Entrevista a John William Cooke, revista Che, 1961 John William Cooke. Vida y reflejos, por Floreal A. Ferrara

COOKE

Por El Ortiba

Perón, exiliado, lo puso al frente del «Comando Táctico», y en noviembre de 1956 lo avala y designa su sucesor, si falleciera.

COOKE

 

ENTREVISTA A JOHN WILLIAM COOKE, REVISTA CHE, 1961 JOHN WILLIAM COOKE. VIDA Y REFLEJOS, POR FLOREAL A. FERRARA
CARTA AL COMPAÑERO ALHAJA, COMANDANTE UTURUNCO
 UNIVERSIDAD Y MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN NACIONAL, POR ARITZ E ICIAR RECALDE
PRÓLOGO DE RODOLFO ORTEGA PEÑA Y EDUARDO LUIS DUHALDE
 JOHN WILLIAM COOKE. HACIA UNA TEORÍA DEL POPULISMO, POR ARTEMIO LÓPEZ
ALICIA EGUREN, LA VOZ CONTESTATARIA DEL PERONISMO
 NOTAS PARA UNA BIOGRAFÍA DE ALICIA EGUREN
«NUNCA HE VISTO OTRO HOMBRE MÁS VIVO QUE ÉSTE»
APUNTES PARA LA MILITANCIA

ENTREVISTA A JOHN WILLIAM COOKE (1961)

John William Cooke y Ernesto «Che» Guevara

Presentación

John William Cooke nació en La Plata en 1920. Su padre, Juan Isaac Cooke, integró el grupo de radicales que se incorporó al peronismo, y en 1945 fue ministro de Relaciones Exteriores de Farrell.

En 1946 John, que acababa de recibirse de abogado, fue electo diputado por la Capital Federal. De posición, independiente y convicciones nacionalistas, se opuso a la ratificación del Tratado de Chapultepec.

Tuvo una participación destacada en la Cámara, donde permaneció hasta 1951.

Fue miembro del Instituto Juan Manuel de Rosas, donde pronunció conferencias y del cual fue electo vicepresidente en 1954.

Ese año editó la revista De Frente, en la que planteó sus posiciones nacionalistas, y combatió los contratos petroleros que negociaba el gobierno de Perón.

Después del 16 de junio de 1955, Perón lo designó interventor del Partido Peronista de la Capital Federal, desde donde Cooke trató de movilizar y organizar a los peronistas para resistir el inminente golpe militar.

El 20 de septiembre fue arrestado en la casa de su amigo José María Rosa. Pese a estar en prisión hasta marzo de 1957, participó activamente en la organización de los distintos grupos protagonistas de la «Resistencia peronista».

Perón, que estaba exiliado, lo puso al frente del denominado «Comando Táctico», y en noviembre de 1956 le dirigió una expresiva carta, en la que avalaba firmemente su acción y lo designaba su sucesor, en caso de fallecimiento.

En marzo de 1957 Cooke escapó de manera espectacular de la prisión de Río Gallegos, en compañía de otros detenidos peronistas –Jorge Antonio, Cámpora, Espejo–, y se instaló en Chile, desde donde pudo operar con más eficacia para coordinar la acción de los distintos grupos clandestinos y terroristas.

En 1958 participó en la gestión del pacto entre Perón y Frondizi, y posiblemente asistió a la reunión de Caracas, donde éste se efectivizó.

Cooke volvió al país a fines de 1958, para continuar con la «resistencia», y de inmediato fue detenido.

A principios de 1959 participó activamente en la huelga del Frigorífico Nacional y en la intensa agitación subsiguiente.

Por entonces, la militancia peronista se dividía entre los partidarios de la «línea dura» y la «línea blanda», estos últimos, que buscaban un acuerdo con el gobierno, recibieron el aval de Perón y comenzaron a hostilizar a Cooke, tachándolo de comunista.

Perseguido, en 1959 abandonó el país y se instaló en Cuba, donde permaneció hasta octubre de 1963.

Allí se entusiasmó con la Revolución, realizó diversas tareas de apoyo al régimen, entabló amistad con Ernesto Guevara e inició una larga tarea de acercamiento entre el peronismo y el castrismo, que incluyó el reclutamiento de jóvenes argentinos para ser entrenados en Cuba.

Mantuvo una intensa correspondencia con Perón, que sólo interrumpió en 1966, e intentó convencerlo de que declarara su apoyo a Cuba y trocara su domicilio madrileño por La Habana.

A la vez, se propuso reconstruir la tradición peronista en clave cubana e impulsar a los peronistas a seguir el camino iniciado por Fidel Castro.

En esas circunstancias fue entrevistado por la revista Che.

El semanario apareció en octubre de 1960. Lo dirigía Pablo Giussani y entre sus redactores figuraban Julia Constenla, Hugo Gambini, Francisco Urondo, Carlos Barbé y Alberto Ciria.

Se trataba de un grupo de partidarios argentinos de la Revolución Cubana, muchos de los cuales militaban en el Partido Socialista Argentino.

Un poco antes, en febrero de 1961, Alfredo Palacios había ganado la elección de senador por la Capital, con una campaña centrada en la Revolución Cubana, y con el apoyo de muchos votantes del proscripto peronismo.

El reportaje está ilustrado con dos fotos de Cooke: en una aparece con traje y corbata, probablemente de su etapa de diputado, y en otra con barba, boina y camisa miliciana. Che fue clausurada el 17 de noviembre de 1961.

A fines de 1963, Cooke volvió a la Argentina y organizó Acción Peronista Revolucionaria, un pequeño grupo de discusión al que asistían futuros militantes como García Elorrio, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito, en donde siguió intentando la fusión entre el peronismo y el guevarismo.

Sin embargo, mientras vivió su influencia fue escasa. Murió en septiembre de 1968. Desde 1971 sus escritos alcanzaron gran difusión y sus ideas fueron retomadas por la nueva izquierda peronista.

Este reportaje fue reeditado en septiembre de 1975 por la revista Crisis.
Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Página/12, 16/02/06

COOKE



[Publicado originalmente en revista «Che» (1961), reproducido en «Crisis» (1975)]

John William Cooke y su esposa, Alicia Eguren, se encuentran en La Habana desde hace más de un año.

Ambos forman parte de las milicias y colaboran –al mismo tiempo– en distintas publicaciones cubanas.

Che ha entrevistado a Cooke en su residencia, el hotel Riviera.

Sus respuestas, sin duda, son de trascendencia por la influencia que ha tenido –y conserva aún– John William Cooke entre las filas peronistas.

–En la Argentina la Revolución Cubana cuenta con apreciable apoyo popular y los esfuerzos de la propaganda reaccionaria –abrumadora y constante– son vanos por contrarrestarlo. ¿A qué razones atribuye esta perspicacia popular, pese a la prensa y agencias internacionales?

–Lo que eso demuestra, en primer lugar, es la madurez de nuestro pueblo, lo arraigado que está en él el sentido de la soberanía nacional.

Tengamos en cuenta que esta recolonización de la Argentina es doblemente anacrónica: por producirse en la época de los movimientos de liberación en todo el mundo y por serle impuesta a un país que se había librado de la dominación inglesa y tenía conciencia de lo que significa el ejercicio de la soberanía.

La consecuencia es que no solamente la represión es singularmente violenta, sino también la propaganda proimperialista.

El pensamiento colonial utiliza el monopolio de la difusión para derramar una catarata de discursos, declaraciones, manifiestos, conferencias, editoriales, solicitadas, pastorales, etc., para confundir a la masa.

En el caso de Cuba, sólo se difunden groseras tergiversaciones, embustes y planteos arbitrarios.

Sin embargo, las clases populares disciernen lúcidamente y saben que la suerte de la Revolución Cubana incide en su propia suerte.

–Con respecto a Cuba, ¿cuál es la forma que adopta esta táctica de ocultamiento?

–Hay una sucesión de trampas.

Todos los datos son falsos, al punto que la mentira de ayer es desmentida por la mentira de hoy.

Después se hace una mezcla de los problemas concretos de la nación cubana con los problemas de la Guerra Fría y con las discusiones teóricas en torno al comunismo.

Nuestra masa evita esos falseamientos porque va a la médula del problema, o sea, la agresión del imperialismo contra un país hermano que osó liberarse: así no hay forma de equivocarse.

Con motivo de la reciente invasión de gusanos al servicio de los yanquis, se vio cómo se desvirtuaba el problema planteándolo maliciosamente: se afirmó que la Revolución es comunista, como si eso fuese lo que estaba en debate.

Un cierto porcentaje de papanatas quedó atrapado en ese artificioso enigma –ya fuera para coincidir con la tesis o para discrepar con ella–, lo que implica que, de ser concluyente la prueba sobre el carácter comunista del gobierno cubano, eso legitimaba que se agrediese a un país soberano.

¿Quién ha dicho que los Estados Unidos o los organismos internacionales tienen jurisdicción para hacer macartismo y determinar cuál régimen tiene derecho a ser respetado y cuál no?

–Supongo que Ud. sabrá que hubo algunos dirigentes peronistas que se «empantanaron».–

Eso demuestra que carecen de capacidad para dirigir nada y que invocan el nombre del Peronismo en vano.

Con el pretexto de que nuestro gobierno era nazi, se buscó que Estados Unidos hiciese lo mismo que ahora hace con Cuba: los cipayos pedían la intervención yanqui y de los organismos como la UN; un canciller uruguayo inventó la tesis de la «intervención multilateral», que es la que ahora se quiere resucitar contra los cubanos; se pidió que los países rompiesen relaciones con nosotros, por no ser «democráticos», etc.

Eran los mismos procedimientos y las mismas personas de aquí y del extranjero los que se movían para destruir nuestra soberanía.

¡Y cómo ardíamos de indignación contra el bradenismo y sus servidores!

¡Cómo protestábamos contra los Jules Dubois, los Figueres, los Haya de la Torre, los Ravines, contra Braden, Nelson Rockefeller, la gran prensa norteamericana y continental!

Pues bien: todos ésos, y los miles de secuaces, ahora hacen lo mismo contra Cuba, ayudados por los mismos aliados que entonces tuvieron en la Argentina, desde los políticos tradicionales hasta las fuerzas vivas, la intelectualidad cipaya, las damas patricias y demás escoria enemiga de los descamisados.

¿O es que la UPI, la AP, el Time, etc., son reptiles cuando nos atacan a nosotros y «objetivos» cuando atacan a Cuba?

Sumarse, aunque sea pasivamente, a esa campaña, es dar razón retrospectivamente a los vendepatrias: es negarnos como movimiento nacional-liberador.

–Hay algunos pequeños sectores peronistas influenciados por el «nacionalismo» que son activamente enemigos de la Revolución Cubana.

–Supongo que, en unos cuantos millones como somos, habrá de todo un poco.

Hasta que quienes se dejen llevar por un extraño «nacionalismo» que ante algo concreto como el imperialismo que nos asfixia nos quiere hacer pelear contra los enemigos de ese imperialismo.

El único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y oligarquía son también lo mismo.

Algunos sectores reaccionarios pudieron, en otras épocas, llamarse «nacionalistas» porque coincidían con el pueblo frente a los ataques de nuestra soberanía; ahora no, porque el antiimperialismo ha pasado a ser retórico en ellos, que vuelven a su raíz oligárquica y ante el caso de Cuba quedan al desnudo.

Como ya quedaron cuando contribuyeron a la caída del gobierno popular en 1955.

Hay que tener la cabeza muy hueca para creerse peronista y aceptar a esos teóricos del absurdo, que combinan las añoranzas del imperio de la hispanidad medieval con el apoyo práctico al imperio bárbaro norteamericano, y el culto a gauchos embalsamados con el paternalismo aristócrata frente al cabecita negra, para oponerse, nada menos, a Fidel Castro.

Ocurre que Castro, a la cabeza de los hombres de la tierra, derrotó a puro coraje al ejército armado y entrenado por los yanquis para proteger a la satrapía batistiana; y que cuando los gringos quisieron llevárselo por delante, los echó de Cuba y les quitó hasta el último dólar, más de mil millones tenían invertidos en centrales azucareras, fábricas, empresas, bancos, etc.

¡Qué manera de apagar faroles!

Sin embargo, parece que Fidel no es «nacionalista», porque nunca se dedicó a predicar el exterminio de estudiantes semitas ni a delatar herejes incursos en el crimen de marxismo.

–¿Ud. no cree, entonces, que esos defensores de «Occidente» tengan influencia en su movimiento?

–Solamente entre cierta capa burocrática, que, por otra parte, nunca sirvió para nada, ni en el gobierno ni fuera de él.

Ahora hacen méritos para que los dejen participar en el festín político y administrativo del que están excluidos los revolucionarios consecuentes.

No hacen más que confirmarle al pueblo lo que éste siempre supo de ellos.

Habrá siempre alguna confusión, por éstos que embarullan las cosas y por otros que, debiendo hablar, han callado.

Pero el pueblo sabe que desde que Fidel Castro empezó a quitarles a los ricos para darles a los pobres fue la bestia negra (o roja) del continente.

Claro que los gansos que creen que el Peronismo es parte del dispositivo de la «civilización y de la democracia occidental» quedan identificados frente a Cuba con los socios de Aciel y de la Bolsa de Comercio, con los socialistas conservadores y los conservadores de la infamia, con los exquisitos del Jockey Club, del Círculo de Armas, con Ascua Sur y las demás agrupaciones de conciencias muertas, con las numerosas instituciones, frentes y agrupaciones gorilas que piden nuestra sangre, con Gainza Paz, el almirante Rojas, el Dr. Vicchi, el brioso Toranzo Montero.

Todas esas fuerzas son virulentamente enemigas de la Revolución Cubana, a la que odian tanto como el «régimen depuesto»: esas cosas no ocurren por casualidad, y nuestra masa no vive en la luna

¿Hay algún personaje en la Argentina que logra, como Fidel Castro, que todas las cabezas del privilegio se unan para acusarlo de demagogo, comunista, totalitario, chusma, perjuro, punguista, motonetista, barba azul, asesino, incendiario, anti Cristo y otras lindezas semejantes, y contra el cual piden el cadalso, la bomba atómica o la muerte a manos de los «marines» yanquis?

Creo recordar que sí.

Y me resulta muy difícil entender cómo pueden indignarnos la difamación contra la versión pampeana del monstruo y quedarnos mudos cuando la víctima es la versión tropical.

–Hubo quien no repudió la reciente invasión a Cuba alegando que al no abrir juicio cumplía con la «tercera posición».

–Con quien cumplió fue con su propia cobardía.

A cambio de la riqueza que se llevan los yanquis nos dejan su histeria anticomunista que contagia a ciertos «dirigentes».

En el país reina un clima de terrorismo ideológico: ya no basta con no ser comunista; hay que demostrarle a la reacción que se es anticomunista.

Y se llega a emplear el mismo lenguaje de nuestros enemigos: en lugar de dar apoyo total, solidaridad sin retaceos a Cuba avasallada, se agregan condenas al «imperialismo soviético», lo cual equivale a aceptar las premisas del imperialismo agresor, que califica de crimen la negación de sus ansias hegemónicas y el derecho a elegir las formas de gobierno y los amigos que a cada país americano le resulten más convenientes.

La tercera posición es, precisamente, todo lo contrario.

Significa no tener compromisos con los bloques mundiales, estar en libertad de tomar las decisiones más convenientes a los intereses nacionales.

Significa tener criterio propio para apreciar cada hecho y cada actitud: no tenemos obligación de encontrar que cada cosa del señor Kruschev es perfecta o malvada; ni de estar de antemano en pro o en contra del bloque capitalista.

En otras palabras, en cada momento y circunstancia nuestro tercerismo consiste en opinar libremente, no sumarnos al coro de los que ven en Estados Unidos la potencia rectora.

A pesar de que nuestro gobierno tuvo que maniobrar solo, en un mundo hostil, en lo fundamental jamás se apartó de su independencia: no suscribimos el pacto de Caracas que establecía el peligro del «comunismo internacional» para así consumar el crimen contra Guatemala orquestado por Foster Dulles y otras bestias de la «Guerra Fría»; no firmamos los Acuerdos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco de Reconstrucción y Fomento); no nos atamos por pactos militares bilaterales, etc.

Nada de eso subsistió; las primeras medidas de la dictadura militar fueron adherirse a Bretton Woods, y hoy el FMI dirige nuestra política económica, y revocan por decreto el voto de Caracas; siguieron los pactos militares, los acuerdos sobre el Atlántico Sur, etc.

Hoy somos un apéndice del imperialismo, lo que requirió modificar totalmente la política internacional fijada por el peronismo.

El tercerismo fue una forma de no ser absorbidos por el imperialismo yanqui: en ningún caso puede ser excusa para plegarnos a su estrategia de guerra fría y para gritar junto con los derviches de la guerra contra los pueblos que han adoptado el socialismo.

Es lo que hacen los terceristas como India, Yugoslavia, Egipto, etc., que no han vacilado en apoyar fervorosamente a Cuba y que no ven al mundo como una división tajante donde los «buenos» son las potencias occidentales.

Es una posición para encarar los problemas, no para eludirlos.

En el caso de un país hermano sometido a persecuciones de toda índole por el imperialismo, no ser terminantes, escatimar el apoyo, es renegar del tercerismo y apoyar al imperialismo.

Así como hay farsantes que son antiimperialistas cuando las causas son lejanas y cipayos en las cuestiones argentinas, igualmente hay farsantes que gritan contra el imperialismo aquí y se suman a sus consignas en el orden mundial; estos últimos son los más peligrosos.

La posición consecuente de un antiimperialista es desprenderse de los falsos esquemas como «Occidente y Oriente», «Mundo libre y mundo comunista» y demás zonceras.

Hay que estar con los argelinos, que son musulmanes, con los kenyanos, que son mau-mau, con los laosianos, que son budistas, y con los cubanos, que son barbudos.

Y decirlo claramente y ayudarlos todo lo que se pueda y tener la valentía de despreciar las voces que se alzarán para acusarnos de comunistas, trotskistas, criptomarxistas, camaradas de ruta, idiotas útiles, filocomunistas, infanto-comunistas, etc.

–¿Existe algún pronunciamiento de Perón con respecto a la Revolución Cubana?

–¿Cómo cree usted que Perón podía desentenderse de un problema fundamental?

Cuando dijo que la Revolución Cubana «tiene nuestro mismo signo», enunció una fórmula exacta que indica la común raíz antiimperialista y de justicia social.

Si Cuba ha elegido formas más radicales, ese es un derecho que ningún antiimperialista le puede negar; por otra parte, los procedimientos de 1945 tampoco sirven ahora para nosotros, y nuestro programa, según lo ha dicho repetidamente el propio Perón es de «revolución social», que salvo para los que viven en el limbo sólo se puede cumplir socializando grandes porciones de la economía y buscando las formas de transformación profunda y total que correspondan a nuestra realidad nacional.

En cuanto al apoyo de la Unión Soviética a Cuba, sólo quienes se pliegan al bando de la oligarquía pueden hablar de «entrega» y demás tonterías semejantes, porque los cubanos no han delegado ningún atributo de su soberanía ni han entregado ningún resorte de su economía.

¿Qué eso sirve a la URSS para hacerse propaganda?

¿Y a los cubanos qué les importa?

Los quisieron matar de hambre, dejarlos sin petróleo, dejarlos sin vender el azúcar, que es su única fuente de divisas, atemorizarlos, agredirlos, quemarles los cañaverales; etc., el cipayaje estaba feliz porque serían castigados los «desplantes», la insolencia frente al coloso.

El mundo socialista les permitió salir de esa ruina a que estaban condenados, y he aquí que ciertos «antiimperialistas» resuelven que Cuba debió dejarse morir de hambre, o llamar a los embajadores norteamericanos para que la vuelvan a gobernar, para que no sufra la «democracia» y puedan seguir tranquilos Somoza, Ydígoras, Frondizi, Prado y demás paladines de la cruzada anticomunista.

Todos regímenes democráticos que no podrán hacer lo que hace Fidel Castro: darle un fusil o una ametralladora a cada obrero, a cada campesino, a cada pobre.

En un documento del año pasado el general Perón indicó que el Movimiento debía apoyar todos los movimientos de liberación nacional, como Egipto, Argelia, Cuba, etc.

Eso se ha respetado siempre, aunque ciertos sordos no han cumplido estas instrucciones ni las han transmitido a la masa.

Y en una carta dice: «Yo sé bien lo que son las sanciones económicas. En 1948 nos las aplicaron intensamente impidiendo la provisión de todo material petrolífero y dejando sin efecto la compra comprometida para nuestra producción de lino que, en ese momento, representaba más del sesenta por ciento de la producción mundial.

Como en el caso de Cuba, fue la Unión Soviética la que nos sacó del apuro comprando el lino y ofreciéndonos material petrolífero».

Tal vez deberíamos haber dejado que se pudriera el lino.

–¿Y no cree que también influya la Iglesia?

–La creencia religiosa es una cuestión del fuero espiritual y como tal respetable.

Pero cuando algunos sacerdotes opinan de política entonces no puede invocarse para ellos el privilegio de que se les respete como cuando desempeñan sus funciones espirituales: deben ser enjuiciados de acuerdo con sus actos y posiciones políticas.

Si se les hiciese caso en materia política, América no se hubiese independizado de España, o, tomando otra etapa posterior, en México reinarían los descendientes del emperador Maximiliano, Cuba sería colonia española.

Si se les otorgase imperio en materia política, nosotros nos debíamos haber puesto en 1955 contra Perón, como ellos querían; entonces conspiraron con los enemigos del pueblo, como ahora lo hacen en Cuba.

Durante seis años nuestros compañeros han ido a la cárcel, han sufrido torturas, han sido echados del trabajo, han sido fusilados, sin que los altos dignatarios de la Iglesia hiciesen más que algunos inocuos llamamientos a la paz general, uniendo a verdugos y victimados como si las culpas fuesen comunes; cuando discriminaron, fue para atacar al «régimen depuesto» y para condenar la rebeldía de nuestra masa.

No he leído la pastoral que condene a los asesinos de la «operación masacre».

No he sabido de ninguna epístola incandescente denunciando a los sicarios uniformados que aplicaban suplicios a la gente trabajadora.

Pero basta que el señor Frondizi justifique la represión como defensa de «los altos valores del espíritu», para que entonces sí se conmuevan esos duros corazones episcopales.

En cambio, están muy preocupados y tristes porque en Cuba hay un gobierno revolucionario.

¿Por qué no dijeron nada cuando murieron 20.000 luchando contra el gobierno que mantenían los yanquis, cuando Nixon abrazaba a Batista y lo colmaba de elogios?

¿Por qué no se preocupan por Angola, donde las fuerzas «occidentales» mantienen la esclavitud aplicando la tortura?

¿O de Argelia, que ha movido la indignación de muchos católicos franceses por el sadismo de las tropas coloniales, cuyas técnicas aprenden nuestros jefes militares?

¿Les parece que hay poco dolor en el mundo y en América, como para que se dediquen al único país donde el pueblo se siente libre?

–¿Usted rechaza, por lo tanto, la tesis de que el peronismo es un freno contra el avance del comunismo?

–Una cosa es que nosotros tengamos una visión de las cosas argentinas que difiere de la del Partido Comunista y tratemos de mantener la adhesión de las masas trabajadoras; otra muy diversa unirnos al fanatismo regimentado que ve a los comunistas como criminales y a los países socialistas como enemigos del género humano.

Esto es renunciar a la facultad de raciocinio y aceptar que el bando imperialista piense por nosotros.

No necesito ser comunista para considerar que el principal responsable de la Guerra Fría es el imperialismo occidental, ni para comprender que el enemigo más grande que hoy tiene el género humano es la brutal plutocracia norteamericana.

En el orden nacional la manera de mantener nuestro prestigio en la masa no es actuando como ayudantes de los pastores para que el rebaño no se ponga arisco, sino ofreciendo soluciones revolucionarias a los problemas reales.

Los que están en la jugada de presentarnos como defensores del orden contra el comunismo desnaturalizan la esencia del peronismo.

Y, además, cometen una estupidez. Salvo para los energúmenos que ven conspiraciones bolcheviques en cada lucha popular, el comunismo avanza porque hay razones económico-sociales que así lo determinan.

Esas razones no desaparecerán y se trata de ver quiénes darán las soluciones.

Los que piensan en «conciliaciones» entre las clases o en paternalismos equilibristas están al margen del tiempo, como los que hablan de corregir los «abusos» del capitalismo.

Pero lo que quieran dar soluciones, los que como nosotros aspiran a mantener su vigencia como movimiento de masas, tienen que ir al fondo de los problemas.

No es posible enunciar aquí todas las cosas que debemos hacer, pero para terminar con el drama argentino hay algunas que son ineludibles, como por ejemplo: dejar sin efecto convenios petrolíferos, eléctricos, etc.; denunciar tratados militares y compromisos belicistas; expropiar las instalaciones petrolíferas y demás bienes de los monopolios; expropiar a la oligarquía latifundista y a los grandes empresarios industriales: expropiar los bancos, puertos, servicios públicos; socializar grandes ramas de producción, hacer una reforma agraria que respete las características de nuestro agro pero que elimine muchas de las formas empresarias de explotación; planificar la economía en escala nacional; nacionalizar la gran industria pesada; controlar los sectores de la economía que deban mantenerse bajo el régimen de la propiedad privada, etc., etc.

Eso significa terminar con la democracia capitalista y sustituirla por nuevas estructuras que reflejen el predominio de las fuerzas del progreso, dirigidas por el proletariado.

Es decir, que estaremos vulnerando el «derecho» de la libre empresa, de la propiedad y otros valores igualmente sacros: en otras palabras, seremos «comunistas».

Los factores de poder y la oligarquía en su conjunto nos consideran, desde ya, comunistas, porque nuestro triunfo implica el advenimiento de las masas, que exigirán soluciones y las impondrán.

Como dijo Perón: «Las masas avanzarán con sus dirigentes a la cabeza o con la cabeza de sus dirigentes».

Nosotros lo sabemos y la reacción también lo sabe.

Así que los que se hacen los «ranas» no engañan a nadie, y menos a la oligarquía, que tiene sensibilidad de sobra cuando se trata de que no le toquen sus privilegios.

Los que quieren desempeñar el papel de «defensores del orden» harán el deleite de los monseñores y de los espadones de moda, sirviendo de preservativos por poco tiempo.

O impulsamos el avance de las masas –y entonces somos peligrosos y nos llamarán comunistas– o tratamos de frenarlas, y entonces ayudamos a sembrar la confusión durante un tiempo y luego nos barrerán como a la demás resaca del orden caduco ocupando el Partido Comunista o quien sea la dirección que hemos desertado.

–¿Qué piensa de la unidad de las fuerzas populares?

–La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular.

Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como, por ejemplo, las elecciones) y cuáles los grandes objetivos.

Unidad para simple usufructo politiquero, no.

Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social.

En la lucha contra el régimen, es como llegaremos más pronto a la unidad, forjada en la acción; dentro del régimen nos esperan sólo frustraciones y derrotas; y pequeños triunfos que serán

desastres
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JOHN WILLIAM COOKE
Vida y reflejos

 

Por Floreal A. Ferrara

 

John William Cooke: peronista, radical y socialista.

Puro patria y pueblo. Diputado por el peronismo entre 1946 y 1952, siempre crítico y siempre patriota.

El 16 de junio apareció en la plaza de Mayo con la 45 listo a morir por la Patria.

Participó en la resistencia, siempre fiel a Perón y fue preso por eso.

El general Perón lo reconoció como el único dirigente político 100% leal.

Articuló las relaciones del peronismo con los movimientos revolucionarios de todo el 3er mundo y con Cuba.

Murió antes de ver los fuegos de 1969-73, en 1968, mientras caían los guerrilleros de Taco Ralo. [www.pensamientonacional.com.ar]

Vayamos por partes. El Bebe, el gordo Cooke, el John William, era platense, de la calle 50 entre 4 y 5. Lo era desde el 14 de noviembre de 1919.

Devorador de literatura, gran jugador de pocker, no de naipes, que asimila con juegos de tono español y cuando más de truco criollo, pleno de picardía y de astucia: no; el Bebe era gran jugador de pocker, digno de fullerías y caballerosidades, solo compatibles con florilegios de un señorito inglés, que puede defender su partida en simples gestos de coraje silencioso, o de desplantes belicosos, si alguien transgrede las reglas elementales del fair play un simple caballero inglés, en la arrogancia íntima de una carta – al todo o nada, en el simple pase a barajas, porque la partida, no da para más…!

Pero ese jugador de etiqueta sajona, bailaba el tango – como ninguno, y si el entrevero daba para más, cada corte o quebrada podía abrir el íntimo – chamuyo de un varón, para la mina que había caído en su mirada…
Bailarín y chamuyador, hombre de pocker y de silencios…, siempre arropaba una frase de la gran literatura, como sobrando al acontecimiento, ese que como piensa Badiou, el Alain Badiou de la filosofía francesa que él no alcanzó a conocer, la búsqueda real de la filosofía se condiciona por los procedimientos de tal verdad que están en – la ciencia; el arte (el poema), la política y la verdad amorosa.

A mi se me da, que el Bebe, le chamuyó al francés, desde el otro mundo, este recorrido inmenso del nombre de la verdad, poniendo a su servicio, esa subjetividad interminable, que blandió en cada uno de esos procedimientos…

Con todos ellos, con esos procedimientos, construyó su huella antioligárquica, recorrida sin pausas, sin pedir disculpas, ni piedad, ni permiso, en la edificación como nadie por la liberación nacional.

Así junto a Avelino Fernández y a Sebastían Borro, estará identificado contra la ignominiosa entrega al extranjero de nuestro patrimonio y levantando esa calificación inmejorable del peronismo como el hecho maldito de la política burguesa argentina.

Si de platense se trata y en épocas lejanas, debemos advertir su paso por la Unión Universitaria Intransigente, allí, con Juan Cornejo y con Rene S. Orsi, el filoso y fiero polemista e historiador de la patria en rebelión para presagiar su independencia, creció su militancia política, aún en situación ambigua.

El hombre, Orsi, que revivió en sus páginas las epopeyas de Dorrego, Alem, Jauretche y Scalabrini, como la de San Martín y Artigas tal vez señalando una huella que el Bebe también recorrerá.

Pero hay otra influencia, es la de Cesar Marcos, el autodidacta que se pegará a los libros que le permiten atender a nuestro revisionismo histórico.

Cesar anuda con el Bebe esa amistad intensa que endereza la literatura, la historia, la pasión nacional y los fasos y los tragos.

Y llegará el 17 de octubre y el Bebe, con los obreros en la Plaza de Mayo, despega sin demoras y ahora sin dudas, un trajinar antiimperialista y popular.

Después llegará la diputación el 24 de febrero.

El Bebe será diputado y el peronismo le impondrá a la burguesía, su tormenta con ráfagas de ciclón; los delegados de fábrica, los convenios colectivos, precios máximos, aportes jubilatorios, pleno empleo, salarios en aumento, aguinaldo, justa y digna legislación laboral; salud pública con la revolución de la capacidad instalada, de Carrillo y la vigencia nítida de los trabajadores en el poder político… allí está el Bebe, siempre con el consejo y el aliento de Cesar Marcos, ahora su secretario y siempre su amigo.

Juntos elaboraban y defendían ese planteo que los diarios de la oligarquía calificaban como el ritornello antiimperialista…

Entonces llegará con la caída del peronismo, la resistencia, la clandestinidad, la prisión, y detrás de esa resistencia, se agranda la figura del Bebe como el hombre de mayor confianza del Perón exiliado.

Recordemos a la lucha en el Frigorífico Lisandro de la Torre; fue un 17 de enero de 1959.

Sebastián Borro encabeza la rebelión.

Hasta Vandor, no buen amigo de Sebastián, acepta en llamar a la Huelga General.

El propio Sebastián señala que Cooke no organizó la huelga, pero se solidarizó de inmediato con los trabajadores.

Allí, en su proclama dice:
-No sabemos si este movimiento es subversivo, eso es una cuestión de terminología y en los países coloniales son las oligarquías las que manejan el diccionario.

La Huelga se profundiza Frondizi el presidente convoca a los dirigentes gremiales para dialogar.

Van Sebastián, Avelino Fernández, Jorge Di Pascuale y algún otro.

Borro le dice al Presidente, mientras Ud. vaya a los EE.UU a entregar nuestro patrimonio, nosotros le vamos a parar el país…Mire, mocito le dice Frondizi, yo no voy a aceptar sus intimidaciones… y los dirigentes se retiran y comienza la represión, con el Ejército y la gendarmería; con tanques, embisten los portones, los derriban y el ejército, con gases y balas toman el Frigorífico.

El pueblo sale a la calle. Mataderos es una cerrada resistencia popular…Cooke logra pasar al Uruguay… acusado de subversivo…!

Llegará abril del 60 y Cooke invitado por la Revolución va a Cuba… Lo confunden a su llegada y lo detienen, allí llega el Che y Cooke puede asistir a la reunión a la que fue invitado.

En Cuba, su militancia lo lleva a defender la revolución, hasta con las armas, frente a la invasión de la Bahía de los Cochinos.

Siempre creyó que:

• El peronismo es el hecho maldito del país burgués y que aunque se trate de un movimiento policlasista es la clase trabajadora la que lo debe conducir.

• El hecho maldito del país burgués; en términos de hoy:

• El hecho antagónico de la burguesía…

Ha terminado la relación dialéctica, para convertirse en una certera relación antagónica….; entonces será revolucionaria, o no será…

Casi como los ecos vivos de Eva Perón proclamando el estado revolucionario del peronismo.

Floreal A. Ferrara, militante social y político que fuera Ministro de Salud de Oscar Bidegain y de Antonio Cafiero en la Pcia. de Bs. As., es un destacado medico y sanitarista, discípulo del Dr. Ramón Carrilllo, primer Ministro de Salud de nuestro país.

FF/

www.elortiba.org
 _______________________________________________________________________________________CARTA

AL COMPAÑERO ALHAJA, COMANDANTE UTURUNCO

 

Querido compañero Alhaja (*)

Con gran emoción humana y revolucionaria recibimos su carta del 23 de junio. También, por intermedio de un argentino que estuvo preso en el penal de Viedma tuvimos noticias de Mena y Oliva. En todo este tiempo no ha pasado por acá un compatriota identificado con Cuba y que entienda el problema argentino al cual no le hayamos pedido que no se movilizara por ellos. Les escribimos inclusive por intermedio de abogados de confianza para que se comunicaran con ellos. Por fin ahora, por intermedio del camarada P., que es quien estuvo con ellos, tenemos noticias directas de ambos y de Olga[1], de quien sabemos que está bien, que no la molestan, y que tiene un chiquito que sin duda saldrá un revolucionario de primer orden, nacido de esos padres, y en estos tiempos. Para ella y para el chiquito, así como para todos los heroicos compañeros que hoy sufren cárcel y persecución por plantear por primera vez una forma definitivamente revolucionaria de lucha en el país, nuestro más entrañable afecto y nuestro constante recuerdo.

Alhaja, si quizás usted estuvo con un compañero abogado del Partido Socialista Argentino, abogado, defensor de presos, el compañero Elías Semán, que anduvo por acá un tiempo largo, sabrá cuales fueron los inconvenientes insalvables entonces, por lo menos para nosotros, para que usted y otros compañeros pudieran venir acá.

Puede usted buscarlo y hablar con él.

Muchos los llamaron, sin duda alguna «aventureros».

Yo quisiera saber qué hicieron en concreto los que eso dicen.

En la lucha revolucionaria siempre es igual. El que triunfa es un héroe nacional; el derrotado es un provocador. La historia, por lo demás, la escriben los triunfadores.

Si Lenin no hubiera tomado el poder en Octubre hubiera quedado como un espía alemán.

Si Fidel no hubiese triunfado en Sierra Maestra, dirían de él hoy que fue un loquito, niño bien, que desató la represión contra el movimiento obrero.

Eso no quiere decir, como usted bien expresa, que no haya que sacar conclusiones y experiencia.

Si el núcleo inicial se hubiera podido consolidar, quizás otra sería la situación del país hoy, aunque la lucha no hubiera concluido y aun cuando después de un tiempo los hubieran aniquilado.

Ustedes intentaron ser «el motor pequeño que pusiera en movimiento, que desencadenara, que largara a andar al grande», para decirlo con palabras de Fidel al referirse a ellos mismos al embarcarse en el Granma.

Es indudable, sin embargo, que un núcleo inicial, por pequeño que sea, debe tener disciplina militar rígida, una dirección política UNICA e indiscutida, una organización vertical sin vacilaciones.

Y usted recuerda que no fue así.

Cada vivo quería la paternidad, cada sector la dirección política, y eso se aceptó a pesar de que, a ojos vista, era un error grave.

Pero no es el momento de estar echando nada en cara, porque lo importante, lo fundamental, es que la experiencia fue válida y también fue heroica, y ojalá todos los doctores en revolución del país tuvieran la mitad del espíritu heroico, de la resolución, de la clara visión en cuanto a la concepción del problema, que ustedes tuvieron.

El hecho de tener que moverse dentro –principalmente- de un movimiento inmenso pero inorgánico, en el cual muy pocos dirigentes tenían o tienen una visión más o menos claras de las cosas, y sí ambiciones suicidas en cantidades agobiadoras, hizo todo muy difícil por no decir intransitable.

Por lo que usted me dice, comprendo que están formando cuadros y dando instrucción tanto doctrinaria como específicamente militar.

Eso es lo que corresponde, a mi entender.

La difusión de la Revolución Cubana, no su aprovechamiento, ayudará enormemente a crear en el país, sobre todo en grupos juveniles, la idea de cuál es la salida, cualesquiera sean las combinaciones electorales actuales, combinaciones que nada lograrán.

Mi comunicación con ustedes ha sido hasta ahora imposible.

Por primera vez, por intermedio de Tristán[2], recibo una carta suya.

En una oportunidad Alicia[3] les envió a Montevideo una carta de 40 carillas explicándoles este proceso hasta fines del año pasado.

No se si usted alcanzó a leerla.

Desde entonces a ahora el proceso se profundizó inmensamente, y las circunstancias mundiales se han tornado incalculablemente favorables.

Los americanos no pueden voltear una revolución socialista a 90 millas de sus costas.

Quiere decir mucho, como casi lo más importante para nosotros.

Los países socialistas no abandonan sino que se juegan en la defensa de los movimientos de liberación en América Latina.

Quiere decir algo tan importante como lo anterior.

Las juventudes de todos los partidos, y fuertes sectores aun de los partidos tradicionales comienzan a tener la clara visión de que el ajedrez electoral no resuelve nada, y que tampoco nada se puede resolver en el país si las masas peronistas no se movilizan revolucionariamente.

El mundo del ‘61 no es el del ‘55, ni siquiera el del ‘59.

Saltando el cerco doméstico de las pequeñas cosas que todo lo nublan, el panorama de todas partes se aclara rápidamente y positivamente en el sentido de las revoluciones populares.

¿Qué hacer entonces?

Pues construir la vanguardia de la revolución para realizar la insurrección popular, por un método, por otro, o por varios combinados.

Pero lo fundamental es tener cuadros, y muchos cuadros, porque en la lucha se necesitará mucha gente y segura, y disciplinada, y con experiencia, que es lo que todos vamos adquiriendo.

No hay que tener temor de decirle las verdades al pueblo, y debemos destruir el terrorismo ideológico que pretenden imponernos nuestros enemigos, así como la pasividad y el pacifismo de nuestros aliados en la lucha contra el imperialismo.

Pacifismo puramente local, por otro lado, porque esa no es la línea en otros países, y eso poco tiene que ver con el marxismo leninismo.

No hay que tropezar con ninguno de esos dos muros, y no hacer concesiones, sino tácticas.

Cuando se tiene un estado mayor, es decir cuadros esclarecidos y disciplinados, y una línea estratégica clara, se pueden y se deben hacer todas las concesiones tácticas necesarias.

Mi querido compañero, mi querido hermano, permítame que así lo llame porque así lo siento, así lo sentimos a usted y a todos ustedes, porque el primer sentimiento que debe unir a los compañeros revolucionarios es una fraternidad profunda y más honda que cualquier otro sentimiento afectivo; la revolución social, es decir, la revolución socialista, avanza rápidamente en el Continente a partir de Cuba.

La diferencia está en si la hace esta generación o llega aburridamente en una vuelta del cohete de Gagarin o de Titov.

De cualquier manera llegará.

Pero nosotros la queremos en esta generación, y peleada con sangre criolla. Intentaré nuevamente el viaje de ustedes.

Por lo menos de usted y de algún otro compañero que usted indique.

Esta es, sería para todos ustedes una experiencia demasiado preciosa, demasiado inmensa como para que nos resignemos a que no la realicen.

Aquí aprenderán en muy poco tiempo lo que durante años no podrán aprender allá ni en ninguna parte, me atrevo a decir, porque esta es la revolución social en español, el socialismo en Latinoamérica y surgido de la tierra, con un vigor, con un sentido heroico, con un feroz sentimiento nacional como pocas veces se ha dado en el mundo. No quiero prometer cosas que no dependen de mí.

No le puedo decir: prepárense para venir a Cuba porque no tengo la absoluta certeza de conseguirlo.

Pero de todos modos le digo que usted, y dos o tres de los mejores muchachos consigan pasaporte, con el nombre que sea, que se estén en contacto con Tristán, que intentaremos nuevamente.

Si tuvieran que comunicarse con nosotros, pueden hacerlo a nombre de: PRIMON DEL CASTILLO. NEPTUNO 973. LA HABANA. CUBA/ La carta debe ser despachada de Montevideo.

Tan pronto como tengan los nombres de los pasaportes, háganlo, por favor.

Le envío un trabajo, aunque primera redacción, que es útil que lo lean, comenten y difundan.

Es un programa para el movimiento. Es importante que lo hagan conocer, porque clarificar el nivel ideológico del pueblo es fundamental para toda nuestra lucha.

Si el pueblo no entiende, cuando llegue el momento de cualquier forma de lucha, o bien no la hará, o más adelante se presentarán inconvenientes insalvables.

También le envío colecciones de OBRA REVOLUCIONARIA. No son discursos políticos.

Cada discurso (deben ser leídos en orden) es una explicación, un desarrollo, un anuncio de una ley revolucionaria.

Siguiéndolos, pueden ustedes estudiar analíticamente este proceso que será el de toda nuestra América, ya que toda revolución, a esta altura del proceso, es socialista.

Estoy terminando otro trabajo que se llamará: CUBA, INFORME A LAS BASES PERONISTAS.

También se lo haré llegar.

Hágame saber si recibió esta carta, y le seguiré escribiendo.

Tengo la esperanza de tenerlos pronto por acá.

Un abrazo muy afectuoso de Alicia y de

John W. Cooke

(*) Alhaja: Genaro Carabajal, uno de los comandantes Uturuncos.
[1]Hermana de «Alhaja» y esposa de Mena.
[2]Se trata de Héctor Tristán, llamado el «Worker» o el «workman» por su condición de obrero metalúrgico. Fue un hombre muy cercano a Cooke sobre todo en el período que va de 1955 a 1960. Falleció en Buenos Aires en el año 1994.
[3]Se trata de Alicia Eguren, esposa de John William Cooke y militante de la tendencia de izquierda del peronismo. Está desaparecida desde el año 1977
.

 

 


 

UNIVERSIDAD Y MOVIMIENTO DE LIBERACIÓN NACIONAL DESDE LA ÓPTICA DE JOHN WILLIAM COOKE

 

[De: Universidad y Liberación Nacional. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires durante las tres gestiones peronistas: 1946-1952, 1952-1955 y 1973-1975. Puede descargar el libro completo desde el enlace de eSnips, pdf 3,70 MB]

Por Aritz E Iciar Recalde

En este apartado intentaremos reflexionar sobre ciertos ejes temáticos del proceso político inaugurado en 1955 y la manera en que se transformó abruptamente la vinculación entre la universidad y el peronismo proscripto.

En este marco, será primordial analizar la forma en que se operaron las grandes mutaciones en el ámbito de la universidad y demás esferas de participación de la clase media.

Optamos por presentar el pensamiento de Cooke como eje vector de este apartado y no el de otro autor, por su capacidad de desarrollo de un bagaje conceptual que nos permitirá identificar varios de los debates centrales del período en relación al rol de la juventud dentro del peronismo y su lugar en las luchas de liberación nacional.

En este sentido, deberíamos aclarar que Cooke no será el intelectual más representativo de los estudiantes y docentes de la UBA durante las décadas de 1960 y 1970, entre otras cuestiones, por su pronta muerte en 1968 y además, por el hecho de que su ámbito de influencia y sus actividades concretas, pocas veces estuvieron circunscriptas a la universidad.

Por el contrario, Cooke será fundamentalmente un referente de la militancia partidaria y sindical más que un armador político en la universidad.74

Otros intelectuales como Ortega Peña, Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche, Abelardo Ramos, Roberto Carri, Silvio Frondizi y Rodolfo Puiggrós, entre otros, serán claros referentes de los estudiantes universitarios e incluso, varios de ellos se desempeñarán como docentes y funcionarios de las casas de altos estudios.

Tras el golpe de 1955, el programa de la universidad de 1946 fue barrido conjuntamente con la Constitución Nacional y con muchas de las instituciones del peronismo75, proscripto hasta el año 1973.

En este esquema político, las prácticas y los desafíos del movimiento popular serán otras y la universidad se verá profundamente transformada.

En este contexto, se inscribirá el pensamiento y la práctica de John William Cooke, en torno al cual no ahondaremos en cuestiones biográficas ya que éstas han sido trabajadas pormenorizadamente en otro texto.76

Hecha esta salvedad, tengamos en cuenta que este apartado se ocupará únicamente de algunos debates de la década de 1960 que nos permitirán tener una idea más clara del proceso que experimentó la militancia estudiantil y el cuerpo docente, durante las décadas de 1960-1970 y particularmente, en el año 1973.

Estos planteos, no exentos de contradicciones y conflictos, se irán definiendo y consolidando en un programa político y en una institución universitaria con un perfil determinado que plasmará en la ley Nº 20.654: Ley Orgánica de las Universidades Nacionales, producto de la sustitución de la Ley Nº 17.245, que será sancionada el 14 de marzo de 1974 y promulgada el 25 de marzo de 1974.

Presentaremos, entonces, algunas ideas que aparecen en el período histórico que transcurre entre las décadas que van de 1940 tratadas en el apartado anterior-, la política nacional y las transformaciones producidas en la UBA y en la clase media en general entre 1955 y 1970.

Junto a las formulaciones de Cooke abordaremos un conjunto de tópicos que nos permitirán entender la estructura del Movimiento de Liberación Nacional en su paso de la década de 1940 a la de 1970.

Gráficamente intentaremos:

-Aproximarnos a un conjunto de conceptualizaciones del Movimiento Peronista durante el período comprendido entre 1955-1970.
-Establecer algunas características acerca de la relación entre la universidad y el peronismo con posterioridad al golpe de 1955.
-Abordar algunos lineamientos conceptuales generales acerca de los esquemas ideológicos de la década de 1960, que con distintos matices, van a ser representativos del debate en la universidad durante la gestión Cámpora.

Con respecto al pensamiento de John William Cooke, nos centraremos en un texto denominado «Universidad y país»77, trascripción de una conferencia dictada en Córdoba, el 4 de diciembre de 1964, en la cual el autor reflexiona en torno a la universidad nacional en su vinculación con el peronismo.

1-BREVE BIOGRAFÍA DE J. W. COOKE

John William Cooke, ciudadano argentino, nació en el año 1919.

Fue diputado durante el primer gobierno peronista (1946-1952).

En el año 1955, Perón lo nombrará interventor del Partido Justicialista en Capital Federal tras el bombardeo e intento golpista protagonizado por un grupo de militares y civiles enemigos del modelo nacional, industrial y popular del peronismo.

Con posterioridad al golpe militar, Cooke caerá preso y tras su fuga de la cárcel de Río Gallegos en 1957, será uno de los principales organizadores de la Resistencia Peronista y jefe de la «División de Operaciones del Comando Superior», centro de mando para la coordinación y el desarrollo de la reconstrucción del peronismo para el regreso al poder.

Un par de meses antes y corriendo el año 1956, Perón lo nombrará su primer representante en Argentina y único heredero en caso de su fallecimiento, cargo que ocupará hasta el año 1959, cuando será sustituido por el «Consejo Supervisor y Coordinador del peronismo» con dirigentes más cercanos a lo que Cooke establecía como la línea «burocrática» del peronismo.

Ese mismo año participará en la fracasada formación de la Huelga general Insurreccional del frigorífico Lisandro de La Torre.

Destituido de su cargo y ya corriendo el año 1960, viajará a Cuba en donde será miliciano a favor de la revolución castrista en la isla con el desembarco en Bahía de los Cochinos.

En el año 1962 estará cercano a las figuras de Ernesto Guevara y de Masetti, protagonistas de un proyecto de desarrollo de la lucha insurreccional en Latinoamérica, que será truncado por la muerte de Guevara en Bolivia y de Masetti en el norte argentino.

Participará además, en la formación de la Acción Revolucionaria Peronista (ARP) que oficiará como unos de los primeros esbozos de desarrollo de la lucha armada en Argentina para lograr el regreso de Perón a nuestro país.

Antes de analizar el pensamiento de Cooke en torno a la problemática que nos interesa, haremos un breve recorrido histórico en torno a la universidad posterior al golpe de 1955.

NOTAS
74 Ver apartado sobre las organizaciones estudiantiles peronistas.
75 Por ejemplo, la eliminación de los sectores nacionalistas de las FFAA sería uno de los principales objetivos de la estrategia norteamericana para el Cono Sur. Los militares golpistas pos 1955 cumplirían este mandato augurando la tragedia que conducirían en el año 1976. Para terminar con la institución militar nacionalista e industrialista los EEUU otorgarían material pedagógico a las academias militares argentinas y en el año 1956 invitarían a una promoción del Colegio Militar a realizar un curso de formación. Estas actividades se irían incrementando hasta inculcar entre los mandos militares las nociones de «lucha antisubversiva y contrainsurgencia» practicadas por los militares en Indochina. Datos de Chávez y otros (1993), pp. 129-130.
76 Recalde (2006).
77 Todas las citas de Cooke que no especifiquen otra referencia serán referenciadas como Cooke (1964).

Extractadas de Baschetti Roberto (Compilador), Documentos de la Resistencia Peronista 1955-1970, Puntosur, Buenos Aires, 1988.www.elortiba.org
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PRÓLOGO DE RODOLFO ORTEGA PEÑA Y EDUARDO LUIS DUHALDE A «APUNTES PARA LA MILITANCIA»

 

El libro que prologamos tuvo un origen bien concreto: la tentativa de acercar a las bases del movimiento, es decir a la clase trabajadora peronista, una visión histórico – política comprensible.

Se trata de apuntes revolucionariamente didácticos, escritos con alto sentido crítico, en tanto Cooke insistía en la necesidad del auto-conocimiento permanente del Movimiento Nacional Peronista.

(…) La burocracia que «rectifica los aciertos y reincide en los errores», apunta a que la burocracia puede a los sumo en la mejor de las hipótesis, es un cándido milagrerismo.

La burocracia no es para Cooke un conjunto de hombres más o menos malos o ineficaces.

Se trata en cambio, en lo interno del Movimiento, de una conducción sin política de fines, o aún más concretamente, un sistema de conducción de Movimiento que carece de una política de Poder.

Cooke tiene en claro que el peronismo tiene origen en el reconocimiento de que el propio peronismo es un encuadramiento de las fuerzas populares vertebrado en torno a la clase trabajadora.

Es exacto que desde 1955 el país sufre un «despotismo clasista» y que la presencia del peronismo impedía que las clases dominantes gocen tranquilamente de sus privilegios usurpados.

Pero no es menos exacto que a esa violencia del régimen, que está en la lógica de las cosas y que nos confirma como su antítesis, el Peronismo se limita a jaquearla pero no la suplanta revolucionariamente.

Cooke busca en la historia argentina los orígenes del Peronismo.

Desde ya participaba de una concepción revisionista de la historia en tanto recuperación de una concepción nacional antioligárquica.

Va a insistir en la demostración de cómo movimientos nacionales antecesores del Peronismo: el federalismo de Rosas, la montoneras de Chacho Peñalosa, Felipe Varela y López Jordán; y el radicalismo de Yrigoyen fueron derrotados en la lucha librada en la estructura semicolonial de la Argentina.

Es decir, la historia como experiencia imposible para el político, y la analogía sirviendo de instrumento de concientización de las masas, posibilitando una nueva estrategia de poder que no repita los errores histórico-políticos allí analizados.

John Cooke no rehuye desde ya, sino que asume, un análisis clasista del Peronismo, del cual surge que éste es el hombre político del proletariado, en la semicolonia que es la Argentina.

La nueva situación

El paso de una ideología de protesta a una teoría revolucionaria forma parte de la lógica necesaria de la lucha de liberación, es uno de sus momentos básicos. En primer lugar es necesario desarticular la supuesta racionalidad que bajo la apariencia de cientificismo, encubre la «cultura» de dominación del Sistema.

Es cierto, sin embargo, que hasta ahora existe:

a) Una inadecuación entre el papel objetivo del peronismo y su supuesta ideología-doctrina.
b) La ausencia de una teoría revolucionaria del peronismo coherente y adecuada para la toma del poder.
c) Un desarrollo de la programación de un socialismo nacional.

Cooke y la teoría revolucionaria peronista

En la formación de Cooke señala: «Todo planteo para la lucha a partir del conocimiento de nuestra situación de país semicolonial, integrante de un continente semicolonial».

Por ello «cualquier política de liberación debe ser, ante todo, antiimperialista».

«La oligarquía nativa es un subproducto que solamente será eliminado cuando se liquide la influencia del imperialismo. La lucha entonces, es de liberación nacional, para liberar al país y alcanzar el triunfo definitivo».

«El nacionalismo sólo es posible como una política antiimperialista consecuente».

Cumplida la regla primordial de identificación del enemigo, Cooke analiza la naturaleza de la guerra librada por el peronismo.

«Si es una guerra librada contra el régimen, no podemos contar con los que combaten «dentro» del régimen.

Combatimos contra el sistema y no contra una de sus variantes.

Cooke remarca la existencia de rebeldías toleradas dentro del Sistema como una categoría propia del Sistema (nota: las marchas en reclamo de planes de asistencia social podría encuadrárselas dentro de esta categoría).

«Un clima de rebeldías individuales puede durar indefinidamente. Solamente cuando la rebeldía está coordinada y encausada en un movimiento de liberación, adquiere la eficacia necesaria para luchar con éxito».

«No hay liberación sin el peronismo –explica Cooke- pero el peronismo solo no puede hacer la liberación».

Afirma:

Que se necesita una movilización popular muy vasta

La orientación por un programa, inflexible en el mantenimiento de ciertos principios fundamentales.

Suficientemente amplio como para superar las particularidades ideológicas de los sectores que coinciden.

Los partidos políticos tradicionales no forman parte del Frente de Liberación por la sencilla razón de que están en la trinchera enemiga.

No desean terminar con la opresión sino cambiar la mentalidad de los oprimidos.

Autoconciencia y revolución peronista

Marca como puntos de una teoría revolucionaria peronista:

Sobre el voluntarismo y las masas: «Movimiento de masas en que la salida revolucionaria sea la consecuencia lógica y la dirección revolucionaria se convierta en la única posible».

La verdadera disyuntiva es entre una política reformista y una política revolucionaria.

Entre una política de grupos y una política de masas. Una política revolucionaria equivale a unidad de teoría, metodología organizativa y de lucha.

Por ello lo que hay que cambiar no es el equipo burocrático de turno: hay que cambiar los métodos (nota: cuestión imposible con alianzas con los partidos tradicionales, hoy también el PJ)

Hasta que la revolución no triunfe, sólo podemos esperar triunfos tácticos. «Toda revolución es el final de un proceso, y hasta que se cumpla ese proceso, solamente se anotan parciales.

«¿Quién ha dicho que porque el peronismo tenga una composición social policlasista su ideología es también policlasista?

El clasismo aparece de ese modo como una tentativa ideológica de desmembrar el movimiento nacional, de aislar a la clase trabajadora en nombre de un ideologismo puro».

La ideología revolucionaria es la única que dará soluciones, no solamente para la clase trabajadora sino también para los sectores de nuestra burguesía que tienen una función constructiva que desempeñar en las etapas de transición hacia nuevas formas de organización de la sociedad.

«No hay política nacionalista sino bajo la conducción de la clase trabajadora, que movilice la voluntad nacional tras la empresa revolucionaria de cambiar el orden social existente y asegurar sus bases mediante el desarrollo independiente, hasta desplazar del poder a las clases dominantes, la toma del poder por los trabajadores y la construcción nueva.

El peronismo: hecho maldito de la política burguesa

«El sistema capitalista en la Argentina está decrépito sin haber pasado por la lozanía.

Bajo el liderazgo de Perón, a partir de 1945 el país realizó su proceso democrático burgués, como imposición de un frente antiimperialista cuya base de apoyo estaba en la clase trabajadora y sectores de la clase media y sector nacionalista del ejército».

«Al cerrarse las condiciones de prosperidad de post guerra, se agudiza la lucha de clases.

Las contradicciones se dan también internamente en el seno del peronismo.

El frente original amalgama fuerzas diversas, se transformó en causa de debilidad» (nota: estas tensiones internas elevó estos choques de baja confrontación a la más alta en los años ’70).

¿Qué es el peronismo? «Fue –define Cooke- el más alto nivel de conciencia al que llegó la clase trabajadora argentina. La definición aparece reformulada en un conocido reportaje a las FAR: ‘Nosotros no nos integramos al peronismo, el peronismo no es un club o un partido burgués al que uno puede afiliarse, el peronismo es fundamentalmente una experiencia de nuestro pueblo y lo que nosotros hacemos ahora es descubrir que siempre habíamos estado integrados a ella, en el sentido que está integrado a la experiencia de su pueblo todo hombre que se identifica con los intereses de los más’

La superación del peronismo

«El ejército revolucionario está nucleado tras sus banderas y el peronismo no desaparecerá por sustitución sino mediante superación dialéctica, es decir, no negándoselo sino integrándolo en una síntesis».

Pero el problema aquí aparece, aunque correctamente solo apuntado: «El peronismo jaquea al régimen…pero sólo con métodos revolucionarios podrá suplantarlos».

Por de pronto describió algunas de las características del Método: «Si tomamos como punto de partida que la liberación no se consigue derrotando al grupo gobernante sino terminando con la dominación imperialista, se perfila con bastante nitidez el carácter de la lucha».

Al analizar la política del Sistema en materia electoral precisó: «La primera línea de defensa de la casta dominante está ubicada en el sistema de 1853, que otorga libertades políticas a cambio del respeto por las organizaciones que permiten el mantenimiento de las desigualdades sociales.

Cuando esa línea es rebasada, está la segunda línea, el fraude, cuya característica moderna consiste en la clasificación apriorística de cuáles fuerzas son democráticas y cuales no».

Algunas conclusiones

El peronismo en el poder sustituyó una ideología de la realidad (capitalismo de estado popular) con una doctrina coyuntural, en un destiempo que sería aprovechado por la contrarrevolución al querérsele dar carácter permanente.

El peronismo en el llano (peronismo de resistencia) condicionó el proceso de la cuestión nacional, pero sin tematizar su propia actividad de resistencia anticolonial.

El peronismo está en actitud de toma del poder, puede ser integrado al sistema en función de aquella doctrina coyuntural como maniobra neo-colonial, o puede formular su propia autoconciencia revolucionaria a través de una teoría en la cual explicite que el poder no va a ser regalado por cuanto el neocolonialismo no se suicida.

Pero todo esto sin olvidar aquel pensamiento de Cooke:

«Las masas latinoamericanas no pueden hacer causa común con los verdugos, porque ellas también están en la lista de las víctimas»

Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde (1973)www.elortiba.org
 


JOHN WILLIAM COOKE. HACIA UNA TEORÍA DEL POPULISMO (*)


(*) Un estudio sobre la teoría en acto de Cooke que escribí para el libro «Cooke de vuelta» una compilación de textos publicada en 1999 por Ediciones La Rosa Blindada, a cuya presentación en el Auditorio de la Asociación de Trabajadores del Estado, jamás nunca nadie concurrió y hubo que levantarla

Por Artemio López

En memoria de Gustavo Groba

«El marxismo es rico en contradicciones,
pero resulta que el peronismo (argentino)
se las sabe todas.
Aunque se llevará (su sorete a la tumba).»
Osvaldo Lamborghini

Dos caminos

«La antinomia peronismo – antiperonismo es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir».

Cuando John William Cooke enunció esta sentencia allá por 1966 en su texto Peronismo y Revolución, estaba gestando un doble nacimiento: El más espectacular intento de incorporar núcleos conceptuales del entonces reciente marxismo no estalinista al interior del discurso y práctica peronista y, contrario sensu, ponía en forma los principales señalamientos surgidos de la reflexión y práctica peronista para intentar construir al interior de la teoría marxista en general y la teoría regional de la ideología en particular, el status teórico del modelo de organización y discurso populista(1).

El primer camino abierto por Cooke de introducir núcleos teóricos marxistas dentro del discurso y práctica populista es bien conocido por sus efectos: Es clara la influencia que el pensamiento de John William Cooke tiene sobre amplios grupos de intelectuales peronistas y dirigentes de organizaciones gremiales, guerrilleras y políticas desde mediados de los años sesenta.

En efecto, tanto sobre la primera y segunda fase de organización y resistencia peronista, la CGT de los Argentinos y los programas de La Falda y Huerta Grande, como en numerosos grupos de intelectuales reunidos en diarios y revistas desde el pionero, «De Frente»; «Nuevo Hombre» ;»Cristianismo y Revolución»; «Envido» hasta «Militancia» y sobre investigadores notables como Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde resulta fuerte la inspiración cookista.

Igualmente son tributarios explícitos del pensamiento de Cooke grupos guerrilleros emblemáticos como las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y organizaciones político – territoriales múltiples, cuyo paradigma fue el denominado Peronismo de Base.

Sin embargo, es menos conocida y probablemente aún mucho menos aceptada, la notable correspondencia del pensamiento de Cooke con novedades teóricas singulares, en particular con la posterior conceptualización marxista del populismo, cuyo texto de madurez resulta aún hoy «Política e Ideología en la Teoría Marxista. Capitalismo, fascismo, populismo», editado por editorial SXXI en 1978 , escrito por el historiador argentino Ernesto Laclau.

Es la módica pretensión de este artículo tan sólo señalar algunos núcleos teóricos claves del pensamiento de John William Cooke, en dirección a tomar nota de las novedades que aporta a la formalización aún pendiente de una teoría sobre el populismo en general y el peronismo como caso particular.

Althusser y Perón

Hasta la conceptualización realizada por Ernesto Laclau, el marxismo vulgar de corte economicista y políticamente estaliniano propalado con sagrada furia por los Partidos Comunistas, impugnaba fuertemente las interpelaciones ideológicas de los populismos.

En efecto, la vieja troica marxiana guardaba la certeza de que la característica central de la ideología y práctica populista resultaba la apelación al pueblo por encima de las divisiones de clase, por lo que , así conceptualizada, la categoría pueblo cuando no simple chascarrillo de la «burguesía» ,devenía en pura retórica capaz de sobrevolar sobre las contradicciones de clase, restándole a estas toda centralidad teórica y política.

Tributaria sin duda de las lecturas evolucionistas de los fenómenos populistas, cuya expresión de mayor envergadura intelectual en nuestro país la constituyó Gino Germani, la visión marxista tradicional, aunque teóricamente muy inferior a la del sociólogo italo- argentino, tampoco veía en los fenómenos populistas más que un estadio atrasado o en el mejor de los casos anterior en el desarrollo del discurso y organización de masas, perfectamente articulado con el estadio previo a la madurez capitalista de las relaciones sociales de producción.

Así las cosas, sujetos a la matriz conceptual del marxismo vulgar, sociedades atrasadas que transitaban el estadio de organización y discurso populista marchaban raudas e indefectiblemente a la madurez donde al fin dominará el formato clasista de organización y discurso de las prácticas de los sectores subalternos al tiempo que se impondrán las relaciones sociales de producción capitalista.

Ciertamente, aunque Cooke no era absolutamente ajeno al paradigma teórico evolucionista, como espléndido ejemplo de articulación entre práctica y teoría , fue su práctica política vinculada al peronismo la que sin duda lo impulsó a decretar los funerales teóricos de la dulce espera de la madurez capitalista(2).

En este sentido hay en Cooke una conceptualización del momento de organización y discurso populista como momento pleno y necesario – en las formaciones económico sociales periféricas.

El puente teórico que permite a Cooke salir por arriba del laberinto evolucionista fue la combinación de la Teoría de la Hegemonía gramsciana para el tratamiento del conflicto de clases junto a la formulación de la cuestión nacional – despojada del corsé «burgués» – mediante la aplicación de la después muy famosa Teoría de la Dependencia, desarrollada inicialmente por los marxistas norteamericanos Paul A. Baran y Paul Sweezy, de la que, cabe señalarlo , Cooke fue también un lector-introductor pionero.

Lamentablemente, tanto la influencia de los teóricos norteamericanos así como la notoria inspiración en Antonio Gramsci del pensamiento cookista no fue claramente explicitada y mas bien resultó escamoteada por la mirada arqueológica presente en algunos textos(3).

Sin embargo, para ponderar las deudas con Gramsci, a la por demás prolífica utilización en los análisis cookistas de la categoría no leninista de hegemonía (entendida como proceso por el cual una clase dominante se transforma en dirigente) que señalaremos brevemente, observe el lector una gambeta común en ambos: John William , al igual que Antonio Gramsci en sus escritos desde la cárcel, hace funcionar sobre sus textos una curiosa práctica de ocultamiento.

En efecto, si el filósofo italiano en los Quaderni del carcere travestía bajo extravagantes palabras conceptos marxoleninistas evidentes para eludir el ojo de su carcelero, el Bebe entrecomillaba las citas de filiación marxista explícita pero, misterio de los misterios… jamás aclaraba a quién pertenecía la frase entrecomillada!. Eludía Cooke a su propio carcelero, que, claro está, era el ojo idiota de la burocracia partidaria, siempre dispuesta a cotejar cada susurro con las twenty truths.
Profundizando la influencia gramsciana en su costado más teórico, la notable utilización de la categoría de hegemonía también merece ser brevemente señalada .Cooke desarrolló un sofisticado diseño argumental para caracterizar el concepto de clase social en general y clase dominante en particular. Lejos de adherir a la visión monista típica del reduccionismo marxista tradicional dominante/dominado articulados en una relación antagónica , para la descripción de la clase dominante el Bebe sostenía – claramente inspirado en Gramsci- la existencia – al interior de las relaciones sociales de producción- de diversas facciones de clase con intereses divergentes aunque no antagónicos, articulados sobre lo que denomina núcleo hegemónico que les confiere unidad política. Este proceso de construcción de hegemonía cuyo efecto central es la unidad política de las diversas facciones de clase supone la integración de los múltiples intereses particulares sujetos al interés general representado por la facción de clase dominante , ahora constituída en clase dirigente(4).
Con respecto a la influencia de Baran y Sweezy, cabe acotar que muy probablemente Cooke había leído Teoría del Desarrollo Capitalista de Paul Sweezy – cuya primera edición en castellano data de principios de los años cincuenta- junto a las reflexiones desarrolladas en artículos emblemáticos para los años sesenta, en particular Sobre la Economía Política del Atraso , donde Paul A. Baran describe las tesis del desarrollo desigual centro-periferia como proceso complementario y ciertamente necesario del capitalismo monopolista, reflexión que posteriormente ampliará en su texto La Economía Política Del Crecimiento y, ya mediados de los sesenta, en su obra central El Capital Monopolista cuya edición primera es de 1966, dos años antes de la muerte de John William (5).
Al respecto, es en el magnífico Peronismo y Revolución donde Cooke introduce explícitamente al lector en su visión de la Teoría de la dependencia, suculento cuerpo conceptual donde a la postre nuestro autor encontrará la legalidad teórica que requería su inquebrantable compromiso político con el peronismo: Si el estadio atrasado en el desarrollo del modo de producción es un efecto necesario e inexorable en la periferia del desarrollo desigual del capitalismo a escala planetaria, el populismo rápidamente asume status de modalidad de organización y discurso pleno. La organización y discurso populista resultan entonces característicos de esta etapa de las formaciones sociales dependientes cuyas burguesías no han podido realizar el modelo tradicional de desarrollo económico capitalista por lo que el proletariado no necesariamente deberá reproducir el formato de organización y discurso típico de los países centrales , cuya modalidad de mayor prosapia política y teórica era el inefable Partido de clase.
Así las cosas, aún sosteniendo teórica y políticamente la existencia de contradicciones de clase, en sus reflexiones teóricas desarrolladas ,ya a mediados de los años sesenta, Cooke plantea que el populismo en general y el peronismo como caso particular, expresa bajo la modalidad del antagonismo » la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir»(6), esto es la forma de discurso y organización específica en un período histórico determinado de una formación económico-social periférica concreta.
En igual dirección Ernesto Laclau planteaba una década después que «Pueblo no es un mero concepto retórico, sino una determinación objetiva, uno de los polos de la contradicción dominante a nivel de una formación social concreta (7)».
Al avanzar en el señalamiento del tipo de contradicción característica del populismo, Laclau señalaba: «El populismo comienza en el punto en que los elementos popular-democráticos se presentan como opción antagónica frente a la ideología del bloque dominante. Nótese que esto no significa que un populismo sea siempre revolucionario. Baste que una clase o fracción de clase requiera para asegurar su hegemonía de una transformación sustancial del bloque en el poder para que una experiencia populista sea posible. Podemos señalar en este sentido un populismo de las clases dominantes y un populismo de las clases dominadas (8)».
Lo específico del populismo entonces resulta el antagonismo con el bloque dominante, situación esta que define el comienzo de la experiencia populista, mas allá de la presencia de elementos popular- democráticos en el discurso y organización.
Por otra parte, Laclau advierte (fresco aún el fracaso de la experiencia peronista del período 1973-1976), que el final abierto también forma parte constitutiva de una experiencia populista.
Al respecto, Cooke plantea también esta doble determinación del populismo peroniano de enfrentamiento al bloque y final abierto como constitutivo de la experiencia populista, una década antes que la moderna interpretación pos-derrota de Laclau: » Este estilo, esta calidad especial corresponde a nuestra contradicción intrínseca de movimiento revolucionario por nuestra composición y nuestra lucha antiimperialista y antipatronal – que objetivamente hace de nosotros el término de un antagonismo irreconciliable con el régimen – mientras que organizativamente y como estructura estamos muy por debajo de nuestros requerimientos (9)».
Aún más, toda la teoría de Cooke respecto al peronismo gira en torno tanto de la potencialidad revolucionaria del populismo como a su contrario, materializado en la burocratización de las estructuras organizativas.
En esa tensión generada por la fuerte percepción de final abierto, se sitúa la metáfora de la experiencia peronista como hecho maldito del país burgués y la muy avanzada teoría de la burocracia como estilo, donde John William señala – con una rigurosidad sólo comparable a su originalidad – los núcleos teóricos principales para pensar aún hoy la problemática de la burocratización de las experiencias de organización social y políticas, particularmente las populistas.
Al respecto Cooke plantea que «Lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone por lo pronto operar con los valores del adversario… pero no es una determinante exclusivamente ideológica, puesto que hay burócratas de buena capacidad teórica pero que la disocian de su práctica…»(10).
La primacía del estilo, las formas y funciones (la enigmática influencia en el análisis de Cooke) sobre los contenidos expresados bajo la modalidad de las determinaciones ideológicas, está también fuertemente vinculada a concepciones de avanzada en su época, de origen teórico marxista pero bien apartadas de las lecturas vulgares que dominaban los aparatos de difusión vinculados a los Partidos Comunistas urbi et orbis en aquellos años.
En efecto, los señalamientos teóricos inaugurados por Cooke se inscriben en este punto de la burocracia- estilo- función, en la novedosa línea de reflexión teórica abierta contemporáneamente – y aún con posterioridad a los señalamientos de Cooke – por Louis Althusser con sus reflexiones acerca de la ideología y los aparatos ideológicos de estado (11).
No abundaremos aquí en analogías pero baste considerar la primacía del «estilo» formal en Cooke en simetría con la centralidad de los aparatos por sobre la ideología (e incluso en circunstancias frecuentes por sobre el conflicto de clases) para la reproducción de una formación social(12).
La original teoría de la burocracia- estilo en Cooke, admite también como propia la sentencia pascaliana con la que, Louis Althusser intenta mostrar la eficacia de los aparatos sobre los discursos y prácticas, la primacía y materialidad del estilo por sobre los «contenidos» y las determinaciones ideológicas : Arrodillaos, moved los labios en oración y creeréis..

Final con polillas

En un mismo movimiento Cooke estuvo: Enfrentado a la izquierda tradicional tributaria del Partido Comunista Argentino («centristas de la noche a la mañana»), descreído de las versiones trotskystas de acercamiento al peronismo encarnadas en Nahuel Moreno (» son más papistas que el papa»).
A su tiempo desconfió también de Arturo Jauretche, (coqueteaba con Onganía tras la Argentina Potencia), fue distante con Raúl Scalabrini y receloso de todo FORJA («la línea blanda»).
Mas aún, John William se sentía tan lejos de Rogelio Frigerio y los intelectuales desarrollistas nucleados en la revista Qué (» los Y.P.F»: Yrigoyen, Perón, Frondizi) como de los nacionalistas de origen católico del estilo de Salvador Ferla y Alejandro Olmos, ligados al locuaz padre Benítez («un ególatra»).
En fin, como puede imaginar el lector, Cooke fue política pero también – y de modo fundamental – teóricamente un hombre solo en medio de un movimiento multitudinario.
Quizá por eso, en perspectiva John William representó el punto más alto de reflexión teórica al interior del universo cultural del peronismo transformándose en un fuerte disparador conceptual en dirección al desarrollo aún hoy necesario de una teoría regional del populismo.
Paradojalmente, Cooke, quizá como tributo a la acción política que siempre lo desbordó, no produjo textos teóricos tradicionales, y sus compactas reflexiones mayormente se materializaron como informes o correspondencia, formatos heterodoxos al ensayo académico tradicional. Sin embargo, en sus breves Informe a las Bases, Apuntes para la militancia ,La lucha por la liberación nacional, Perspectivas de una economía nacional y muy particularmente Peronismo y Revolución, hay mas teoría política, original y refinada, que en los kilométricos ensayos de autores que, en su momento, merecieron (incluso con justicia) gran reconocimiento intelectual.
Pagando el precio de ser quién fue(13), enfermó gravemente joven,donó parte de sus órganos a los estudiantes de medicina, decidió cremar el resto de sus restos, apartó a los curas (» incluso a los amigos») antes de la partida inminente y en el fin del otoño de 1968 susurrando discreto,murió :»Véase la lista de los funcionarios del gobierno, repúblicos deteriorados por la polilla, una lista de los figurones políticos de los años 30 o sus hijos, que no han abandonado su conservadorismo reaccionario.Todos se parecen a ese personaje de una obra de Colette, que ‘tenía 74 años pero representaba más». Murio?

Artemio López

Citas:
(1)Es probable que ambos resultados (ay!) vistos desde este incierto fin de siglo pueden resultar algo estrafalarios, y no sólo por lo que le toca a Cooke, pero tenga el lector piedad que, visto desde mañana, ya podemos imaginar qué resultará de aquello que hoy pensamos.
(2) Nótese que las críticas de John William al liberalismo criollo llevan la impronta del paradigma positivista. Así, refiriéndose a la ideología de la burguesía madura en países centrales Cooke sostiene que » sería un desastre para países como el nuestro en estadios inferiores de evolución económica», Peronismo y Revolución, pág.59 y ss., Ediciones El Parlamento. BS.AS.1985.
(3)Particularmente el texto de Richard Gillespie, El peronismo alternativo, (Cántaro 1989) no establece conexiones fuertes entre el pensamiento de Cooke y las reflexiones de Antonio Gramsci, Paul A. Baran y Paul Sweezy, sobreestimando por el contrario la influencia Leninista.
(4)Para más información sobre el concepto de núcleo hegemónico, ver John William Cooke op.cit., pág. 179 .
(5)Todos estos artículos se anticipaban en el mensuario americano Monthly Review de gran prestigio y profusa difusión en los años sesenta en el país y del cual posteriormente hubo ediciones en castellano.
Un dato accesorio abona la tesis de la lectura de estos artículos por parte del Bebe:Cooke leía y hablaba perfectamente inglés.
(6)Cooke, John William: op.cit., pág. 107.
(7)Laclau , Ernesto: Política e Ideología en la Teoría Marxista, pág. 193. Bs.As. 1978, Siglo XXI editores
(8) Laclau Ernesto, op.cit., pág. 202.
(9) Cooke, John William, op.cit., pág. 21
(10) Cooke, John William, op.cit., pág. 20
(11) Althusser publica en Abril de 1970 su notable ensayo Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado , la teoría de la burocracia- estilo de Cooke, data de 1966.
(12)Para Althusser, no hay ideología sino realizándose ( siempre-ya) en y por aparatos ideológicos
(13) Ser quién fue en Cooke no resultó precisamente sencillo. Organizador de la Resistencia peronista temprana, combatiente contra la invasión Yanqui en Bahía de Los Cochinos , el Bebe supo ser también delegado personalísimo de un Perón en aquél entonces tan metafísico como pícaro: Su decisión será mi decisión, su palabra, mi palabra, le sanateaba el león herbívoro desde Caracas, allá por 1956.

Fuente: www.rambletamble.blogspot.com [5 de enero de 2006]

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NACE EL «BEBE» COOKE

Por Nac&Pop

22/09/2008

Cooke nació en La Plata, en una familia de intensa tradición política; su padre, Juan Isaac Cooke, era diputado por la Unión Cívica Radical, y sería Canciller durante el gobierno de Edelmiro J. Farrell.

Cooke militaría ya durante sus años universitarios, mientras estudiaba Derecho en la Universidad, formando parte de la Unión Universitaria Intransigente; se discute si durante esta época se aproximó a las ideas de FORJA o su acercamiento a los miembros de ésta se daría más tarde.

Se recibió de abogado en 1943.

Fue electo diputado por el peronismo con tan sólo 25 años para el período 1946-1952.

En el Congreso fue Presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara de Diputados, de la Comisión Redactora del Código Aeronáutico y también de la Comisión de Protección de los Derechos Intelectuales.

En el ámbito universitario fue profesor titular de Economía Política en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires entre 1946 y 1955.

Fue uno de los primeros organizadores de las guerrillas argentinas.

Murió de cáncer en 1968 en el Hospital de Clínicas de la Ciudad de Buenos Aires, dejando un legado importante dentro del peronismo.

Participación política en el peronismo

Luego de 1955, cuando Juan Domingo Perón debió exiliarse a causa de la Revolución Libertadora, designa a J.W. Cooke como su representante en la Argentina y principal líder de la resistencia peronista entre 1955 y 1959, mediante una carta en la que escribe:

«Al Dr. John William Cooke
Buenos Aires

Por la presente autorizo al compañero doctor Don John William Cooke, actualmente preso por cumplir con su deber de peronista, para que asuma mi representación en todo acto o acción política.

En este concepto su decisión será mi decisión y su palabra la mía.

En él reconozco al único jefe que tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero y sus decisiones tienen el mismo valor que las mías.

En caso de fallecimiento, delego en el doctor don John William Cooke el mando del movimiento.

En Caracas, a 2 días de noviembre de 1956.

Juan Perón.»

 

Ideología
Cooke consideraba que el peronismo debía transformarse en un movimiento revolucionario, con estrategias insurreccionales, para lograr la toma del poder.

Además criticaba lo que él denominaba la burocracia sindical, que había crecido mucho entre 1946 y 1955, y propuso separarla del peronismo.

A partir de su viaje a la Cuba de Fidel Castro y del Che Guevara en 1960, sostuvo la necesidad de profundizar el foquismo, estrategia político-militar que proponía convocar a las masas a una lucha armada contra las clases dominantes locales y el imperialismo, acción al cual el pueblo se iría uniendo poco a poco a partir del ejemplo de unos pocos.

De esta manera se conduciría a la nación a una revolución social.

Textos

Cooke escribió: «Caerán las estructuras de la depredación imperialista y las estructuras del despojo de este capitalismo que está llegando al término de su ignominioso reinado.

Para eso, todo esfuerzo es digno de mención, ningún acto de consecuencia y lealtad debe ser ignorado o desestimado.

Y pronto llegara el momento de las batallas definitivas, y el triunfo final, antes o después, ha de redimir todos las frustraciones de esta época de infamia».

«El único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y oligarquía son también lo mismo».

«…La teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas.

No les llega como un conjunto de mandamientos dictados desde las alturas, sino por un proceso de su propia conciencia hacia la comprensión del mundo que han de transformar».

«La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular.

Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuales son los objetivos cercanos (como por ejemplo las elecciones) y cuáles los grandes objetivos.

Unidad para simple usufructo politiquero, no.

Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social.

En la lucha contra el régimen llegaremos más pronto a la unidad, forjada en la acción: dentro del régimen nos esperan sólo frustraciones y derrotas, y pequeños triunfos que serán desastres».

Tal vez uno de sus escritos más conocidos sea Apuntes para la militancia (1964), en donde hace un completo análisis sobre la realidad del peronismo en la época, sus principales adversarios, las relaciones de poder entre las clases sociales argentinas y sienta las estrategias básicas para la resistencia peronista revolucionaria.

Fuente: Nac&Pop


ALICIA EGUREN DE COOKE: LA VOZ CONTESTATARIA DEL PERONISMO

Por Mabel Bellucci

NAC&POP

22/09/2008

Escritora, poeta y dirigente peronista de larga trayectoria,

Alicia fue desaparecida el 26 de enero de 1977 en la vía pública en la Capital Federal.

Fue conducida a la ESMA donde se la sometió a condiciones inhumanas de vida.

Se la atormentó para obligarla a proporcionar información.

Fue tirada de un helicóptero al Río de La Plata.

Tenía 52 años.

El recuerdo de Alicia Eguren, que fue la compañera de John William Cooke, significa memorar a una revolucionaria consecuente.

Fue asesinada por la dictadura militar. Mabel Bellucci es asambleísta y feminista autónoma.

Posiblemente a Alicia Eguren se la podría imaginar como una mujer transgresora, osada, impulsiva en su accionar, sumamente locuaz con sus propias ‘cosas’ y también con las ajenas.

Disponía de una seducción especial, que si bien no se sostenía por su belleza sino por la fuerza de su impronta política y su vocación de liderazgo; igualmente provocaba una atracción singular hasta el grado de que muchos peronistas perdiesen el sueño y también de que muchas peronistas la mirasen de reojo.

Jugó amorosa y políticamente hacia una misma dirección.

Difícilmente pudo correrse del sitial de cortesana, tan frecuente en la vida parisina hacia finales del siglo XIX, donde el placer sexual se combinaba graciosamente con el placer pensante y racional.

Por cierto, Lou Andrea Salomé, Anais Nin, Simone de Beauvoir y otras tantas ‘preciosistas’ gastaron hojas de papel confesando los secretos de alcoba de la intelligentzia de la belle époque vanguardista y, no por ello, muchas perdieron el rubor de sus mejillas.

Alicia representaba una fotografía de su época: lucía una estética masculinizada, guerrera, dura con las mujeres que no entendían el sentido de la acción directa, pero camarada con los compañeros a quienes consideraba sus interlocutores ‘naturales’.

Y, por cierto, intolerante frente a las debilidades.

Por ello, fue complejo comprender la literalidad de su mensaje y quizá su glamour, nada ortodoxo, pesaba mucho más que su protagonismo para la rama femenina peronista.

Emilio Corbiére la definió como «…una anarquista virulenta de excelente oratoria. Hablaba y echaba fuego.

Sin quererlo o sin saberlo ella recogía y actuaba los aspectos más contestatarios del peronismo.

Yo la ví por primera vez en un acto en el sindicato de alimentación, posiblemente en el ’68.

Desde arriba del escenario lanzaba rayos.

No se sabía si estaba diciendo un discurso o maldiciendo a Satanás…»

En realidad, poco se conoce de su vida anterior a su vínculo amoroso con John W. Cooke.

Lamentablemente fue imposible rastrear testimonios de parientes o amigos íntimos que brindasen pistas para el armado del rompecabezas.

Se sabe por declaraciones suyas en la revista ‘Panorama’, 8 de Julio de 1971, que provenía de una antigua familia federal.

Más tarde, desembarcó en el radicalismo y en el peronismo después.

En tanto que Fermín Chavéz detalló ciertos tramos de su trayectoria político- intelectual.

Al respecto, este historiador recordó: «…Sé que nació en 1924. Había egresado de la Facultad de Filosofía y Letras.

Trabajaba como profesora de literatura en Buenos Aires y en Rosario.

Aproximadamente hasta l952, ella estaba ligada al movimiento literario y cultural de la época con una orientación nacionalista católica independiente.

Al año siguiente, mientras trabajaba en Cancillería se casó con un diplomático de carrera, Pedro Catella, y se fueron a vivir a Inglaterra.

Poco tiempo después tuvieron un hijo, quien aún reside en México…»

Su producción literaria comenzó con su libro de poesía ‘Dios y el Mundo’, en 1946.

Tres años más tarde, saldría ‘El canto de la tierra inicial’; la obra de teatro ‘La pregunta’; ‘Poemas del siglo XX’; ‘Aquí, entre magias y espigas’ y ‘El talud descuajado’.

A la vez, incursionó en el mundo académico con un ensayo en torno a la obra de Juan B. Alberdi, publicado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Mientras tanto editaba un periódico llamado ‘Nombre’.

Pero su musa más comprometida se jugó con la revista cultural ‘Sexto Continente’, un espacio de recepción de las expresiones más variadas del arco nacionalista de América Latina.

En 1946, conoció a John W. Cooke en un Centro de Estudios que dirigía Ricardo Guardo.

Después de ese fugaz cruce no se volvieron a ver hasta 1955.

De esta manera, Alicia Eguren rememoró un posible encuentro:

«…El l6 de junio, a partir de la masacre en la Plaza de Mayo, lo busqué para ponerme a su disposición.

Estaba seguro de que él era hombre de pelea.

Lo encontré gracias a José María Rosa.

El estaba prófugo ya que se había pedido su captura porque era delegado de Juan D. Perón hasta que lo descubren y lo llevan a Ushuaia…»

De inmediato, ella cayó presa y fue enviada a la cárcel de mujeres de Olmos.

En las sombrías rejas se encontró con un grupo numeroso de ex- funcionarias peronistas y mantuvieron vínculos de cierta tirantez y desconfianza mutua.

Por más que Alicia y Cooke estuviesen separados; no obstante, lograron mantener su relación amorosa a través de un rico y frondoso epistolario.

Al salir en libertad se trasladó hasta Chile para unirse a Cooke que se había fugado del penal de Río de Gallegos junto con Héctor Cámpora, Patricio Kelly y Jorge Antonio.

Sin más, decidieron casarse en Montevideo.

Presumiblemente, Alicia Eguren descubrió en Cooke su espéculo, su otro complementario, quien le permitiría dinamizar esa potencialidad aún no desplegada de liderazgo y estratega que disponía.

De tal manera, se convirtieron en piezas claves y necesarias para organizar el proceso de la Resistencia Peronista, en la clandestinidad.

Desde el principio fueron una pareja poco ‘convencional’.

Sus vidas afectivas estuvieron cruzadas por la cárcel, las fugas y la ausencia de refugio en la cotidianeidad.

Asimismo, se presumía de ciertos ideales de igualitarismo entre mujeres y varones.

‘Lo haremos tú y yo’ de Juan Carlos Viglietti, encerraba ese compromiso básico necesario para la revolución.

Con el clima de las insurrecciones estudiantiles de esa época, aparecieron intentos por generar otros privilegios, otros estilos vinculares poniendo en discusión la virginidad femenina y el casamiento.

Los nuevos comportamientos sexuales se reservaron para los cenáculos universitarios y el activismo político.

De este modo, las relaciones prematrimoniales se convirtieron en un deber ser.

Llegados los setenta, el peso simbólico que representó la familia burguesa y patriarcal – estableciendo y articulando las pautas reguladoras de la reproducción biológica, económica y afectiva de las personas- sufrió sucesivos corrimientos de su lugar protagónico, en favor de la pareja.

A consecuencia de una infinidad de cambios y reacomodamientos de los sectores medios, se abrieron compuertas experimentando nuevos modos relacionales.

La idea rectora de esos tiempos fue también- desde una concepción voluntarista- lograr rompimientos, ya que el accionar es un mecanismo generador de cambios.

La pareja pasó a ser un estatuto de compromiso por excelencia tanto afectivo como político e intelectual.

Y surgieron íconos de envergadura que se convirtieron en paradigmas de esta experiencia.

Básicamente primaba el vínculo heterosexual, abierto o cerrado, con implicancias políticas y rupturista de las costumbres tradicionales.

A su modo, Alicia logró fisurar ese mandato patriarcal del deber ser femenino; permitiéndose explorar, cruzando las fronteras de su herencia católica, tanto en el campo privado como político.

De allí, que aún ronden fantasmas en torno a su figura: fría, calculadora, amante pasional, rotativa y díscola.

Presumiblemente sin saberlo, esta dupla de J.W. Cooke-Alicia Eguren anticipó en la Argentina un modelo de pareja activista, propio del consenso epocal de los setentas, momento en los cuales se fue diluyendo la impronta machista del varón luchador y la mujer ajena al mundo público de su compañero.

Un hecho que no podría soslayarse y permitiría entender el clima interno entre ambos: vivir tan accidentadamente, con breves pausas de legalidad entre la prisión y la clandestinidad, se expusieron a las lógicas políticas que impidieron descubrirse en sus historias anteriores.

Comenzaron entonces un accionar de significativa trascendencia política, acelerada en los tiempos, que resulta difícil de sintetizar.

En l957, partieron juntos a Caracas para encontrarse con Perón en el exilio. Alicia fue testigo del cuestionado Pacto Perón-Frondizi, cerrado en Venezuela por mediación de Rogelio Frigerio y J.W. Cooke.

Dos años más tarde, retomaron la clandestinidad.

Por esa misma época, supuestamente, ella colaboraría en la organización de la Toma de Alto Verde dirigida por el comandante Uturunco, en Tucumán.

Fue el primer intento de acción alternativa, el de la guerrilla rural peronista.

A la vez, Alicia suplantó a Cooke en la coordinación estratégica del peronismo en la resistencia.

En 1960, viajaron juntos a Cuba.

A partir de ese momento, fueron idas y vueltas a la isla.

Ella mantuvo una estrecha vinculación con el Che Guevara.

La experiencia de la Revolución Cubana impactó en los cenáculos intelectuales así como en el espacio de las izquierdas no peronistas.

En esa dirección, el nacionalismo comenzó a configurarse como una variable significativa en el interior de la ‘nueva izquierda’, que intentó distanciarse de los tensos debates que provocó la confrontación entre la Unión Soviética y China.

En 1962, retomó la lucha armada al intervenir en el ‘Ejército Guerrillero del Pueblo’, al norte de Salta.

Es sabido que todos fueron apresados y, en especial, Jorge Masetti, la figura visible de la aplicación táctica del foquismo, fue desaparecido.

Poco después, Eguren-Cooke fundó la ‘Acción Revolucionaria Peronista’.

Ya en el ’68, ambos abrieron un espacio en formación: la ‘Tendencia Revolucionaria’.

Pronto aparecería el periódico ‘Con Todo’, bajo la dirección de Bernardo Alberte y Mabel Di Leo.

De inmediato, elaboraron el documento conocido como ‘Estrategias y Tácticas Revolucionarias’.

El mismo se presentó, en 1969, en el Congreso Fundacional de la Tendencia, llevado a cabo en Córdoba; en el cual se reunieron los sectores más radicalizados del peronismo.

Se la recuerda también por su famosa Carta Abierta a Perón -4 de Octubre de 1971- que se convirtió en un incunable para el activismo del momento.

Posteriormente, vinieron años complicados entre la caída del gobierno camporista; la persecución fascista del lopezreguismo; la muerte de J.D. Perón; el gobierno caricaturesco de Isabel Perón y el inicio de la avanzada militar hacia el poder mediante una estrategia de religitimación a través de la lucha contra la subversión.

No obstante, acompañó a Héctor Cámpora y dirigió la revista ‘Nuevo Hombre’, que con anterioridad estuvo bajo la coordinación del profesor Silvio Frondizi y Manuel Gaggero.

A lo largo de este proceso, sus lugares de inserción en el movimiento peronista no quedan aún muy esclarecidos.

Tan es así que se evoca una multiplicidad de espacios de pertenencia política a la vez: Montoneros, Fuerzas Armadas Peronistas, Peronismo de Base y Partido Revolucionario de los Trabajadores.

De lo que no cabe duda es sobre su final trágico: el 26 de enero de l977, con 52 años, fue detenida-desaparecida.

Estuvo en la ESMA y, después fue lanzada desde un helicóptero al Río de la Plata.

La memoria es objeto de controvertidos debates, generándose así una variedad de definiciones sobre ella.

Cabría decir entonces que no existen conclusiones únicas y últimas.

No obstante, lo significativo es invitar a pensar el problema entre la memoria y la política, o mejor, la política en toda memoria, en todo proceso de construcción de una memoria colectiva.

Recorrer ciertas etapas del peronismo constituye toda una aventura, pero si a ello, se le suma recuperar la historia de vida de una mujer peronista que pasó del nacionalismo católico a la lucha armada de izquierda, la cuestión se complica más aún.

Aunque no se puede soslayar la amplia y masiva participación de mujeres en el peronismo a lo largo de su trayectoria.

No obstante, reseñar la vida personal, política y cultural de Alicia Eguren representa todo un desafío, por más limitaciones que surjan de la realidad un tanto hosca para los recuerdos.

De allí que esta simple crónica constituye un primer abordaje sin un final cerrado ya que de ella aparecen fragmentos acotados por tiempos y escenarios definidos; sin demasiadas alusiones ni referencias en el interior de su propia fuerza política.

Por esta razón, al intentar reconstruir su recorrido se logra visibilizar su protagonismo en el campo de las luchas políticas y en las prácticas de resistencia social.

Cabría entonces completar con mayores precisiones- a través de testimonios orales que se transforman en una fuente riquísima de hallazgos- los laberínticos últimos años de su vida.

Procesar su activismo como sus discursos, es volverla capaz de hablar, de transformarla en relato visible.

Se comenzó diciendo un desafío y no es errado este presupuesto ya que Alicia Eguren dividió imaginariamente al peronismo en dos: los que la querían y los que la rechazaban sin tapujos.

Casi se podría hacer un paralelo con la figura de Eva Perón.

Tanto una como otra provocaron pasiones encontradas por razones muy similares, a saber: la intuición compulsiva, la impulsividad que era un estilo propio de entrega y la ‘imprudencia’ en el escenario político público como en el personal.

En lo que respecta a la figura de Eva Perón de acuerdo a las posiciones en que se ubicaban los proapasionados y los contrapasionados, aparecía elevada hasta la condición mítica o la dejaban caer del pedestal como una hereje.

Para unos, ella representaba un fallido de la historia y para otros la historia dejaba de ser un fallido a partir de su protagonismo.

Alicia Eguren -sin quererlo- vino a ocupar un lugar similar: un sitio confuso de emociones, del cual poco se sabe en torno a su origen y a su pasado hasta que el encuentro amoroso con el ‘hombre’ le significó contenido y contención política a su persona.

Aunque también existen secretos en voz baja sobre su vida privada que la condenaron sin contemplación.

No obstante, en otros puntos se abren: intervinieron en contextos históricos diferentes; una extracción de clase opuesta.

En una la historia ya dio su palabra y en la otra todavía se mantiene callada.

Asimismo, a Eva las peronistas la idolatran sin contemplación y con Alicia muchas mujeres de los años ’40 se crispan hasta los nervios tan sólo de nombrarla.

También sus finales fueron distintos: Eva muere por un cáncer y Alicia le provocan la muerte las manos sangrientas de la última dictadura militar.

Estos intentos de marcar cruces entre ambas figuras tan recortadas por las emociones, presumiblemente, jamás se podrá contemporizar a todos los intereses en juego.

Agradezco la colaboración que me prestaron -sea con bibliografía y testimonios- Emilio J. Corbière; Fermín Chavéz y Mabel Di Leo. A todos mi profundo recuerdo.

Fuente: www.desaparecidos.org

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NOTAS PARA UNA BIOGRAFÍA DE ALICIA EGUREN

Por Miguel Mazzeo

«Porque lo del hombre nuevo no es una imagen en los altares, es una vivisección permanente» Alicia Eguren. («Pulgarcito (selección de sus papeles)» en Nuevo hombre, 1971)

Alicia Eguren jamás pasó inadvertida.

Ese fue su signo distintivo, junto con el inconformismo y la vocación de caminar por grandes realidades.

Inteligente y apasionada, plena de seducción, era alta, muy alta, de ojos negros, inmensos e indiscretos.

Como precursora de lo que para muchos constituye un oxímoron (la izquierda peronista), como casi profeta de una generación que se planteó en concreto el problema del poder, y como mujer (en ese, su tiempo), se vio obligada a romper con un conjunto de convenciones, y a radicalizar el giro inquisitivo en diferentes planos.

Alicia Eguren se entregó de cuerpo entero a la desobediencia.

Nunca se le perdonaría tanta transgresión.

A partir de 1955 fue la compañera de John William Cooke, incluso se casaron en 1957, en Montevideo, Uruguay.

Por eso le decían, despectivamente, con mucho de macartismo y muy poco de ironía, «la Cookskaya», en alusión a la compañera de V. I. Lenin, Nadiesha Krupskaia.

Alicia y John no respetaron los modos maritales de la época. ¿Simone y Jean-Paul?

La analogía corresponde.

Y nos complace. Mabel Bellucci señaló que Eguren-Cooke prefiguran «un modelo de pareja activista, propio del consenso de la década del 70, momento en el cual se fue diluyendo la impronta machista del varón luchador y la mujer ajena al mundo público de su compañero».

Sin duda,ese había sido modelo disruptivo en las décadas del 50 y 60.

Pero todavía en los 70, los catálogos de moral de la izquierda seguían siendo lapidarios en ciertos aspectos.

Y si bien Alicia prefiguró el perfil revolucionario femenino de esos años, su personalidad fue mucho menos ascética y más «sensual».

Por lo tanto, seguía siendo intolerable.

Por ello debió asumir costos muy altos y vivir expuesta a la imputación de «libertina».

Aún carga con ese estigma.

Alicia contrastaba política, cultural y estéticamente, con las mujeres militantes de la política burguesa del peronismo, por lo común convencionales y condenadas al segundo plano.

También era distinta de las militantes de izquierda de los 70, quienes, en muchos casos, ganaron espacios «performando» una estética masculina.

Veo a Alicia más como profeta (o anticipadora de hechos políticos) que como sacerdotisa, y creo que aquella cualidad, inconcebible aún hoy para una mujer, le exigía una gestualidad severa y arrebatada y un carácter inflexible, que suelen estar asociados a lo masculino.

En lo político e ideológico, es imposible separar a Alicia de John, por su trayecto compartido en una relación jamás subalterna.

Se conocieron en una conferencia que él dictó en el 46, en el Centro de Estudios Argentinos.

El naciente peronismo los convocaba.

Volvieron a coincidir en casa del historiador nacionalista Ernesto Palacio, citados por la corriente del revisionismo histórico.

Pero su proyecto en común comienza en 1955, y termina con la muerte de Cooke en 1968.

Significativa transición que va de un nacionalismo populista, cada vez menos productivo, al socialismo revolucionario.

De Juan Domingo Perón a Ernesto Che Guevara.

Ello es inmanente a esta relación.

Nació Alicia Graciana Eguren Vivas en una ciudad de la provincia de Buenos Aires, en 1924, en el seno de una familia que cultivaba un nacionalismo de raigambre rosista y católico.

Lo cierto es que Alicia, hacia los años 40 y 50, comulgaba con este tipo de nacionalismo, y sus intereses giraban en torno a lo estrictamente literario.

Se sostiene que se adhirió al yrigoyenismo, pero esto es, por lo menos, dudoso.

El peronismo favoreció la identificación retrospectiva.

Si muchos recorrieron el trayecto que iba de Hipólito Yrigoyen a Juan Domingo Perón, otros optaron por el camino inverso, incurriendo en la tergiversación de la propia historia militante.

Alicia Eguren egresó de la Facultad de Filosofía y Letras como profesora de Literatura, ejerció la docencia y, entre 1946 y 1951, publicó cinco libros de poemas: Dios y el mundo, El canto de la tierra inicial, Poemas del siglo XX, Aquí, entre magias y espigas, El talud descuajado.

Algunas de sus composiciones estaban un tanto estremecidas de idealismo evangélico.

También editó Eguren la revista Nombre y publicó algunos ensayos.

Entre 1948 y 1949, con el escritor Armando Cascella, editó la revista Sexto Continente, un sitio de expresión del nacionalismo en sus diferentes versiones, desde el más retrógrado de Carlos Ibarguren, Alberto Ezcurra Medrano y monseñor Derisi, hasta el más avanzado de Raúl Scalabrini Ortiz y Vasconcelos.

Este tipo de adhesiones garantizó a Alicia cierta presencia en distintos espacios oficiales, académicos y no académicos.

En 1953 ingresa en el Ministerio de Relaciones Exteriores y se casa con el diplomático Pedro Catella, a quien acompañará a Londres.

Poco tiempo después del nacimiento del único hijo se separan.

El rencuentro con Cooke se produce en 1955, en un escenario de derrumbe. Poco antes del golpe de septiembre y del derrocamiento del gobierno de Perón, Cooke es designado interventor del Partido Justicialista de la Capital Federal.

En un momento político que no habilitaba ninguna forma de oportunismo, Alicia establece contacto con Cooke y «se pone a su disposición».

Cooke, talentoso y desmedido, contrastaba con el resto de la dirigencia política y sindical peronista, conformada por burócratas y por los que medran con el Estado: melindrosos, acomodaticios, eremoniosos estrechadores de manos.

Perón, que había relegado a Cooke por autónomo y perturbador, lo convoca en el momento infausto.

La relación entre Alicia y Cooke, una relación de herejes, de «excéntricos», se consolida en la clandestinidad.

Cooke es detenido en octubre de 1955.

Hasta fines de 1957 deambulará por distintas cárceles del país, cuando se produce la espectacular fuga a Chile desde Río Gallegos, provincia de Santa Cruz.

En aquel tiempo también Alicia conoció la cárcel.

En noviembre de 1956, Perón designó a Cooke como su delegado y «heredero».

Alicia y John William comparten la resistencia y todos los avatares vinculados a la firma del pacto entre Perón y Arturo Frondizi, para pasar, poco después, a organizar la «insurrección» que hiciera posible el retorno del primero, y para dirigir la oposición «dura» al gobierno del segundo.

Alicia participa activamente en la coordinación estratégica de la resistencia peronista.

Padece, junto con John, la imposibilidad de ejercer la delegación y de ser la palabra de Perón.

El año 1959 es un punto de inflexión para Eguren, Cooke y muchos más.

Después de la toma del frigorífico Lisandro de La Torre, a principios de año, Cooke pierde gravitación en el peronismo.

Es desplazado definitivamente.

Poco antes de la toma del frigorífico municipal, Perón había creado el organismo destinado a desautorizar a Cooke: el Consejo Superior (coordinador y supervisor).

Después de la heroica huelga de los trabajadores, el Consejo Superior tilda a Cooke de loquito, terrorista y «comunista».

En paralelo, en Cuba triunfa la Revolución.

Cuba revolucionaria, más que un descubrimiento, es una confirmación: la revolución como uno de los destinos posibles para el peronismo.

En efecto, eran tiempos en que se podía pensar una dimensión trascendente para el peronismo y sus capacidades de recreación.

La época dorada de la ontología de lo posible y del «poder ser» del peronismo.

Aunque en el «movimiento», predominaba la mueca servil y conciliatoria, por abajo corría, purificador, el Jordán de las bases.

El peronismo todavía aparecía como un universo lleno de desiertos y zonas inexploradas.

El impacto de la Revolución Cubana es descomunal, pero pesa más, mucho más, el lugar hermenéutico de Alicia y Cooke.

Cuba se decodifica desde la reciprocidad dialéctica y no desde el determinismo unilateral.

Entonces, gravitan en nuestro país la condición de revancha clasista sobre la Revolución Fusiladora (autodenominada «Libertadora» en 1955), la heroica resistencia peronista, los cambios en el modelo de acumulación de capital, la imposibilidad de remozar el frente de clases de 1945 y la inviabilidad de las tácticas puestas en práctica por el peronismo para recuperar el poder.

Afloran prístinas las contradicciones insalvables al interior del peronismo: la clase obrera peronista se presenta como espacio de construcción de una universalidad emancipadora, pero también como lugar donde encuentra arraigo un particularismo burgués y reaccionario.

La confrontación, la lucha: he aquí el marco de la radicalización política de Alicia, Cooke y de toda una generación de militantes y activistas, entre los que cabe mencionar a Raimundo Villaflor, Gustavo Rearte, Bernardo Alberte y otros.

No se trató de imitación de un modelo, o de un simple estado de espíritu desproporcionado.

«Antes de la Revolución Cubana nosotros ya estábamos radicalizados», me dijo una vez Gerardo Bavio, viejo militante y compañero de Alicia.

Unos años después del asesinato del Che, Alicia sostuvo que lo había conocido a último momento, pero que en realidad lo conocía de memoria porque lo tenía asimilado antes de cruzarse con él, «yo comprendía su pedagogía en carne viva», dijo ella.

Nuevos horizontes e interlocutores se imponen.

Alicia participa en el congreso de Palabra Obrera, de filiación trotskista.

Se vincula al Movimiento de Liberación Nacional (MLN) de Ismael Viñas, al Partido Comunista (PC) y al Partido Socialista Argentino de Vanguardia (PSAV).

El marxismo comienza a valorizarse como herramienta, e impregna sus ideas.

Un marxismo praxeocéntrico, no concebido como determinismo limitado.

Abraham Guillén, veterano de la Guerra Civil Española, les habla de alienación, del Marx de los Manuscritos económicos y filósoficos de 1844 y de la guerra popular.

La opción por la lucha armada comienza a dividir aguas.

Alicia reparte su militancia en tareas de difusión, de organización y apoyo logístico a distintas experiencias.

Colabora con la temprana guerrilla de los Uturuncos en el noroeste del país, reúne a militantes de pequeñas organizaciones y núcleos de izquierda (por lo general, escindidos de partidos que adoptaron una línea reformista, que Alicia no ha vacilado en criticar), y organiza grupos para su entrenamiento en Cuba. Inicialmente, tiene menos éxito a la hora de convocar peronistas.

En paralelo, apoya el intento del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), en Salta, en 1963-1964.

En este último año es cofundadora de Acción Revolucionaria Peronista (ARP), concebida como grupo de acción y concientización en el marco del movimiento peronista, pero independiente de sus estructuras «oficiales».

En 1967, junto con el mayor Alberte, participa de la revista Con Todo.

Ese mismo año regresa con Cooke a Cuba; él encabeza la delegación argentina que participa de la Conferencia Tricontinental, de allí surgirá la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS).

Cooke muere el 19 de septiembre de 1968, a los cuarenta y ocho años.

Alicia no jugará el papel de viuda de una celebridad, ni de su albacea político-literario.

Es cierto que, entre 1971 y 1972, publica los trabajos de su compañero, incluyendo la Correspondencia Perón-Cooke (principalmente, porque adquieren una vigencia inaudita), pero ella continúa trabajando en delinear la Tendencia Revolucionaria.

En 1969 participa de su Congreso Fundacional, realizado en Córdoba y colabora en la elaboración del documento /em>Estrategia y táctica revolucionaria . Se identificará con las Fuerzas Armadas Peronistas el Peronismo de Base (P.B.), con el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre (MR17) y el Frente Revolucionario Peronista (FRP), grupos que, a diferencia de Montoneros, estaban asumiendo definiciones marxistas.

El 4 de octubre de 1971 publica su «Carta Abierta a Perón», e inicia su participación en el semanario Nuevo Hombre, publicación dirigida por Enrique Walker y en la que escribían Pablo Damiani, Antonio Caparrós, Nicolás Casullo, Eduardo Luis Duhalde, Rodolfo Ortega Peña, Vicente Zito Lema y varios militantes presos en la cárcel de Villa Devoto, Armando Jaime y Mario Franco, por ejemplo. En Nuevo Hombre Alicia publica, entre otros trabajos: las «Notas para una biografía de John» y «Pulgarcito (selección de sus papeles)». La publicación se identificará en 1973 con el Frente Antimperialista por el Socialismo (FAS), impulsado por el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). En noviembre de 1973, la revista reprodujo el discurso que Alicia pronunció en el Primer Congreso del FAS. Su adhesión a la lucha armada no debe confundirnos. Para ella, la base de una revolución se forjaba en la lucha de masas. Fue una crítica implacable de toda forma de elitismo.

Propició, además, formas frentistas.

Alicia, con lucidez preclara, tomó conciencia de una situación complicada: la mayor parte de la izquierda peronista revolucionaria estaba compuesta por jóvenes, y su pertenencia al peronismo era muy nueva. Consideraba que si el choque con la realidad del peronismo posterior a Ezeiza (que apestaba a razzia) resultaba duro para los viejos militantes, para los jóvenes la contradicción era indigerible, se prestaba a la confusión y sembraba dudas en cuanto al futuro. Alicia alertó a los jóvenes respecto de Perón. Ella sabía bien que el peronismo era un «río difícil» y muchas veces «descorazonante» y que la idealización de Perón conducía al abismo. La brecha generacional no suturó. Las precauciones de «los viejos» no se tuvieron en cuenta. En 1973 formó parte del Consejo editorial del diario El Mundo, orientado por el PRT-ERP, clausurado en 1974, al igual que Nuevo Hombre. Aunque estrechó sólidos vínculos con el PRT-ERP, en 1975 apoyó la iniciativa que dio forma al Partido Auténtico. Con la intención de alimentar esa nueva experiencia participó, junto con Alberte y Mabel di Leo, en la fundación de la Agrupación 26 de Julio.

Como decíamos al comienzo, Alicia nunca logró pasar inadvertida. Fiel a su rebeldía ante las llamadas «condiciones femeninas»: pragmatismo, cautela e «instinto» de conservación, es recordada por sus compañeros siempre muy «expuesta», sobre todo después del golpe de marzo de 1976. En abril de 1977, la secuestró un «grupo de tareas» de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Fue torturada y arrojada al Río de la Plata en uno de los vuelos de la muerte.

Sería injusto decir que Alicia ha sido derrotada. El triunfo es el criterio de verdad de los burócratas.

Por otra parte, estas no son notas para un epitafio póstumo. Reivindicar el itinerario de Alicia Eguren,recuperar y revalorizar sus huellas, puede servirnos para conjurar su desaparición. Pero, ante todo, para rehabilitar un país y un tiempo con posibilidades vitales.

Fuente: www.prensadefrente.orgwww.elortiba.org _________________________________________________________________________________«NUNCA HE VISTO OTRO HOMBRE MÁS VIVO QUE ÉSTE»

 

 Por José Pablo Feinmann

[Fragmento de «La astucia de la razón», editorial Norma]

No era lejos. En menos de cinco minutos estábamos allí. Antonio, a todas vistas urgido, abrió la puerta y se bajó con la renoleta todavía en movimiento. Giró levemente, me miró y me hizo un vago gesto con su mano derecha. Y dijo: «Te veo adentro». La renoleta se detuvo y yo también bajé. Un compañero -el que había conducido, creo- me dijo: «Seguime». Y así entré en la casa de los mecánicos. Así entré en la casa de la calle 27 de Abril. Todo tenía para mí el esplendor de lo inesperado, de lo nuevo. El corazón me latía con mucha fuerza, sus golpes eran incesantes. Abruptamente pensé: son como los de un timbal que anuncia grandes sucesos. Allí, en esa casa, en la casa de los mecánicos, en la casa de la calle 27 de Abril, estaba René Rufino Salamanca. Y con él, qué duda podía caber, estaba John William Cooke. Allí, entonces, estaba la Historia. Entré.

Cuando por fin encontré un lugar en la mesa advertí que me hallaba lejos de Salamanca, lejos de Cooke. No obstante, podía, con algún esfuerzo, escucharlos. Los compañeros habían traído vino de damajuana y empanadas. Cooke comía y hablaba a la vez. Y las dos cosas, abundantemente. Pasaba con él eso que pasa con los gordos: se los ve más gordos cuando comen. Pero la gordura de Cooke no era la de cualquier gordo. Era la de Cooke. Quiero decir: simbolizaba todo cuanto había en él de exuberante, de desmesurado. Lo engordaban sus ideas, sus convicciones incontenibles, sus pasiones. Ahora, un hilo de aceite denso, amarillento, se deslizaba desde sus labios hasta perderse entre su barba. Entonces, recuerdo, pensé: nunca he visto a un hombre más vivo que éste.

Algunas frases me llegaban. No todas, pero, creo, las suficientes. Salamanca le decía Gordo a Cooke, como le decían sus amigos y también como, entre ellos, le decían los militantes. Cooke le decía Salamanca a Salamanca, no le decía René ni Rufino, le decía Salamanca. Y, con frecuencia, los dos se decían compañero.

Sin embargo, pese a que Salamanca le decía Gordo a Cooke y pese que Cooke le decía Salamanca a Salamanca, era Cooke quien más hablaba, era Cooke quien bajaba línea, era Cooke quien parecía tratar, digamos, paternalmente a Salamanca. Y no era casual: Cooke tenía una vasta historia a sus espaldas. Había sido diputado bajo el gobierno de Perón, había sido interventor del Partido Justicialista en el tórrido mes de junio de 1955, cuando el gobierno peronista era desplazado por la reacción oligárquica, había sido representante de Perón durante los primeros años del exilio del general, había tramado el pacto Perón-Frondizi, había estado en Cuba, con Fidel, había sido amigo del Che, y ahora estaba aquí, en la calle 27 de Abril, en la casa de los mecánicos, y hablaba con René Rufino Salamanca, y comía empanadas, y se bebía ese vino oscuro de damajuana, y exudaba vida.

Y entonces Salamanca (porque aquí estamos, ¿no?: con Cooke y Salamanca hablando, diciéndose frases que a veces llegan a mis oídos, y a veces no), como si anunciara la más meditada de sus frases, el más hondo de sus cuestionamientos, le sirvió a Cooke un abundoso vaso de vino, tan abundoso que dejó vacía la damajuana, y que hizo de esta damajuana vacía un símbolo: el de una conversación que llega a sus instantes culminantes, finales, que agota su alcohol, que extrema, consumiéndose, su fuego.

«Mirá, Gordo», dijo Salamanca, «el problema es éste: los obreros son peronistas, pero el peronismo no es obrero». Luego de los cual, es decir, una vez oída esta frase, Cooke se llevó a los labios el abundoso vaso de vino que Salamanca le había servido y se lo bebió hasta más allá de la mitad. El silencio, según suele decirse, podía cortarse de un tajo, allí, en la casa de los mecánicos, en la calle 27 de Abril, tanta era nuestra expectación. Cooke apoyó con fuerza el vaso de vino sobre la amplia mesa y le echó una mirada rápida al flaco Marimón, como si dijera: «¿Durante cuanto tiempo te pensaste esa frase, pibe?». Y por fin dijo, mirándolo a Salamanca dijo: «Si el peronismo fuera obrero como los obreros son peronistas, la revolución la haríamos mañana mismo». «Y si, claro», dijo Salamanca. Y apoyó un codo sobre la mesa y también apoyó su rostro sobre su mano derecha. Así, se acarició reflexivamente una barba hirsuta que le había crecido durante el día. Entonces dijo: «Tenemos que conducir la clase obrera al encuentro con su propia ideología, compañero. Que no es el peronismo». «Estás equivocado», dijo Cooke con una convicción casi tangible. «Eso es ponerse afuera de los obreros. Eso es hacer vanguardismo ideológico, Salamanca. Recordá lo que aconsejaba el barbeta Lenin: hay que partir del estado de conciencia de las masas. ¿Está claro, no? La identidad política de los obreros argentinos es el peronismo. No estar ahí, es estar afuera».

«Bueno compañero», dijo Salamanca, «entonces nosotros estamos afuera. Afuera del peronismo y sobre todo afuera de la conducción de Perón». Cooke sonrió entre alegre y sarcástico. Agarró el vaso de vino, que ya no era abundoso, pues, según he dicho se lo había bebido hasta más allá de la mitad, se lo llevó a los labios y ahora se lo bebió hasta la última gota. Otra vez lo apoyó con fuerza sobre la mesa y dijo: «No hay caso entre ustedes y Perón, ¿eh? Cómo les jode, che. ‘Bonapartista’. ‘Nacionalista burgués’. O si no, lo peor: ‘fascista’.

Si, ya se. Vos no le decís ‘fascista’, Salamanca.

Sos más sutil que eso».

Lo señaló al flaco Marimón y añadió: «Tu asesor también.

Lo de ‘fascista’ se lo dejan a la derecha.

Al diario de los Mitre.

Ustedes son diferentes. No dicen ‘fascista’.

Pero dicen lo que ya dije, ¿no? ‘Bonapartista’. ‘Nacionalista burgués’.

Distintas formas de decir la misma cosa, Salamanca.

Que Perón no representa los verdaderos intereses de la clase obrera.

Que la clase obrera tiene un líder y una ideología burgueses.

Bueno, mirá, escuchame bien».

Entonces Cooke apoyó sus dos codos en la mesa, unió sus manos formando una capilla y, sobre ellas, sobre esas manos de dedos gordos pero fuertes, según lo he dicho, macizos, apoyó su barba y el mentón.

Créanmelo, insisto: ahora, el silencia, todavía más que antes, podía, según suele decirse, cortarse con un tajo.

Entonces Cooke dijo: «Me cago en Perón, Salamanca».

Agarró de nuevo su vaso, lo golpeó contra la mesa dos o tres veces y dijo: «Más vino aquí».

Alguien hizo aparecer una veloz damajuana y le llenaron el vaso hasta el borde.

Cooke se tomó un buen trago, apoyó otra vez el vaso sobre la amplia mesa, miró fijamente a Salamanca y dijo: «No sé si he sido claro, compañero». Salamanca se adueñó de la damajuana y se sirvió vino.

No bebió, pero lanzó una risa inesperada y sonora.

Súbitamente aliviados, todo reímos con él.

¿No era acaso maravilloso oírle a Cooke «Me cago en Perón»?

¿Hasta dónde llegaría la osadía teórica de ese hombre excepcional?

Porque nadie dejó de entenderlo: «Me cago en Perón» no era un insulto.

Era una afirmación teórica.

No sé si me entienden.

En labios de John William Cooke, eso, Me cago en Perón, era una valiosa afirmación teórica, de la cual nosotros, allí, en la casa de los mecánicos, en la calle 27 de Abril, acabábamos de ser los afortunados testigos.

De aquí la risa inesperada y sonora de Salamanca.

De aquí nuestra propia risa.

Que volvió a estallar y que esta vez no sólo fue alegre y sonora sino también mordaz cuando v dijo: «Nosotros también, Gordo. Nosotros también nos cagamos en Perón».

Y luego, cuando se hubieron sosegado nuestras risas, añadió: «Parece que estamos más de acuerdo de lo que creíamos».

Lo cual no fue aceptado por Cooke, ya que dijo: «No, compañero. No estamos de acuerdo. Porque ustedes se cagan en Perón de una manera y yo y los peronistas como yo de otra.

Porque, para ustedes, compañero, cagarse en Perón es quedarse afuera.

Afuera de Perón y de la identidad política del proletariado.

Mientras que para nosotros, cagarnos en Perón, es rechazar la obsecuencia y la adulonería de los burócratas del peronismo.

Es reconocer el liderazgo de Perón, pero no someternos mansamente a su conducción estratégica.

Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es crearle hechos políticos a Perón, aun al margen de su voluntad o del que sea su propio proyecto.

Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es creer y saber que el peronismo es más que Perón.

Que Perón es el líder de los trabajadores argentinos, pero que nosotros, los militantes de la izquierda peronista, tenemos que hacer del peronismo un movimiento revolucionario.

De extrema izquierda.

Y tenemos que hacerlo le guste o no le guste a Perón.

Porque si lo hacemos, compañero, a Perón le va a gustar.

Porque Perón es un estratega y un estratega trabaja con la realidad.

¿Entendés, Salamanca?

Y nosotros le vamos a crear la realidad a Perón.

Una realidad que, más allá de sus propias convicciones que son muy difíciles de conocer, Perón va a tener que aceptar.

Porque Perón, Salamanca, ya no se pertenece.

Quiero decir: lo que no le pertenece es el sentido político último que tiene nuestra historia.

Porque Perón, Salamanca, va a tener que aceptar lo que realmente es, lo que el pueblo hizo de él: el líder de la revolución nacional y social en la Argentina.

Ésa es, entonces, compañero, en suma, mi manera de cagarme en Perón».

Y cuando Cooke hubo dicho esto, cuando Cooke hubo terminado de largarse esa parrafada, el silencio, allí, en la casa de los mecánicos, en la calle 27 de Abril, era otra vez como ya he dicho que era, es decir, el silencio, ahora, otra vez, podía cortarse con un tajo.

Cooke respiró hondo, buscando un aire que necesitaba luego de todas esas palabras que le había arrojado a Salamanca, se recostó pesadamente sobre su silla, cruzó sus brazos sobre su abdomen y se quedó así, tranquilo, como en reposo, mirando fijo a Salamanca, a la espera.

El flaco Marimón se había apartado levemente de Salamanca, es decir, ya no se lo veía inclinado sobre el líder de los mecánicos, sobre el hombre que poseía el don de atraer las vibraciones y convertirlas en acontecimientos, en René Rufino Salamanca, sino que, tal como lo he dicho, ahora se lo veía apartado, o, quizá, más precisamente, se lo veía más inclinado sobre Cooke que sobre Salamanca, pues lo miraba con una fascinación que se le adivinaba pese a sus anteojos densos y con una sonrisa que era casi de gratitud, un reconocimiento hondo, verdadero, y que se abría espacio entre su barba bien recortada pero espesa de ideólogo cordobés y revolucionario.

Y entonces Salamanca tajeó el silencio porque dijo: «Mirá Gordo, aunque vos te cagues en Perón de una manera y nosotros de otra, ya sé que estamos en la misma trinchera».

Hizo una breve pausa y añadió: «En el mismo lado de la lucha, compañero»

Entonces alguien tajeó definitivamente el silencio y gritó: «¡Viva el compañero Cooke!».

Y otro gritó: «¡Viva el peronismo revolucionario!».

Y un gordo enorme, mucho más alto y más gordo que Cooke, un mecánico, un hombre de la calle 27 de Abril, un morocho a quien todos, coherentemente, le decían negro, un morocho que se llamaba como Salamanca, pero no René, sino Rufino, es decir, que tenía el más sonoro y el más viril de los dos nombres de Salamanca, el negro Rufino, entonces se trepó a una silla con una agilidad que en él era un desatino, elevó su brazo, cerró su puño, lo hizo girar vertiginosamente y con toda su alma gritó: «¡Viva Perón, carajo!»

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APUNTES PARA LA MILITANCIA
JOHN WILLIAM COOKE

Propósitos

Contar con una información adecuada no es sólo un derecho que la masa peronista se ha ganado en sufridos años de lucha, sino también condición esencial para cumplir su misión histórica de liberar nuestra patria de la explotación nacional e internacional.

Sin embargo, desde las estructuras dirigentes del movimiento únicamente le llegan trivialidades que nada agregan salvo confusión.

Las funciones inexcusables es extender y ahondar ese conocimiento directo, elaborar críticamente datos de la realidad contemporánea y presentar conclusiones que aclaren su sentido, extraer y generalizar las enseñanzas que deja la acción colectiva, tareas sin las cuales no se perfeccionan las formas organizativas y de combate.

Es en la organización revolucionaria que se opera ese enriquecimiento recíproco, al cual contribuyen los cuadros directivos con las síntesis esclarecedoras que orientan a las masas obreras.

El peronismo lo necesita con urgencia, como punto de partida para replantear sus inoperantes líneas políticas.

Para saber cuales son nuestras fallas y llegar a sus causas hay que tener una visión global de la Argentina, de las fuerzas que chocan en su seno, de las características que revisten esos conflictos.

Dentro de ese marco histórico, examinar el significado del peronismo, con qué tendencias sociales e irreductiblemente antagónico, qué políticas lo condenarán a frustrarse y cuáles sirven al objetivo de realizarnos como destino nacional.

Por no plantearse correctamente todo esto, las burocracias siempre rectifican los aciertos y reinciden en los errores.

La indigencia teórica arrastra a los desastres estratégicos.

Lo primero que procuramos demostrar en la brevedad de este informe es que la teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas. No les llega como un conjunto de mandamientos dictados desde las alturas, sino por un proceso de su propia conciencia hacia la comprensión del mundo que han de transformar.

John William Cooke – Diciembre de 1964

Capítulo I

Malestar en las bases

Seguros de nuestra propia fuerza y razón, durante la tiranía militar, aun en sus períodos más sombríos, la reconquista del poder nos parecía próxima e inexorable. A nueve años del golpe imperialista (de 1955) ese optimismo ingenuo ha cedido su lugar a otra actitud más realista y reflexiva, aunque siempre poseída del optimismo.
El origen del descontento no es por lo tanto la violencia del régimen, son las sospechas sobre la aptitud del Movimiento para doblegarlo. Los presos, los torturados, los muertos, las innumerables jornadas de combate, testimonian nuestro coraje ante la adversidad: también despiertan interrogantes sobre si no estaremos malogrando tanto sacrificio.
Hay muchos de nuestros compañeros que relegan esas inquietantes intuiciones, resistiéndose a admitir el deterioro de las viejas certidumbres. Otros se tranquilizan oponiendo la convicción de que, pese a todos los obstáculos, a la larga el pueblo vencerá. Pero este fatalismo optimista no es más que otra forma de autoengaño: nuestros compromisos son con esta época, sin que podamos excusarnos transfiriéndolos a generaciones que actuarán en un impreciso futuro.
La historia no es nítida ni lineal ni simple, la Argentina de hoy es un ejemplo de sus complicaciones y ambigüedades.
La presencia del peronismo impide que las clases dominantes gocen tranquilamente de sus privilegios usurpados: es por sí misma, la prueba de la decrepitud del régimen, de su ineficacia para resolver los problemas del país (nota: aunque habría que considerar sus formas de prolongación y reciclamiento para mantenerse).

La inquietud prevaleciente responde a la impresión de que nuestros objetivos finales se hallan en una brumosa lejanía, que nuestros esfuerzos cotidianos no parecen acortar.

Dicho de otra manera: entre los anhelos de tomar el poder y los episodios de nuestra lucha, no se ve la relación de una estrategia que avance hacia los objetivos últimos.

Se organiza lo táctico, pero sin integrarlo en una política que, por arduo que sea el camino que señale, presente la revolución como factible, como meta hacia la cual marchamos.

No más que eso necesitan las masas, pero no con menos se conformarán.

Lo importante es destacar que allí está el origen de ese temor a no encontrar respuestas revolucionarias a los desafíos contemporáneos.

Las clases gobernantes no pueden ya aspirar a nada más que al mantenimiento del equilibrio.

Salvo las fluctuaciones secundarias entre fases de máxima tensión y fases de relativa calma social, permanecerán en la situación óptima mientras esta paridad no se rompa.

El peronismo, como agrupación mayoritaria, necesita alterarla.

Mientras no encuentre la política que lleve a conseguirlo, prorroga la vigencia del régimen, y simultáneamente se debilita internamente.

Tiene ante sí una opción entre dos líneas de conducta. Puede mantener la actual, confiando en que de alguna manera imprevista llegará al poder y se iniciará así el milenio peronista, concepción burocrática.

O puede plantear la cuestión a la inversa: comprender que el futuro del Movimiento no está en acertar una tómbola, sino en movilizar al pueblo en una política revolucionaria.

La casualidad que nos regale el gobierno y nos garantice el futuro no se dará. Lo que sí podemos hacer es encarar los cambios internos de fondo que nos pongan en condiciones de aspirar al poder.

La crisis del Régimen y la crisis del Movimiento Peronista

Todos coincidían en que la causa originaria de la crisis fue el gobierno peronista. El que las penurias justamente comenzaran con la restauración de 1955 no pasa según ellos de mera casualidad.

También es “casualidad” que después de nueve años de una política que es la antítesis de la que habría provocado la crisis, ésta sigue a toda marcha.

Pero desde todas las tribunas se nos suministra una explicación que absuelve nuevamente al régimen con irrefutable rigor lógico: lo que impide sacar al país del pantano son las maquinaciones de una formidable asociación ilícita, que integran Perón, Fidel Castro, “los que sueñan con un retorno imposible” y Mao Tse Tung, además de una caterva de agentes del “comunismo internacional” que nadie ha visto nunca, pero que se nos dice que está por todas partes haciendo maldades a full time.

Sobre la caracterización de la crisis hay una amplia variedad de versiones: es crisis moral, o crisis de la cultura, o crisis del desarrollo, o crisis de jerarquías, etc….

Hay quienes ven el fin de sus privilegios como si fuese el fin de la comunidad: confunden el no-ser burgués con el no-ser de la Nación.

Por nuestras virtudes hemos podido agudizar las contradicciones internas de los sectores gobernantes, impedir muchos de sus abusos, evitar la institucionalización del despojo y el semicoloniaje.

Por nuestras carencias no hemos logrado impedir que el régimen siga manteniendo intacta la superioridad en fuerza material que le permite subsistir, oscilando entre la dictadura desnuda y la dictadura encubierta, tras las formas rituales de la democracia minoritaria.

A su propia anarquía e incoherencia hemos opuesto nuestras propias indecisiones, nuestra invertebración teórica y operativa.

El pueblo se niega a aceptar el viejo juego político en que sólo participaba por procuración, y por medio del Movimiento ha hecho imposible el reestablecimiento de ese anacronismo, salvo como aparato desprovisto de todo vestigio de representatividad.

No ha logrado en cambio dotar a esa vocación de poder de una práctica eficaz.

La resistencia no es suficiente: sin contraataque no hay victoria.

El Movimiento exige una política en que se conjuguen las ideas, la práctica y la organización revolucionaria, en que la búsqueda de los objetivos finales se armonice y complemente con las variantes tácticas y operativas capaces de dar respuesta a cada coyuntura.

Cada vez que se nos cierran los caminos de la semilegalidad, la burocracia declara la guerra.

Pero nada más.

Ésta queda librada a la espontaneidad de sacrificados activistas que oponen una violencia inorgánica, inconexa e insuficiente, frente al potencial y a la técnica siempre en aumento de los órganos represivos oligárquicos imperialistas.

Esta vacancia de conducción dura hasta que viene un nuevo período de soluciones negociadas.

Entonces, los que estuvieron en la retaguardia durante el combate, pasan a ser la vanguardia en los trámites de la tregua y capitalizan la abnegación de las bases en la mesa de arena de los acuerdismos.

En el escenario político del país, la diferencia entre los partidos tradicionales y el peronismo es neta, tajante, evidente por si misma.

Esto explica que nos proscriban, no pertenecemos al mismo sistema.

Pero las estructuras del movimiento no reflejan esa contradicción irresoluble, sino que ésta reaparece internamente.

Tenemos por un lado el peronismo rebelde, amenazante para los privilegios, y por otra parte, aparatos de dirección en los que predomina una visión burguesa, reformista, burocrática, en lugar de la visión revolucionaria que corresponde a la realidad objetiva del papel que cumple el peronismo en la vida nacional (nota: en la vida partidaria, el pejotismo liberal ocupó el lugar contra el peronismo revolucionario).

Capítulo II

El orden de la oligarquía liberal

“¿Cuál es la fuerza que impulsa ese progreso? Señores, ¡es el capital inglés!»
Bartolomé Mitre

La recolonización de 1955 permitió a la minoría explotadora ocupar económica y políticamente el país, pero no culturalmente.

Antes una cosa implicaba a la otra, ahora no.

La fórmula había funcionado durante un siglo a partir de la derrota nacional de Caseros.

Allí se liquidó el pleito entre las dos corrientes que chocaban desde los días de Mayo: la del puerto de Buenos Aires, cosmopolita, librecambista, vehículo de ideas e intereses que convenían a Europa y trataba de imponer al resto del país; y otra, nacionalista popular, que veía al país en su conjunto y como parte de la unidad latinoamericana.

Antimorenistas y morenistas, dictatoriales y americanistas, unitarios y federales, fueron fases de ese enfrentamiento.

Una vez que Argentina quedó incorporada como satélite de la primera potencia capitalista de mediados del siglo XIX (Inglaterra) y se unificaba en la política de la oligarquía portuaria, los antagonismos se denominaban separatistas bonaerenses y hombres de Paraná: crudos y cocidos, chupandines y pandilleros, liberales y autonomistas, cívicos y radicales.

Desde la Independencia, los intereses foráneos tenían su aliado natural en la burguesía comercial de Buenos Aires, dispuesta a enriquecerse como intermediaria de un comercio sin restricciones en Europa.

Su primera víctima fue Mariano Moreno, cuya visión americanista chocó con el centralismo unitario que subordinaba el país a la política bonaerense.

A ellos se debe el rechazo de los diputados orientales que llevaban a la Asamblea del año XIII las instrucciones de Artigas sobre la organización confederal.

Sólo desacatándose pudo realizar San Martín la campaña de Chile y Perú, pero el pago fue dejarlo abandonado a su propia suerte en suelo peruano, del cual pasó al exilio voluntario y definitivo.

Fue contra los devaneos monárquicos de ese grupo, que los gauchos impusieron el principio republicano en el año 20.

Fue contra la Constitución aristocratizante de su agente conspicuo –Rivadavia- que se alzaron seis años después los caudillos federales.

Dignos antecesores de la oligarquía contemporánea, en 1815 sancionaron la Ley de Vagancia, para terminar con la protesta de los gauchos hambreados por la política de los exportadores de carne.

En la Constituyente de 1826, los rivadavianos proponían una cláusula prohibiendo el voto de los domésticos, soldados de línea, peones, jornaleros, en una palabra, a la chusma que había hecho la Independencia.

Borrego, a quien luego harían asesinar por Lavalle, ridiculizó los argumentos de esa minoría reaccionaria.

La de hoy, aplica el mismo principio proscriptivo aunque no tiene la valentía de sostenerlo con doctrina.

Fue ese unitarismo el que concedió a Inglaterra la franquicia para que sus barcos navegasen nuestros ríos, a cambio del derecho espectral de que los barcos que no teníamos navegasen por el Támesis.

El mismo escandaloso unitarismo que dio toda la tierra pública como garantía para contraer el empréstito con Baring Brother’s, el que entregó las minas de Famatina a un consorcio europeo del cual Rivadavia estaba a sueldo, el que creó el Banco de Descuentos dando el control a los comerciantes ingleses.

La época de Rosas fue un compromiso entre Buenos Aires y el interior, unidos en una política defensiva contra el colonialismo anglofrancés y las fuerzas que secundaban sus planes para desintegrarnos.

Buenos Aires retiene las ganancias del puerto, pero encabeza la lucha contra el extranjero.

La Ley de Aduanas protegía a la industria artesanal, el coraje criollo, la soberanía acechada.

Rosas, caudillo de la conjunción de fuerzas populares que terminó con el unitarismo, era la cabeza de los ganaderos bonaerenses, y formaba con sus amigos y parientes el sector más dinámico de la economía, integrado como industria de tipo capitalista e independiente del sistema comercial de Inglaterra: cría de ganado, saladeros, flota de barcos para transportar los productos a diversos mercados.

Cuando esas circunstancias cambiaron, la política proteccionista del Restaurador ya no contó con el apoyo de los estancieros, que se unieron a la coalición organizada por Inglaterra y dirigida por el imperio esclavista de Brasil.

En 1852 el país necesitaba superar el equilibrio precario del período rosista e integrarse como nación moderna, constituyendo una unidad económica, con el territorio nacional como mercado interno único, y el puerto de Buenos Aires puesto al servicio común como base para un desarrollo capitalista autónomo.

Ocurrió todo lo contrario.

La burguesía comercial portuaria afirmó su control al haberse constituido también como burguesía terrateniente.

Los hombres de la Federación poco pudieron contra sus maquinaciones, especialmente cuando Urquiza hipotecó su caudillaje para salvar sus vacas, y la “barbarie” del interior fue aniquilada para asegurar la hegemonía de esa oligarquía ganadero-comercial.

La Argentina se incorporó al proceso económico mundial, pero como mercado complementario del capitalismo inglés.

La manufactura importada terminó de aniquilar nuestras industrias embrionarias.

Los ferrocarriles dibujaron una nueva geografía donde el intercambio interregional desaparece, se expande el mercado comprador de artículos ingleses y nacen “las provincias pobres”.

Las compañías extranjeras, los grandes terratenientes y la burguesía que participaba del negocio importador y exportador, engordan a medida que la riqueza del interior cae en los toboganes que la deposita en los puertos para ser transferida a las islas británicas.

Los ríos que el paisanaje había cerrado con cadenas para atajar a las flotas invasoras, pasan a ser vías internacionales por prescripción constitucional: no la prosperidad sino la miseria navegarán por ellos.
Zona marginal del centro capitalista inglés, también debíamos ser dependencia ideológica y política.

Es que el imperialismo es tanto un hecho técnico-económico como cultural.

El lugar de operaciones aisladas de intercambio, establece una relación permanente que no se agota en cada transacción.

Los capitales colocados en la semicolonia deben rendir frutos durante muchos años.

Es preciso entonces evitar toda inseguridad en los reintegros y pagos de intereses.

Debe procurarse que crezca la economía agraria, para que sus productos fluyan a la metrópoli, y que no surjan industrias que desequilibren la “división internacional del trabajo”.

El imperio necesita contar con gobiernos estables, ordenados, buenos pagadores e inmunes al extravío nacionalista.

Para eso no hace falta recurrir a la presión directa o a los groseros despliegues de potencia armamentista.

La penetración financiera produce el encumbramiento de una oligarquía nativa cuyo destino estaba ligado al del “gran país amigo”.

Las expediciones punitivas de Mitre y Sarmiento ahogaron en hierro y fuego las protestas del pueblo, la cabeza de Chacho Peñaloza, exhibida en la Plaza de Olta, simboliza a la oligarquía mucho mejor que los mármoles y bronces con que ella se ha idealizado.

La dependencia económica aseguró la esclavitud mental.

La semicolonia quedó unificada en el culto idolátrico de las ideas -símbolo del liberalismo- y cuanto se le oponía fue sentenciado y ejecutado en trámite sumario.

La lucha política era entre minorías.

La montonera había sido una forma de política elemental en la que se participaba directamente.

El hombre de nuestro campo tomaba la lanza y arrancaba detrás del caudillo: iba a pelear contra los españoles o al grito de “Federación o Muerte” (que según se ha demostrado, significaba “República o Muerte”), contra los proyectos monárquicos centralistas de la aristocracia porteña, o contra el chancho inglés o francés que rondaba nuestras aguas, en último caso para entreverarse en peleas de menor significación.

El enriquecimiento de la región pampeana significó, como contrapartida, el estancamiento del interior.

El libre cambio tuvo un primer efecto negativo: la producción artesanal de las provincias interiores no pudo resistir a la afluencia de manufacturas extranjeras.

Durante la época de Rosas no se había contraído empréstitos con el extranjero, pero a medida que la Argentina aumenta sus exportaciones, y por ende su solvencia como deudor, se recurre al crédito externo con tal exageración que el país se va hipotecando hasta límites increíbles.

Sarmiento se vale del empréstito para terminar la guerra con el Paraguay y “pacificar” nuestro interior; otros empréstitos se piden para obras que no se construyen, para planes que nunca se inician, a veces sin buscar pretexto plausible.

Después se van pidiendo empréstitos para pagar los servicios de empréstitos anteriores.

Sólo de 1863 a 1873 los ingleses prestan a la Argentina 15 millones de libras esterlinas.

En estos idílicos tiempos, que tanto añoran los conservadores, el país sufría inmediatamente los efectos de cualquier contracción en los países industrializados.

Éstos eran periódicamente sacudidos por las crisis que llegaban aquí con violencia multiplicada, al reducir la demanda de nuestras exportaciones y simultáneamente el precio que se nos pagaba por ellas.

Además, justo cuando nuestro país entraba en crisis, Gran Bretaña drenaba nuestras reservas de oro agravando la situación.

Sin embargo, las clases dirigentes ponían todo su empeño en mantener el crédito internacional de la Nación a toda costa.

Un presidente diría que “es necesario economizar sobre el hombre y la sed de los argentinos”.

Yrigoyen y sus enemigos

Fue Yrigoyen quien, orientándose como pudo, infligió serias derrotas al aparato que asfixiaba al país. El yrigoyenismo fue un movimiento de masas que expresaba la tendencia al crecimiento del país, frenado por la alianza de la aristocracia latifundista y el imperio británico.
En el gobierno tuvo entre otros méritos, el de cumplir con su promesa de no enajenar ninguna parte de la riqueza pública ni ceder el domino del Estado sobre ella. En un asunto clave como el ferroviario, su acción fue fecunda, y demostró una comprensión cabal cuando, al vetar la ley del Congreso que traspasaba las líneas del Estado a una empresa mixta, afirmó en el Mensaje: “el servicio público de la naturaleza del que nos ocupa ha de considerarse principalmente como Instrumento de Gobierno con fines de fomento y progreso para las regiones que sirve”.
El apoyo a YPF, la tentativa de crear un Banco del Estado y un Banco Agrícola, la compra de barcos, etc.., son otras tantas pruebas de su orientación nacionalista.
Su política internacional fue digna, altiva, independiente, y retomó el sentido latinoamericanista que poseían los hombres de la Independencia y que se perdió a mediados de siglo pasado.
Es bueno insistir sobre el manto de plomo que recubría la cultura del país. Las voces solitarias de aquí y allá que querían agregar un aporte renovador, estaban fuera (o se las dejaba rápidamente) de los medios de difusión capaces de amplificarlas hasta influir en la conciencia política nacional.

La transición a concepciones políticas más adelantadas y claras que pudo producirse dentro del radicalismo, fue cosa que no ocurrió.

Fuera de él, en las fuerzas organizativas, había un páramo ideológico.

El Partido Conservador, representante de la oligarquía terrateniente, no se resignó a la pérdida del gobierno ocasionada por la aplicación del sufragio libre.

Mientras esperaba la hora de recuperar el poder por la violencia, su táctica consistió en unir todas las fuerzas posibles bajo el lema negativo de hacer antirradicalismo (luego, cuando contó con aliados en el propio radicalismo, su bandera sería el “antiyrigoyenismo”).
El aliado más consecuente que siempre tuvieron los conservadores fue el Partido Socialista, que no sólo los acompañó en las maniobras concretas contra el radicalismo, sino que también lo haría contra el peronismo.
Buenos Aires, puerto de factoría que servía a la intermediación importadora-exportadora, centro burocrático al que convergían los inmigrantes y los criollos desplazados por el latifundio, era la única realidad que veían –incompleta y erróneamente, además- los socialistas. Por el resto del país sentían el mismo desprecio que los “civilizadores” mitristas y rivadavianos.

La gran mayoría de los explotados estaba en el campo: eran los peones de la estancia, los obrajeros, los hijos de la tierra convertidos en mano de obra miserable.

La Argentina quedaba seccionada en una porción industrial y en otra que no lo era, cuyos respectivos asalariados se incomunicaban entre sí y perseguían objetivos contrapuestos.

Era una estrategia que podía deparar algunas mejoras a sectores reducidos del proletariado (creando nuevos motivos de desunión interclasista), pero le vedaba la lucha política para avanzar en conjunto como clase. Los obreros industriales, sin peso en el cuadro global de la economía subdesarrollada, no podían ser factor de transformaciones revolucionarias, si actuaban de espaldas al resto de los perjudicados por el sistema oligárquico imperialista.

A cambio de la fantasía de buscar una liberación exclusiva, para ellos solos, en medio de la Argentina desangrada, rompían el frente capaz de obtener una liberación real, y abdicaban del papel que les correspondía dentro de ese frente como clase revolucionaria.

En suma, no les quedaba más que “el sindicalismo puro”, la lucha economista por mejoras inmediatas, aunque debilitados por renunciar a la solidaridad de los otros grupos de intereses comunes, y votar por los socialistas, con lo que terminarían de suicidarse.

Como el Partido Socialista era enemigo de la industrialización, la clase proletaria no crecería, y como también era librecambista y enemigo de lo que llamaba las “industrias artificiales”, cuando éstas desapareciesen, los obreros sin trabajo aumentarían la oferta de mano de obra y bajarían los salarios.

Limitándose a una política meramente encaminada a las mejoras salariales en la industria, éstas servirían, por una parte, para aumentar la diferencia entre las remuneraciones de la ciudad y del campo, característica de los países subdesarrollados.

Al mismo tiempo, servirían de pretexto para el aumento de costos de producción y, sin proteccionismo, las industrias quedarían en peores condiciones ante la competencia extranjera.

Con estas menciones basta para apreciar que si el Partido Socialista nos ha negado siempre hasta “la leche de la clemencia”, no es por oportunismo ni por improvisación, sino por una vocación rectilínea –desde la cuna hasta la tumba-.

La oligarquía, copiando instituciones liberales, y el Dr. Justo remedando enfoques socialistas, llegaban siempre a las mismas conclusiones y compartían los mismos prejuicios.

Por ejemplo, al peón de tambo y al obrajero que los oligarcas explotaban y denigraban, el Dr. Justo los crucificaba teóricamente negándoles toda capacidad política.

Su discípulo, el Dr. Repetto, explica que era imposible hacerles comprender razones “porque se trata de gente muy ignorante, envilecida en una vida casi salvaje”.

Mencionamos las modalidades que los hacen indistinguibles del conservadorismo.

Destacaremos algo que acredita a los socialistas como caso político único.

Es el partido socialista del mundo colonial y semicolonial que nunca fue antiimperialista, ni siquiera doctrinariamente.

Más aún: es el único partido socialista del mundo que ha defendido expresamente al imperialismo. Hasta los más viscosos amarillismos social-demócratas de Europa, beneficiarios y cómplices de la política colonial de sus burguesías, al menos en teoría han condenado al imperialismo.

En la Argentina tenemos un fenómeno mundial: un partido socialista proimperialista en la teoría y en la práctica.

Los designios de Estados Unidos de imponer su hegemonía en todo el continente, no constituían ningún secreto: sus hombres de Estado lo venían proclamando desde hacía un siglo, y había muchos hechos probatorios en exceso, la oposición a los proyectos de Bolívar para la unificación continental, la destrucción de nuestro Puerto Soledad en las Malvinas, el robo a México de más de la mitad de su territorio, las depredaciones en Nicaragua, la incursión naval contra Paraguay, eran algunos ejemplos.

Pero cuando la intervención yanqui en Cuba, a principios del siglo XX, Juan B. Justo observó: “Apenas libres del gobierno español, los cubanos riñeron entre sí hasta que ha ido un general norteamericano a poner y mantener la paz a esos hombres de otras lenguas y otras razas.

Dudemos pues de nuestra civilización”.

Dudemos más bien de los socialistas cipayos, porque hasta los obrajeros analfabetos del Dr. Repetto, saben que cuando los cubanos tenían ganada la guerra de la Independencia, en 1898, los norteamericanos, mediante una provocación, tomaron parte en la contienda y se constituyeron en usufructuarios del sacrificio de los isleños que venían guerreando desde hacía treinta años, firmaron un tratado de paz con España sin dar intervención a los cubanos, y se apoderaron de las Filipinas, Guam, Puerto Rico, etc.

En Cuba nombraron un gobernador militar y sólo lo retiraron cuando se les dio la base de Guantánamo (que todavía ocupan) y se les reconoció el derecho de intervenir militarmente.

Cada vez que había protestas por el fraude con que se elegía a un presidente amanuense de los yanquis, estos mandaban fuerzas amparados en esa concesión.

Únicamente a los socialistas argentinos se les podía ocurrir echarle la culpa a los cubanos de esas intervenciones imperialistas que sufrieron todas las naciones que estaban en el radio geopolítico de Estados Unidos.

Cuando decía “dudemos de nuestra civilización”, se trataba de una ironía justista: quería decir que estaba seguro de nuestra barbarie.

Como la civilización y el progreso sólo pueden llegar del extranjero, también aplaudieron la maniobra yanqui que quitó una provincia a Colombia y creó la república artificial de Panamá.

Pensaban, como los yanquis, que nuestro continente sería un emporio de civilización si no estuviese poblado por latinoamericanos.

Lenin, explicando la desviación reformista de los movimientos europeos que recibían su cuota del producto colonialista, dijo que “el partido obrero-burgués es inevitable en todos los países imperialistas”.

Ha mencionado asimismo que “en todos los países en los que existe el modo de producción capitalista hay un socialismo que expresa la ideología de las clases que han de ser sustituidas por la burguesía”.

En esta segunda categoría estaría el Partido Socialista de nuestro país sin describirlo totalmente.

La Argentina, siempre al día con las modas del Viejo Mundo, quiso darse el lujo de tener un partido obrero-oligárquico-proimperialista, una creación de la fantaciencia política.

Desde que se acriollaron los inmigrantes, nunca más consiguieron reclutar a un proletario.

Cuando en la Casa del Pueblo ven acercarse a un grupo de obreros, cierran las puertas y piden custodia policial.

En 1930 la situación se tornó mucho peor, los efectos de la crisis se sentían fuertemente y la reacción afilaba sus cuchillos.

Como después pudo verse, el curso de la economía en todo el mundo no admitía ninguna salida de la depresión.

Había que capearla lo mejor posible.

Pero la maquinaria de la oligarquía le permitía exagerar las fallas del gobierno, atribuirle la culpa de procesos que eran inevitables y marcarlo como responsable del descontento popular.

El Partido Socialista, infaltable en las grandes infamias contra el país, dio una batalla parlamentaria contra la ley de nacionalización del petróleo y lo mismo su desprendimiento, el Partido Socialista Independiente, se sumó al escándalo callejero, arrastrando a los bobalicones de la pequeña buguesía portuaria, que creían que aquellos tribunos municipales eran la última palabra en materia de progresismo y audacia de pensamiento.

Entre otras lindezas, el diario La Nación emitió este juicio sintético: “No se recuerda ninguna época de fanatismo y corrupción como ésta”.

Y La Prensa: “Nunca antes en la Argentina, un gobierno quiso mostrarse y se mostró más prepotente, omnisciente, ni llegó a dejar mayor constancia de su incapacidad de actuar, respetar y ser respetado.

Por su parte el Partido Comunista no aportaba nada al esclarecimiento de las cosas, por el contrario, definió al gobierno de Yrigoyen como “reaccionario” y “fascistizante”.

El clásico frente antipopular, perfectamente sincronizado, sacó a relucir sus grandes palabras y los militares de cabeza hueca hicieron de verdugos.

La Década Infame

“Recién entonces comprendimos hasta qué punto de nuestras oligarquía estaba divorciada de la vida nacional y pudimos medir la amplitud y la perfección con que dominaba los nudos estratégicos de la vida de relación” – Scalabrini Ortiz.

En la dictadura que sustituyó a Yrigoyen pugnaban dos corrientes de pensamiento.

Los amigos más próximos del general Uriburu profesaban un vago nacionalismo fascista, cuyo expositor principal había sido Leopoldo Lugones, por entonces en una de las etapas más reaccionarias de su vida atormentada y contradictoria.

Se identificaba a la patria con su aristocracia, frente a la chusma que venía a ser lo espúreo y extranjero.

Era la “hora de la espada”.

La dictadura clasista y los grupos conservadores planteaban su contradicción de siempre: invocaban las ideas de la democracia liberal, pero en los hechos tenían que violarlas para impedir el retorno del partido derrocado, sobre todo cuando la elección de abril de 1931 demostró que los radicales seguían siendo mayoría.

Después de la guerra 1914-18, la posición de Gran Bretaña como primera potencia financiera había cedido ante los Estados Unidos, que emerge como primer país acreedor del mundo.

En la Argentina eso se reflejó en un avance norteamericano, tanto en el monto de sus inversiones como en su participación en nuestro comercio exterior.

El país se convirtió en zona de fricción entre ambos imperialismos.

Los norteamericanos invertían en algunos sectores de la industria y tenían sus ojos puestos en los yacimientos petrolíferos, buscaban el desarrollo de la vialidad para ampliar el mercado de sus exportaciones: automóviles, petróleo, caucho, etc.

Los ingleses defendían el sistema de transportes estructurado en torno a los ferrocarriles y al suministro de carbón.

La crisis del año 30, dio transitoriamente el triunfo a los ingleses.

Las inversiones directas norteamericanas habían pasado de 40 millones de dólares en 1913 a 330 millones de dólares en 1929, en 1940 representaban 360 millones: el 14% de las inversiones extranjeras contra el 61% que poseían los ingleses.

Con la primera guerra había terminado el período de auge del sistema capitalista universal.

La crisis iniciada en 1929 no fue más que un efecto retardado de ese resquebrajamiento, cuyos problemas habían quedado irresueltos.

En la Argentina el impacto fue tremendo, como consecuencia de la indefensión que nos creaba el sistema agroexportador.

Las condiciones de nuestro progreso –demanda creciente de productos agropecuarios, fertilidad de la zona pampeana, arribo de capitales y de inmigración- provenían de afuera, al margen de una acción consciente impulsada por factores internos.

Ese desarrollo espontáneo ya estaba agotado para entonces, pues el aumento de la producción ya no podía hacerse mediante la incorporación de nuevas tierras aptas para el proceso productivo.

La crisis trajo un estancamiento en la demanda mundial de nuestras carnes y cereales, y el valor de las exportaciones argentinas se redujo, de golpe, en un 50%.

Los países industrializados abandonaron los métodos del liberalismo, y establecieron una serie de medidas para contrarrestar los efectos de la depresión.

Simultáneamente, se invirtió la corriente mundial de capitales: en lugar de afluir a los países dedicados a la producción primaria, retiraron gran parte de las inversiones y cesaron sus préstamos.

Para hacer frente a los déficits de sus cuentas internacionales, los países como Argentina no tenían otro recurso que apelar a sus reservas de oro y divisas y, cuando éstas se agotaron, a diversas medidas de regulación económica.

La conferencia de Ottawa, en que Gran Bretaña había establecido sus dominios, un sistema de “preferencias” que cerraba las puertas a la penetración comercial americana, puso a nuestra oligarquía en el trance de perder el mercado británico de carnes.

Empavorecida mandó una delegación a Londres, encabezada por el vicepresidente de la República, que firma el pacto Roca-Runciman y somete a nuestra economía a dictados ingleses.

Gran Bretaña no se comprometía a nada importante.

En cambio se le otorgaba el control de nuestro mercado de carnes y distribuir el 85% de su exportación, asegurándose además que el transporte se realizase en sus buques.

La clase dirigente entregó al extranjero todo cuanto éste exigió, desde el manejo de la moneda y el crédito hasta el monopolio de los transportes.

El principal instrumento de dominación fue el Banco Central, cuya ley preparó Otto Niemeyer, vicepresidente del Banco de Inglaterra, y fue adoptada y puesta en ejecución por los doctores Pinedo y Prebisch.

La misión nombrada por Justo para proyectar las reformas financieras del país era, con leves modificaciones, la misma que antes había nombrado el gobierno de Uriburu.

La componían Alberto Hueyo, E. Uriburu, Federico Pinedo, Raúl Prebisch, R. Berger, R. Kilcher, L. Lewin, y Robert W. Roberts, representantes de la banca Baring Brothers, Morgan y Leng, Roberts y Cía., que eran acreedores del gobierno.

Extranjeros eran los ferrocarriles, los teléfonos, el gas, los frigoríficos trustificados que controlaban la exportación de carnes, las empresas de comercialización de las cosechas, los tranvías, ómnibus y subterráneos.

Para dar una idea del anti-yrigoyenismo, Alvear había festejado la caída de Yrigoyen.

Los socialistas aprovecharon los años de abstención radical para conquistar una numerosa bancada parlamentaria, luego reducida a representaciones de la Capital Federal.

Ostentaron el mérito de no complicarse en ninguno de los escandalosos negociados de la época, pero silenciaron el escándalo total de nuestro encadenamiento a Gran Bretaña y de los avances del imperialismo yanqui.

Al fijar posición en el debate parlamentario sobre el pacto Roca-Runciman, el diputado Nicolás Repetto aclaró: “Desde luego, nuestro voto no implicará un reproche a la gestión diplomática realizada en Londres por el doctor Julio A. Roca.

Manifestamos y lo hemos hecho públicamente, nuestra adhesión por la forma tan discreta, por la perseverancia realmente ejemplar y por la alta dignidad que nuestra representación ha sabido mantener en todo momento en el ejercicio de su elevado mandato”.

Su oposición se limitó a lo episódico y marginal, sin calar en ninguno de los temas fundamentales que afligían a la Nación.

Eran la oposición ideal para el régimen: moderada, enemiga del desorden, cultora de todos los mitos proimperialistas.

Su minúscula astucia de jacobinos parroquiales consistía en equiparar a radicales y conservadores en salvaguardia del orden, cuando se temía que los radicales intentasen perturbarlo.

Los radicales siempre reprocharon a los socialistas el haberse aprovechado de su abstención para obtener representaciones y legalizar el fraude de los conservadores.

En defensa de esa actitud, Repetto dijo hace algunos años cosas muy graciosas: relata que, vetada la candidatura Alvear-Güemes en 1931, Lisandro de la Torre vacilaba en presentarse como candidato de la fórmula con el propio Repetto, pero éste en vano aventó sus escrúpulos, y termina diciendo: “Los hechos ocurrieron en la forma supuesta por mí, y en la elección presidencial siguiente, los radicales triunfaron con su candidato, el Dr. Roberto Ortiz” (La Razón 24/10/61).

No menciona que Ortiz fue electo por los conservadores y radicales antipersonalistas mediante un fraude cometido contra el candidato de la UCR, Alvear.

Con el criterio de Repetto, en la elección de 1931 no hubo proscripción radical, puesto que el general Agustín P. Justo era también radical antipersonalista (Ortiz fue uno de sus ministros).

Desde luego, ahora los radicales prefieren no hablar de esos episodios, desde que hace años son ellos los que usufructúan la proscripción del partido mayoritario (nota: el peronismo había sido proscrito desde 1955) y eso les ha convertido en gobierno.

Cuando aluden al tema se enredan en explicaciones más retorcidas aún que las habituales.

Uno de los que lo ha abordado intrépidamente es el Dr. Ricardo Balbín, y como era de esperar, desapareció toda confusión.

Su diáfana oratoria dejó establecido que las situaciones no eran idénticas.

“Los radicales mantuvieron su entereza moral en la abstención, sin prestarse con sus votos a pactos ni a la confusión de la República.

Los proscritos deben tener espíritu demócrata y no ser aventureros del poder” (La Razón, 06/08/61).

Capítulo III

La brisa de la historia

La política de neutralidad del gobierno militar rompía la unidad continental que Estados Unidos buscaba para su política de guerra (Segunda Guerra Mundial).

El Departamento de Estado apeló a todos los recursos para forzarlo a cambiar de línea o provocar su derrocamiento: retiro de los embajadores latinoamericanos, inglés y norteamericano, congelamiento de nuestras reservas de oro en Estados Unidos, prohibición a sus barcos de tocar puertos argentinos, restricción de sus exportaciones con destino a nuestro país, etc.

Recién en 1945, cuando la suerte del conflicto mundial estaba decidida, la Argentina rompió relaciones con el Eje, pero sin unirse al rebaño de las restantes repúblicas americanas conducidas por los yanquis.

Los partidos, la prensa y los intelectuales, movidos por el imperialismo, apoyaban al embajador yanqui Spruille Braden, quien actuaba públicamente en la vida política argentina, fogoneando la renuncia y detención de Perón.

Pero los trabajadores ya no consintieron esa nueva vergüenza: todo el país quedó paralizado por una huelga general, y las multitudes marchan hacia Plaza de Mayo donde exigen la libertad de Perón y su vuelta al poder.
Scalabrini Ortiz ha dejado una inolvidable descripción de esas jornadas.

De ahí extraemos algunos párrafos que captan su vivencia: “Un pujante palpitar sacudía la entrada de la ciudad.

Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas.

Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en un mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el peón.

Era el subsuelo de la patria sublevado.

Era el cimiento básico de la nación que asomaba, aglutinados por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón”.

El milagro aritmético

La oligarquía había temblado ante la invasión de los descamisados.

Las explicaciones autotranquilizadoras le devolvieron la calma que se transformó en euforia cuando, de inmediato, el gobierno convocó a elecciones para cuatro meses más tarde: allí obtendría el triunfo que se le acababa de escapar de las manos y castigaría la escoria responsable del fracaso.

El Régimen al que había referido Yrigoyen se había reconstituido, esta vez con el radicalismo como participante principal.

El acercamiento de los partidos respondió, como hemos visto, a una serie de motivos: el belicismo los llevó a desarrollar actividades conjuntas, y desde junio de 1943 habían desaparecido las causas del antagonismo –fraude, lucha por el gobierno- y todo contribuía a unirlos, incluso la desgracia común.

Ante la ola desconocida que traía un candidato “de afuera”, no perteneciente al selecto club democrático-representativo, se constituyó la Unión Democrática.

Mirada desde el ángulo tradicional, la Unión Democrática era una aplanadora: estaban todos los partidos que tenía el país, es decir, todos los votos.

Los analistas procedían con criterio realista y admitían que de ese inmenso montón de sufragios había que descontar unos puñaditos de gente votaría al candidato “imposible”, algunos obreros sin conciencia que se habían dejado engañar por el demagogo, los sectorcitos que seguirían a los radicales de la Junta Renovadora, los totalitarios, claro está, y por fin ciertos elementos de la población, como ser vagos, ladronzuelos, punguistas, borrachos, malevos….

En suma, una ínfima minoría de estúpidos y antisociales, y por consiguiente, lo único que tenía interés era el escrutinio de las listas de diputados para ver como estaría compuesto el Parlamento que acompañaría al gobierno de Tamborín-Mosca.

Para mayor garantía, el imperialismo yanqui no dejaba de ayudar a sus amigos.

Poco antes, la Junta de Exiliados Políticos Argentinos se había dirigido a las Naciones Unidas pidiendo la solidaridad del continente contra nuestro gobierno, en un documento que llevaba la firma de los partidos Socialistas, Demócrata Progresista, Radical, Demócrata Nacional (conservador) y Comunista.

Braden había dejado la embajada, ascendido al cargo de Subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos y desde allí trataba de obtener el asentimiento para los que desde aquí pedían “la intervención militar en la Argentina”.

En noviembre de 1945, el canciller uruguayo, Rodríguez Larreta, le da estado diplomático a la tesis y emite la Doctrina de Intervención Multilateral, propiciando la intervención colectiva del hemisferio para restablecer la democracia en nuestro país, recibiendo la respuesta que merecía de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores.

Faltando pocos días para las elecciones, el Departamento de Estado norteamericano publicó el Libro Azul, donde se repetían las habituales acusaciones y se daban “pruebas” de que Perón y sus colaboradores eran agentes nazis.

Nuestro gobierno las desmintió con el Libro Azul y Blanco, haciendo enérgicas consideraciones sobre la intromisión norteamericana en los asuntos internos de la Argentina.

No hay necesidad de explicar cómo fue que perdieron todos los partidos, con toda la prensa y el dinero, con las omnipotentes embajadas de las democracias victoriosas, con los estudiantes, profesionales e intelectuales, con los caudillos grandes y chicos de todo el país.

Ese golpe fue cruel para todos ellos.

Muy especialmente para el radicalismo, que de ser una inmensa mayoría, se encontró ante la sorpresa de que no podía ganar ni con el aporte de todos los partidos juntos.

Sus frases seguían siendo las mismas, los propósitos que venían enunciando no habían cambiado, ni tampoco la comunicación inmaterial con las masas de Alem, Yrigoyen y Alvear.

Sin embargo ese pueblo que durante trece años de fraude había querido votarlos, ahora que tenían la oportunidad de hacerlo en comicios libres, les volvía la espalda para seguir a un recién llegado.

Ellos se veían a sí mismos de una manera: la imagen era falsa y el pueblo los contemplaba tal como eran.

La UCR, como todo partido “serio”, excluyó de su léxico la palabra “imperialismo” justo cuando el hombre de la calle estaba adquiriendo conciencia de su peligrosidad.

El caso que venimos analizando deja una primera lección: no hay que encerrarse en cuevas ideológicas, porque afuera pueden estar sucediendo cosas importantes, y uno enterarse demasiado tarde o no enterarse nunca.

El Partido Comunista, que se autotitulaba “vanguardia del proletariado”, se desempeñó como vanguardia de la oligarquía.

De lo que se han valido los antiliberales reaccionarios para desacreditar al marxismo, que parecería conducir sistemáticamente a las mismas posiciones que el liberalismo.

Lo cual es falso.

Primero, porque el marxismo no es una doctrina que de respuesta automáticamente a cada situación, es un método para conocer la realidad social y guiar las actividades tendientes a cambiarla.

Según cómo se lo utilice se llegará o no a interpretaciones y a líneas de acción concretas.

Y segundo, porque lo que ha caracterizado siempre al PC Argentino es, precisamente, el no aplicar la teoría que invocan.

Tienen una concepción del país que proviene, en parte, de asimilarlo a modelos históricos que no se adecuan a nuestro país y, en parte, de la mitología mitrista. Y una política consistente en adaptarse mecánicamente a la política de la URSS.

El marxismo sirve para justificar literalmente esa suma de irrealidades.

Así, de la táctica de los “frentes populares”, cuando se firmó en 1939 el pacto ruso-germano, va a defender la neutralidad y denunciar como sirvientes del imperialismo a los que intentaban meternos en la guerra.

Pero cuando la URSS fue arrastrada a la contienda, los “imperialismos” pasaron a ser “democracias”, los neutralistas fueron declarados “nazis”, y los cipayos pasaron a ser la esperanza de la Patria, no abandonaron el frentismo, que es su técnica permanente, pero ya no se buscó el “frente nacional antiguerrero” sino otro para incorporar a nuestro país en el frente único de los pueblos en guerra con el “nazifascismo”.

Era un nazifascismo tan raro que había levantado la intervención de las universidades, dado legalidad al Partido Comunista después de 15 años de proscripción, permitía la libertad de prensa más desenfrenada, y celebró las elecciones más limpias de toda nuestra historia, como lo reconocieron los partidos opositores.

Ningún integrante de la Unión Democrática creyó que pudiera triunfar el coronel Perón.

El 17 de octubre había sido un misterio “policial”: el 23 de febrero (elecciones) fue un misterio aritmético.

Algunos dijeron después, para prestigiarse como zahoríes, que se la vieron venir: no es cierto, eso estaba fuera de toda lógica que ellos pudieran desarrollar.

Por lo general, hasta el día de hoy siguen sin enterarse de lo que pasó.

En el subconsciente les baila la hipótesis de que es cosa de magia negra.

1945-1965: Citación nacional y actuación revolucionaria de las masas

En el año 1945, los bárbaros invadieron el reducto de la democracia para esquistos, distorsionaron todas las relaciones sociales, desmontaron los cómodos engranajes del comercio ultramarino y para colmo, se mofaron de las estatuas y cenotafios con que la oligarquía gusta perpetuarse en el mármol y en el bronce.

El 17 de octubre era algo tan nuevo, que rápidamente lo redujeron a su verdadero valor: era una especie de congregación de papanatas, delincuentes, o como decían los cultos de la izquierda oficial, lumpen proletariado, arriados por la policía en una especie de carnaval siniestro.

Lógicamente el 24 de febrero, cuando se reunieron todos los partidos políticos, los que tenían todos los votos, el candidato imposible como llamaban a Perón, no tenía otra perspectiva que la de conseguir algunos votos de esos elementos marginados.

La verdad es que los dueños de todos los votos perdieron.

En lugar de unos pocos sufragios de la canalla, la canalla sacó más sufragios que todos los partidos juntos desde la izquierda a la derecha.

Inmediatamente los teóricos buscaron explicación y lo plantearon como un episodio de la lucha de nazis y antinazis dentro de su característica habitual de trasladar a escala nacional los problemas universales.

Pero por detrás de todas esas explicaciones, en el fondo del subconsciente les baila la hipótesis de que había sido cuestión de magia negra.

Pero en todo esto había algo más que mala fe, había la incapacidad de la clase dirigente argentina para comprender un fenómeno que no cabía dentro de las formas conceptuales del liberalismo tradicional.

Ese ostracismo de las clases dirigentes debió haber sido definitivo.

Solamente duró 10 años, y sobre el perjurio de algunas espadas se restableció el régimen y resolvió aplicar sus tesis.

Los juristas de almas heladas inventaban decretos de desnazificación y crearon maravillas de la juricidad como el 4161 famoso, mientras los intelectuales inventaban teorías que iban, desde la tesis de que constituíamos una acumulación multitudinaria de abribocas encandilados por métodos de propaganda totalitaria, hasta la distinción sociológica entre masa y pueblo, la masa como algo informe, innoble, indiferenciada; y el pueblo, para decir una palabra, constituido por gente que votaba al radicalismo, a los conservadores o a los socialistas.

Hasta monseñor Plaza, el conocido clérigo financista del Banco Popular, anunció que la epidemia de poliomelitis que padecían los niños argentinos era el castigo de Dios por el extravío del peronismo.

Nosotros dijimos: soberanía política, independencia económica y justicia social.

Pero si para esos objetivos aplicamos métodos que eran adecuados a una realidad de hace 20 años, la inoperancia de los métodos desvirtúa y desmiente la fidelidad a los objetivos.

Esa manera burocrática de conseguir las cosas, no es ortodoxia peronista, es apenas oficialismo peronista.

Una teoría política que refiere a una realidad debe cambiar con esa realidad.

Le reprochábamos casualmente a la ideología liberal que las ideas eran universales y tanto valían para EEUU, África o Francia, y que tanto valían en la época ascendente de la burguesía como en la época de la expansión imperialista sobre las zonas subdesarrolladas de la tierra y lo que nosotros negamos en 1945, lo que negamos de toda esa superestructura ideológica implantada sobre una triste realidad del país, así como negamos los mitos de la historiografía mitrista y a los presupuestos de la Constitución de 1853.

De la misma manera, para ser fieles con esa negativa y toda Revolución, debe ser primero rechazo si después quiere ser afirmación, fieles a esa negativa debemos también cuestionar dentro de nuestro bagaje ideológico todo aquello ya perimido por el tiempo, por los hechos y por el fluir de la historia nacional e internacional.

Moreno, Dorrego o Rosas… han merecido nuestra admiración y nos sentimos identificados con ellos en cuanto a defensores de la soberanía, en cuanto a actores de la lucha independentista.

A nadie se le ocurriría, sin embargo, ir a repetir el plan de ninguno de ellos.

Pero en ese tiempo histórico presente de las revoluciones de los pueblos y los levantamientos de los continentes, tanto da estar atrasados 20 años como estarlo 100 o 140.

Nosotros postulamos la defensa y la continuidad de la tradición.

El pensamiento conservador es partidario del tradicionalismo, es decir, de la fijación de categorías que alguna vez fueron.

La época de la montonera no era para ellos la dinámica de las luchas de las masas argentinas en sus etapas de ascenso, sino que es el reflejo, la época de oro para una utópica restauración del fijismo de la estancia rosista.

Por eso, en el año 45, a pesar de la crítica que hizo el nacionalismo de derecha al régimen liberal y la historiografía mitrista, pronto nuestros caminos nos separaron, porque donde ellos todavía soñaban con la vuelta a la tierra, y se veían caudillos de gauchos sometidos a la elite de la aristocracia de la que formaban parte, nosotros veíamos el gaucho de carne y hueso transformado en cabecita negra, obrero y que buscaba conducción sindical, orientación para sus luchas, conquistas políticas, líderes de las masas.

Hay miles y miles de hombres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no conocieron fue el deshonor.

En el año 1945 Perón planteó perfectamente el problema nacional.

Acá hay una frase clave y que él de una manera o de otra la ha repetido siempre: “Cien años de explotación interna e internacional han creado un fuerte sentimiento libertario en el espíritu de las masas populares”.

La izquierda inclusive no la entendió.

Posiblemente si Perón en vez de decir esa frase tan sencilla hubiese dicho: La dialéctica de la lucha de clases internas, en relación con la liberación de los pueblos semicoloniales en la época de la expansión financiera del imperialismo, se conjuga en una unidad dialéctica dentro de las coordenadas de la economía y de la historia mundial…

Si lo hubiese dicho así, de esa forma, la izquierda tal vez lo hubiese reconocido como un hombre genial.

La lucha de clases estaba agudizada, pero el régimen peronista seguía planteando el problema del país, como si todavía existiese el frente policlasista antiimperialista del año 1945, con Perón como General en Jefe, y ese frente ya estaba desintegrado.

La parte marginal de ciertos sectores de la burguesía media y alta se fueron retirando rápidamente, los sectores de la pequeña burguesía, algunos movilizados por el problema religioso, otros por diversos factores coyunturales, expuestos como están a los factores propagandísticos de la burguesía, rápidamente abandonaron este frente popular, y entonces, así se explica no solamente la caída del peronismo, sino la forma en que cayó, porque la única fuerza real con que contaba el peronismo a esa altura de los acontecimientos era la clase obrera.

No es insólito que esto ocurra, lo insólito es que si bien el general Lucero es lógico que creyera en la palabra de honor de sus camaradas, qué diablos tenía que depender la fuerza de la clase trabajadora de la palabra de honor de ningún militar, si la única fuerza real con que contaba eran sus propios puños y su propia fuerza.

Y aunque el peronismo no era un régimen del proletariado, tampoco era la dictadura de la burguesía.

Sin embargo había un lugar donde pudo haberse planteado todo eso, eso era el partido, pero lo que ocurre es que también el partido y la administración y gran parte del sindicalismo sufrieron un proceso de burocratización, y ahí donde debía haber sido el campo de desarrollo ideológico se transformó en una esclerotizada estructura burocrática donde cualquier recomendado por el mismo podía ir de gerente de una empresa, como interventor del partido.

Se identificaron las tareas administrativas con las tareas políticas y lógicamente en estos casos se produce una cierta degeneración: cualquier burócrata firma un decreto y cree que ha contribuido a la grandeza de la nación, dice tres palabras de obsecuentes y cree que es artífice del triunfo peronista, murmura una arenga patriótica y cree que la República le está en deuda.

El mal proceso de selección determinó que ante esa coyuntura a que me estoy refiriendo, el salto cualitativo no podía ser tomado como medida técnica, debía haber sido tomado desde el punto de vista de la media política.

Se produce en consecuencia un enfrentamiento con una tremenda coalición interna e internacional, en la que el peronismo actuaba como si contase, como en el caso de un general que creyese que tiene determinadas divisiones que están en el campo adversario y no en el campo de él, y todos los lamentos póstumos sobre las milicias obreras, para mí son simples especulaciones fantasiosas.

Porque no se puede armar la clase trabajadora para que defiende a su régimen y al otro día decirle: Bueno m’hijo, devuelva las armas y vaya a producir plusvalía para el patrón.

La milicia obrera y la defensa del régimen implicaba los cambios sociales.

Cuando se quiso formar ya era tarde, porque el régimen se vio entre la contradicción de que el paso de su respaldo militar a un respaldo compartido por la clase obrera armada, hubiese significado perder ese aparato militar, y en ese desajuste hubiese caído irreversiblemente.

El régimen fue vendido el 16 de julio, porque casualmente cuando Perón proclamó que era el presidente de todos los argentinos, en ese momento no era más el presidente de la clase obrera, nadie más lo reconocía.

Entonces, siguió pidiendo la pacificación como la había pedido en el ’52, creyendo que le acababan de dar el último golpe a lo contrarrevolucionario, y lo que acababan de dar era el primero, un golpe prematuro de una coalición de fuerzas que seguía inconmovible.

(…) Se podría seguir todo el tiempo con esta clase de cosas.

El senador Fassi dice que la URSS es fascista y que el régimen de Fidel Castro es imperialista, y podría acumular así disparates constantemente.

Es un problema mucho más serio, eso no depende de Illia ni de Onganía ni de nadie.

Depende de determinadas estructuras que no pueden permitir el acceso del peronismo, y que cuando lo permitan será porque el peronismo no será la expresión política de los trabajadores.

Todo lo demás pertenece al mundo de la magia, al mundo del milagrerismo, en el fondo se reduce a lo siguiente: que se arme un bochinche y pase no se sabe qué y como consecuencia de eso aparezcamos no sé cómo en el gobierno sin darse cuenta de que el hecho que yo diga que el régimen está en crisis, en descomposición, no significa que el régimen cae, porque solo no va a caer, hay que voltearlo, porque una situación histórica así puede durar cualquier cantidad de años.

Cualquiera que hayan sido los factores que hayan intervenido, que en todas partes no fueron los mismos, el hecho concreto es que en el momento, para lo que yo llamo una alta conducción burocrática, de plantearse el problema de su mito, lo que había que plantear llenándolo de su verdadero significado y no como hacen con Perón, que es como Sócrates, que le dan la interpretación que quieren, entonces todos proclaman una adhesión abstracta que parece que es la más obsecuente y el máximo de fidelidad y la verdad es que es la mayor falta de respeto.

En el fondo todo radica en lo mismo, como en el año 1945 el pueblo y las fuerzas armadas marcharon juntos en una etapa de la historia, una vez que se despejen los malentendidos que siembran los malvados, nos volveremos a juntar -¡nunca más nos volveremos a juntar!-.

En primer lugar porque en 1945 eso de pueblo y ejército fue una verdad a medias.

Al fin y al cabo el 9 de octubre a Perón lo echó el Ejército.

Lo que pasa es que como en aquel entonces el balance, el equilibrio de fuerzas internas de las FFAA era muy parejo, la irrupción del movimiento de masas fue suficiente para volcar de nuevo la balanza a favor de Perón. Pero ese ejército ya lo perdimos.

Porque ese nos acompañaba en el industrialismo, en la lucha antiimperialista, en una serie de cosas, pero no en el contenido social ni en el avance social que representaba, no en la subversión de las jerarquías.

Por eso que mientras unos se levantaron contra el peronismo en septiembre, otros pelearon con bastante desgano y esto corresponde sí a un estado de espíritu, a un estado de conciencia, pero siquiera esos estaban formados en un cierto repertorio mínimo de ideas nacionalistas.

Por otra parte, cuando nos disolvamos como peronistas, si es que nos disolvemos como peronismo, es porque otra fuerza representará el papel revolucionario que representa en este momento al peronismo.

La revolución social entonces no es un orden ideal fijado porque nosotros lo consideramos que es el que preferimos con respecto a otro, es una necesidad técnica, como necesidad económica y como necesidad del país para realizarse como integridad nacional, es una tarea nacional postergada, exige ese pre-requisito de la revolución social, así que cuando nosotros decimos el régimen burgués no da más, estamos diciendo no una preferencia, porque aunque el régimen burgués fuera capaz de desarrollarse yo igual estaría en contra, pero al mismo tiempo eso no quitaría que pudiese el país recorrer etapas dentro de él.

Pero ahora lo que yo opine o no opine no tiene importancia, lo que tiene importancia es si los análisis son correctos y si los análisis tal como yo los he planteado son exactos.

Entonces hay que replantearse una nueva visión del país, una correspondencia entre las luchas del pueblo que son sacrificadas, que son abnegadas y que ya vienen desde hace 10 años, y una estrategia de poder.

A nadie se le pide que nos ponga en el poder mañana ni pasado.

Se les pide que nos encaminemos al poder, que no nos encaminemos a la disgregación, que no nos encaminemos a la esterilidad histórica.

Lógicamente como yo hago estas críticas, comprendo que puedan hacer otras, pero siempre desde la lucha.

La primera condición para criticar el combate, es estar en el combate.

Estamos en un equilibrio: el régimen que no tiene fuerza para institucionalizarse pero sí para mantenerse mientras el peronismo y la masa popular y otras fuerzas tiene suficiente potencia para no dejarse institucionalizar, pero no para cambiarlo.

¿Quién tiene que romper ese equilibrio?

Nosotros; a la burguesía con durar le basta.

EO/