Mira el video del velorio de Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus con la homilia del Padre Carlos Mugica, vivo y presente.

COMPAÑEROS FERNANDO ABAL MEDINA Y GUSTAVO RAMUS ¡PRESENTES!

Por Guadalupe Rojo

«Fueron mis hermanos Carlos Gustavo y Fernando Luis, que eligieron el camino más duro y difícil por la causa de la dignidad del hombre.. No podemos seguir con indefinición y con miedo, sin comprometernos. Recuerdo cuando con Carlos Gustavo hicimos un viaje al norte del país, y allí lo vi llorar desconsolado al ver la miseria y el triste destino de los hacheros. Fue fiel a Cristo, tuvo un amor concreto y real por los que sufren; se comprometió con la causa de la justicia, que es la de Dios, porque comprendió que Jesucristo nos señala el camino del servicio.» (Padre Mugica)

COMPAÑEROS FERNANDO ABAL MEDINA Y GUSTAVO RAMUS ¡PRESENTES!

https://dai.ly/x2w4qof

Carlos Mugica había dicho:
«No puedo sino pronunciar unas palabras de despedida para quienes fueron mis hermanos Carlos Gustavo y Fernando Luis, que eligieron el camino más duro y difícil por la causa de la dignidad del hombre. No podemos seguir con indefinición y con miedo, sin comprometernos. Recuerdo cuando con Carlos Gustavo hicimos un viaje al norte del país, y allí lo vi llorar desconsolado al ver la miseria y el triste destino de los hacheros. Fue fiel a Cristo, tuvo un amor concreto y real por los que sufren; se comprometió con la causa de la justicia, que es la de Dios, porque comprendió que Jesucristo nos señala el camino del servicio. Es un ejemplo para la juventud, porque tenemos que luchar para alcanzar la sociedad justa y superar el mecanismo que quiere convertirnos en autómatas. Que este holocausto nos sirva de ejemplo». (Padre Carlos Mugica)


El padre Benítez, confesor de Evita, presente en el velorio de Ramus y Medina, escribe sobre el secuestro de Aramburu:
«¿Qué consecuencias debieron sacar los jóvenes de semejante impunidad? Que se persiguió al peronismo por sus aciertos, no por sus desaciertos. Por otra parte, su gran propaganda son los errores de los gobiernos posteriores. Estos errores, que nuestros muchachos tienen a la vista magnifican al peronismo, al que no lo tienen a la vista. […] Las ideas revolucionarias de nuestros jóvenes dejan muy atrás los ideales justicialistas. […] Estos guerrilleros de misa dominical, que juzgaron y condenaron a Aramburu, no conocieron por dentro al peronismo. Conocieron por dentro al antiperonismo. Conocieron y padecieron- como le decía- los desaciertos de los gobiernos posteriores. Padecieron el galopante deterioro de la economía, la entrega del país, el saqueo que nos están haciendo los monopolios yanquis, la prepotencia de militares que se constituyen árbitros supra constitucionales del destino de la república como si les lloviera el cielo y no siempre son modelos de sobriedad.» (Padre Carlos Benitez)

LOS COMPAÑEROS FERNANDO ABAL MEDINA Y GUSTAVO RAMUS, PATRIOTAS DEL PUEBLO Y DE LA PATRIA.
abalmedina-200-max

Fernando Luis Abal Medina

Fernando Luis Abal Medina (1947–1970) fue un activista católico, dirigente político juvenil y guerrillero argentino, partidario de la vía armada como camino revolucionario.  

Fue fundador de la organización armada Montoneros, y su líder principal de la misma, en sus orígenes.

J
uventud y formación 

Nació en 1947, en el seno de una acomodada familia de marcada tendencia nacionalista y católica.

Cursó la escuela secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires, donde fue compañero de Mario Firmenich y Carlos Gustavo Ramus, también futuros jefes montoneros.

A los 14 años de edad se suma al derechista y violento grupo estudiantil Tacuara junto a Ramus, Firmenich y Rodolfo Galimberti.

Era un joven culto, delgado, alto y de rostro anguloso, que por entonces leía y admiraba a León Bloy, un místico francés, antiguo comunero convertido bajo el régimen de Adolphe Thiers en un católico febril y extremista.

En esa época, su hermano Juan Manuel era secretario de redacción de la revista Azul y Blanco, dirigida por Marcelo Sánchez Sorondo, cuya línea editorial estaba orientada hacia los militares argentinos de rango superior.

En 1964 Fernando era miembro de la Juventud Estudiantil Católica (JEC), rama juvenil de la Acción Católica, agrupación que abandonó ese mismo año al conocer al carismático sacerdote jesuita Carlos Mugica, convirtiéndose en uno de sus más devotos seguidores espirituales y políticos.

En dichas instancias estuvo siempre acompañado por su inseparable amigo Ramus.

Fuertemente influenciado por las ideas del padre Mugica y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, a fines del año 1966 se vinculó a la revista Cristianismo y Revolución, donde conoció a su director Juan García Elorrio, un vehemente ex seminarista fundador del Comando Camilo Torres. 


En 1967 se integró a dicha célula activista junto a Firmenich y Ramus, conociendo allí a Norma Arrostito, siete años mayor que él, quien se convertiría en su pareja hasta su muerte.


A
ctivismo y militancia política  

La aparición pública en la escena política argentina de Fernando Abal Medina ocurrió el 1 de mayo de 1967, fecha en que el Comando Camilo Torres organizó una intempestiva irrupción de protesta en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde se celebraba una misa a la que asistía el entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía. 


El objetivo de la operación era demostrar que la Iglesia institucionalizada venía actuando como cómplice y defensora del régimen dictatorial de la llamada Revolución Argentina, y al mismo tiempo hacer un llamamiento a la lucha revolucionaria a todos los católicos. 


En la ocasión fue detenido por la Policía Federal, junto a García Elorrio, Arrostito y otros.


El 31 de julio de 1967 participó junto a John William Cooke de la primera conferencia internacional de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en La Habana.


En 1968 volvió a viajar a Cuba con Norma Arrostito, pero esta vez con el objetivo de recibir entrenamiento en la lucha armada revolucionaria. 


Al regreso intentaron formar un embrión de célula activista junto a Carlos Alberto Maguid, su esposa Nélida Arrostito de Maguid, Mercedes Arrostito y su esposo, de la que estos dos últimos se desvinculan a mediados de 1969. 


Desde los años anteriores, y a partir de la prédica de la revista Cristianismo y Revolución, la ideología de casi todos estos jóvenes se fue acercando progresivamente al peronismo, al tiempo que desarrollaban una contradictoria mutación desde sus originales ideas de derecha, hacia la admiración por la Revolución Cubana y el Che Guevara.


El 7 de marzo de 1970 Fernando Abal Medina, junto a Norma Arrostito, Mario Firmenich, Carlos Ramus —vestido de sacerdote— y Carlos Capuano Martínez, asaltaron el destacamento San Ignacio de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, próximo a la localidad de San Miguel. 


De allí se llevaron una ametralladora y el arma reglamentaria del único policía que se encontraba de servicio. Al retirarse pintaron en las paredes consignas reivindicativas peronistas. 


Para entonces el grupo operativo comandado por Abal Medina estaba formado por aproximadamente una docena de activistas, más algunos colaboradores, en lo que puede considerarse la célula inicial de Montoneros.


El 29 de abril de 1970 el mismo grupo tomó el destacamento 7 de la Policía Federal, ubicado en el cruce de las avenidas General Paz y Mosconi de la Ciudad de Buenos Aires, de donde se llevaron uniformes policiales, gorras y las pistolas de cuatro policías.

Estos dos golpes han sido considerados como preparatorios para el impactante operativo subsiguiente. 

El 27 de mayo del mismo año, Abal Medina, Arrostito, Firmenich y Capuano Martínez asaltaron un garage ubicado en la calle Emilio Lamarca de la Ciudad de Buenos Aires, del cual robaron un vehículo Peugeot 404 y una camioneta.


Dos días después, usando esos y otros vehículos de apoyo, concretaron en el lujoso barrio de La Recoleta el audaz golpe con el que presentaron ante la sociedad a la organización armada peronista Montoneros: el secuestro y posterior «juicio revolucionario» seguido de muerte del general Pedro Eugenio Aramburu, ex jefe de la autodenominada Revolución Libertadora, sublevación militar que en 1955 había derrocado al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón.


Pedro Eugenio Aramburu fue secuestrado el 29 de mayo de 1970 en la primera acción pública de la organización político militar Montoneros.

En cautiverio, fue acusado por su accionar durante el Golpe de Estado del 55, y los fusilamientos de José León Suarez de 1956. 

La organización Montoneros denominó las acusaciones «juicio popular» (aunque Aramburu no tuvo la posibilidad cierta de ejercer su defensa) y lo condenó a muerte. 


Aramburu fue muerto por Fernando Abal Medina de un tiro de pistola en el sótano de una quinta en la localidad de Timote (partido de Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires).
 Años más tarde fue publicado un pormenorizado relato en el recordado número de la revista

La causa peronista del 3 de septiembre de 1974, cuyo título de tapa era: «Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan cómo murió Aramburu». La última operación armada en la que participó Fernando Abal Medina antes de su muerte tuvo lugar el 1 de septiembre de 1970 en la ciudad de Ramos Mejía, pocos kilómetros al oeste de Buenos Aires, oportunidad en que un comando montonero bajo su coordinación asaltó la sucursal del Banco de Galicia en aquella localidad, desde donde lograron retirarse con aproximadamente 36.000 dólares.

S
u muerte 

El lunes 7 de septiembre de 1970, a las 20, varios dirigentes montoneros (Abal Medina, Sabino Navarro, Firmenich y Arrostito) tenían una cita acordada en el bar La Rueda con Luis Rodeiro, cercano a la estación del ferrocarril de la localidad de William Morris, provincia de Buenos Aires.

Fernando Abal Medina y Sabino Navarro llegaron unos minutos antes de lo acordado, junto a Luis Rodeiro. 

Afuera aguardaban Ramus, en un auto robado, y metros más alejado Capuano Martinez, en otro vehículo.


Alertada por el dueño del local, quien había reconocido el rostro de Abal Medina en las fotos que requerían su captura, una comitiva policial ingresó sorpresivamente al local. 


Abal Medina sorteó el riesgo mostrando credenciales falsas de policía. 


Cuando la misma se retiraba, se inició un fuego cruzado en la acera: al ver Ramus que dos efectivos se le acercaban, comenzó a dispararles, y al tratar de arrojarles una granada, ésta explotó en sus manos, muriendo en el acto. 


Todo esto origino un tiroteo entre los presentes y la policía. 


Abal Medina, al tratar de huir debido a la superioridad numérica, es herido de bala en el pecho y cayó en la entrada del local.

Sabino Navarro pudo huir, y Rodeiro se entregó. Capuano Martinez logró escapar del lugar. 

Norma Arrostito y Mario Firmenich, quienes venían retrasados, llegaron a las 20:20 y al ver la situación huyeron inmediatamente del lugar. 


Abal Medina murió desangrado al cabo de aproximadamente una hora de ser herido.


Existen versiones no confirmadas acerca de que, advertidos de la presencia en el sitio de los activistas, la supuesta comisión policial que ultimó a Abal Medina y Ramus en William Morris, era en realidad una banda de irregulares (patrulla de soldados del Ejército Argentino) al mando del coronel Ontiveros, quienes integraban una de las comisiones que luego del asesinato de Aramburu buscaban intensamente a sus responsables.

A partir de ese año y en homenaje a su líder y fundador, el 7 de septiembre fue establecido por la conducción de la organización armada para conmemorar el «Día del Montonero».

L
egado político 

En homenaje a quien fuera su jefe revolucionario, el 6 de septiembre de 1973, sus seguidores publicaron en la revista Militancia Peronista para la Liberación un resumen del pensamiento político de Fernando Abal Medina, el cual entre otras consideraciones afirmaba como pautas esenciales: 

* Asumir la responsabilidad de la guerra popular
* Adopción de la lucha armada como la metodología que hace viable esa guerra popular, mediante formas organizativas superiores

* Absoluta intransigencia con el sistema dominante

* Incansable voluntad de transformar la realidad

* Identificación de la burocracia sindical como parte del campo contrarrevolucionario

* Integración efectiva con las luchas del pueblo

* Confianza ilimitada en la potencialidad revolucionaria de la clase trabajadora peronista

gustavoramus-200-a

Gustavo Ramus 

Nació en 1948. estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires, siendo sus compañeros de división Fernando Abal Medina y Mario Eduardo Firmenich. 

Para esa época era muy nacionalista y se pasaba leyendo historia argentina escrita por José Maria Rosa, las reflexiones de Arturo Jauretche, los ensayos políticos de Juan José Hernández Arregui y las denuncias de Raúl Scalabrini Ortiz. 


Algunos aspectos de su personalidad y pensamiento en formación, se pueden encontrar en un trabajo que le solicitó el departamento de Extensión Cultural de ese Colegio secundario. 


Fue para 1965 y debía elegir un cortometraje argentino, explicando el porque de su elección.

Escribió:”Voto por Bienvenido. Agilidad, excelentes y bien logrados efectos y una línea argumental muy bien llevada, configuran un corto en el que su director Juan José Stagnaro, pone en evidencia relevantes condiciones.

La crítica a la generación Pepsi” enloquecida por ritmos ululantes, obnubilada por la adoración de falsos idolos, alcanza contornos trágicos(…)

Stagnaro expone con singular maestría la mentalidad de cierta juventud que se estremece al compás de Los Beatles y “no espera nada de la vida” (…)

Son en síntesis diez minutos muy bien aprovechados, en que el director nos llama la atención, sin mayores pretensiones, sobre el problema de una juventud tarada por la propaganda masiva y la falta de objetivos vitales”.

Ramus inició luego estudios universitarios de Economía en la Universidad de Buenos Aires.


Empezó su militancia junto con aquellos dis amigos antes citados en un grupo católico orientado por el Padre Carlos Mugica: la Juventud Estudiantil Católica (JEC). 


Fue a Tartagal con un pequeño contingente de la Acción Misionera Argentina (AMA) que dependía de la Acción Católica Argentina (ACA) y desarrollaban campamentos de trabajo.


La pobreza ancestral de los hacheros lo conmovió muy fuertemente.

Contó que cambiaban por fideos apolillados. Ramus los ayudo a organizarse, a sindicalizarse y cuando volvió a Buenos Aires hizo la denuncia, logrando que algunos medios la registraran.

Comenzó a plantearse con otros Compañeros, el uso legitimo de la violencia como única manera de defensa, porque, en ciertos casos –como el de los hacheros – la primera violencia era la qque ejercían los patrones al rebajarlos a la mas extrema pobreza y marginalidad jamás imaginada.
 

Profundizó su compromiso cristiano y asumió el peronismo.

Comenzó a leer a Dio Paola, Mao Tse Tung, la Encíclica “Popularum Progressio” y todo lo que había sobre economía peronista del 46 al 55 y sobre guerra ded guerrillas.

La Revolución Cubana no le pasó desapercibida.

Su hermana Susana Jorgelina Ramus recuerda:
“No tenía miedo a las consecuencias de sus acciones, su temor era l de equivocarse como cristiano y no hacer lo necesario para mostrarle a los militares asesinos del pueblo que su impunidad podía terminar, porque había argentinos como él dispuestos a todo para que ellos no siguieran humillando al pueblo, reprimiéndolo, proscribiéndolo, quitándole todos los derechos que Perón había establecido para la clase trabajadora”.

Fue parte de los Grupos Camilo Torres dirigidos por juan García Elorrio.

En 1968, junto a otros Compañeros peronistas conforma los “Comandos Juan José Valle”.

Fundador de “Montoneros” es uno de los secuestradores del general Aramburu el 29 de mayo de 1970 y de su posterior ajusticiamiento.

El cuerpo del fusilador de compañeros es enterrado en un campo de la localidad de Timote en la Provincia de Buenos Aires.

La estrella de ocho puntos con la pe ve adentro –Perón Vuelve – que luego apareció en los comunicados y partes de guerra de la organización guerrillera peronista más importante de la Argentina fue bosquejada y diseñada por él.


El 7 de septiembre del mismo año cae en combate cercado por una patrulla de la policía provincial en la pizzería La Rueda de la localidad de William Morris, Provincia de Buenos Aires.


Alcanzado por las balas policiales desabrocho una granada de mano que llevaba en el cinto y luego de sacarle la anilla de seguridad trató de lanzarla sobre los canas, pero el explosivo explotó en sus manos y falleció en el acto.


La militancia recuerda todos los 7 de septiembre cada año como el “Día del Montonero”.


Dejemos que nuevamente su hermana relate lo que siguió:
“El 7 de septiembre de 1970 mamá estaba escuchando radio colonia y se enteró del enfrentamiento de William Morris. Cuando entre en la cocina estaba llorando desesperadamente. Luego vino todo el infierno de recuperar el cadáver.  Despues fue la misa de cuerpo presente junto al cadáver de Fernando Abal Medina, en la Parroquia de San Francisco Solano, donde Carli y yo habiamos tomado la comunion. La misa la dio Mugica, triste y dolido, eran sus discipulos queridos. Los compañeros cubrieron sus feretros con la bandera argentina mientras recorriamos el camino que mediaba entre la puerta del cementerio de la Chacarita y los lugares adjudicados en la tierra. Vino la policía y nos obligo a quitar las banderas. Se canto la Marcha peronista. Mi tristeza no podia ser mas grande. Se habia ido la persona que mas amaba en el mundo, mi consejero, mi amigo, mi hermano querido”

Esta y otras apreciaciones de Susana Ramus puede leerse en el libro “Sueños sobrevivientes de una montonera a pesar de la ESMA”.

El fusilamiento de Pedro Eugenio Aramburu, una consecuencia de la violencia genocida de la revolución «libertadora» en Junio de 1956.

OPERACIÓN MASACRE

Historieta sobre el texto de Rodolfo Walsh dibujada por el gran maestro francisco Solano López

  

LOS FUSILAMIENTOS QUE ORDENO ARAMBURU DE JUNIO DE 1956.

La noche del 9 de junio de 1956 el general Juan José Valle encabezó una rebelión cívico-militar que tuvo sus bases en Buenos Aires, La Plata y La Pampa. Todo concluyó luego de unas pocas horas.

Revista Zoom.
13 de junio de 2008

La trampa estaba preparada y la sed de escarmiento esperando salir a escena. Ese 9 de junio de 1956 un movimiento en contra de la dictadura del general Pedro Aramburu y compañía se ponía en marcha. 


Sólo había un pequeño detalle: las supuestas “victimas” sabían muy bien lo que iba a pasar. Y eligieron el juego más peligroso, el del gato esperando al ratón. 


Prepararon la ratonera y el resultado fue el esperado: sangre, rencor, traición y fusilamientos.

No por nada la resistencia peronista llamaba a esta dictadura La Fusiladora.

El 12 de junio de 1956, el general Valle fue fusilado junto a otras veintiséis personas.

Esto sólo serviría para profundizar los odios y los rencores de un país que silenciaba a sangre y fuego a la mayoría.

El comienzo de esta historia fue en el vapor-prisión Washington, anclado en el Puerto de Buenos Aires.

Allí fueron a parar los militares peronistas presos, entre los que estaban los generales Valle y Tanco. 

Así se comenzó a gestar la conspiración para terminar con la persecución al peronismo; la restitución de la Constitución de 1949 y la libertad a los miles de presos políticos. 


Esta fue la síntesis del levantamiento que comenzó a tomar forma a principios de 1956.

Los jefes del movimiento eran los generales Valle y Tanco y los coroneles Cogorno, Alcibíades Cortínez, Ricardo Ibazeta y el capitán Jorge Costales.

La cronología de los hechos
 Aramburu y Rojas sabían de la conspiración y tomaron la decisión de no abortarla para dar un peor remedio: el escarmiento a los autores de esta acción. 

Por eso el 8 de junio de 1956 son detenidos cientos de dirigentes gremiales para quitar base de sustentación al movimiento armado. 


Aunque Aramburu viajó ese día a Santa Fe dejó firmado el decreto 10.362 de Ley Marcial, y los decretos 10.363/56, de pena de muerte, y el 10.364 que daría los nombres de los que serían fusilados.


Valle y Tanco, en la clandestinidad, deciden lanzar la proclama revolucionaria, a las 23 horas del 9 de junio.
 A la hora del comienzo de una pelea en el Luna Park del zurdo Eduardo Lausse. 

La tarea estuvo a cargo del coronel José Irigoyen junto con el capitán Costales al que se sumaron varios civiles. 


La proclama iba a salir por una radio que debía colocarse en la Escuela Técnica N° 5 «Salvador Debenedetti» en Avellaneda. A las 22:30, un comando del gobierno los arrestó a todos.

Esta sólo pudo ser escuchada en La Pampa, donde estaba el coronel Adolfo Philippeaux. 

Otros lugares de la rebelión fueron: Campo de Mayo, por los coroneles Ricardo Ibazeta y Eduardo Cortínez; el Regimiento II de Palermo, a órdenes del sargento Isauro Costa; la Escuela de Mecánica del Ejército, con el mayor Hugo Quiroga; el Regimiento 7 de la Plata, responsabilidad de Cogorno y el grupo de civiles que debía operar en Florida, en la calle Hipólito Yrigoyen 4519, donde se reunieron y detuvieron Lizaso, Carranza, Garibotti, Brión, y Rodríguez (a Troxler lo apresan antes).

También hubo civiles armados y militares que intentaron sublevarse en Santa Fe y, Río Negro. 

Salvo en La Pampa, la mayoría de los jefes de la sublevación fueron atrapados.
 

Ante el fracaso del levantamiento, el general Tanco se dirige a Berisso para lograr apoyo y no tiene éxito.

Mientras, el general Valle se oculta en la calle Corrientes, de la Capital, en la casa de Adolfo Gabrielli, ante el fracaso de la insurrección.

L
a Ley Marcial retroactiva

Los levantamientos fueron entre las 22 y las 24 del 9 de junio y la dictadura dictó a las 0:32 del 10 de junio la Ley Marcial, un decreto firmado por Aramburu, Rojas, los ministros de Ejército, Arturo Osorio Arana, de Marina; Teodoro Hartung; de Aeronáutica, Julio César Krause y de Justicia, Laureano Landaburu.

En síntesis: el decreto tuvo carácter retroactivo, es decir fuera de toda norma jurídica. 

Para coronar el atropello a las pocas horas firman el decreto 10.363 que ordena fusilar a quienes violen la Ley Marcial.

Los fusilamientos estaban planificados de antemano por el gobierno genocida de Aramburu.

En la madrugada del 10 de junio, entre las 2 y las 4, se asesina a sangre fría a los detenidos en Lanús.

Luego en los basurales de José León Suárez, el titular de la policía bonaerense, el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, le ordena al jefe de la Regional San Martín, comisario Rodolfo Rodríguez Moreno, que fusile a 12 civiles, de los cuales siete logran huir pero cinco mueren.

Uno de los sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, será el «fusilado que vive» y la punta por donde Rodolfo Walsh reconstruirá genialmente la historia a través de “Operación Masacre”.


En Campo de Mayo, el general Juan Carlos Lorio preside un tribunal que realiza un juicio sumario donde se determina que los sublevados no deben ser fusilados.

Pese a esto Aramburu ratifica su decisión y Lorio le exige que se lo ratifique por escrito.

Así los genocidas firman el decreto 10.364 con la lista de once militares que deben ser ajusticiados.

Este sería el único documento oficial, ya que no hay registros de los juicios sumarios.

E
l fusilamiento de Valle

Para que se respetara la vida de los sublevados, el 12 de junio Valle decide entregarse y es detenido por capitán de navío Francisco Manrique, el enviado de Rojas.

A las 2 de la tarde de ese día es llevado al Regimiento I de Palermo donde es interrogado y juzgado por un tribunal presidido por el general Lorio.

De allí, Valle es derivado a la Penitenciaría Nacional donde es alojado en el sexto piso.

A las 22:20 Valle fue fusilado por un pelotón cuyos nombres fueron guardados como un secreto de Estado para preservar la impunidad.

El 14 de junio, un día después del fin de la ley Marcial, el general Tanco y otros sublevados consiguieron asilarse en la Embajada de Haití en Buenos Aires, a cargo del embajador Jean Briere.


Sin embargo, los atropellos no terminarían ahí, ya que el jefe de la SIDE, general Domingo Quaranta, invadió la embajada para secuestrar a los asilados.

Sólo la valiente intervención de Briere logró salvarlos.

El saldo de esta barbarie fue de 18 militares y 13 civiles fusilados.

Comenzaba a nacer el terrorismo de Estado, ese que los genocidas del ‘76 llevaron a la perfección para la desgracia de miles de desaparecidos y del pueblo todo.

EL APORTE RELIGIOSO A MONTONEROS


Por Guadalupe Rojo


En primer lugar, cabe señalar que no todo el ámbito del catolicismo reaccionó por igual ante las transformaciones sociales de los años sesenta.

En efecto, en nuestro país, las manifestaciones fueron variadas y en ciertos casos, de lo más encontradas. 

Lo cierto es que la concepción de la política como un conflicto irreconciliable, antinómico y naturalmente violento tuvo un impacto formidable entre los sectores católicos. 


Tanto el cristianismo ortodoxo, como la que luego se conocería como Iglesia Tercermundista se vieron influenciados por la desvalorización reinante de la democracia y el auge de la violencia.

Por un lado, la intransigencia político-social de la ortodoxia cristiana (encarnada en la figura de Onganía) se torna evidente en la persecución fanática del movimiento hippie.

«El comisario Margaride se consagraba a moralizar la ciudad, tomando como blanco los hoteles alojamiento, bares y salas de baile, mientras el juez De la Riestra tenía potestad para decidir en materia de cine, teatro o literatura.»

En nombre del catolicismo y la buena moral, el Estado penetraba lentamente en las esferas más íntimas del ser humano. 

El pelo largo y las minifaldas aparecían ahora como los enemigos más temibles y la sociedad comenzaba a inquietarse por las restricciones impuestas en el ámbito privado individual. 


La represión del gobierno dirigida especialmente al sector intelectual, la intervención en la Universidad y la evidente intromisión en la vida cotidiana son circunstancias que abonan a la radicalización, más allá de las ideologías.


Por otro lado, a nivel internacional, algunas fracciones católicas comenzaron a manifestar su preocupación por la cuestión social.

Cabe remontarse a la cooperación entre comunistas y católicos europeos durante la segunda guerra mundial.  Posteriormente, la Iglesia deberá enfrentarse a la posguerra y su intranquilidad por la situación de pobreza mundial no tarda en arribar. 

La inquietud social por los desposeídos tendrá una especial repercusión en Latinoamérica, substancialmente tras las modificaciones estructurales impulsadas desde el Vaticano y posteriormente por el surgimiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. 


En fin, en nuestro país, la Teología de la Liberación es un factor clave para comprender el nexo entre cristianos y peronistas.


Para un análisis de la evolución religiosa en Argentina, me remonto a la década del cuarenta.
 

Por entonces, la revista Criterio (bajo la dirección de monseñor Franceschi) emprende a un devota crítica al liberalismo, a los excesos individualistas del capitalismo y al colectivismo comunista.

Con el tiempo la postura de la revista irá modernizándose pero siempre la cuestión social será protagonista. 

Es preciso aclarar que Criterio fue sin duda la revista católica más influyente de la época, en materia social (por lo menos antes del advenimiento de la Teología de la Liberación).
 

Mientras una parte del catolicismo se interesaba por el futuro de las masas, cierto tipo de alianza se edificaba entre la Iglesia y los militares golpistas argentinos.

Según la teoría de Loris Zanatta, el ejército encarnada el tan deseado <<partido católico>>.

Pero, volvamos a Criterio, que eventualmente comprendía lo difícil de enfrentar al comunismo sin abrazar la causa de la justicia social.

Mientras seguían las críticas al liberalismo, principalmente, porque éste pretendía representar una visión global del individuo (competencia de la Iglesia); la retórica de Criterio se hace notablemente más favorable a los sindicatos. 

Desde la perspectiva de Sarlo, la revista ejercía un apoyo silencioso al peronismo, aunque, por supuesto, se oponía a todas las formas políticas que «deriven en estructuras totales que pretendan implantar su dominio sobre la conciencia de los individuos que es un terreno reservado a la religión y la moral».


Entre la década del cuarenta y la del cincuenta, Criterio adopta, al igual que Perón, una posición intermedia entre el capitalismo y el comunismo.

Así comienza un proceso cuya meta, en palabras de Franceschi, sería «reintegrar lo teológico en lo social».

En 1956, el Episcopado se pronuncia en una pastoral colectiva titulada «La promoción y la responsabilidad de los trabajadores» cuyos objetivos son:
 «1. Salario justo; 2. Propiedad Privada; 3. Dar al trabajo su verdadero sentido; 4. Sindicalismo auténtico; 5. Democratización de la economía; 6. Mejoramiento de la vida rural…»

Las juventudes obreras católicas, así como también los núcleos universitarios católicos se vieron afectados por las palabras del Episcopado que preparaban el terreno progresista cristiano. 


Progresivamente, el catolicismo latinoamericano será reconocido exclusivamente como un catolicismo de masas que se debe a aquellos sectores sociales más perjudicados, mayoritariamente católicos y que representan un importante porcentaje de la población. 


Particularmente, en la Argentina, existía un doble desafío que acaparaba todas las preocupaciones: las falencias de su sistema político y el problema del subdesarrollo.


Mientras tanto, entre octubre de 1962 y diciembre de 1965, el mundo celebraba el Concilio Vaticano II (vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica).

Había sido convocado por el papa Juan XXIII y en él se discutieron aspectos como la libertad religiosa, la revitalización de la liturgia y la interpretación de la Biblia.

Fue en esos tumultuosos años sesenta que numerosas agrupaciones católicas se radicalizaron. 


Para ellos, la lucha debía entenderse como la lucha del hombre por el hombre y en contra de las cosas que lo enajenan; y no como una lucha de hombres contra hombres, donde el odio y el resentimiento estén implicados. 


A su vez, sostenían que había sido el mismo Cristo (y no Marx) el primero en hablar de la inevitabilidad del conflicto, cuando afirmó que su llegada al mundo no traía la paz sino la discordia.

Estas dos justificaciones serán escuchadas más de una vez en los discursos de militantes católicos argentinos (desde Juan García Elorrio hasta Mario Firmenich).

También como parte del proceso de radicalización, algunas fracciones católicas se sumaron a otros sectores (sobretodo juveniles) en la reivindicación de métodos violentos, entendiendo que los pacíficos (como el sufragio) eran ineficaces para resolver los problemas de los desposeídos.
 

Progresivamente, algunos sectores cristianos se encaminaron hacia el descrédito de la democracia. 

En 1964, la Juventud Demócrata Cristiana afirmaba:
«…no nos sentimos comprometidos a usar interminablemente la vía legal y pacífica en elecciones amañadas, del partidismo odioso y del parlamentarismo estéril. Nosotros mismos vamos a decidir […] cuándo vamos a dejar las parcelas de un poder mutilado y sometido, para reclamar y arrebatar, por medios más contundentes, el poder total que ha de entregarse al pueblo para rescatar y realizar definitivamente la comunidad nacional.»

Además del desprestigio notable de la vía electoral, en el apartado anterior se vislumbra la urgencia por restituir el poder al pueblo «en cuyas manos debería haber estado siempre». 


A su vez, la cuestión nacional tampoco pierde protagonismo en el discurso de las agrupaciones católicas radicalizadas.

Dicho lenguaje comenzaría a incorporar lentamente, términos como revolución, anticapitalismo, antiimperialismo y lucha de clases.

Finalmente, el desarrollo de la Teología de la Liberación alcanza su momento supremo en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Medellín en el año 1968. 


Allí, se habló de la necesidad de construir un mundo nuevo (probablemente vinculado al concepto de hombre nuevo de Guevara), la laicización del mundo de Dios, de la redención terrenal de los miserables, de la liberación de la injusticia, la desigualdad y la miseria.


En 1967, se había fundado el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que entendía que, por mandato divino, su misión en el mundo era la liberación, a través del acercamiento a los fragmentos más pobres de la comunidad.


En la Argentina, por ese entonces ya se perfilaba una ruptura entre los teólogos de la liberación. Básicamente, existían dos líneas principales que podríamos caracterizar a través de las siguientes figuras: la de Carlos Mugica y la de Juan García Elorrio. 


Desde la perspectiva de Gillespie, las ideas católicas radicales fueron propagadas por el primero y desarrolladas por el segundo.

Según Gutman, ambos mantuvieron contactos con Tacuara.

Mugica solía circular por la zona de Barrio Norte y Recoleta, territorio indiscutido de la agrupación nacionalista y además era profesor de teología en la facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador, donde los tacuaristas eran mayoría. 

En el caso de Juan García Elorrio, el vínculo se propiciaba a través de su antigua amistad con Ezcurra y mediante su relación con Joe Baxter (que además vivía en Marcos Paz como él).


El padre Mugica había nacido en el seno de una familia de clase alta, hijo de un diputado conservador y de familia de ricos estancieros bonaerenses, por parte de su madre. 


Habiéndose ordenado sacerdote, en 1959, Mugica abordará la cuestión social de una manera diferente a la de su tradición familiar.

A raíz de su especial interés por la causa de los pobres, en los años siguientes comenzaría a revertir la oposición al peronismo arraigada en su estirpe.

Según Gillespie, hay un paralelismo entre la conversión al peronismo por parte de Carlos Mugica y la inserción en el movimiento por parte de jóvenes estudiantes. 

Ambos grupos, eclesiástico y estudiantil, habrían experimentado sentimientos de culpabilidad por el antiperonismo de sus predecesores.

Esa sensación intensa de culpa no podría haber aparecido si no fuera por los intentos de eliminación del hecho peronista que no hicieron más que exacerbar la idea de persecución y prohibición.

En los primeros años sesenta, el padre Mugica conoció a Carlos Ramus, Mario Firmenich y Fernando Abal Medina, alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires donde él estaba destinado en la pastoral.

A mediados del `66, el grupo Acción Misionera Argentina, organizado por Mugica, y donde participaban Firmenich, Abal y Ramus, emprende una misión a Tartagal, Santa Fe.  También participaron de la experiencia otros militantes de la Juventud Estudiantil Católica, de la Acción Católica y del Movimiento Familiar Cristiano.

A la vuelta de la misión, el Padre Mugica le explicaba a una joven militante:
«No hay tantas opciones. Está claro que la revolución pasa por el peronismo, pero quizás vos todavía no estés preparada para eso. El peronismo es algo muy fuerte, hay que ser capaz de asumirlo. Yo creo que deberías integrarte en la democracia cristiana, para ir empezando de a poco…»

Casualmente, por esos días, el grupo de jóvenes católicos antes mencionado comienza a distanciarse de las ideas de su, hasta entonces, mentor. 


La disyuntiva no era nada más y nada menos que la violencia. Carlos Mugica habría dicho
«Estoy dispuesto a que me maten pero no a matar». 

Así, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y la Teología de la Liberación debe enfrentarse con esa palabra tan naturalizada: la muerte.


Como resultado del dilema de entrar en la lucha armada o no, un grupo importante del MSTM decide mantenerse al margen de la guerra de guerrillas. 

Ese será el rumbo del padre Mugica, que no abandonará a sus «villeros» hasta el día de su muerte. Pues bien, volvamos a mediados del `66.

A penas terminada la misión en Tartagal, aquellos núcleos de militantes católicos que mantenían sus diferencias con Mugica sobre los métodos violentos, comienzan a vincularse a Juan García Elorrio, un ex seminarista cercano a John William Cooke. 

El peronismo estaba entrando en las filas de la juventud católica.


En Cristianismo y Revolución, dirigida por García Elorrio, el padre Benítez (quien había sido confesor de Evita) escribe en relación al secuestro de Aramburu:
 «¿Qué consecuencias debieron sacar los jóvenes de semejante impunidad? Que se persiguió al peronismo por sus aciertos, no por sus desaciertos. Por otra parte, su gran propaganda son los errores de los gobiernos posteriores. Estos errores, que nuestros muchachos tienen a la vista magnifican al peronismo, al que no lo tienen a la vista. […] Las ideas revolucionarias de nuestros jóvenes dejan muy atrás los ideales justicialistas. […] Estos guerrilleros de misa dominical, que juzgaron y condenaron a Aramburu, no conocieron por dentro al peronismo. Conocieron por dentro al antiperonismo. Conocieron y padecieron- como le decía- los desaciertos de los gobiernos posteriores. Padecieron el galopante deterioro de la economía, la entrega del país, el saqueo que nos están haciendo los monopolios yanquis, la prepotencia de militares que se constituyen árbitros supra constitucionales del destino de la república como si les lloviera el cielo y no siempre son modelos de sobriedad.»

Las palabras del padre Benítez, sin duda, rescatan las ideas nacionalistas y especialmente antiimperialistas que vinculaban al peronismo con aquellos jóvenes católicos, responsables de la muerte de Aramburu.

Para el sacerdote peronista, la existencia de «estos guerrilleros de misa dominical» se explica en función de los «errores» del antiperonismo.

Retomando a García Elorrio, cabe mencionar que su línea ideológica (explícitamente manifiesta en su revista) estaba inspirada en las palabras de Camilo Torres:
 «La revolución no sólo está permitida sino que es obligatoria para todos los cristianos que vean en ella la manera más eficaz de hacer posible un mayor amor para todos los hombres.»

García Elorrio combina las palabras de Torres con la máxima del Che: <<el deber de todo revolucionario es el de hacer la revolución>>.


Durante los primeros meses de 1967, el Comando Camilo Torres, comenzaba a organizarse.

Juan García Elorrio era su líder espiritual y solían reunirse en el departamento de su mujer, Casiana Ahumada, en Ruggeri y Las Heras.

A esas reuniones acudían Mario Firmenich, Carlos Ramus, Fernando Abal Medina., el cordobés Emilio Maza y Norma Arrostito, entre otros. 

Ésta tenía 26 años, venía del PC, y para ese entonces ya convivía con su novio Fernando Abal Medina (muchos años después de la muerte de Fernando, a Norma se la seguiría conociendo como «La viuda» entre los militantes Montoneros).

En ese ámbito se discutían documentos escritos por el Che Guevara relacionados con la liberación de los pueblos de Asia, África y América Latina. 

Allí mismo se hablaba del ejercicio de la violencia y del odio como sentimiento necesario para la construcción de las guerrillas de liberación. 


Para estos militantes católicos no era una tarea fácil asimilar lo indispensable de convertirse en «frías máquinas de matar». 


Como justificación ensayaban la identificación entre el rencor hacia aquellos que someten a los pueblos y la más grandiosa demostración de amor hacia ellos.
 

«El Comando Camilo Torres tenía a mediados de 1967, unos treinta militantes de menos de veinticinco años, divididos en células de tres niveles distintos: un nivel de superficie, un nivel intermedio y el nivel militar o especial.

El Camilo usaba la clásica organización en pirámide de muchas organizaciones revolucionarias, donde cada cual supuestamente, solo conocía a sus compañeros de célula, a su responsable y, si tenía una célula a cargo, a sus subordinados. (…)

No se suponía que sus militantes tuvieran que ser cristianos; de hecho había algunos que nunca lo habían sido, como Norma Arrostito.

Pero la mayoría estaba de acuerdo con las posiciones de la Iglesia tercermundista, aunque iban más allá: suponían que la violencia iba a ser necesaria para lograr esos objetivos, pensaban en organizar una guerrilla rural en Santa Fe o Tucumán y tomaban como modelo a la Revolución Cubana.

También se identificaban con un peronismo que todavía resultaba bastante vago y, en ese momento, no aceptaban las consignas de Perón, que seguía diciendo que había que desensillar hasta que aclarara.» 

El 22 de agosto de 1967, el Camilo y la JP realizaron una operación conjunta en conmemoración del histórico renunciamiento de Evita y el secuestro de Felipe Vallese.

A fines de 1967, cuando Norma Arrostito, Fernando Abal y Emilio Maza se fueron a entrenar militarmente a Cuba, comenzaron a cuestionar la conducción de Juan García Elorrio porque consideraban que éste imponía un liderazgo indiscutido, como si fuera por derecho divino. 

A esa división también se sumaron Firmenich y Ramus.
 Más adelante se sumarían Carlos Hobert y Sabino Navarro. 

La incorporación de este último resultaba muy valiosa por su procedencia de clase obrera y familia peronista; además mantenía contactos con sectores combativos del peronismo (en 1968 participó del «Congreso del Peronismo Revolucionario», junto a Cooke y Rearte). 


Según el historiador Ernesto Salas, el grupo de Córdoba (donde militaba Ignacio Vélez) ya se consideraba peronista mucho antes que el grupo de Buenos Aires.

Fue también en 1968 que Montoneros nacía como proyecto, pero no es mucha la información que existe de su actividad previa al secuestro de Aramburu.

Montoneros se da a conocer en mayo de 1970 mediante el operativo «Pindapoy» (nombre que la organización eligió para denominar al secuestro y posterior ejecución de Aramburu). 


Según Gillespie, sus fundadores, Fernando Luis Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus habían pertenecido a Tacuara. 


En cambio, según el ex montonero Juan Gasparini el único que realmente provenía de esa corriente era Abal Medina, mientras que Ramus habría militado poco tiempo en Guardia Restauradora Nacionalista. 


Para Gasparini en el núcleo original, que se organizó a mediados del ´68 en Buenos Aires, convergían militantes de las JOC (Juventud Obrera Católica) como Sabino Navarro o Carlos Hobert; militantes de las JEC (Juventud Estudiantil Católica) como Firmenich y a su vez, independientes de izquierda como Capuano Martínez (aunque, Gillespie considera que éste comenzó militando en la JEC). 


En cuanto al brote cordobés, Gasparini lo describe como la mezcla del cristianismo progresista y la izquierda nacional y entre una larga lista destaca a Mariano Pujadas, Fernando Vaca Narvaja y Susana Lesgart.


En la entrevista con Gabriel Rot, los orígenes de Montoneros se presentan de manera diferente, especialmente en lo que se refiere a Sabino Navarro, a quien Gasparini ubica en el núcleo bonaerense y sin duda Rot clasifica dentro del grupo de Córdoba:
 «El grupo Córdoba [de Montoneros] es mucho más limpio, sin los claros oscuros que tienen, lo que sería ya la estructuración de pequeñas cúpulas y pequeñas burocracias. El grupo Córdoba es el grupo que se va a cagar a tiros en La Calera, es el que va a hacer… donde va salir el grupo Sabino Navarro, y donde va a salir la izquierda peronista más pura […] el grupo Capital va a ser la burocracia de Montoneros […] La influencia de Cooke es completa porque aparte Cooke representa la relación entre lo que va a ser el peronismo como Movimiento de Liberación y la Revolución Cubana. Cooke representa eso.»

CONCLUSIÓN


En líneas generales, la incorporación de sectores cristianos al peronismo revolucionario no debería resultar tan sorprendente, considerando el contexto de los años sesenta.


En primer lugar el nacimiento de la Teología de la Liberación y del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, sin duda es un factor determinante en la militancia católica juvenil orientada hacia valores e ideales revolucionarios. 


En segundo lugar, no es extraño que en la Argentina la causa de los pobres se relacione directamente con el colectivo peronista. 


Y en tercer y último lugar, que en su segundo mandato, Perón haya protagonizado un acalorado enfrentamiento con la Iglesia, no quiere decir que el cristianismo y el peronismo fueran excluyentes. 


De hecho, por entonces el pueblo argentino se identificaba mayoritariamente con ambos.
 

Por ende, aquellos jóvenes católicos involucrados en la justicia social, sencillamente desembocaron en el peronismo revolucionario, sin que eso significara ninguna contradicción. 

Claro que la identidad peronista de algunos militantes resultó más esperada que la de otros. 


Simplemente, aquellos de familias de clase trabajadora ingresaban al peronismo revolucionario más naturalmente que aquellos que pertenecían a tradiciones patricias y/o antiperonistas. 


Aunque de todas formas, el descrédito del liberalismo contribuyó significativamente al proceso de ruptura con las generación de sus padres y con respecto a sus preferencias políticas. 


Asimismo, la peronización del estudiantado (secundario y universitario) acompañó al desarrollo del peronismo revolucionario, acercando sectores disímiles y puliendo las antinomias a raja tabla.



BIBLIOGRAFÍA
Caparrós, Martin y Anguita, Eduardo. La voluntad…TOMO I.Cristianismo y Revolución. Año V. Ejemplar n°25. Septiembre de 1970
Gasparini, Juan. Montoneros: final de cuentas. Punto Sur 1988
Gillespie, Richard. Soldados de Perón: los montoneros. Buenos Aires: Grijalbo, 1987
Gutman, Daniel. TACUARA. Historia de la primera guerrilla urbana argentina. Buenos Aires: Ediciones B Argentina, 2000Juventud Demócrata Cristiana, Carta al ministro del Interior, 5 de marzo de 1965
Sarlo, Beatriz. La batalla de las ideas (1943-1973) Buenos Aires: Ariel, 2001 Capítulo II
Sigal, Silvia. Intelectuales y poder en Argentina. La década del sesenta. Buenos Aires: Siglo XXI de Argentina Editores, 2002.
Zanatta, Loris. Perón y el mito de la nación católica: Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo(1943-1946). Buenos Aires : Sudamericana, 1999

Este trabajo forma parte de la tesis presentada para la Universidad Di Tella «¿La Patria Socialista? Un estudio sobre la izquierda armada peronista».

N&P:
El Correo-e de la autora es Guadalupe Rojo guadalupe.rojo@gmail.com