TODO TUVO SENTIDO

Liliana Lopez Foresi - El Vigia -

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Liliana López Foresi, abanderada en primaria cuando tenía 12 años. "Hoy para muchos ella misma es bandera de periodismo libre" (EV). TODO TUVO SENTIDO
Recuerdos de Avellaneda, ¡Avellaneda, Avellaneda… ¡ah! Sí, recuerdo.

 

 Por Liliana López Fores
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www.agenciaelvigia.com.ar 

¡No me pueden pedir algo tan difícil!
 

¿No tuve bastante exposición ya?
 

Bueno, a desaprender, que sueño como Barthes ningún poder, un prudente saber y el más gozoso de los sabores. 
 

La raíz es la misma. 
 

La llamaban sabiduría y es lo que conjura cualquier cinismo que los años y la vida intenten imponer.
 Antes que nada, tengo que absolver posiciones (perdón por lo leguleyo):  

En Avellaneda habitaban -por lo menos entre el 66 y el 70- los varones más hermosos de Buenos Aires. 
 

Más aún que los de Plaza Francia ¡que ya es decir

¡Solían detenerse en Italia y Mitre, en un café que se llamaba Vía Véneto. 

He dejado claro lo esencial, porque el lugar de mi paso por el Próspero
Alemandri no es un recuerdo.  

Los recuerdos parecen alojarse en alguna zona del cerebro: se hilvanan, se asocian, tal vez en terapia se elaboran tiempo después. 
 

No.
 Avellaneda es una evocación, una sonoridad, una tormenta de verano a mis 15 caminando por Lavalle rumbo al refugio amoroso de tía Alfia, tan dulce y paciente, a la que extraño tanto.  

Es mucho llanto y mucha risa por nada con mis amigas; es seguir queriéndolas y viéndolas con la misma luz. 
 

Es un beso para siempre en el Automóvil Club mientras a aquél muchacho Hey Jude parecía salirle de los dedos para latirme en la cintura.
 

Cuando a una periodista adultísima le piden que hable de su paso adolescente por un lugar ¿le estarán pidiendo que recuerde al Racing campeón del 67?. 
 

Por supuesto que sí, pero porque tenía un novio nadador de Independiente. 
 

¿Soy clara? 
 

De gestas épicas y mitos heroicos, tengo el cupo cubierto. 
 

Quiero decir que todo lo que me nace, nuevecito, si me demandan recordar Avellaneda no es una crónica periodística. 
 

No puede serlo. 
 

No puede ser sino una infinita dulzura; esa dulzura no se explica ni se entiende: se disfruta sin añoranzas.
 

Se evoca con el cuerpo, no con los casilleros del cerebro. 
 

Se vuelve a sentir el pelo larguísimo, el sueño más largo todavía, la esperanza de un mundo más justo. 
 

La imaginación al poder. Sólo puedo titular.
 Si Ud quiere, invéntele la historia.  En algunos casos, sabrán de qué hablo cuando callo.  

Lo sabrán con la plenitud de algunos silencios.
 

Avellaneda era la jactancia altiva y orgullosa de las mejores escuelas, a
las que costaba entrar si no se era inteligente.  Escuelas públicas, claro. 

En los tardíos 60 –y en los tempranos también- llegaba a la escuela pública, laica y gratuita quien podía con esfuerzo y estudio. 
 

A las privadas iban aquéllos a los "que no les daba la cabeza, pobrecitos". 
 

Eso decía la familia inmigrante que soñaba doctores, y los tuvo. 
 

Era el Indio Gasparino en el Club Pueblo Unido, antes de que se le ocurriera llamarse Facundo Cabral y nos esperaran tantas bellas charlas adelante, en la espiral ilusoria del tiempo.
 

Avellaneda era un grupo de muchachos que fundaban un club de rugby –el Manuel Dorrego- que se rompía la clavícula y quebraba brazos, igual, igual que el club de San Isidro, vea. 
 

Claro que era también la sentada en la calle Belgrano protestando, no recuerdo bien por qué, pero sé que teníamos razón y no había Onganía que nos parara. 
 

Era el disquito de Frávega encerrado en una cabina asfixiante y estrecha para mi altura y volumen, en el que Serrat cantaba que mi nombre le sabía a hierba, que llovía sobre los tejados una balada en otoño y me llevaría a mi casa poco antes de que dieran las diez.
 

Gran frustración. 

 
Nadie adolescente lo escuchaba, porque era para los "grandes" de más de veinte, de modo que me quedé sola con él hasta mis veinte mientras los demás escuchaban a Los Gatos.  

¡Dios!¡Cuánta soledad e incomprensión! 
 

Claro que después apareció Silvio y me cantó más variado hasta hoy. 

 
Lo siento, Nano.  Perdiste la sortija, y ya no hay más calesita. 

Avellaneda era el olor insoportable a curtiembre, cuando había trabajo en
esta amada y absurda Argentina, que luego supo de olores más irrespirables. 

Algunos, adquiridos en Francia, en impurísimos alambiques de Argelia. 
 

Y eran obreros alineados en la vereda, uno junto a otro, despidiendo al compañero de la Fábrica del Fósforo que partía hacia el cementerio lentamente por Mitre; movían las cabezas hacia un solo lado con la misma lentitud, acompasadamente vivos.
 

Había tiempo para el dolor; eso que también se llama sabiduría les enseñaba que no había que apurarlo ni escaparle porque, de hacerlo, te esperaba agazapado a la vuelta de cualquier esquina. 
 

También eran esos gladiolos adocenados en ritos que adormecían cualquier domingo, con una pena delgada como estilete de hielo en el pecho.
  

Eran los carnavales en el Regatas, mi amado y protector primo –bastante cuida, eso sí- que colmó mi adolescencia de risas corriendo de su mano como una bandera dichosa después del tonto y divertidísimo "ring-raje" de las madrugadas de febrero. 
 

Las peleas de septiembre con los de "la otra escuela" y la promesa de tener por siempre de estudiantes, para toda la vida el corazón.

¡Ay, los papelones niñeriles en esa Vía Véneto tan pretenciosa como Italia, de la que sólo tenía el nombre y los sueños de grandeza!. 

Durante los casi 35 años de profesión me preguntaron varias veces quién o quiénes eran mis ídolos televisivos o radiofónicos. 
 

¿Cómo podía tener ídolos quien a sus 13 había recibido la noticia del asesinato del Che? 
 

Realmente ¿era posible admirar a Fito Salinas? 
 

La competencia era abismal para ese excelente locutor que era Fito y para los varones más hermosos de Buenos Aires, aquéllos que no se aventuraban con una chica si antes no le preguntaban quién creía que era el último de los poetas universales.
 

El acercamiento podía postergarse para siempre si no coincidían en que –como cualquiera puede advertirlo sin más- el último de los poetas universales era Baudelaire. 
 

Durante todo este tiempo Alsina fue para mí la calle de los besos.
 

Hace 3 años nació en esa misma cuadra frente a la Plaza, la hija de mi primera ahijada. 
 

No. No hay recuerdos ni nostalgias.
 El tiempo no pasa; pasamos nosotros. 

Se llama eternidad: un día no muy lejano esa chiquita –o cualquier otra paseará por la misma calle que, probablemente, ya no tenga la maternidad en la que nació como hoy no tiene el club bailable. 
 

Alguien la besará y sonará Hey Jude con otro nombre, con otros nombres, y otros latidos en la cintura. 
 

Todo tuvo sentido. 
 

Lo que deseo, profundamente, es que ella no recuerde a un Osvaldo M., bello y bailando "Cómo puedes reparar un corazón destrozado" y después saberlo desaparecido sin gladiolos adocenados, sin ritos adormecedores de penas.

Que los estiletes de hielo hayan quedado sólo en nuestra generación. 

Como ven, somos muchos los que los derretimos a pura ternura y reclamo de justicia.

Cada nombre me sabe a hierba, llueve sobre los tejados y quizás Baudelaire haya sido el último poeta universal, aunque nunca estuve de acuerdo. 

Sí. Todo tuvo sentido.

 
LLF/ 

N&P:
El Correo-e de la autora es Liliana Lopez Foresi  lilianalopezforesi@yahoo.es