En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía.

RODOLFO WALSH POR RODOLFO WALSH

Equipo de Investigaciones 'Rodolfo Walsh'

Rodolfo Walsh es el más cabal ejemplo de lo que debe ser un periodista y su deber. Un periodista no puede ni debe esconderse detrás del disfraz de la imparcialidad «objetivista»

RODOLFO WALSH POR RODOLFO WALSH

 Rodolfo Jorge Walsh con Lila Ferreyra, su compañera

Por Equipo de Investigaciones ‘Rodolfo Walsh’

ANC-UTPBA

2008

Rodolfo Walsh es el más cabal ejemplo de lo que debe ser un periodista y su deber. Un periodista no puede ni debe esconderse detrás del disfraz de la imparcialidad «objetivista», el deber de cada periodista, como testigo escriba de la realidad no es reportarla solamente sino cargar con ella y admitir que se es parte de la misma.

Jamás un periodista puede manejar la información como un biólogo analiza la materia desde un tubo de ensayo, y Walsh marcó ese camino, no sólo con sus escritos, sino con su ejemplo.

Walsh era un periodista militante, y en ello dejó la vida.

 Se puede afirmar que Walsh, con una enorme formación cultural, estuvo lejos del vedetismo, y Rodolfo Walsh, como decía Oesterheld, era un «héroe en grupo», jamás individual, aunque su obra le merece los lauros que le corresponden como ser humano.

Walsh no sólo hacía periodismo, aunque algunos busquen acotarlo a esa etiqueta ocultando su rol de militante popular.

Era también un destacado escritor que supo mezclar la ficción aplicándola a la realidad.

En el mundo de las academias de periodismo se enseñaba la obra de Truman Capote, «A sangre fría» (1966) como la primer novela periodística, inaugurando un género que sería explotado de ahí en más.

Pero esto fue producto de entregarle el premio a un escritor de un país central.

Sin quitarle méritos a Capote, en los últimos años y en el mundo entero, «Operación Masacre» es aceptada como la primer obra en su género y Walsh como fundador del mismo, y camino que seguiría transitando en trabajos como «¿Quién mató a Rosendo?» o «El caso Satanowsky».

 Apasionado de la investigación, Walsh participó en Cuba de la fundación de la agencia Prensa Latina, donde volcó toda su inteligencia en la sección «Servicios Especiales».

Fue él mismo quien desencriptaría un cable de una embajada del imperio estadounidense y descubriera cuándo y donde se daría lo que luego fue la invasión a Playa Girón: el resultado fue que la gusanera entrenada por la CIA y con apoyo aéreo estadounidense, se encontró con que al momento de querer desembarcar, todas las fuerzas revolucionarias repelieron la agresión del Imperio.

Walsh, desde una pequeña oficina del barrio El Vedado, entre papeles y cables, había prestado un servicio que visto a la luz de la historia, fue crucial.

www.rodolfowalsh.org

 

RODOLFO WALSH – AUTOBIOGRAFÍA (*)(**)

 Me llaman Rodolfo Walsh.

Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República.

Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó.

Nací en Choele-Choel, que quiere decir «corazón de palo».

Me ha sido reprochado por varias mujeres.

Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador.

Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano.

Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios.

El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antiguedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.

 Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche.

Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas.

Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico.

Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia.

Este se llamaba «Mar Negro», y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo.

Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.

Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.

Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza.

En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre.

El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.

 Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado.

Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.

 La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir.

Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años.

Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino.

Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero.

Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie.

Operación masacre cambió mi vida.

Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior.

Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso.

Volví, completé un nuevo silencio de seis años.

 En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía.

Pero no veo en eso una determinación mística.

En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.

 En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo.

Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez

(ANC-UTPBA).

2008

 

(*) Texto extraído del libro “Periodistas desaparecidos”, editado por la UTPBA.
(**) Periodista y escritor. Fue desaparecido el 25 de marzo de 1977.