Chávez lo describió con una divertida frasecita: "Un sol sabroso hacía en Turiamo", dijo en su desacartonado discurso de pueblo victorioso.

«UN SOL SABROSO HACÍA EN TURIAMO»

Por Néstor Gorojovsky

El pueblo venezolano va por su lider y lo repone en el sillon presidencial. Un 17 de octubre habia sucedido en Caracas este 14 de abril del 2002.

«UN SOL SABROSO HACÍA EN TURIAMO»

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Por Néstor Miguel Gorojovsky

 

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13 de abril, primeras horas de la madrugada

  Superando un agotamiento insondable a fuerza de café fuerte y voluntad de acero, estrechos como ranuras los ojos necesitados de un sueño reparador, calma la expresión en su rostro de mestizo llanero, Hugo Chávez, reinstalado en la Presidencia por la movilización masiva de los venezolanos, se presenta ante las cámaras de televisión para rendir homenaje a los héroes de una reconquista del poder que casi no reconoce antecedentes.

 Este movimiento, en efecto, es en primer lugar un 17 de octubre.

 Ese sería el antecedente que más se le asemeja, incluso en los detalles: la masa de la población se lanza a las calles para evitar una conspiración militar contra el coronel cuyas medidas tanto la habían favorecido, y lo restituyen a su sitio. 

Pero es mucho más que eso, es un 17 de octubre de los nuevos tiempos, un 17 de octubre que no sólo recupera al dirigente de masas, sino que expulsa por la cloaca a los agentes directos e indirectos del imperialismo.

 El 10 de abril, Venezuela parecía condenada a un cruel desenlace de la Revolución Bolivariana. Las maquinaciones de la CIA, de los gusanos de Miami, de la burguesía proimperialista, de la gerencia cómplice de PDVSA, de los alumnos ejemplares en la Escuela de las Américas, de los Bush, los Cheney y toda la mafia petrolera habían envenenado la atmósfera política.

 La cadena nacional de mentiras conocida como «libertad de prensa» parecía reinar omnipotente. La solidaridad internacional de las agencias noticiosas y de los propietarios de medios de comunicación cerraba el aire a los partidarios del gobierno.

 La suerte, a estar de los datos conocidos, parecía echada.

 Sin embargo, el 12 de abril, esgrimiendo como única arma su coraje, la gente común de Venezuela arrinconó a todas esas fuerzas, y las lanzó al albañal de la historia.

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 Así es que Chávez regresa a dirigir su país, tal y como lo desea la inmensa mayoría del pueblo de Venezuela.

 Regresa el coronel del pueblo por un acto de fuerza del propio pueblo, y por la reacción flamígera de Fuerzas Armadas que, a diferencia de lo que tenemos en tantos rincones de América Latina, están hoy consustanciadas con ese pueblo.

 Pero no nos engañemos, por más que -comprensiblemente y a la búsqueda de aplacar los ánimos- Chávez haya explicado en su primer discurso tras la reinstalación constitucional que si alguno de sus partidarios estaba armado se desarmara porque se había demostrado que las armas del pueblo eran las armas militares.

 Nos parece que una lectura más serena y menos coyuntural permitirá observar esta declaración como una necesidad de momento, pero no como una verdad apodíctica.

 La chirinada de Fedecámaras y sus aliados, en realidad, demostró que así como existían propietarios de medios de comunicación dispuestos a servir a las cúpulas oligárquicas antes que a la verdad, _también_ existían militares capaces de poner esas armas en contra del pueblo, y que («no imaginé que volvería tan rápido», dijo) aún el mismo Chávez imaginaba una perspectiva de dura lucha contra los facciosos de la rosca petrolero-patronal.

 Es indudable que una de las principales lecciones a extraer de estas jornadas es que en América Latina no basta con las armas patriotas para sostener un gobierno patriota. Es exactamente al revés: para que ese gobierno pueda desarrollar su programa, la masa de la población debe estar en condiciones de presionar a los hombres de armas, recordándoles quién es el depositario de la legitimidad.

 Esto refuerza a los leales, y atemoriza a los desleales. No se puede suponer que la deslealtad venezolana de abril fue un fenómeno casual, o que se la debe atribuir a un «exceso de sectarismo» del gobierno chavista que habría llevado a algunos hombres de armas, equivocadamente, a la idea de que era necesario remover a Chávez para evitar un baño de sangre en Venezuela.

 La cuestión es más compleja.

 En Venezuela, todavía, el enemigo de la patria (digámoslo con sencillez: el imperialismo) controla una parte sustancial de la estructura económica y, por lo tanto, tiene también su propio partido (e incluso tiene varios partidos, desde los conservadores de COPEI hasta los ultraizquierdistas de Bandera Roja). 

En un país con esas características, la lealtad del mando militar no está asegurada por sí misma. 

Se requiere un permanente estado de movilización patriótica de las masas, que actúe esencialmente en los momentos de crisis para asegurar la lealtad de los dubitativos.

 Esto es lo que nos enseña Venezuela en Abril de 2002.

 Tanto la bestialidad de los golpistas como la valentía del pueblo venezolano, así como la gran habilidad política de los chavistas y del propio Hugo Chávez, funcionaron como disuasivo para los que dudaban.

 Los militares antinacionales quedaron aislados, y los militares patriotas pudieron retomar el control de sus unidades con suma rapidez.

 El despliegue contrarrevolucionario, se argumentará, hubiera provocado menos efectos si hubiera sido menos grosero. Pero, ¿hasta dónde era eso posible?

 El sistema maloliente de Punto Fijo había quedado atrás con el Caracazo y su despiadada represión. Al fin de cuentas, el gobierno Chávez también representaba, entre otras cosas, la voluntad del conjunto del pueblo venezolano (chavistas y no chavistas, e incluso parte de los antichavistas) de superar ese período nefasto de su historia, tan nefasto como lo es el Pacto de Olivos en la Argentina. 

Sobre ese período se había dictado sentencia, dejándolo en la memoria del pueblo como la era durante la cual la formalidad democrática venezolana solamente sirvió para garantizar la continuidad de la dictadura económico-social del Imperialismo Globalizador.

 Así es que probablemente Carmona no hubiera podido actuar de un modo demasiado distinto al que eligió.

 Es obvio que la intoxicación creada por su propio sistema de medios obnubiló a los golpistas, y que creyeron en sus propias mentiras al punto de perder noción de su conveniencia política.

 Pero también es obvio que Hugo Chávez no les había dejado demasiadas alternativas.

 En efecto, la decisión de no renunciar a la Presidencia es un gesto de inmensa valentía, inquebrantable confianza en la justicia de su causa, enorme fe racional en el apoyo popular, y audaz prudencia en los métodos. 

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El discurso presidencial de Chávez es revelador de los efectos que esa negativa a renunciar tuvo sobre las Fuerzas Armadas de Venezuela: los mandos gorilas se veían obligarlos a trasladarlo de un punto a otro, porque dondequiera lo depositaban, al enterarse de que no había renunciado la guarnición se ponía a sus órdenes.

 Sin embargo, tampoco debemos descartar los efectos que esa actitud tuvo sobre el sistema mundial de los medios de prensa, efectos francamente devastadores.

 Los medios, en realidad, se alborozaron con la caída del «loco» del Caribe.

 Esto se reflejó en la total ausencia de objetividad con que se transmitió la situación.

 A tal punto fue así, que lo dieron por «renunciado» incluso antes de que hubiera tenido tiempo material de estampar una firma.

 Y no estoy hablando de ese muladar maloliente llamado «prensa argentina «, sino de las cadenas más «prestigiosas» del mundo mediático planetario.

A toda esa basura a sueldo de la camándula imperialista, Chávez, con sólo no firmar, la desnudó públicamente. Allí andan, enrojecida la tez, buscando alguna ropita con que cubrir sus desnudeces.

 Baste un ejemplo:

 Según se confirmó entre el 12 y el 13 de abril, la detención de Chávez se produjo a las 4:30 de la mañana del 11, hora local de Caracas.

 A las 8:31, hora de Londres, BBC Mundo difundía ya el texto completo de la renuncia.

 Entre Londres y Caracas hay 4 horas de diferencia, o sea que la BBC, como integrante de la conjura internacional de la prensa, estaba difundiendo la noticia de la renuncia _ya en el momento en que Chávez estaba viajando hacia el cuartel donde, se supone, iba a renunciar_. 

La dignidad de Chávez, así, desbarató en gran medida los planes del imperialismo y sus títeres en todo el mundo.

Un hombre solo, a veces, puede milagros, si ese hombre se sabe representante de un pueblo dispuesto a tener una vida digna e independiente.

 Negándose a renunciar, al aclarar a sus captores que no se iba a dejar expulsar de Venezuela sin ofrecer resistencia, los colocó ante la necesidad de asesinarlo (arriesgando una guerra civil de resultado impredecible) para seguir adelante con el golpe.

 De este modo, tanto por arriba como por abajo el pueblo venezolano actuó coordinadamente, y de ese modo logró en un día aquello que a los políticos argentinos del montón les parece un imposible: infringir una derrota aplastante al imperialismo y sus socios locales, sin por ello desatar una masacre.

 Al mismo tiempo, Chávez forzó la mano de la escena internacional.

 Ningún gobierno latinoamericano, ni siquiera los más genuflexos, se atrevió a reconocer al nuevo régimen. Su ilegitimidad de origen lo había transformado, por efecto de la digna actitud de Chávez, en un aborto histórico. 

Hasta el gobierno argentino debió indicar, por boca de Duhalde, que estábamos ante un «golpe de estado». Se repitió -también en este plano- la situación que acompañó el ascenso de Perón al poder.

 En ese momento, mientras que, presa de una hidrofobia no muy distinta de la actual, el State Department clamaba por sancionar a la Argentina, todos los gobiernos de América Latina, aún los más reaccionarios, salieron a defendernos.

 «Si a la Argentina le pueden aplicar sanciones, qué queda para nosotros» fue el simple pensamiento inmediato que generó esa unanimidad.

 En abril de 2002 sucedió lo mismo.

 Chávez, los militares patriotas y el pueblo de Venezuela acaban de derrotar al imperialismo no sólo en su propio suelo. 

También lo han derrotado en América Latina en su conjunto. 

Valga como símbolo final de esto el hecho de que, mientras la gerencia gusana de PDVSA aplaudía alborozada su propia decisión de «no enviar una gota más de petróleo a Cuba», el último barco que -antes de la huelga petrolera- abandonaba puerto venezolano cargado de petróleo se dirigía, precisamente, a la Isla de Fidel.

 Durante su discurso de «reasunción» de un mando al que jamás había renunciado, Hugo Chávez relató algunos pequeños hechos ocurridos durante su prisión en la guarnición militar de Turiamo.

 Entre ellos, recordó risueño cuán difícil le resultaba seguir el ritmo de carrera de los comandos que allí se entrenaban.

 Hacía mucho calor.

Chávez lo describió con una divertida frasecita: «Un sol sabroso hacía en Turiamo», dijo en su desacartonado discurso de pueblo victorioso.

 Sí, un sol sabroso hacía en Turiamo: el sol de América Latina que vuelve a brillar, dándonos una lección a todos sobre el poder incontenible de un pueblo cuando se hace dueño de sus propios destinos y decide defender, a toda costa, aquello que tanto sacrificio le ha costado construir. 

Que ese sol sabroso ilumine y unifique a los latinoamericanos.

 

NMG/

N&P: El Correo-e del autor es Nestor Gorojovsky nmgoro@gmail.com