Al Gordo Rotundo siempre le gustó disfrazarse de Papá Noel.

EL GORDO NOEL

Por Julio Doello

En Bajada Grande, el barrio pobre de la ciudad, empezaba su itinerario por calles de tierra, con sus bolsas al hombro, repartiendo los juguetes reparados entre los pibes.

 EL GORDO NOEL 

Por Julio Doello

NAC&POP

24/12/2008

Al Gordo Rotundo siempre le gustó disfrazarse de Papá Noel.

Hasta se preparaba unos meses antes, con una dieta especial rica en bizcochos, para que la panza le creciera y pudiera dar sin dificultades el phisic du rol del personaje. 

Durante el año andaba por las casas y por las jugueterías pidiendo muñecos rotos que reparaba pacientemente en su taller, instalado en la vieja casa heredada de sus padres en una esquina imprecisa de Concepción del Uruguay. 


Una renguera de nacimiento y un ligero retraso lo habían hecho acreedor a una pensión que él administraba con precisión de contador.


Las dos jugueterías del pueblo lo proveían de polichinelas con su mecanismo de cuerda arruinado, de muñecas de cerámica ligeramente contusas, de camiones de plástico sin ruedas y algunos otros elementos estropeados que no admitían devolución. 


En las casas del centro, los ricos de buen corazón esperaban cada año su llegada para sacarse de encima los trastos que sus hijos habían destruido con enjundia durante el año y se hacía de monopatines torcidos; trenes de hojalata cuyas locomotoras apenas conseguían lanzar pitidos agónicos, con el enganche de los vagones rotos; y muñecas ataviadas de novia, con sus vestidos amarillentos y sus puntillas deshilachadas. 


Él los amontonaba en el viejo taller y se abocaba a su tarea de poner a las muñecas tuertas resplandecientes ojos de vidrio, ruedas desparejas a los camiones, enderezaba los monopatines, acomodaba el enganche de los vagones de los trenes que volvían a tambalearse en las vías, lavaba los vestidos de las novias, almidonaba las puntillas y acomodaba con cuidado la carga en unas enormes bolsas de arpillera.


El 24 de diciembre, después de la misa del gallo en la Catedral, corría a ponerse su viejo traje rojo, a pegarse la barba blanca y aparecía en Bajada Grande, el barrio pobre de la ciudad, cerca de la estatua de Urquiza, enclavada a la entrada de la ciudad.

Allí empezaba su itinerario por las calles de tierra, con sus bolsas al hombro repartiendo los juguetes reparados entre los pibes.

Era una costumbre que despertaba tanto fervor que cada año los niños comenzaban a revolverse en sus sillas cuando escuchaban las campanadas de la capilla que anunciaban la Navidad y salían en bandada a buscar el juguete que el Gordo Rotundo sacaba con morosidad, desde el fondo de su enorme bolsa, mientras lanzaba el proverbial jo-jo-jooo, transpirando bajo su atuendo deshilachado, su bonete con cascabeles y sus botas arremangadas.


El inolvidable Gordo Rotundo yace hace tiempo en su tumba y se hizo enterrar con el mismo traje escarlata, que usó en cada Navidad, durante treinta años.
 

Ayer pensé en ese entrañable personaje de mi pueblo, que deambulaba pidiendo juguetes para cumplir con una misión cósmica, que apenas conseguía despertar la displicencia que despiertan aquellos seres raros cuyo comportamiento inocente los vuelve sospechosos. 

Traté de imaginar en qué extraño mojón de su infancia su mente decidió apostarse para siempre en la pureza, y se transformó en un Papá Noel de verdad. 


Sentí envidia de él. 


De su habilidad para quedarse anclado en su pasión por tonificar juguetes en estado de coma y volverlos a la vida con el solo propósito de devolverle la sonrisa a un niño, por puro amor. 


De su arte para darle forma nueva a juguetes maltrechos e inventar un poco de felicidad real. 


De su vocación por llevarle alivio a los niños que no podían contar con que el trineo pasara por sus casillas sin chimeneas para dejar caer un sueño de primera mano.


Es mucho más que estos anuncios de falsa felicidad con los cuales se nos distrae día a día, a los argentinos.


JD/


N&P:
El Correo-e del autor es Julio Doello juliodoello@yahoo.es