Macedonio como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía no le importaron, pero sí la filosofía. Fue filósofo porque anhelaba saber quiénes somos y qué o quién es el universo.

NACE MACEDONIO

Por Roberto Bardini y Alejandro Pandra

El primero de junio de 1874 nace Macedonio Fernández, uno de los autores más originales de la literatura hispanoamericana. A más de 50 años de su muerte, sus textos todavía ofrecen claves y sorpresas. Políticamente incorrecto, de él se ha dicho que es el “eslabón perdido” de la literatura argentina, el “antepasado moral común” de escritores como Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo y Julio Cortázar

Por Roberto Bardini 

NAC&POP

1| de Junio 2008

 El interés de Macedonio por la filosofía, la psicología y las ciencias, sobre todo la física, contribuyó a una formación ecléctica y erudita.

Quizá por eso su obra permanece aún hoy inclasificable.

“Su fárrago apabullante desafía cualquier orden y despista cualquier investigación; su multifacética inventiva despliega la genialidad humana en su máximo esplendor; sus prodigiosos hallazgos del pensar-escribiendo logran construir un mundo extraño, imaginativo y fantástico”, escribe Ana María Camblong (“El paisaje del pensar. Macedonio en Misiones”, Sed, suplemento de cultura del diario El territorio, 18 de abril de 2000).

 Nacido el mismo año que Leopoldo Lugones y siete años menor que Roberto Payró, aunque es parte de la generación del 900, Macedonio ingresa al mundo de la literatura impresa recién en 1924, cuando ya han fallecido varios de sus contemporáneos. 

“Prefirió la soledad, la obra escrita a contramano y en el anonimato, la publicación ocasional u obligada y que nada concluye, la actitud iconoclasta hasta para consigo mismo”, dice el crítico y ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal (“Macedonio Fernández, Borges y el ultraísmo”, revista Número Nº 19, Montevideo, abril-junio de 1952).

 Datos terrenales

 Macedonio nace en Buenos Aires el primero de junio de 1874. Es hijo de Macedonio Fernández, abogado y estanciero –alguna biografía apunta que también fue militar– y de Rosa del Mazo Aguilar Ramos. Asiste al Colegio Nacional y más tarde estudia Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires, donde es condiscípulo y amigo de Jorge Borges, padre de Jorge Luis. Con Borges padre comparte el interés por el estudio de la psicología y por la filosofía de Arthur Schopenhauer.

 Durante 1891-1892, como estudiante universitario, Macedonio publica una serie de crónicas costumbristas en El Progreso, un periódico literario dirigido por su primo Octavio Acevedo. En 1896 comienza a escribir artículos para revistas y diarios.

 En 1897, egresa de la Universidad. Con el diploma en la mano, lo primero que hace ese año es participar de un proyecto para la fundación de una colonia socialista en la selva de Paraguay.

La comuna se iba a establecer en la propiedad que la familia de Julio Molina y Vedia tenía en el país vecino.

El clima, el terreno, y los mosquitos derrotaron a los utopistas.

Fue “mi más grande crisis de los 22 años, cuando yo era anarquista spenceriano”, escribirá Macedonio.

Aunque era amigo de Juan B. Justo y José Ingenieros, nunca se sintió atraído por el socialismo.

 En 1901 se casa con Elena de Obieta, con quien tiene cuatro hijos: Macedonio, Adolfo, Jorge y Elena.

Vive en Bartolomé Mitre 2120 y es miembro del Club Gimnasia y Esgrima.

 En 1905 inicia su correspondencia con el filósofo y psicólogo estadounidense William James, hermano del escritor Henry James.

La relación epistolar se mantiene hasta la muerte de James en 1911.

 Durante 25 años, Macedonio ejerce la abogacía sin entusiasmo.

En 1910, acepta el nombramiento de fiscal en el Juzgado Letrado de Posadas (Misiones), donde también es dirige la biblioteca y conoce a escritor Horacio Quiroga.

Burócratas locales conspiran contra “el porteño” y logran dejarlo cesante.

Durante mucho tiempo se contará como anécdota que perdió el cargo porque nunca condenó a nadie.

 Su esposa fallece en 1920 y los cuatro hijos quedan al cuidado de abuelos y tías.

Macedonio abandona la abogacía. Vive en pensiones del barrio Once y Tribunales.

Sus únicas posesiones son un sartén, un calentador Primus, una pava para el mate, una guitarra y una fotografía de William James. Medita, escribe, toca la guitarra, escucha música.

Recibe las visitas de dos españoles notables: el periodista y escritor Ramón Gómez de la Serna y el poeta Juan Ramón Jiménez.

 En 1947, luego de dos décadas de deambular por modestos hospedajes y casas de amigos, se va a vivir al amplio departamento de su hijo Adolfo de Obieta, frente al Jardín Botánico.

Se dedica exclusivamente a escribir una obra que comenzará a editarse después de su muerte.

 A espaldas de su generación

 “Mientras Hispanoamérica vivía su gloriosa aventura modernista, Macedonio vivía un silencioso período de preparación”, apunta Jo Anne Engelbert en “El proyecto narrativo de Macedonio” (Museo de la novela de la Eterna, edición crítica de Ana María Camblong y Adolfo de Obieta, Colección Archivos, Madrid, 1993).

 Cuando Roberto Payró y Leopoldo Lugones ya eran conocidos, Macedonio se aparta de los estilos convencionales y continúa en la búsqueda de la imaginación creadora.

“Él pareció haber elaborado, en olvidadas casas de pensión bonaerenses, entre papeles desordenados y una guitarra, envuelto en incontados sacos de lana, a espaldas de su generación, el instrumento intelectual y poético con que superarla”, escribe Rodríguez Monegal en “Macedonio Fernández, Borges y el ultraísmo”.

 La producción literaria de Macedonio es intensa pero alejada de los grupos intelectuales de su época.

Rescribe permanentemente.

Sólo ante la insistencia de amigos publica No toda es vigilia la de los ojos abiertos en 1928.

Al año siguiente se imprime Papeles de recienvenido.

A partir de ahí, salvo algunas publicaciones ocasionales de artículos y ensayos en revistas, su obra queda reservada a un pequeño público de escritores. Jorge Luis Borges escribe en 1961: “Macedonio nos proponía el ejemplo de un modo intelectual de vivir”.

 La admiración de Borges

 En Fervor de Buenos Aires, el primer libro de poesía publicado por Borges en 1923, hay un poema que se titula “La plaza San Martín” y tiene una dedicatoria: “A Macedonio Fernández, espectador apasionado de Buenos Aires”.

Alguien dijo, burlonamente que Macedonio fue para Borges el equivalente a Sócrates. El autor de El Aleph intentó, sin lograrlo, ser Platón.

 En 1952, después que Macedonio muere, Borges lee un homenaje ante su tumba, en el que reconoce: “Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio.

Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura.

Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas.

No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble”.

 Tiempo después, en una entrevista, el autor de Ficciones vuelve sobre el tema: “Yo le robé un poco los papeles a Macedonio: Macedonio no quería publicar, no tenía ningún interés en publicar, y no pensó en lectores tampoco.

Él escribía para ayudarse a pensar, y le daba tan poca importancia a sus manuscritos, que se mudaba de una pensión a otra. […]

Con los amigos decíamos: ¡Qué suerte la nuestra!, haber nacido en la misma ciudad, en la misma época, en el mismo ambiente que Macedonio” (Oswaldo Ferrari, Diálogos, Seix Barral, Barcelona, 1992).

 Macedonio, a su vez, es muy generoso con su admirador. En el epígrafe de un cuento publicado en 1941, comenta: “Nací porteño y en un año muy 1874.

Todavía no, pero muy poco después empecé a ser citado por Jorge Luis Borges, con tan poca timidez de encomios que por el terrible riesgo a que se expuso con esta vehemencia comencé a ser yo el autor de lo mejor que él había producido.

Fui un talento de facto, por arrollamiento, por usurpación de la obra de él.

Qué injusticia, querido Jorge Luis, poeta del ‘Truco’, de ‘El general Quiroga va al muere en coche’, verdadero maestro de aquella hora” (Sur Nº 84, septiembre de 1941).

 Borges figura en la historia literaria como cuentista y, en menor grado, como poeta y ensayista. Nunca escribió una novela.

¿Qué habrá pensado al leer esta línea de su admirado Macedonio: “Fatuo academismo es creer en el cuento; fuera de los niños nadie cree”.

 El arte de ser escuchado

 A Macedonio le gustaba reunirse con amigos y conversar. Tenía ideas originales y exhibía un humor punzante.

Escritores, poetas, músicos e intelectuales sucumbían ante su fascinación y lo escuchaban durante horas.

Raúl Scalabrini Ortiz lo describe así: “Es suave y cauto para hablar. No prodiga sus palabras. Escucha en silencio, pero si su interlocutor se desvía del recto camino, Macedonio le orienta con interrogaciones socráticas, articuladas negligentemente.

Destruye las vehemencias sin atacarlas, oponiéndoles un concesivo ‘¿le parece?’ que es una invitación a reflexionar (“Macedonio Fernández, nuestro primer metafísico”, revista Nosotros N° 228, mayo de 1928).

 Tomás Eloy Martínez también entrevistó a Borges, quien recordó las reuniones de Macedonio y sus oyentes: “Su excelencia estaba en el diálogo, y tal vez por eso pueda asociárselo a genios que no escribieron nunca, como Sócrates o Pitágoras, o aún como Buda o Cristo. Lo primordial era su compañía” (diario La Opinión, Buenos Aires, 23 de junio de 1974).

 En la entrevista ya mencionada con Oswaldo Ferrari, Borges relata que un grupo de amigos se juntaba todos los sábados en la confitería La Perla, en la esquina de Rivadavia y Jujuy, en Once, para escuchar a Macedonio: “Nos reuníamos más o menos alrededor de medianoche, y nos quedábamos hasta el alba oyéndolo […].

Y Macedonio hablaba cuatro o cinco veces cada noche, y cada cosa que decía, él la atribuía -por cortesía- al interlocutor. De modo que empezaba siempre diciendo -él era muy criollo para hablar-: ‘Vos habrás observado, sin duda’; y luego una observación en la que el otro nunca había pensado.

Pero a Macedonio le parecía más… más cortés atribuir sus pensamientos al otro, y no decir ‘yo he pensado tal cosa’, porque le parecía una forma de presunción o de vanidad”.

 Rodríguez Monegal escribe en “Macedonio Fernández, Borges y el ultraísmo”, ya citado: “Instalado en su Buenos Aires, atento a sus costumbres y usos, […] censor del idioma y de la mitología que la propia ciudad iba creando, Macedonio pudo recoger aquellos rasgos permanentes, aquellas constantes del alma porteña y pudo fijarlas en sus páginas bajo la máscara del criollismo.

La haraganería y el desorden, el rodeo y las disculpas, el gusto por farolear y la novelería de lo superficial, las instituciones nacionales (a saber: la siesta, los brindis, las inauguraciones de monumentos, los latosos de esquina que sujetan a sus víctimas por las solapas), la cachada y la viveza, […] todos esos rasgos, en fin, con los que podría configurarse un tratado del porteño, y que él en vez de sistematizar prefirió recoger, con sus infinitas variantes, con sus improvisaciones a veces geniales, en páginas breves y desiguales”.

 Humorista, raro y libre

 En 1892, Macedonio firma algunos artículos costumbristas en El Progreso, periódico que dirige su primo Octavio Acevedo. Aunque apenas tiene 17 o 18 años, ya exhibe su humor: “Hace algunos días fui a una casa de baños […] donde se ofreció a mis ojos el espectáculo más pintoresco que imaginarse pueda.

El traje de etiqueta de los que allí se solazaban, era adanesco; saco a lo Adán, pantalón como Adán y, en fin, todas las demás prendas del vestido eran igualitas a las que estaban de moda en tiempo del que tuvo por mujer a su costilla.

Primera observación: esta uniformidad de trajes ¿qué indica?: acuerdo de opiniones, y, por consiguiente, democracia absoluta”.

 En su vida familiar, Macedonio era capaz de intentar –con toda la naturalidad del mundo- usar un vaso como martillo contra un clavo. Adolfo de Obieta describe en Mi padre, Macedonio Fernández algunos rasgos del escritor: “Creo que mi padre ha sido la persona más ‘rara’ que habré conocido, más natural y sinceramente diferente.

Sus ideas, sus costumbres, su arte, sus planteos y soluciones teóricas y prácticas parecían seleccionadas de la antología de la heterodoxia. […]

Vivía en humor, en poesía, en libertad, en fantasía.

Si jugaba al florete en la cuidada sala familiar y atravesaba de pronto el respaldo de una butaca finamente tapizada, como si furtivamente sustituía el tónico de un frasco por agua de la canilla para librarnos de la farmacia, era con espontaneidad absoluta.

Sus ideas sobre la educación, el gobierno, la estructura social, la guerra, la música, la mujer, la universidad, la higiene, el deporte, los idiomas, la orquesta, las academias, siempre eran pensadas por sí mismo, fruto inviolable de la experiencia.

Pero no sólo sus ideas: sus hábitos como ciudadano, como padre, como comensal o artista, todo era tan heterodoxo como sincero”.

 En 1927, Macedonio se postula como candidato a presidente de la nación.

Es un pretexto para desplegar una campaña electoral surrealista, con la complicidad de sus amigos. Fue “vencido” por Hipólito Irigoyen.

 Poco después de la muerte de su esposa, Macedonio va a la oficina de un amigo, se sienta y escribe de un tirón el poema “Elena Bellamuerte”, hoy considerado una obra maestra. Al terminar, lo guarda en una lata de bizcochos y se va.

El manuscrito se descubre en 1940. Su hijo Adolfo lo envía a la revista Sur, que lo publica al año siguiente.

 En 1943 escribe: “El mayor peligro que se corre publicando a esta altura de la vida una novela es que se nos ignore la edad: la mía es de 73, y espero que esto me evitará un prospectivo juicio como: ‘…siendo la primera novela del autor, le auguramos un halagüeño porvenir si persevera con firme voluntad y disciplina en sus inauguraciones estéticas.

De todos modos, esperamos sus futuras obras para cerrar nuestro juicio definitivo’.

Con tal postergación, me quedo sin posteridad”.

 Una muestra de su humor, breve y absurdo, se lee en estas líneas: “Eran tantos los que habían faltado al banquete que si falta uno más no caben en la sala”.

 Museo de la novela de la Eterna no pretende ser una novela, sino una refinada travesura.

Tiene 56 prólogos, a cual de todos más desopilante, y ahí está su auténtica intención.

Lo que sigue a los prólogos, carece deliberadamente de fuerza y al final queda sin terminar para que el lector la continúe a su gusto.

 Dejad que las editoriales vengan a mí

 A Macedonio nunca le interesó publicar sus libros.

Son amigos argentinos, mexicanos, peruanos y españoles, además de su hijo Adolfo, los que se encargan de hacerlo por él.

En “El proyecto narrativo de Macedonio”, Jo Anne Engelbert señala que con la excepción de No todo es vigilia la de los ojos abiertos, todos los libros preparados para la publicación antes de su muerte en 1952 fueron rescatados y entregados a editoriales por otros.

Ese primer texto sale de la imprenta en 1928 por insistencia de Marechal y Scalabrini Ortiz.

 Según Borges, Papeles de Recién venido se edita en 1929, gracias a “una generosa conspiración” tramada por el escritor mexicano Alfonso Reyes, quien favoreció a muchos autores argentinos.

 Engelbert relata que Una novela que comienza es rescatada por el escritor peruano Alberto Hidalgo, quien junto con su compatriota Luis Alberto Sánchez impulsa su publicación en la editorial Ercilla, de Chile.

El poeta santafecino Marcos Fingerit publica en 1942 una colección de poemas de Macedonio en un pequeño volumen titulado Muerte es Beldad.

Ahí aparece la versión original de “Elena Bellamuerte”, apenas descubierta en la lata de bizcochos.

El escritor y periodista español Ramón Gómez de la Serna organiza una nueva y más amplia versión de Papeles de Recienvenido, que publica la editorial Losada en 1944.

El último libro preparado por Adolfo de Obieta para su publicación en vida de Macedonio fue Poemas, que imprimió póstumamente la editorial mexicana Guarania en 1953.

También se publican en forma póstuma Museo de la novela de la Eterna (1967), Cuadernos de todo y nada (1972) y Adriana Buenos Aires (1974).

Este último año, la editorial argentina Corregidor comienza a editar los diez tomos de sus Obras Completas.

 “Definir a Macedonio es imposible”

Macedonio Fernández muere el 10 de febrero de 1952, a los 78 años, lúcido hasta el último instante.

Leopoldo Marechal, uno de sus mejores discípulos, dice que Macedonio pertenece a la categoría de los que “dejan de ser hombres de la literatura para pasar a ser verdaderas leyendas de Buenos Aires”.

Gómez de la Serna lo define como “el que más ha influido en las letras dignas de leerse”.

Ulyses Petit de Murat lo llama “semidiós acriollado”.

 En cambio, Adolfo Bioy Casares, esquiva el elogio: “Macedonio Fernández me parece ilegible. Creo que debía ser un sabio oral, pero que no ha dejado casi nada que se pueda leer” (“Conversando con Bioy Casares: una invitación al viaje”, entrevista de Tomás Barna, abril de 1997).

 Borges, amigo de Bioy y admirador de Macedonio, lo describe con sincera elocuencia, en la despedida frente a su tumba:

 “Un filósofo, un poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos, aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república.

 “Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir, despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de páginas.

A Macedonio, en cambio, como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía: no le importaron, pero sí la filosofía.

 “Fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo.

Fue poeta, porque sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la realidad.

Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le prometieron sus libros.

Fue novelista, porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar el yo.

Metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte.

 “Toda su vida, Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con tranquila curiosidad.

 “[…] Las mejores posibilidades de lo argentino —la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial— se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos.

Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias.

 “[…] Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse.

Macedonio perdurará en su obra y como centro de una cariñosa mitología.

Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir”.

RB/

Fuente: Eurindia.galeon.com  N&P: El Correo-e del autor es Roberto Bardini  robertobardini@yahoo.com

Macedonio Fernandez maestro de Borges, capaz de conjugar tres cosas tan distintas como la muerte, la metafísica y el humor.

MACEDONIO FERNÁNDEZ

Por Alejandro Pandra

Agenda de Reflexion

Se acaban de cumplir nuevos años de la muerte de quien fue capaz de conjugar tres cosas tan distintas como el humor, la muerte y la metafísica.

La fuerza de su espíritu -intensa y radiante- y la riqueza conceptual de su prosa y poesía serán recordadas entre las mejores páginas de nuestra literatura.

Macedonio Fernández nació en Buenos Aires el 1º de junio de 1874 y murió el 10 de febrero de 1952.

Sus originales escritos suman anécdotas, versos, sentencias filosóficas y aforismos humorísticos que en ciertos pasajes lo hermanan con los surrealistas europeos.

Estudió abogacía en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero nunca ejerció la profesión.

Hacia 1897, junto a otros compañeros, participó en un proyecto de fundación de una colonia utópica en el Paraguay.

En 1920 murió su esposa, Elena de Obieta, con quien se había casado en 1901 y, a partir de ese doloroso hecho, puso todo el poder de su intelecto al servicio de una sola idea: borrar la muerte.

En 1922 fundó la revista literaria Proa junto con Jorge Luis Borges, a quien fascinará con su personalidad y marcará en sus obras.

En 1923 promovió junto a un grupo de jóvenes escritores encabezado por Oliverio Girondo, Borges y Leopoldo Marechal, la revista Martín Fierro, de arte y crítica libre.

Publicó su primer libro en 1928, No todo es vigilia la de los ojos abiertos, una maravilla, empezando por el título.

En esta obra ya se reconoce como el primer autor metafísico argentino.

Creador de la nueva novela latinoamericana que se apartó de los cánones tradicionales y llevó la narración hacia la fantasía y la imaginación creadora, entre sus obras principales se encuentran Papeles de reciénvenido (1929),

Una novela que comienza (1941) y Continuación de la nada (1949).

La literatura de Macedonio, alejada del culto a los lugares comunes, propone renegar de la solemnidad con la teoría y la técnica del humorismo conceptual, muy valorado por Borges, y que influyó en toda una generación de intelectuales entre los que hay que contar a Julio Cortázar.

Singular conjunción de humorismo y metafísica, desarma los aparatos lógicos, juega con el principio de identidad y hace del absurdo el eje de sus agudas ocurrencias.

Sin pedirle nada al futuro, se proyecta hacia las cuestiones fundamentales, hace de la pasión la cosa en sí, sostiene que el arte debe crear estados y no presentar ambientes o cosas, y vislumbra que el tiempo huidizo sólo puede ser representado por la intensidad, que es la esencia de lo absoluto.

Bosqueja así una teoría de la tragedia.

En el ámbito del humorismo logra sus mejores efectos cuando suspende o baraja las leyes físicas.

Propone, por ejemplo, vacíos que son plenitudes, defectos que valen por perfecciones, como si las carencias y los errores tuvieran sentido positivo: (“Este libro viene a llenar un gran vacío, con otro”; “antigüedad del presente”; “el ‘no sé qué’ que más se supo”; “primero el ejemplo, luego la doctrina, si llega”).

AP/

MACEDONIO POR BORGES

Palabras escritas ante la tumba de Macedonio por Borges en abril de 1952

Un filósofo, un poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos, aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república.

Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir, despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de páginas.

A Macedonio en cambio, como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía no le importaron, pero sí la filosofía.

Fue filósofo porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo.

Fue poeta porque sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la realidad.

Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le prometieron sus libros.

Fue novelista porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar el yo.

Razones metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte.

Toda su vida Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con tranquila curiosidad.

Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales.

Agenda de Reflexion

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