"Las grandes banderas que se desplegaron en la Plaza de Mayo aquella tarde soleada, para las tienen plena vigencia en la Argentina de hoy."

LA BESTIA RUGIENTE EN LA TARDE SOLEADA

Por Julio Fernandez Baraibar

En momentos en que los grandes poderes imperiales consideran clausurado el ciclo de las revoluciones populares y cuando las grandes utopías sociales parecieran haber agotado su capacidad transformadora, el 17 de octubre convoca hoy a todo un continente.

LA BESTIA RUGIENTE EN LA TARDE SOLEADA

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Por Julio Fernández Baraibar
NAC&POP

20/10/2008

Ese año y ese mes se presagiaban cosas en la Argentina. 

En mayo de ese año Alemania había capitulado y en septiembre firmaba la rendición el Mikado, pocos días después que dos bombas atómicas, la nueva y pavorosa arma, cayeran sobre dos ciudades japonesas.

El gobierno militar que había puesto fin a la Década Infame se encontraba aislado. 

Sus aciertos políticos –el régimen conservador fraudulento era intolerable- se habían diluido en una oscura y reaccionaria política cultural y educativa. 


El tradicional laicismo de los sectores medios había sido inútilmente agredido por un catolicismo tridentino, que intervenía las universidades en nombre de neblinosas metafísicas de sacristía. 


La declaración de guerra a Alemania no había hecho sino profundizar las diferencias en el seno de las Fuerzas Armadas, entre aliadófilos y germanófilos, pues la medida no satisfacía a ninguna de ellas. 


Las clases medias democráticas y los círculos intelectuales del establishment vivían la política nacional como un mero capítulo de la lucha mundial entre la «democracia» y el «fascismo». 


Sólo algunos pocos hombres, como el socialista Manuel Ugarte o quienes se nucleaban en FORJA, alrededor de Arturo Jauretche, veían el conflicto bélico mundial y nuestra neutralidad como el momento oportuno para ampliar nuestra autonomía nacional, ante el debilitamiento de los eslabones que nos sometían política y económicamente al Reino Unido.  


El frente «democrático» era sólido y organizado.
 Ahí estaba la vieja oligarquía ganadera, encabezada por la Sociedad Rural Argentina, junto a los monopolios exportadores -como Bunge y Born y Dreyfus- y la vieja Unión Industrial de los importadores y las empresas imperialistas. 

Todos ellos habían convertido al país, en la Década Infame, en «una parte virtual del Imperio Británico», como con ufano desparpajo había sostenido Julito Roca, el vicepresidente de Agustín P. Justo. 


Ahí estaban los grandes diarios, con La Prensa y La Nación a la cabeza, cuyos soporíferos editoriales eran tomados como palabra revelada por la clase media porteña.
 Para los sectores más populares la Crítica de Botana, con su cocktail de chantaje, crónica roja y admiración a los aliados, proveía las denuncias y las calumnias. 

La revista Sur
, de la estanciera Victoria Ocampo, el periódico Propósitos, del izquierdista Leonidas Barletta, las braguetudas Academias –inútiles instituciones oligárquicas que afortunadamente han perdido la provecta influencia de entonces-, las Universidades y el grueso de los partidos políticos militaban en este bando. 


El partido Socialista y el partido Comunista les insuflaban una desteñida retórica jacobina.
 Aparentemente, la conducción de la CGT, dominada por representantes de estos dos partidos, dotaba de base proletaria al reclamo democrático y rupturista. 

En suma estaban todos los elementos sociales que para algún visitante extranjero o para las embajadas de las grandes potencias podía ser considerada como «toda la Argentina».


La Marcha de la Constitución y la Libertad


Esta aparente consistencia tuvo su expresión multitudinaria en la célebre Marcha de la Constitución y la Libertad, en el mes de septiembre. 


Allí, Antonio Santamarina, el estanciero conservador de la provincia de Buenos Aires, se manifestó codo a codo con Rodolfo Ghioldi, máximo dirigente del partido Comunista después de Vittorio Codovila –a la sazón detenido en el cuartel de policía-. 


Y al frente de ella se destacaba la voluminosa figura de Spruille Braden, el embajador norteamericano


Del otro lado no había, aparentemente, nada: un gobierno militar que había perdido apoyo social y que ya no contaba con la totalidad de los uniformados; profesores perdidos en sueños hispanistas y en nubes de metafísica escolástica; un sector de la Iglesia Católica que veía en la política del gobierno la realización de algunos principios de su doctrina social; y un coronel que parecía estar en todos lados, que se reunía con desconocidos dirigentes sindicales y con nacionalistas de origen radical y sobre el que caía el grueso de las críticas del frente «democrático».


Y por debajo de estas apariencias, según el principio establecido por El Principito de que «lo esencial es invisible a los ojos», se estaba creando una nueva sociedad, un nuevo país. 


La guerra, por un lado, y la política de nacionalismo económico puesta en práctica por el gobierno, había favorecido un intenso proceso de industrialización que transformaba el paisaje económico del país. 


Los pequeños talleres del dilatado Gran Buenos Aires se multiplicaban y ampliaban. 


El gobierno había creado una Secretaría de Industria y Comercio y hasta una Dirección de Política Económica. 


Una nueva clase social comenzaba a producir, a dar empleo y a enriquecerse. 


La Argentina se industrializaba.

Con ello comenzaba a conocerse un nuevo problema: la escasez energética.

Estos talleres daban nuevas oportunidades a los argentinos pobres que sobrevivían en las orillas de las ciudades del interior. 


Cada vez más morochos santiagueños, tucumanos o puntanos encontraban puestos de trabajo en la floreciente industria. 


En diez años la cantidad de trabajadores del sector manufacturero pasa de unos 440.000 a casi 1.100.000. 


La composición de la clase trabajadora argentina se había transformado. No eran ya aquellos obreros inmigrantes de Italia, de España o del Imperio Ruso. 


Por el contrario, muchos de ellos se habían convertido en talleristas y en incipientes empresarios industriales y sus asalariados eran, ahora, argentinos del interior, cuyas tonadas comenzaban a hacerse oír en el paisaje porteño. 


El mundo que cotidianamente se ponía en movimiento a las cuatro o cinco de la mañana en ese universo desconocido del Gran Buenos Aires, el de los hombres y mujeres que somnolientos entraban en la fábrica o el de los empresarios que pugnaban con el banco para pagar la quincena o el cheque de los insumos, era invisible para la Argentina oficial, la de los grandes diarios, los salones de las embajadas y la biblioteca del Jockey Club.


La caída del Coronel


La enorme presión de la vieja Argentina semicolonial, la de los grandes salones y los peones de pata al suelo, se impuso, por unos días, en los cuarteles. 


El general Ávalos, y detrás de él la astucia de comité del radical Amadeo Sabattini, se puso al frente de la conspiración, encarceló al vicepresidente de la República y Secretario de Trabajo, coronel Juan Domingo Perón, y convocó a un anciano jurista a formar un nuevo gabinete que expresase a esa vieja Argentina.
 Parecía, y el país visible así quería creerlo, que la breve pesadilla había terminado.

Nuevamente el país se vincularía al resto del mundo, que el totalitarismo y el capricho del coronel Perón había alejado, «aislando» a la Argentina.  Nuevamente nos encolumnaríamos detrás de los vencedores, sin pretensiones levantiscas.

Nuevamente, y por sobre todo, se volvería a disciplinar a los «cabecitas negras» a los que la demagogia peroniana había soliviantado.

Y fue entonces que apareció, como un rayo en una noche serena, el país real, sus hombres y mujeres invisibles.

Centenares de miles de trabajadores de todo el país, desde los cañaverales tucumanos, los obrajes misioneros y el puesto más remoto de las estancias pampeanas hasta los oscuros talleres suburbanos, los frigorífico platenses y los arrabales rosarinos, sintieron que con la prisión de Perón, en Martín García, nuevamente la despreciable oligarquía volvería a imponer su férula de hierro: la del mucho sudor y poco sueldo, la de la libreta del obraje, la de las balas de la Semana Trágica.

Escribe Jorge Abelardo Ramos: «La noche había caído sobre la ciudad y seguían llegando grupos exaltados a la Plaza de Mayo. Jamás se había visto cosa igual, excepto cuando los montoneros de López y Ramírez, de bombacha y cuchillo, ataron sus redomones en la Pirámide de Mayo, aquel día memorable del año. 

Ni en el entierro de Yrigoyen una manifestación cívica había logrado congregar masas de tal magnitud.

¿Cómo? –se preguntaban los figurones de la oligarquía, azorados y ensombrecidos-

¿pero es que los obreros no eran esos gremialistas juiciosos que Juan B.  Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas?

¿De qué abismo surgía esa bestia rugiente, sudorosa, bruta, realista y unánime que hacía temblar la ciudad?

La presencia decidida del pueblo y los trabajadores, la unanimidad de su respuesta al golpe palaciego y a la nueva dictadura oligárquica que se cernía sobre ellos, logró penetrar en el seno mismo de los cuarteles.  

Modificó la relación de fuerzas entre los distintos sectores y los hombres más afines al nacionalismo popular del coronel Perón se impusieron sobre sus jefes influidos por la embajada inglesa, se deshicieron de los elementos más cavernícolas del golpe del 43 y respaldaron la exigencia de la multitud: «¡Sin galera y sin bastón, lo queremos a Perón!»  

Esa noche se iniciaba otro país, la Argentina justa, libre y soberana.

Vigencia de aquella jornada

Sesenta y dos años después de aquella jornada fundadora, el pueblo argentino ha sufrido dolorosas derrotas y ha intentado otras tantas veces recuperarse de ellas.  

Las grandes banderas que se desplegaron en la Plaza de Mayo aquella tarde soleada, las que el general Perón llevó adelante en sus tres presidencias y para las que contó, a lo largo de treinta años con el apoyo inclaudicable de su pueblo, tienen plena vigencia en la Argentina de hoy.

La justicia social, la independencia económica, la soberanía del pueblo y la unidad de la Patria Grande, las grandes propuestas implícitas aquella tarde, hoy son no sólo bandera de los argentinos, sino del conjunto de nuestros hermanos latinoamericanos. 

En momentos en que los grandes poderes imperiales consideran clausurado el ciclo de las revoluciones populares y cuando las grandes utopías sociales parecieran haber agotado su capacidad transformadora, el 17 de octubre convoca hoy a todo un continente. 

Aquella tarde soleada ilumina nuestro presente.

Hay momentos en la historia de los pueblos que sólo los poetas pueden convocar con todo el esplendor epifánico que tuvieron en el momento mismo de su realización.

El esfuerzo del historiador se vuelve vano, el intento de objetividad del cronista opaca su trascendencia, el recuerdo personal del protagonista reduce su grandeza colectiva. 

Sólo los poetas logran transformar los datos del investigador o la interpretación del político en la evidencia connotativa del símbolo y en la verdad movilizadora del mito.


El 17 de Octubre de 1945 es uno de esos momentos que el poeta porteño Alfredo Carlino define con estas palabras, más iluminadoras que ninguna otra:


Vastedad del abismo.

Arrancaron de Berisso,
Ensenada,
Avellaneda y Valentín Alsina.
en el resplandeciente fulgorde la muchedumbre esperanzada
violaron la fuente de la plaza,
se lavaron los pies del cansancio
y del mundo que se iba,
irremediablemente.

Hoy nazco lleno de esta música tamboril,
imperecedera, que seguirá en la descendencia
y en el mito de la popular.
Porque el 17 de octubre
fue el nacimiento
y la eternidad nos esperaba.

Publicado en la revista Raíces, Buenos Aires, en Octubre de 2007.