-Sabino Navarro, el Negro, era un correntino parco, introvertido, aguerrido, de fuertes convicciones políticas y muy querido por sus compañeros. (Olga Wornat)

JOSE SABINO NAVARRO COMANDANTE MONTONERO ¡PRESENTE!

Por Jose Amorin, Mario Eduardo Firmenich, Veronica Gago y Olga Wornat

José Sabino Navarro, delegado sindical metal mecánico y peronista de toda la vida, tenía una pinta a toda prueba y lo veíamos igual a Emiliano Zapata
JOSE SABINO NAVARRO

COMANDANTE MONTONERO

¡PRESENTE!

HOMENAJE A JOSÉ SABINO EL NEGRO NAVARRO Por Mario Eduardo Firmenich

LOS COMPAÑEROS DEL GRUPO SABINO Por José Amorín

REPORTAJE A JOSE AMORIN EX DIRIGENTE MONTONERO Por Verónica Gago

CRISTIANISMO Y REVOLUCIÓN Por Olga  Wornat ________

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HOMENAJE A JOSÉ SABINO EL NEGRO NAVARRO

 

 Por Mario Eduardo Firmenich

Hace 35 años que venimos charlando sin vernos, Negro.

Nos ha pasado de todo durante mucho tiempo y sin embargo te veo como si fuera ayer.

Es difícil explicarles a otros este grado de intimidad. En aquellos tiempos quizás hubiera sido más fácil.

Cuando todos sabíamos que muchos moriríamos para que la Patria viva, cuando todos creíamos que morir no era desaparecer, cuando sentíamos que morir por la Patria y el Pueblo no era dejar de existir, cuando morir de amor por los más humildes y explotados no era -perder.

Es que nuestra intimidad está basada en la trascendencia. Hoy es difícil de explicarles a otros porque se han acostumbrado a vivir sin trascendencia, se han acostumbrado a afanarse por causas intrascendentes. La verdad, Negro, no creo que seamos anticuados.

Las cosas hoy han cambiado, pero no son más modernas, sino que simplemente son más degradadas. No creas que te lo digo para consolarte; la verdad es que no creo que hayamos jugado nuestras vidas por error.

Vos no moriste por un tonto idealismo, Negro. Creo profundamente que nuestros valores trascendentes sobrevivirán en muchísimos siglos a los rastrerosprincipios del oportunismo político y el descompromiso.

¿Cómo podría entenderse nuestra intimidad trascendente si no fuera porque nos hermanamos para siempre en eso que llamábamos -el compromiso?

¿Cómo podrían entender hoy esta hermandad esencial quienes buscan –triunfar sin comprometerse con nada que les ponga en juego la vida?

¿Cómo van a entender lo que es el compromiso si tienen terror de lo que llaman -quedar pegado?

No sé me ocurre cómo podría homenajearte alguien que no tiene un compromiso a muerte con la justicia y la dignidad de los oprimidos.

¿Qué intimidad podríamos tener con quien -hace política bien remunerada cacareando sobre el pasado sin comprometerse para que nada cambie en el futuro?

Lo más importante de tu ejemplo, Negro, es que los pibes comprendan lo valioso de un compromiso existencial con la justicia social y con laindependencia económica de la Patria, de un compromiso del alma con la integración liberadora de la Patria Grande.  

Mi sencillo homenaje, Negro, es decirte que seguiré caminando junto a vos, como siempre.  

MEF
/Juliode2006

www.uniondeargentinosencatalunya.com/

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LOS COMPAÑEROS DEL GRUPO SABINO

 

 

 Por José Amorín

El Negro, José Sabino Navarro, delegado sindical metal mecánico y peronista de toda la vida, fue el jefe de Montoneros a partir de la muerte de Abal Medina y hasta julio de 1971 cuando, sancionado por la Conducción Nacional, debió trasladarse a Córdoba y Firmenich ocupó su lugar.  

El Negro, cuando se organizó nuestro grupo en enero de 1969, habitaba una casilla prefabricada en San Miguel y tenía 26 o 27 años.  

Era dirigente de la Juventud Obrera Católica y poseía un gran prestigio en el universo del Peronismo Combativo.  

Prestigio bien ganado por sus luchas sindicales pero, tal vez más, debido a la feroz paliza que propinó al secretario general de los mecánicos, José Rodríguez, por haber traicionado una huelga.

Tenía una pinta a toda prueba y yo lo veía idéntico a Emiliano Zapata. 

Las no muy numerosas minas que había en nuestro ambiente morían por él. Estaba casado y tenía dos hijos, pero jamás dejó de usufructuar su pinta.  

Me consta.

Ilana, Hilda Rosenberg, pocos meses menor o mayor que el Negro -pintora, divorciada, dos hijos y mi pareja hasta mediados del ’71- había pasado por la izquierda tradicional pero sin establecer grandes compromisos hasta ingresar en nuestro grupo.  

Cursaba quinto año en un colegio nocturno y me la presentó, en abril del ’68, Gustavo Oliva: un flaco jodón -de a ratos poeta y de siempre tomador- que era su compañero en el colegio y mi compañero en el servicio militar.  

Tato, Gustavo Lafleur, un tipo risueño y serio quien después se casó con su novia eterna, la más que bancadora Helena Alapín, era maestro mayor de obras, segundo de Gustavo Rearte en la Juventud Revolucionaria Peronista e íntimo amigo de Envar El Kadri.

A sus 23 años, poseía la mayor capacidad política y experiencia militante de nuestro grupo.  También tenía un considerable prestigio en el mundo del Peronismo Combativo. 

Cuando lo conocí, en 1968, daba clases de peronismo en el sótano de un edificio que se caía a pedazos. Almagro o el Centro, no recuerdo. Sí recuerdo que asistí a una de sus clases gracias a un aviso publicado en Che Compañero.

Una publicación semi-clandestina de la cual yo compraba varios ejemplares para distribuir entre mis compañeros del servicio militar.  Una mañana, durante la formación de la compañía de Policía Aeronáutica en la cual revistaba, el sargento enarboló un ejemplar de Che Compañero y ladró: -quién trajo esto aquí.  

Me cagué en las patas, pero di un paso al frente: muchos de los compañeros sabían que era yo, y mi prestigio estaba en juego. -Fui yo, sargento ayudante, grité mientras intuía el peor de los destinos. Sin embargo, el milico se limitó a decir -no lo haga más, reclutón, me entregó el periódico y me hizo volver a la fila.  

No me castigaron. Pero, cuando llegó el momento, no me dejaron jurar la bandera. Para ellos, el peor de los castigos. Para mí, un premio: me evité horas de pie cargando con no sé cuántos kilos del anacrónico máuser de los desfiles.  

Por supuesto, continué la distribución del periódico – aunque con mayor prudencia- hasta que leí el aviso, conocí a Tato y, esa misma noche, entre ginebras y café, sumamos fuerzas, armamos nuestro primer -grupúsculo político-militar y decidimos comenzar la lucha armada.  

Leandro, quien después fue conocido mediante los pseudónimos Pingulli y Diego, se llamaba Carlos  Hobert, era empleado público, dirigente universitario en la Facultad de Historia y, a sus 22 años, el más sensato de nosotros: fue el jefe real de Montoneros desde 1971 hasta su muerte en 1976.

Formalmente, Firmenich era el número uno de la Organización y Leandro el segundo. Pero lo cierto es que los cuadros medios (jefes de columna, de unidades de combate y responsables de los frentes de masas) nos referenciábamos en Hobert.

Quien más de una vez, en momentos de decisiones trascendentales, jugó la propia y le pasó por encima a Firmenich. Todo lo cual constituía un acto de justicia elemental: Firmenich, en realidad, quedó como número uno por casualidad.

Aunque la casualidad, como casi siempre, tiene nombre. En este caso nombre y apellido: tragedia y estupidez.  En agosto de 1970, Abal Medina estaba en primer lugar, el Negro Sabino segundo, Gustavo Ramus tercero y Hobert cuarto.

El quinto era Firmenich.  Dos o tres meses antes, cuando nuestro grupo se integró con el de Abal, estructuramos una jerarquía en la cual se alternaban, uno a uno, los compañeros de los dos grupos que conformaron Montoneros en Buenos Aires para la época del Aramburazo.  

La tragedia: En septiembre de 1970, en Willam Morris, murieron Abal y Ramus. En consecuencia, el Negro pasó al primer lugar. Y a Leandro le tocaba el segundo, en reemplazo de Ramus.  

La estupidez: en un exceso de buena leche o generosidad, para -respetar el acuerdo inicial de la integración, decidimos que Firmenich ocupara el lugar de Ramus ya que ambos procedían del mismo grupo.

Y claro, cuando murió el Negro Sabino, pasó a ser el número uno.  Reinterpreto, en mis palabras, una frase de Jorge Dorio: -cómo habría cambiado la historia si ustedes no hubiesen sido tan estúpidos.  

Yo, en 1968 -conscripto, estudiante de medicina y dirigente del proto peronismo universitario en La Plata-, tenía la misma edad que Leandro pero, con cierta frecuencia, pecaba de insensatez.  

De Julia no tengo datos pero, además de poseer una belleza felina que volvía loco a cualquiera, entendía de política, entendía de sensatez y era la menor del grupo.

De la Renga, Graciela Maliandi, tampoco tengo datos biográficos aunque sé que antes de morir se cargó a un oficial del ejército.  Se casó con Hobert y tuvieron dos hijos que fueron criados por una abuela en la ignorancia de sus orígenes.  

Hoy el pibe, Diego, es músico. Y la nena, Alejandra, bailarina de tango.

Cosas de la vida o, para ser un poquito más cursis, la vida es un pañuelo: mi hijo menor –Diego también- y Alejandra Hobert, como bailarines de la compañía Tango-Danza, compartieron una gira por los Estados Unidos. Meses. Y nunca llegaron a enterarse de la relación entre sus padres. El mundo es un pañuelo obscuro y mal planchado.  

Mi madre, Dora Neri, quien en nuestros primeros tiempos y al volante de su Ford Falcon nos hacía de posta sanitaria cuando nos tocaba realizar algún operativo armado, conoció a los seis compañeros.

Pero sólo recuerda en detalle a Hilda Rosenberg y a Hobert.  De Hobert, a veces dice: -te cuidaba cuando estabas enfermo, era un ser humano excepcional. Entre mediados y fines de 1969, también se incorporaron como combatientes Tito Veitzman, el Pelado Ceballos y Carlos Falaschi, Mauro, aunque en la intimidad yo le decía el Boga.  

Tito era psiquiatra y provenía de la Federación Universitaria de la Revolución Nacional.  El Pelado Ceballos era dirigente del sindicato de la Fiat Caseros, encuadrado en la Corriente Clasista y Combativa aunque al igual que su secretario General -Palacios, desaparecido por la Triple A en 1975- había pasado por la Juventud Obrera Católica. Tito se suicidó en 1971 y el Pelado murió en combate un par años después.  

Hasta hace poco suponía que el Boga estaba desaparecido. Pero vive, es docente universitario y, a sus muy largos 70 años, todavía milita en la provincia de Neuquén. Tenía 36 años, hijo de obrero y obrero elmismo, inició su militancia en los tiempos de la Resistencia.  Antes de recibirse de abogado, fue sindicalista del gremio de la alimentación y luego de la rama docente (CONET) de la Unión del Personal Civil de la Nación.

Militó en el grupo de la Juventud Obrera Católica que dirigía el Negro Sabino a quien, además, representócomo abogado cuando el Negro fue despedido de Deutz.  

Estaba casado, tenía tres hijos, casa, auto, y una humilde quinta -sería mejor decir casita- de fin de  semana: una vivienda precaria, un galpón y un terreno chico en el cual intentaban crecer cuatro árboles frutales.  

De más está decir que tanto su auto como la casita de fin de semana estuvieron a nuestro servicio a partir del primer día en que se integró el grupo Sabino.

En verdad, desde el comienzo y hasta la ejecución de Aramburu, cuando se vio obligado a pasar a la  clandestinidad, fue nuestra principal infraestructura, algo así como nuestro amparo incondicional. No sólo en lo material, también en lo afectivo. 

El mismo hace hincapié en ello, no le hacía asco a los  fierros. Siempre y cuando fueran usados, en sus palabras, -con fundamento político y aún onstitucional, prudencia y sabiduría.

Vamos, de él se puede decir lo que digo de muy pocos: era un buen combatiente.

De hecho, más de una vez el Negro Sabino lo subió a su Peugeot rojo para que, en el rol de custodia, lo acompañara durante sus interminables viajes por el interior del país.  

De su calidad como combatiente -la cual siempre relumbra cuando es necesario improvisar- da fe la historia que viene a continuación.  

En esta -historia el personaje del Boga corresponde a Falaschi y el de Pepe a Firmenich.

Está basada en hechos reales -el asalto montonero a la Quinta Presidencial, verano del ’71- apenas distorsionados por algún bache de la memoria y los obligados sesgos del estilo con el cual están narrados.

  *Del libro Montoneros, la buena historia de José Amorín.

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Libros sí, Alpargatas también

REPORTAJE A JOSE AMORIN EX DIRIGENTE MONTONERO

 

 

Ex miembro de uno de los grupos fundadores de Montoneros, el que dirigía el mítico Sabino Navarro, el médico sanitarista y escritor José Amorín decidió recordar, ordenar y relatar la historia de su militancia en un libro. La buena historia, según su propia definición. 

Por Verónica Gago 

Montoneros: la buena historia es un collage.

Al no tratarse de una investigación periodística ni acádémica, se permite la mezcla de voces, registros y materiales que dan cuerpo a un libro de trazo testimonial, casi íntimo por momentos.

Es en la derrota política que se guarece ese tono personal: la buena historia es la que escriben los vencidos, se cita metodológicamente en la primerapágina.  

Y es el lugar, sin disimulos, del sobreviviente que José Amorín, fundador de Montoneros y perteneciente al grupo de Sabino Navarro, construye para rememorar su militancia, sus amigos y compañeros, las muertes, las miserias propias y ajenas, los balances de entonces, las reflexiones de ahora.

Amorín compone un relato de más de trescientas páginas -editado por Catálogos-, en el que reúne escenas de operativos relatadas casi como ficciones, intercambios de mails con conocidos sobre las lagunas de su propio recuerdo, cuentos de otros para describir situaciones que parecen inverosímiles (como los -autoatentados de Montoneros), y comentarios que recibió cuando hizo circular un primer borrador del libro.

Todo queda enhebrado por su propia voz, que va y viene por el oeste bonaerense (donde dirigía la columna montonera denominada del far best ), y recorre las discusiones entre militantes y organizaciones políticas y militares.

Amorín repasa las lecturas coyunturales de los acontecimientos que se aceleran a fines de los sesenta y principios de los setenta, y revive sus miedos: la sospecha -ante sí mismo y los otros- de –volverse cagón es una angustia que recorre el libro casi como marca de época.

Montoneros: la buena historia nunca elige un análisis que tome distancia de lo vivido para valorar los acontecimientos desde algún otro lugar.

Más bien se sumerge en una escritura a la que el autor parece sentirse obligado.

Como una deuda contraída con un -nosotros que es, sin dudas, su grupo más cercano de militancia y del cual es hoy el único sobreviviente.

Así es que, al extremo, muchas páginas se inundan de la jerga de la época, que hacen literal algo que anota Amorín:

-Escribir es revivir. -Hay una suerte de tragedia que usted señala en el libro y que al mismo tiempo parece una crítica interna hacia Montoneros: el orden de las jerarquías de la organización que llevan a Firmenich -casi sin razonesde peso, según usted- a ocupar un lugar central.  

¿Qué de sus características personales usted atribuye o vincula con el desenlace de Montoneros?

¿Qué imagina o qué hipótesis tiene de lo que hubiera pasado con Montoneros si Firmenich no hubiese quedado en la conducción? 

-En términos personales a Firmenich se le pueden atribuir una serie de características: autoritarismo, rigidez, soberbia, estrechez de miras, impiedad, etcétera.

Pero ellas caracterizan, caracterizaron y caracterizarán a muchos dirigentes, revolucionarios o no.

Y, si bien no ayudan a un proceso revolucionario, tampoco constituyen el factótum de su fracaso.  

El problema con Firmenich fue su falta de capacidad política.

Además de su incomprensión de Perón, de la incondicional adhesión del pueblo a su figura, del modelo político que proponía el peronismo y del movimiento peronista como revolucionario en su conjunto.

Problema que compartía con otros integrantes de la conducción nacional montonera.

A partir de allí sobreviene la controversia con Perón, el sentimiento de humillación por ciertas actitudes de Perón posteriores a la masacre de Ezeiza, la desmedida respuesta que significó el asesinato de Rucci y, alfinal, el aislamiento del pueblo.  

Este es el meollo del fracaso montonero.  

Fracaso que, con la para nada desdeñable ayuda de Isabel y la ultraderecha delincuencial, llevó al fracaso del peronismo en su conjunto.  

El terreno de las hipótesis a futuro corresponde al terreno de la fantasía. Sin embargo, es posible inferir que el golpe del 76 igualmente se hubierarealizado en cualquiera de los escenarios.  

Si Montoneros hubiera respetado sus consignas políticas iniciales, habría sido posible una alianza con el sindicalismo -burocrático o no-, la ultraderecha jamás hubiese ocupado el espacio que ocupó después de la muerte de Perón, tal vez la respuesta popular al golpe hubiera asumido las características de la primera Resistencia y, sobre todo, el movimiento peronista no habría transmutado en ese engendro bastardo que se ha dado en llamar Partido Justicialista, éste sí factótum del fracaso del proyecto nacional y popular.

O su dique de contención, que para el caso es lo mismo.

-La decisión del asesinato de Rucci y la retirada de Montoneros de Plaza de Mayo en el acto del 1° de mayo de 1974 son analizados por usted de manera crítica y es finalmente lo que da lugar a su alejamiento de la organización.

¿Qué tendencia ve desplegarse con estos hechos?

-Las actitudes de la Jotapé el 1º de mayo del 74 respondieron a las características políticas que recién mencioné de la mayor parte de la conducción montonera.

Constituyeron una provocación no prevista por la mayoría de los cuadros medios, quienes en la práctica organizaron la movilización.  

Sería ingenuo pensar que fueron espontáneas o, al menos, sólo espontáneas.  

A ello hay que sumar el número y la composición social predominante de las columnas montoneras: no eran ni la mitad de los compañeros que habitualmente y sin esfuerzo se convocaban hasta seis meses antes;compañeros que, por otra parte y sin desmerecer su origen, en su mayoría pertenecían a sectores medios, estudiantes secundarios y universitarios.

-¿Cuál es la importancia de Sabino Navarro en Montoneros?

¿Qué características le imprime a sus primeros desarrollos?

¿Puede ser pensado como una contrafigura -tanto personal como políticamente- a Firmenich? 

Sabino Navarro y, posteriormente, Carlos Hobert, fueron las contrafiguras de Firmenich.

No recuerdo,  por ejemplo, que ninguno de los dos diera jamás una orden.  

Ambos -el primero sin ilustración y el segundo muy ilustrado- proponían, discutían y consensuaban: carecían tanto de soberbia como de rigidez.  

Ambos, además, se ponían al frente de los compañeros, se preocupaban por ellos y los cuidaban al máximo. No es gratuito que ambos hayan muerto en combate.

-Usted denuncia duramente el traslado que se le aplica a Sabino Navarro a Córdoba a modo de una sanción por un episodio personal menor.

¿Qué lee en esta orden?

¿Cree que el desenlace de su muerte estaba previsto?

-Este es un punto respecto del cual no pocos viejos compañeros, luego de leer La buena historia, disintieron conmigo.

No creo que el desenlace de su traslado a Córdoba hubiera estado fríamente calculado.

Pero que su traslado fue producto de una sanción, no cabe la menor duda.

Y  lo afirmo no sólo porque fui testigo del hecho.

De ser el arquitecto que reconstruyó y agrandó la Organización a nivel nacional y el único dirigente que estaba en ese nivel -Perdía afirma que fue –el coordinador nacional: para el caso es lo mismo- pasó a conducir una regional casi devastada.

-¿Qué opina de las apariciones de los últimos años de Firmenich, por ejemplo en el programa de Mariano Grondona, hablando de los beneficios de una democracia de mercado?

-Creo que es coherente con su incomprensión del peronismo como modelo revolucionario, así como con sus características personales que señalé al principio.

Además, demuestra su carencia de conviccionesrevolucionarias y su falta de criterio político: cada vez que abre la boca es para quemarse un poco más.

Nunca conocí a un político que se encargara de esmerilarse a sí mismo.

-Hay una discusión sobre la pretensión de verdad del testimonio a la hora de analizar los años 60/70.

Este argumento fue planteado por Beatriz Sarlo en su último libro, donde cuestiona que la primera persona testimonial sea una voz privilegiada en términos de autenticidad.

¿Qué piensa al respecto?

¿Por qué eligió la primera persona y qué características cree que le da a su relato?  

-Elegí la primera persona porque al respecto no pienso lo mismo que Beatriz Sarlo.

Es decir, si se tratara de un ensayo -o solamente de un ensayo-, Beatriz Sarlo tendría razón en la medida en que la -falta dedistancia, inevitable en un protagonista de los hechos que se narran, podría afectar su objetividad.  

Por otra parte, la validez de la primera persona, del  testimonio, depende de la calidad del testigo y del contenido de su testimonio: ellos facilitan los análisis de los ensayistas y de los historiadores.  

En todo caso, mi intención no fue ser tanto objetivo como creíble.

Por ello narro en primera persona y me hago cargo de lo que hice y de lo que escribo.

Me hago cargo, y no sin dolor, de la violencia que ejercí.  

Sin embargo, rescato el ejercicio de la violencia revolucionaria, como un instrumento más -también el más -jugado- en los dieciocho años de lucha del Movimiento Peronista para invertir las relaciones de poder en beneficio de los intereses populares.  

Rescato el ejercicio de la violencia contra cualquier dictadura: en dictadura vivimos, con breves e inestables períodos de democracia limitada, hasta1973.

No es gratuito que el derecho a rebelarse figure en la Constitución Nacional.

-¿Qué opina cuando se dice que en la actualidad ha llegado al poder la generación de los años 70?

¿Está de acuerdo?

-Cabe aclarar que la generación del setenta produjo por un lado a la Jotapé y otros grupos revolucionarios no tan masivos, por el otro a los represores y sus apoyos políticos y, en el medio, a los indiferentes.

Claro está: se entiende que lo denominado la -generación del 70 se corresponde con aquellos que intentaron un cambio revolucionario, armas en mano o no.  

En tal sentido, el Presidente, algunos ministros como Nilda Garré y Jorge Taiana, o alguien como Carlos Zannini, y no muchos legisladores, son parte de la -generación del 70. El resto no.  

En consecuencia, no podemos afirmar que este gobierno esté hegemonizado por la -generación del 70 ni mucho menos.

Creo que este gobierno no tiene el poder real, pero pelea, contradicciones incluidas, por lograrlo aunque le falta por recorrer un largo camino.

Se podría decir que este es un gobierno socialdemócrata, mayoritariamente integrado por los mejores cuadros del PJ (Peronismo conciliador) y, entérminos minoritarios, por cuadros provenientes del peronismo combativo, quienes carecen, por su parte, de una organización política común, al menos por ahora. 

Si este gobierno logrará o no implementar el –modelo peronista (cogestión, autogestión, cooperativismo, el obrero accionista de las empresas en las cuales trabaja, apropiación estatal de la renta diferencial empresaria -de lo cual un ejemplo limitado son las retenciones-, etcétera), por ahora es una incógnita.  

No creo que el establishment se banque algo por el estilo y, en estos casos, la experiencia histórica muestra que no le hace asco a recurrir a la violencia.

En todo caso yo, respecto del gobierno, tengo un apoyo de carácter crítico.  

-¿Qué lugar aspira a que ocupe su libro?

-La mayor parte de las 1.500 personas que compraron La buena historia -así como los otros tantos que lo siguen capítulo a capítulo en bitácoraglobal.com son mis pares, al menos mis pares generacionales.

Sin embargo, este libro está dedicado a mis hijos y, sobre todo, a mis nietos.

Esto es, a los jóvenes y a los futuros jóvenes.

Para trasmitirles mi experiencia, nuestra experiencia.

Así, cuando les llegue la hora deencarar su propia epopeya, no cometan nuestros mismos errores.   

Fuente: lafogata.org

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CRISTIANISMO Y REVOLUCIÓN

 

-Sabino Navarro, el Negro, era un correntino parco, introvertido, aguerrido, de fuertes convicciones políticas y muy querido por sus compañeros.

Por Olga  Wornat

La revista Cristianismo y Revolución apareció por primera vez en septiembre de 1966.  

La evolución de las ideas políticas de Juan García Elorrío, quien ejerció una gran influencia sobre los pre Montoneros, se plasmaron en cada una de sus notas y editoriales.

También los jóvenes de la Juventud Peronista (JP), fuesen o no católicos, se la devoraban. 

Su lectura era obligatoria para poder estar a la page, tal como en los años cincuenta lo era leer a Proust y en los sesenta a Sartre.

–Yo particularmente no fui un militante cristiano. Vengo de una familia donde se preocuparon porque tomara la primera comunión, pero después no tuve una formación religiosa más amplia.  

-Sin embargo, como cualquier joven militante de los setenta me devoraba la revista Cristianismo y Revolución.

No se podía actuar, relacionarse niintercambiar ideas sin leer esa revista – reconoció Dante Gullo, ex militante de la JP.

Hijo de un matrimonio de clase media alta, con panteón familiar en el Cementerio de la Recoleta y el corazón en la derecha católica, Juan García Elorrio no pudo menos que ingresar al Seminario de San Isidro para sercura.  

No tardó mucho en darse cuenta de que su destino no sería el sacerdocio: a los veintiún años abandonó aquella vieja casa rodeada de árboles, cercana a la Catedral, y tomó como lema de vida las máximas de Camilo Torres y el Che Guevara:

-El deber de todo católico es el de ser revolucionario. El deber de todo revolucionario es el de hacer la revolución.

Antes de que muriera sospechosamente atropellado por un auto en 1970, Juan García Elorrio tuvo tiempo para reconciliar a los católicos con la violencia.

-Camilo Torres, silenciado y retaceado por sus propios hermanos cristianos, nos señala el carisma evangélico en la lucha por la liberación de nuestros pueblos y su nombre es bandera del movimiento revolucionariolatinoamericano, decía el primer editorial de Cristianismo y Revolución.  

En la revista publicaban sus comunicados el ERP, los Montoneros, y las Fuerzas Armadas Peronistas.

A propósito de Juan García Elorrio, aunque influyó poderosamente en los jóvenes católicos que ingresaban en manada a la guerrilla, todos los testimonios aseguran que a pesar de su gran carisma, no fue muy querido por sus compañeros.

Y menos aún por las mujeres, debido a su  autoritarismo y misoginia.

-Graciela no tenía un buen recuerdo de García Elorrio, pero la noticia de su muerte la conmovió por algún momento.

Después, mientras seguía hablando por teléfono, se acordó de cuando él la echó del Camilo y,enseguida, de cuando una vez que estaban caminando por la calle Córdoba y Pueyrredón y Juan estaba con bronca con una militante.

–Son todas iguales. A las mujeres la política les entra por la vagina, y así les va –recuerdan sobre una anécdota de Graciela Daleo, Caparros y Anguita en La Voluntad.

A finales de los sesenta la Argentina era una hoguera.

En abril de 1964, sobre una colina ubicada encima del río Las Piedras, en Oran, Salta, un grupo de guerrilleros –el Ejército Guerrillero del Pueblo–hambrientos y desahuciados, fueron apresados por el Ejército. 

Entre ellos –era su jefe– se encontraba Jorge Ricardo Massetti, un militante nacionalista ultracatólico, periodista obsesivo, amigo de Rodolfo Walsh, que había estado con el Che en Sierra Maestra y luego de la revolución, en 1959, fue el mítico jefe de la agencia de noticias Prensa Latina.  

Ésta fue la segunda experiencia de guerrilla rural en la Argentina. Laprimera fue Uturuncos, en 1960.  

En septiembre de 1968, se descubría en Taco Ralo, a 120 kilómetros de Tucumán, un campamento guerrillero rural, integrado por Néstor Verdinelli, Envar el Kadre, Amanda Peralta de Dieguez, Samuel Slutzky,Dionisio Pérez y el seminarista español Arturo Ferrer Gadea, quienes se definieron como -argentinos, revolucionarios y peronistas.  

El mayor Alberte, secretario del Partido Justicialista (asesinado en 1976) los reconoció como tales y la CGT de Ongaro les mandó un abogado.

Luego fueron parte de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en el seno de la cual estaban además, Carlos Caride y los seminaristas Arturo Ferré Gadea y Gerardo Ferrari, vinculados íntimamente a Cristianismo y Revolución.

Pero también eran reporteados en el mensuario curas del Tercer Mundo, como el padre Hernán Benítez.

En septiembre de 1970, a poco del secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, se le preguntaba al cura losiguiente:

–¿No cree usted, padre Benítez, que los curas del Tercer Mundo, con su prédica de la violencia, son un poco responsables en el fondo del asesinato de Aramburu?

–En el fondo, del asesinato de Aramburu, más responsables que los curas del Tercer Mundo, es usted, soy yo, es el cardenal Caggiano y el propio Aramburu –respondió Benítez.  

Y continuó:

-Porque observe usted, los jóvenes señalados por la policía como ejecutores del hecho, no son de extracción peronista.

No son gente del pueblo. No son hijos o parientes de los veintinueve argentinos, unos asesinados, otros ejecutados, en junio del ’56. Huelen a Barrio Norte.

Católicos de comunión y misa regular.

Algunos, hijos de militantes de los comandos civiles.Al caer el peronismo contaban con cinco o diez años.

-Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo.

¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que se acunaron?

A mi entender, dos causas: primera, la convicción de que sólo la violencia barrerá con la injusticia social.

Por las buenas jamás los privilegiados han cedido uno sólo de sus privilegios.

Estos jóvenes sienten con una fuerza que no sentimos los viejos, la monstruosidad de que un quince por ciento posea más bienes que el ochenta y cinco por ciento restante.

Viven en estado de indignación y deirritación del que apenas podemos formarnos idea (…)». Juan Manuel Abal Medina, hermano de Fernando, uno de los fundadores de Montoneros asesinado en William Morris, él también dirigente peronista, luego exiliado en México, decía sobre su hermano: 

-Saliendo del Buenos Aires, Fernando ingresó en la Facultad de Ciencias Económicas –quería estudiar economía política–.

-Allí comienza una vinculación más cercana de él con grupos vinculados al catolicismo post conciliar, por llamarlo de alguna manera: los grupos vinculados a la teología de la liberación, en especial el de Cristianismo y revolución, que en aquel entonces era el centro periférico de la Argentina. 

-Para estas mismas épocas yo me vinculo con quien fue mi primer maestro político: Marcelo Sánchez Sorondo; y colaboro con él como secretario de redacción del periódico Azul y Blanco, durante ocho años. 

-Esta actividad comienza estando yo todavía en el Buenos Aires y dura hasta que tuve 24 años.

En un determinado momento Fernando se aleja un poco de la familia.

Esto nos sorprendió a todos.

Intenté conversar con él en varias ocasiones.

-A pesar de todo lo abierto que era en sus demás cosas, en este tema de por qué dejaba de estar en casa por semanas, era muy cerrado…

Una época tan alborotada también engendraba sus anticuerpos y la censura se había convertido en algo cotidiano.

Todo aquel que generaba la menor sospecha de inmoralidad o comunismo era inmediatamente prohibido.  

En los albores de 1968, las cincuenta comisarías de Buenos Aires habían sido instruidas mediante una circular que debía reprimir el auge de las camisas floreadas y los pelos largos.

La prioridad era la guerra anti hippie, aun cuando la mayoría de las comisarías no contaran con los elementos necesarios para atender sus funciones específicas.

Como anécdotas divertidas de la época valen las siguientes: una de las víctimas del largo de la cabellera como problema de los organismos de seguridad fue el plástico Ernesto Deira, rapado luego que fuera víctima de una razzia en la inauguración de un café concert que los uniformados confundieron con un mitin -castrocomunista.  

En una conferencia de prensa, el jovenzuelo Luis Ángel Dragani, vocero de la cuasi ignota Federación Argentina de Entidades Anticomunistas, denunciaba que gracias a la astucia de uno de sus miembros –habíaconseguido un curso de detective por correspondencia– había logrado infiltrar las filas hippies y se habían enterado de que sus lideres pretendían convertirlos en guerrilleros al servicio de Pekín, amén de anular la voluntad juvenil suministrándoles drogas como Dexamil Spansule 2 (cuyo único resultado sería convertirlos en anoréxicos o fanáticos del estudio).  

Baluarte creativo de la década, el Instituto Di Tella había estimulado una forma de investigación colectiva que rompió con las pautas tradicionales del quehacer intelectual argentino.  

Allí se sintetizó y procesó toda la experiencia de vanguardia que habían hecho plásticos y músicos.  

En mayo de 1968 el Instituto fue clausurado a causa de un evento en el que se exponía un baño público creado por el artista Roberto Plate y al que el público tenía acceso.

El descubrimiento de un grafitti con contenidos -porno-políticos (como el de cualquier baño de este tipo) desató las iras de los censores, provocó el cierre del organismo y el proceso de desacato a sudirector, el ingeniero Enrique Oteiza.  

A principios de junio fueron profanadas tumbas del cementerio israelita de Liniers.  

La liberación en Munich de William Harsters, jefe de la policía de la ocupación alemana en Holanda, responsable de la muerte de mas de ochenta mil judíos, entre ellos Ana Frank, coincidió con la aparición de una fuerte cantidad de publicaciones antisemitas.  

Mientras tanto, el sacerdote nazi Julio Menvielle, de Tacuara, se enorgullecía, en declaraciones a la revista Panorama, de que -el sentimiento antijudío es cada vez más fuerte en el país y la Guardia RestauradoraNacionalista proponía colgar en Plaza de Mayo al psicoanalista Mauricio Goldenberg.  

En 1969, los militantes católicos, Emilio Maza, Carlos Capuano Martínez, Susana Lesgart (asesinada en la cárcel de Trelew en 1972), Ignacio Vélez y Gustavo Ramus realizan el copamiento de la localidad de La Calera en Córdoba, que provocó primero un shock en la población y luego una gran adhesión.

Maza fue herido y un sacerdote amigo lo escondió.  

Aquí aparece vinculado por primera vez, Elbio Gringo Alberione, sacerdote muy relacionado a la teología de la liberación, que luego abandonó los hábitos y se convirtió en uno de los miembros de la conducción de la organización guerrillera.

Un año más tarde vendría el lanzamiento de Montoneros, con el secuestro y asesinato de Aramburu.

En el equipo de Cristianismo y Revolución o el Comando Camilo Torres militaban, entre otros, Casiana Ahumada, esposa de García Elorrio, quien después de la muerte de su marido se convertiría en la directora de la revista, Graciela Daleo, Mario Firmenich, Carlos Ramus, Fernando Abal Medina, José Sabino Navarro y Emilio Maza.  

A mediados de 1967 eran treinta militantes que no habían cumplido los veinticinco años, divididos en células casi militares de tres niveles distintos de funcionamiento.  

José Sabino Navarro, venía de la JOC de Córdoba, era dirigente mecánico del Smata y tomó el mando de Montoneros cuando fue asesinado Fernando Abal Medina, el 7 de septiembre de 1970 –años después declarado Díadel Montonero– en la confitería La Rueda de William Morris.  

Sabino Navarro, el Negro, era un correntino parco, introvertido, aguerrido, de fuertes convicciones políticas y muy querido por sus compañeros.

El Comando Camilo Torres dirigido por Juan María Elorrio fue precélula de Montoneros.

Su nombre no hacía suponer que sus militantes debieran ser forzosamente cristianos, aunque muchos lo eran.

Una excepción fue Norma Arrostito –mujer de Fernando Abal Medina– que sólo se convertiría al catolicismo estando presa en la ESMA. La mayoría creía en las posiciones de la Iglesia Tercermundista, aunque iban más allá.

Consideraban que la violencia iba a ser el método revolucionario por excelencia y se inspiraban en la Revolución Cubana.

También iniciaban un acercamiento al peronismo, aunque desconfiaban de las dotes transformadoras de Perón.

Cristianismo y Revolución fue un gran movilizador en la radicalización de los 400 sacerdotes argentinos  y del puñado de obispos que apoyaron el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM).

“Aunque fueron contados los que ayudaron a los guerrilleros o justificaron sus actividades, muchos de ellos –aun cuando trabajaran por la paz– se negaron a condenarlos públicamente y pidieron, en vez de ello, que se cuestionara el sistema generador de su violencia«, dice el escritor inglés.

-En un país donde el 90 por ciento de la población estaba bautizada y el 70 por ciento había recibido la primera comunión, las ideas católicas radicales socavaron decisivamente la influencia conservadora que la jerarquía eclesiástica ejercía sobre millares de argentinos. 

Especialmente los jóvenes despertaron la preocupación por los problemas y los cambios sociales, legitimaron la acción revolucionaria y encauzaron amuchos hacia el Movimiento Peronista, aclara Gillespie, quizás el historiador que mejor desmenuzó aquellos años.  

En realidad, para el puñado de católicos que constituyeron el núcleo montonero, sus fundadores, esas ideas eran el elemento más importante de las modificaciones en la acción.

El 18 de mayo de 1965, Carlos Mugica representó a la opinión católica en el encuentro Diálogos entre Católicos y Marxistas.  

Fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y estaba acompañado por Guillermo Tedeschi.  

En la tribuna opuesta se encontraban Fernando Nadra y Juan Carlos Rosales, dirigentes del PC. Mugica dejó bien en claro las diferencias entre unos y otros: el concepto de Dios y oración, el sentido del sexo y del arte, la concepción del amor al prójimo y el concepto de persona, fueron puestos en blanco y negro. 

Pese a ello, aquel encuentro significó el principio del fin de la Juventud Universitaria Católica (JUC).

Los obispos no aprobaron esta reunión.

Eduardo Díaz de Guijarro, presidente de los estudiantes católicos, fue citado para dar explicaciones ante la Comisión Permanente del Episcopado, la cual decidió endiciembre de ese año intervenir la JUC.  

En los hechos, se la empujó así a su desintegración.

A la hora de juzgar, monseñor Adolfo Tórtolo fue uno de los más duros, mientras que el cardenal Caggiano se mantuvo con un espíritu conciliador.  

Unos años después, aquellos ex militantes de la JUC secuestraban a Aramburu.