaba los rincones una vez más, buscando el olor que completaba a la familia, porque los perros sienten hasta el olor de los pensamientos.

 

Luego los varones lavaban los platos y todos se iban a acostar. Fidel hacía su última recorrida y se metía debajo de la cama de los chicos, desde donde podía proteger a la familia.

 

Doña María caía en la cama tundida; pero el sueño no se dejaba atrapar ni boca arriba, ni de costado, mientras en la obscuridad el universo reproducía su hervidero de estrellas titilantes, Y ya sabemos, la obscuridad se hace más tensa y se acumula sobre el pecho y hay que derrumbarla con un gran suspiro y ese momento es el que le sirve al perro para entrometerse en cosas particulares, con cierto decoro.

 

Doña María siente en la mano abandonada el aliento húmedo y cálido de Fidel y luego su lengua tibia y le dice en voz baja, para que no oigan los chicos:-No está, no; no está.

 

Todavía no volvió. Ándate a la cucha.

 

Pero Fidel seguía lamiéndole la mano, porque doña María estaba pensando: ¿Y si no volviera? ¿Qué hago yo con los chicos?

 

Porque sin padre ¿cómo puede haber educación en una casa?

 

Una madre puede tener limpios a los chicos y darles un moquete a tiempo, una madre puede darles de comer bien y cuidarlos si se enferman, una madre es menos austera que un padre y no tiene vergüenza de suplicar y aun de arrastrarse por el suelo para pedir a la muerte que le deje a su hijo.

 

Una madre conoce todas las posturas y los grandes gestos de los trágicos griegos y ha aprendido secretamente a torcer la boca, a desencajarse los ojos, a llorar lágrimas que saltan, gordas como piñones, por el costado de los ojos, y con gracia inimitable se cierran sobre la comisura de la boca; ha aprendido a bramar como ninguna actriz lo haría; y a pesar de que casi todas saben a conciencia su oficio de madres, a menudo son derrotadas y les queda la angustia de no haber sido del todo convincentes.

 

Una madre puede estrujar contra su pecho a su hijo, con cualquier motivo, y traspasarle ese caudal de ternura, que un día hay que volcar en el sucesor; una madre puede enseñar a querer y siempre sabe las fechas de los cumpleaños.

 

Pero un padre puede enseñar a dar la cara, a tender una mano lisa, a afrontar la contraria y a que no se debe tener deudas.(Para todo esto no se necesita más que vivir como los demás: salir de mañana para el trabajo y regresar con un paso recio y ese olor a sudor sano que se escapa por las aberturas del saco.)

 

Sin padre no puede haber educación en una casa; pero las madres lo saben todo.

 

Y saben esos miles de pequeños secretos sin los cuales no podríamos vivir, como soplar en un ojo para sacar un granito de tierra o golpear en la espalda para aliviar el ahogo de un ataque de tos.

 

Y también son las madres las que ennoblecen las cosas feas del mundo. Las tocan con sus propias manos y sus manos siguen siendo hermosas.

 

Y si están encallecidas y cuarteadas son más maternales y no se comprende cómo el niño puede saberlo.

 

Por eso las madres de manos pulidas dan a criar a sus hijos y el crío tiene que aprender a reconocer otro olor de madre.

 

Y luego es tan difícil recuperar a la madre, aunque una tenga las manos cuidadas.

 

Después llegaba el día y doña María se ponía a fregar en el tacho, tanto más furiosamente cuanto más injusto le parecía lo que estaba ocurriendo.

 

A veces iba Alberto a entregar la ropa fresquita, bien doblada, y volvía con algún dinero.

 

La madre había dicho:-Vamos a juntar, para darle una buena comida a tu padre, cuando vuelva.

 

Y como estaba próximo el Año Nuevo, quiso que el muchacho trajera una hoja de panel y lápiz y anotara:1 pan dulce1 paquete de fruta seca1 turrón ¿Y qué más? Bueno; se mata una gallina y se hace el estofado.(-Doña Matilde, dice mi mama que tenga feliz Año Nuevo y que le mate esta gallina, porque si la mata ella después no la puede comer.

 

Y un buen plato de fideos. (Sin fideos no parece día de fiesta.)-¡Ah!… pone… una botella de sidra… y diez de hielo…

 

-Mama… ¿por qué no compras un ananás”?

 

-Ponélo al ananás. Se pela, se corta en tajadas redondas y se le pone un vasito de vino seco.

 

Doña María había colocado moneda sobre moneda y llegó a reunir diez pesos, que le cambiaron a don José, el almacenero.

 

La víspera de Año Nuevo, vino Gracias-por-todo bien temprano y le gritó desde la puerta:-Doña María, parece que hoy lo largan a don Pedro.

 

Ella se detuvo un poco asustada, porque primero había ido todo tan lentamente, que era una desesperación y ahora las cosas se precipitaban de tal manera que no había tiempo de pensar qué había que hacer, qué cara había que llevar…

 

¿Tendría que besarlo?

 

Pero no tenía costumbre y era como desbaratar delante de extraños la seriedad que él se había impuesto y que tanto le costaba conservar.

 

Al mediodía empezaron a salir los presos perdonados en vísperas de las fiestas.

 

Y ella estaba en la vereda de enfrente, en la sombra, sintiendo un temblor por dentro y cada vez que alguien trasponía el portón y se detenía un instante, parpadeando, como si por primera vez se asomara al mundo, ella sentía una flojera, como si toda la emoción hubiese bajado a sus piernas.

 

Una mujer escuchimizada, pasó a su lado y le dijo casi sin mover los labios:-¿El suyo no salió, señora?

 

Allá va el mío.(Doña María: ya sé que a usted no le importa; pero quizá le resulte interesante saber que el Cap. VI de la Gramática castellana, dice: Pronombres posesivos son aquellos que significan posesión o pertenencia de alguna cosa o persona.

 

¿Comprende por qué a usted le agradó lo que le dijo la pobre mujer?)

 

El primer indicio que tuvo ella de que el suyo no salía, fue un copioso sudor que le bajaba desde la nuca por el cuello. Cosa rara, primero fue el sudor y después el pensamiento.

 

Entonces comprendió que había esperado hasta ahora sin pensar que esperaba y que su capacidad de paciencia se había agotado frente a aquellos muros amarillos de la prisión.

 

Tuvo la sospecha de que no quedaba otra cosa por hacer que gritar y desplomarse en la vereda teniendo por único testigo al vendedor de masitas, que movía su plumero de tiras de papel con esa parsimonia con que las vacas mueven distraídamente la cola.

 

Pero en ese momento apareció él en el portón.

 

Pareció indeciso, como si no supiese claramente hacía qué lado tomar. No la vio y parecía que no esperaba a nadie.

 

Se dirigió con cierto esfuerzo a pasos pesados hacia la esquina, como si fuese para el lado opuesto al que había resuelto ir.

 

Ella quiso gritar y no pudo.

 

Su chistido cayó al suelo antes de llegar a él.

 

Entonces reunió todas sus fuerzas y empezó a correr detrás de su marido.

 

Tenia miedo de no llegar a alcanzarlo y que él hubiese perdido la costumbre de volver a casa, después de tantos días de encierro, y que siguiese por esas calles, tantas que no se sabía cómo hacer para recordarlas y que, entrampado en ellas, no pudiese volver nunca más.

 

El la presintió detrás suyo y se dio vuelta en el preciso momento en que una baldosa más alta que otra se propuso ayudarla y la hizo caer, de rodillas.

 

Entonces vino hacia ella, a grandes pasos y la alzó con sus nervudos brazos. Y en esta forma se cumplió el abrazo.

 

Y se sentía tan feliz así sostenida.

 

-¿Te hiciste mal?

 

-No; no me hice nada, es que estos malditos zapatos, pía… pía… pía…

 

(Ya todos saben que cuanto más se habla más se disimula.

 

¿Para qué copiar lo que dijo doña María?

 

Cuando se adquiere una conciencia de escritor, este oficio es doloroso.

 

Cada uno ponga allí lo que le parezca.)Pero él no la escuchaba y a la luz plena del mediodía su humillación se acentuaba.

 

Nadie había comprendido nada. Se le había tratado como a un irresponsable, que no sabe lo que ha hecho.

 

El había arriesgado su vida para imponer un respeto y se le había dado el tratamiento de un niño que ha cometido una falta.

 

No era posible entenderse y habían concluido por dejarlo en el cuadro.(¿Por qué tutear a los presos? Cuanto más bajo cae un hombre más cuidado hay que tener con la dignidad que ha podido salvar.)

 

El caminaba sombrío y ella trotaba a su lado, rengueando y como él se enjugó la frente con la mano, ella quiso llevarle el sombrero, para que él supiera cuánto lo quería. Pero ya no era el mismo don Pedro.

 

Su importancia de vecino respetado se había desmoronado.

 

Mejor era que pensara en su mujer y en sus hilos también los domingos, en vez de ir a jugar a la baraja y a tomar vino.

 

-Yo sé que hice mal; pero uno tiene la sangre calienta y no va a dejar que se le rían en la cara.

 

-Tenés que pensar en tus hijos.

 

-Sí; pero tampoco sería un buen ejemplo que los hijos supieran que uno se dejó basurear por un compadrito.

 

-A vos qué te importa… vos tenés a tu mujer y a tus hijos…

 

¿Acaso no le hablan dicho que Fantasía le había puesto pimienta en los ojos al perro del guardabarreras?

 

El no se metía con nadie; pero odiaba a los que maltrataban a los animales.

 

Los perros y los gorriones le daban más lástima todavía.)

 

Cuando llegaron a la casa, desde el fondo vinieron corriendo los tres chicos y al llegar junto al padre se quedaron mudos, revisándolo por la espalda, por los costados, como si esperaran que trajera algo escondido.

 

Doña María los apartó rudamente:

 

-Ya están… ya están con la boca abierta. Dejen pasar… ¡malcriados!

 

Pero los tres chicos se reían y Fidel, después de cerciorarse que el patrón había llegado, empezó a correr, frenéticamente, desde la puerta al gallinero, de la cocina a la pieza, llevándose todo por delante, golpeando las puertas, empujando las sillas…

 

-Míralo -dijo doña María-.

 

Se volvió loco.Don Pedro fue derecho a su sillón de mimbre y sus manos parecían acariciar los brazos del viejo sillón.

 

-¿Por qué no te haces una siesta? -dijo doña María, que ya se había puesto de entrecasa y se sentía, más tranquila escondiendo las manos debajo del delantal.

 

Para olvidar aquel mal momento de su vida tenia él que tomar contacto con las cosas familiares.

 

Pero don Pedro no quería hacer la siesta.

 

-¿Querés comer alguna cosa? ¿Querés tomar algo?

 

No: don Pedro no quería ni comer, ni beber.(A medida que avanzamos en la vida nuestros ojos parece que se corrieran hacia la nuca y miramos hacia atrás.

 

Lo que queda al frente cada vez es menos y el presente en realidad no existe. El presente es como un muro divisorio.

 

Lo que vivimos lo arrojamos por encima del muro y pertenece al pasado. Recuerdos y presentimientos, eso es nuestra vida.)

 

El perro estaba tan contento que había entrado en la pieza y tironeaba de un zapato viejo.

 

De pronto el animal se levantó sobre sus patas traseras y revisó el antiguo tocador de nogal.

 

El cepillo de la ropa le tentaba con su pelo ríspido, pero estaba lejos de su hocico; la jabonera tenía un olor que le disgustaba, aunque su color y su brillo le atraían; el juego de copitas de licor, con su arco dorado, también estaba fuera de su alcance.

 

No había otra cosa a su disposición más que el arrugado papel verde de diez pesos que doña María acababa de sacar de su escondrijo.

 

Dio un saltito sobre las dos patas y lo alcanzó. Tenía un olor tan particular, un olor mezclado de hombres y de azufre que lo excitaba.

 

Lo dejó en el suelo, lo volvió a oler, remangando el hocico; se echó atrás, agachándose sobre sus patas delanteras hasta apoyar la cabeza en el suelo, y lanzó un ladrido infantil (¿puede decirse?), batiendo la cola.

 

Después se echó sobre el papel de diez pesos como sobre una laucha, con las dos patas a la vez y sacando las uñas bruscamente.

 

En seguida, gruñendo y sacudiendo con furia la cabeza y con ayuda de las patas, empezó a mordisquear y a romper el billete de diez pesos hasta que no quedaron más que unas tiras de papel esparcidas por el suelo.

 

Y en ese momento, doña María le decía a Alberto, en la cocina:

 

-Agarra la plata que está sobre el tocador y anda a comprar las cosas. Y no vayas a perder los diez pesos.(Bueno; casi no tengo ganas de seguir contando.

 

¿Se imaginan? Sí; ya sé: esto fracasa como drama para los que pueden asistir a una exposición de abanicos fin de siglo; pero les juro que es un drama tremendo para más de cuatro y sospecho que en junto deben ser algo más de cinco.)

 

Alberto se quedó inmóvil en la puerta de la pieza, helado de terror.

 

El perro fue hacia él moviendo las orejas. Pero el chico retrocedió y dio un grito espantoso:

 

– ¡Mama!… ¡mama!…

 

Corrió la madre, corrió don Pedro, corrieron los otros dos chicos.

 

Alberto tartamudeaba:

 

-Mama. .. el Fidel… se comió la plata…Hubo un momento de consternación. Fidel lentamente, mirando de reojo, se escurrió bajo la cama.

 

De pronto, doña María se sacó una zapatilla y quiso correr detrás del perro; pero don Pedro la retuvo por un brazo.

 

Sus ojos eran mansos y suaves, el mechón de la frente caía sobre una ligera sonrisa.-¿Qué vas a hacer?, déjalo.

 

-Era la plata para la comida de Año Nuevo… -murmuró ella, apuntando un sollozo-.

 

Queríamos darte una buena comida y comprar un pan dulce.

 

-Un hombre que le da a otro un cuchillazo no puede comer el pan dulce de Año Nuevo -dijo don Pedro sentenciosamente.

 

-Pero… -preguntó perpleja doña María, mirándolo en los ojos

 

-.¿A vos te parece que el animal comprende?

 

– ¡Claro que comprende! -dijo él levantándose el mechón de pelo de la frente- ¡mejor que vos y yo, comprende!

Y así fue como Fidel no les dejó comer el pan dulce de Año Nuevo.

 

(Y, claro, uno se olvida casi siempre de que aun cuando lo pierda todo, absolutamente todo, no ha perdido nada, si no se ha perdido uno mismo.)