EL COMPAÑERO * LEOPOLDO MARECHAL

Juan Sasturain - Pagina 12 -

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Cuando Marechal cruzó el Riachuelo del 17 de octubre, se acabó todo. Marechal es "el" peronista de su generación.Y lo pagó carísimo.   El Compañero
LEOPOLDO MARECHAL

 Por Juan Sasturain

Los martinfierristas son una generación bárbara.

Esos muchachos nacidos con el siglo o un poquito antes y que empezaron a hacer ruido poético a comienzos de los '20 dejaron, por entonces, aparatosa marca.  

Lógica, necesariamente, su obra –"mala o buena" dice Borges, que nunca idealizó el sarpullido vanguardista- vendría después.  

Alrededor del codo de los '30, precisamente, cada uno empezaría a hacer camino propio. De los treinta personales y del treinta del siglo, ese quiebre. 

Tal vez o sin tal vez, el único que por ser más grande y por tener otra cabeza radicalizó el gesto inicial y tensó la cuerda hasta el final fue Oliverio Girondo: arrancó con el chiste informal, el tomatazo, la bajada de pantalones, el módico escándalo, y terminó en el balbuceo.  

A esa última altura todas las palabras ya eran pocas y gastadas para él, no le servían para hablar desde la masmédula. Pero Girondo fue el único que agarró para adentro de la ruptura.

Los demás pasaron por ella camino o de vuelta a casa. Uno de aquellos martinfierristas, hombre de Florida, fue Leopoldo Marechal. Porque de ahí hay que partir. Este primer tomo de sus obras completas reúne casi cincuenta años de poemas.  

Todos los reunidos en su momento en libro y otros que permanecían sueltos.  

No sé si él hubiera querido reeditar muchos de ellos.  

Supongo que no.

Pero Marechal resulta siempre un poeta interesante.

Su caso es raro y ejemplar en muchos sentidos.  

Sintomático de un tipo de itinerario de dibujo abrupto, hecho de opciones y elecciones, coyunturas y alineamientos en que lo poético se mezcla con lo ideológico-filosófico y lo torpemente político.

Es decir: cómo y cuándo escribió qué cosas no es independiente de cuándo y cómo fue leído. 

Todo se entrevera en Marechal. Arrancó sin voz propia con un libro como Los aguiluchos, de 1922, donde cabía todo junto y mal, para saltar a Días como flechas, cuatro años después, donde el registro se afinaba sin hacerse demasiado selectivo: destreza y exterioridad. 

Es curioso ver en los poemas sueltos de 1925 a 1927 en qué medida producía a medida y paladar de los medios soporte: un tono elegíaco para La Nación, otro registro para Caras y Caretas, una joda girondiana en casa, en Martín Fierro.  

Con las Odas para el hombre y la mujer de 1929 ya estaba parado en un lugar estrictamente suyo.  

Ya no tenía nada que ver ni con Borges ni con Girondo ni con Molinari.  El poema inicial, "Niña de encabritado corazón", es una especie de salvoconducto hacia lo que se vendría.

Y lo que vino porque ya venía fue una especie de conversión (viraje y/o transformación). Porque Marechal es un converso.

Y un converso es alguien que cree en las bisagras.  

En un antes y en un después.  

Converso poético y reconverso religioso, Marechal se convierte y reconvierte en un tiempo de conversos: los '30.  Más allá de viajes iniciáticos, aparatosos congresos eucarísticos o de modelos intelectuales a lo Eliot, una crisis existencial a principios de la década -enfermedad de Francisco Luis Bernárdez, contaba- lo acercó al catolicismo ortodoxo.  

Y ahí ancló, encontró puerto; como otros -también a ambos lados del Atlántico- lo hallaron, por ejemplo, en la ortodoxia política comunista.  El amparo, la contención, el Sentido final. De las Odas a El Centauro (1940) hay una década larga de cristalización ideológica, pero también formal.

Porque ese Sentido único, esa forma (de vida, de pensar, de creer) unipersonal e intemporal a la que Marechal adhiere tiene su correlato inevitable en una poética que operará con recorte (de léxico y repertorio simbólico y metafórico) y puesta en caja formal: la estrofa regular, la disciplina retórica según moldes clásicos.  

Tampoco en esto es el único: vale la pena hacer el ejercicio de confrontar poemas coetáneos, sonetos de Miguel Hernández, del Borges posultraísta, de ese Marechal de los Sonetos a Sophia (1940) para comprobar cómo todo mundo cabe en los catorce versos de hierro.

Precisamente de este período datan algunos de sus mejores y no sin justicia más famosos versos: los Poemas australes de 1937 siguen sonando impecables y convincentes, y la figura metafórica del domador, ese inolvidable Celedonio Barral ("porque domar un potro/ es como templar una guitarra"), marca el momento exacto en que la poesía de Marechal dice lo que hace mientras lo descubre.  

El poeta como domador de palabras -antitético ideológico del medium inconsciente o del oficiante secreto- tiene ahí su más perfecta expresión.  El poeta como manipulador de palabras ya amaestradas que lo sucederá largamente no será -muchas veces- sino su reiterada caricatura. Pero en este itinerario personal hay un hecho que no por conocido suele asumirse en todas sus consecuencias: a partir de 1945, Marechal adhirió activa y "funcionariamente" al peronismo.  

Y eso es clave.  Porque estuvo solo cuando fue poder, porque estuvo solo cuando fue depuesto.  

El Marechal católico de los '30 y comienzos de los '40 puede utilizar sin censuras canales diversos de expresión. Tribunas liberales como Sur -que le publica Laberinto de amor en 1936- o La Nación, junto a reductos de fundamentalismo católico donde convive con filonazis talentosos como Ignacio B. Anzoátegui. 

A esa altura y hasta entonces, era parte del abanico amplio de la cultura aceptable, no había cruzado el Rubicón criollo, el Riachuelo del 17 de octubre.  

Y cuando Marechal lo cruzó, se acabó todo. Marechal es "el" peronista de su generación. Y lo pagó carísimo.  

En vacío y en silencio, en lectura distorsionada por la revancha durante veinte años; en apoteosis tardía y no menos distorsiva cuando a mediados de los '60 volvió del exilio interior como profeta docente enancado en nuevos vientos políticos, nuevos rumbos editoriales.

Ese último Marechal poeta, el del ambicioso Heptamerón (1966), suma y programa, tiene momentos memorables y algunos extraordinarios -la Patriótica toda, las coloquiales Didácticas: De la alegría, De la muerte, De la patria- pero el aliento se hace entrecortado a veces, como un manual de demasiados tomos.  

El viejo y diestro domador ya por entonces no domaba: se sentaba a explicar cómo eran las cosas.  En eso, como un personaje de Chesterton que sin duda amaría, era de los que "sabían demasiado".  

Muestras reiteradas de esa sabiduría de extraño y contradictorio destino están en esta suma de poemas.

Vale la pena buscar, entre tantos, los muchos imprescindibles.         

Escrito por Juan Sasturain en el Suplemento Libros de Página/12, 12 de abril de 1998. © Página/12