Cada aurora, en la basura, / con un pan y un tallarín, / se fabrica un barrilete para irse ¡y sigue aquí! /para irse ¡y sigue aquí! / Es un hombre extraño, / niño de mil años, / que por dentro le enreda el piolín...¡Chiquilín..!.

NACIA EL MARAVILLOSO POETA HORACIO FERRER ¡ MAESTRO DE MAESTROS !

Horacio Ferrer, el poeta de Buenos Aires. Se fué pero la noticia es que: Un día nació… ¿No? Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao… / No ves que va la luna rodando por Callao; / que un corso de astronautas y niños, con un vals, / me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

NACIA HORACIO FERRER ¡ MAESTRO DE MAESTROS ¡

 

Poeta, letrista, músico, recitador, difusor, nacio el 2 de junio de 1933, es decir que hoy cumpliría años.

 Llega al tango con sus letras locas cuando éste ya no podía darle la fama y la devoción popular que había derramado sobre otros creadores, que para entonces estaban muertos o se resignaban al ocaso.

 Pero se abrió paso de todas formas, y hasta logró ser el letrista adoptado por Astor Piazzolla, único vanguardista que no desdeñó el tango canción.

 Por momentos consiguió conectar con esas grandes masas ya alejadas del género, y le regaló a Piazzolla la multitudinaria repercusión popular que le había faltado. 

De todas formas, nunca incurrió en una lírica directa y plana, empecinamiento por el que todo artista paga un precio.

 Creador de una obra incesante, aplaudida o rechazada, ha sido y es el letrista más resuelto a escribir versos nuevos cuando ya todos los versos del tango parecían haber sido escritos.

 Horacio Ferrer vio la luz en un hogar montevideano impregnado de arte.

De muy niño escribía ya versos, obras para títeres y, algo después, milongas que cantaba, acompañándose en guitarra, para sus amigos del barrio en el sótano de un almacén.

 Quien le enseñó a sacar tangos de oído en la guitarra fue un tío materno que vivía en Buenos Aires, en la margen occidental del Río de la Plata, adonde viajaba con sus padres frecuentemente.

 Fue ese mismo tío quien le haría conocer la noche porteña, con toda su galería de personajes bohemios.

 Sus primeros tangos surgieron a comienzos de los ’50, apareciendo en ellos la temática y el estilo por momentos surreal de sus obras posteriores. 

Con amigos de la carrera de arquitectura y el coleccionista Víctor Nario inició en Uruguay un programa radial semanal: «Selección de Tangos», desde el cual se propuso defender a las resistidas tendencias vanguardistas.

 De esa audición insurgente nacerá en 1954 «El Club de la Guardia Nueva», que organizaba conciertos con Aníbal Troilo, Horacio Salgán y el revolucionario Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla. 

A Piazzolla lo conoció en 1955, al regresar Astor de Francia.

Ese encuentro alcanzaría gran trascendencia.

 Ferrer redacta, ilustra y dirige durante siete años la revista «Tangueando», mientras sus versos y sus tangos permanecen inéditos.

En esa misma época, entre 1956 y 1959, estudia bandoneón y comparte una pequeña orquesta.

 Durante este último año publica su primer libro, El Tango.

Su historia y evolución, editado por la casa Peña Lillo.

 Por las dos ondas del Sodre, la radio oficial uruguaya, pone en el aire hasta 1967 ciclos orgánicos sobre la evolución del tango.

En lo sucesivo conduciría numerosos programas radiales y televisivos en las dos orillas del Plata.

 Tras abandonar sus estudios de arquitectura ingresó como redactor a los suplementos del matutino montevideano «El Día», y por pedido de Troilo escribió «La última grela», tango con el que iniciara su trayectoria de letrista consagrado.

 Los años que siguieron abundaron en hechos significativos, y entre éstos la celebración del Primer Festival Universitario de Tango, con la participación de Piazzolla, Julio De Caro, César Zagnoli, Prudencio Aragón y otros. 

En 1967 graba los poemas de su «Romancero canyengue» para el sello argentino independiente Trova, acompañado por la guitarra de Agustín Carlevaro.

El disco provoca que Piazzolla lo invite a escribir juntos, lo que harán intensamente hasta 1973.

 Así surge, como primer gran fruto, la operita «María de Buenos Aires», que en 1968 estrenan, en la sala Planeta, de Buenos Aires, Piazzolla con su orquesta de diez músicos, las voces de Héctor de Rosas y Amelita Baltar, y el propio Ferrer como recitante en el papel de El Duende.

Trova la edita en dos LP, mientras van surgiendo los primeros tangos del binomio, como el ya clásico «Chiquilín de Bachín» y «Juanito Laguna ayuda a su madre», mostrando un claro compromiso social.

 A lo largo de 1969 surge la serie de tangos llamados baladas, de los cuales «Balada para un loco» constituirá un éxito resonante, el primero auténticamente masivo que disfrutará Piazzolla.

 Entre varias obras en que Ferrer despliega su peculiar imaginario, con un lenguaje que lo distingue absolutamente de cualquier otro letrista («Canción de las venusinas» y «La bicicleta blanca» son ejemplos de ello), sobresale «Fábula para Gardel», una emocionada introducción al arte del genial cantor, con la poética excusa de un padre que le habla de él a su pequeño.

 En su estreno, el poema fue recitado insuperablemente por el propio Ferrer en el Luna Park de Buenos Aires, acompañado por ocho bandoneones y una gran orquesta bajo la batuta de Piazzolla, en una noche apoteótica.

Aquellas producciones quedaron plasmadas en el disco «Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en persona».

 Entre un extenso número de obras, presentaciones y premios en varios países, Ferrer colaboró con importantes artistas del género, como Roberto Grela, Leopoldo Federico, Raúl Garello y Horacio Salgán, con quien en 1975 compuso el Oratorio Carlos Gardel.

 Al año siguiente escribió con figuras ya míticas del tango, como Julio De Caro («Loquita mía»), Pedro Laurenz (poniendo versos a «Esquinero»), Armando Pontier («El hombre que fue ciudad»), Osvaldo Pugliese («Yo payador me confieso») y Aníbal Troilo («Tu penúltimo tango»).

 Además de prolífico letrista («Balada para mi muerte», «El Gordo triste» y «El hombrecito blanco» son ejemplos de su poder creador), Ferrer es autor, entre otras obras, de «El Libro del Tango, Arte Popular de Buenos Aires», cuya primera edición data de 1970.

Sobre todo en su edición de 1980 en tres tomos (Antonio Tersol Editor), con más de dos mil páginas, es la referencia obligada de cualquier estudioso.

 En 1983 escribe las «Cronicas de Fray Milonga» en la revista Feriado Nacional, que dirigía Martín García, donde escribía su amigo Alejandro Dolina que sumaba con Antonio Carrizo al restaurante «Bachín» donde además concurrían asiduamente.

BALADA PARA UN LOCO

El sencillo Balada para un loco creada por Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en 1969, es una conocida canción argentino-uruguaya que significó una ruptura con la tradición y un hito para el tango canción. Fue interpretado por primera vez por Amelita Baltar, con quien quedó desde entonces asociada. La canción fue una ruptura radical del tango cantado hasta ese momento y un hito del nuevo tango. El tema fue estrenado durante un Festival de Buenos Aires de la Canción y la Danza en el Luna Park el 16 de noviembre de 1969, que terminó con el público dividido entre los que consideraban que eso era tango y los que no. Para evitar que «Balada para un loco» ganara, los organizadores improvisaron un jurado popular, que terminó modificando la decisión favorable del jurado internacional (integrado entre otros por Vinícius de Moraes, Chabuca Granda, etc) para darle el premio a un tango llamado «Hasta el último tren» cantado por Jorge Sobral. El escándalo popularizó la canción que salió a la venta como simple al día siguiente. La ciudad comenzó a llenarse de muñequitos con medio melón en la cabeza, como dice la canción. Un mes después la grababa también el destacado cantor de tangos Roberto Goyeneche.

Tango – Voz Masculina

1969

Música: Astor Piazzolla

Letra: Horacio Ferrer

 Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?

Salís de tu casa, por Arenales.

Lo de siempre: en la calle y en vos. . .

Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo.

Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano.

¡Te reís!…

Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares.

¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo…

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…

No ves que va la luna rodando por Callao;

que un corso de astronautas y niños, con un vals,

me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

 

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…

Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;

y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!…

el loco berretín que tengo para vos:

 

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!

Cuando anochezca en tu porteña soledad,

por la ribera de tu sábana vendré

con un poema y un trombón

a desvelarte el corazón.

 

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!

Como un acróbata demente saltaré,

sobre el abismo de tu escote hasta sentir

que enloquecí tu corazón de libertad…

¡Ya vas a ver!

 

(Recitado)

 

Salgamos a volar, querida mía;

subite a mi ilusión super-sport,

y vamos a correr por las cornisas

¡con una golondrina en el motor!

 

De Vieytes nos aplauden: «¡Viva! ¡Viva!»,

los locos que inventaron el Amor;

y un ángel y un soldado y una niña

nos dan un valsecito bailador.

 

Nos sale a saludar la gente linda…

Y loco, pero tuyo, ¡qué sé yo!:

provoco campanarios con la risa,

y al fin, te miro, y canto a media voz:

 

(Cantado)

 

Quereme así, piantao, piantao, piantao…

Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,

ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!

¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

 

Quereme así, piantao, piantao, piantao…

Abrite los amores que vamos a intentar

la mágica locura total de revivir…

¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

 

(Gritado)

 

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!

Loca ella y loco yo…

¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!

¡Loca ella y loco yo

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CHIQUILÍN DE BACHÍN

Tango

Música (ir a la partitura): Astor Piazzolla

Letra: Horacio Ferrer

 

Por las noches, cara sucia

de angelito con bluyín,

vende rosas por las mesas

del boliche de Bachín.

 

Si la luna brilla

sobre la parrilla,

come luna y pan de hollín.

 

Cada día en su tristeza

que no quiere amanecer,

lo madruga un seis de enero

con la estrella del revés,

y tres reyes gatos

roban sus zapatos,

uno izquierdo y el otro ¡también!

 

Chiquilín,

dame un ramo de voz,

así salgo a vender

mis vergüenzas en flor.

Baleáme con tres rosas

que duelan a cuenta

del hambre que no te entendí,

Chiquilín.

 

Cuando el sol pone a los pibes

delantales de aprender,

él aprende cuánto cero

le quedaba por saber.

Y a su madre mira,

yira que te yira,

pero no la quiere ver.

 

Cada aurora, en la basura,

con un pan y un tallarín,

se fabrica un barrilete

para irse ¡y sigue aquí!

Es un hombre extraño,

niño de mil años,

que por dentro le enreda el piolín.

 

Chiquilín,

dame un ramo de voz,

así salgo a vender

mis vergüenzas en flor.

Baleáme con tres rosas

que duelan a cuenta

del hambre que no te entendí,

Chiquilín.

 

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El Polaco

Tango

1990

Música: Leopoldo Federico

Letra: Horacio Ferrer  

Porteño, flaco y rubio, te dicen El Polaco.

Tal vez fuiste morocho y el alba te peinó

con lágrimas de luna, muy niño, en aquel patio,

dolor que en una orquesta de mirlos debutó.

 

Del sótano del alma te sobreviene el canto.

El ángel del asfalto florece en tu temblor.

Y cuando el fueye arrea su vendaval de infarto,

el Tango es una curda poética en tu voz.

 

¡Tu cara de reloj de arena!…

La ropa, ¡que te duele en serio!

Tu gracia de afinar los versos

siempre fiel a la milonga de tus dichas y tus penas.

 

En éxtasis de amor troileano,

los duendes del Gotán no han muerto;

Roberto, prestales tu misterio:

que vibren, gocen, vuelvan, sufran y amen, che, Polaco,

igual que vos.

 

Porteño, flaco y rubio, te dicen El Polaco.

Polaco, hermano mío, vení, cantá, ¿no ves?,

que en tu talento sueña la noche fantaseando

un loco valsecito de Expósito y Chopin.

 

En tanto el telegrama compadre de tus tacos

confiesa: «Si me muero de amor, reviviré…»,

la estética de un beso te sangra entre los labios

y salen las palabras enamorándose.

 

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WOODY ALLEN

Horacio Ferrer

 

Woody Allen, quiero verte en Buenos Aires,

ruso piola y atorrante de Manhattan,

con tu cara de gilastro,

y tu corazón en llamas,

te veo por Corrientes palpitando

nostalgias que hacen mal, pero son lindas:

Buenos Aires, viejo Woody, es una mina

de la que ya never more escaparás.

 

Verás, che Woody Allen

tu biógrafo en porteño,

cuando Hugo del Carril de la pantalla se salía

por darle una alegría de amor a Doña Nadie

y el cielo era la vieja vigilando junto a Dios.

 

Verás a las mellizas

New York y Buenos Aires,

bellísimas y neuras como niñas inmortales,

cambiando amor por sexo y a los cafés por bancos,

bailar el tango al ritmo de tu rubio bandoneón.

 

Woody Allen, tengo ganas de abrazarte

contemplando que el final del siglo veinte

es un show de funerarias:

Chernobyl, El Golfo, El Sida.

Y, al fin, si es inmoral seguir con vida,

vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias

y nos vamos a morir, pero de risa,

para dentro de dos siglos despertar.

 

Verás, che Woody Allen

tu biógrafo en porteño,

cuando Hugo del Carril de la pantalla se salía

por darle una alegría de amor a Doña Nadie

y el cielo era la vieja vigilando junto a Dios.

 

Verás a las mellizas

New York y Buenos Aires,

bellísimas y neuras como niñas inmortales,

cambiando amor por sexo y a los cafés por bancos,

bailar el tango al ritmo de tu rubio bandoneón.

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CANCIÓN DE LAS VENUSINAS

Horacio Ferrer

 

Un día las venusinas bajaron en Buenos Aires

con unas sombrillas claras.

De su planeta de hembras llegaban por los espacios,

hermosas, pibas y extrañas.

Las vieron llegar, tan sólo, los que andan de madrugada.

Y nadie se las creyó,

dijeron: «Son de mentira, ¡palomas de propaganda!»

 

Vivieron, en nuestras calles, cien días con sus cien noches.

Los ojos rojos tenían

y polen en los corpiños y soles en las enaguas,

¡qué lindas las venusinas!

Traían dos corazones invictos en las entrañas.

Ningún varón las amó.

Decían: «Son espejismo, fantasma, ¡puro fantasma!»

 

Las vieron ir por Retiro, por Once y plaza Lavalle,

absortas y enamoradas.

Tiraban a los muchachos sus besos del otro mundo

y nadie se los besaba.

Se sabe, porque se sabe, que un martes muy de mañana,

solteras de gravedad,

se fueron todas al río, a echar su ternura al agua.

 

Y un día las venusinas volvieron camino a Venus

con unas sombrillas claras.

Algunas se demoraron y anclaron en Buenos Aires

perdidas de su bandada.

Son esas mujeres hondas, calladas, tristes y raras

que habitan esta ciudad,

y fueron las que inventaron los tangos y la nostalgia.

 

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LA BICICLETA BLANCA

Raúl Lavie canta «La Bicicleta Blanca», composición de Astor Piazzolla con letra de Horacio Ferrer, acompañado por Astor Piazzolla y su Quinteto Nuevo Tango, en vivo para Radio Caracas Televisión en 1984. Este concierto fue verdaderamente en vivo, aunque no haya público, dado que Astor Piazzolla y el Quinteto llegaron al estudio directamente desde el hotel, y salieron tan pronto habían terminado de tocar hacia el aeropuerto – no hubieron ni ensayos ni segundas tomas. Además de eso, todo el equipo de sonido utilizado en la grabación había llegado el día anterior, por lo tanto, la mezcla de sonido también se hizo en vivo.

Horacio Ferrer

 

Lo viste. seguro que vos también, alguna vez, lo viste: te hablo de ese eterno ciclista solo, tan solo, que repecha las calles por la noche.

Usa las botamangas del pantalón bien metidas en las medias y una boina calzada hasta las orejas, ¿te fijaste? nadie sabe, no, de dónde cuernos viene, jamás se le conoce a dónde diablos va.

De todos modos, si lo vieras pasar, miralo con mucho amor: puede que sea, otra vez…

 

El flaco que tenía la bicicleta blanca;

Silbando una polkita cruzaba la ciudad.

Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas

¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!

 

Llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra.

Atrás, en un carrito, cargaba un pez y un pan.

Jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas,

Y él mismo se animaba, gritando al pedalear.

 

«¡dale, dios!… ¡dale, dios!…

¡meté, flaquito corazón!

Vos sabés que ganar

No está en llegar sino en seguir…»

 

Todos, mientras tanto, en las veredas,

Revolcándonos de risa

¡lo aplaudimos a morir!

Y él, con unos ojos de novela,

Saludaba, agradecía,

Y sabía repetir:

 

«¡dale, dios!… ¡dale, dios!…

¡dale con todo, dale, dios!…»

 

Pero cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente. ¡increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la paz; el intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista.

 

Después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia,

No sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!,

Al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda,

Su bicicleta blanca le entramos a romper.

 

Le dimos como en bolsa, si asco, duro, en grande:

La hicimos mil pedazos… y, al fin, yo vi que él,

Mordiéndose la barba, gritó: «¡que yo los salve!…»

Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie.

 

(mi viejo flaco nuestro que andabas en la tierra: ¿cómo te olvidaste que no somos ángeles sino hombres y mujeres?)

 

Flaco,

No te quedes triste,

Todo no fue inútil,

No pierdas la fe…

En un cometa con pedales

¡dale que te dale!

Yo sé que has de volver…

Se fué, pero la noticia es que un día nació.(MG)