QUERIDO OSCAR LANDI ¡PRESENTE!

Lua Nova

Landi dictó un seminario en la Facultad sobre el humor en Olmedo y recordaba que “Arlt dijo, que prefería ir a un burdel con putas antes que a una cena con intelectuales”

OSCAR LANDI.

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Por Lua Nova

 NAC&POP

06/04/2008

Formado en la tradición existencialista francesa y en las luchas políticas de los 60 y los 70, vivió los peores años de la dictadura de 1976-1983 en San Pablo, donde realizó un doctorado bajo la orientación de Ruth Cardoso, trabajó junto con Francisco Weffort y siempre estuvo muy cercano al CEDEC.

¿En dónde radicaba su originalidad?

 En primer lugar, en una curiosa combinación de rigor conceptual y desprejuicio teórico.

 Era extremadamente riguroso, Oscar, y sorprendía verlo a veces extraer de algún arcón de viejas o nuevas teorías, con la precisión del que conoce el oficio, inspiración para enfocar un problema o ayuda para ajustar la mirada.

 Pero no había en él ningún fetichismo de la teoría ni de la erudición, sino, al contrario, una gran libertad para moverse, con las herramientas que esa erudición le proporcionaba, en el mundo de los problemas de la sociedad, la política y la cultura.

 En segundo lugar, en una enorme autoexigencia intelectual.

 En un enorme compromiso, diría incluso, de no ser porque puedo imaginar la sonrisa irónica de Landi ante esta palabra, usada en general de modo tan estertóreo como autoindulgente.

 Es que el compromiso de Oscar no era un compromiso trascendente, digamos así, con alguna causa más o menos solemne y justificatoria, sino – si se me permite ponerlo de este modo – un compromiso inmanente, un compromiso con las propias reclamaciones de la condición intelectual: la de no dejar escapar los problemas, la de no resolverlos al costo de perderlos como problemas, la de no de no esquivar el bulto.

 Por último, en un modo de hablar y de escribir que tenía la rara virtud de hacerle al otro sentirse parte del razonamiento que en esa misma actividad se iba desenvolviendo.

 Había algo muy interesante en el modo de pensar y de conversar de Oscar. 

Algo de tanteo permanente, de idas y vueltas y de vacilaciones, y un esfuerzo muy grande por tratar de ser preciso.

 Dicen quienes lo conocieron durante sus años de militancia juvenil que era entonces un gran orador.

Puede ser.

 Su prosa hablada (y también escrita) durante los años de su madurez intelectual no era sin embargo la del retórico efectista y convencido, sino la del intelectual que exhibía en la superficie de su propio lenguaje el trabajo de su pensamiento.

 Un pensamiento en acción, entonces; un pensamiento que ensayaba todo el tiempo (eso, y no una opción por un cierto estilo de escritura, es ser un ensayista) y que con generosidad solía involucrar a su interlocutor en ese ensayo.

 Volvió a la Argentina en 1981, ni bien consideró que los militares –estaban guardando los revólveres en la cartuchera, y allí lo sorprendió la guerra de las Malvinas, sobre cuyas consecuencias en la cultura y la política nacionales realizó aportes significativos.

 Acompañó y pensó muy agudamente el proceso de la transición a la democracia y durante dos décadas estudió las nuevas formas de la cultura política en una sociedad caracterizada por la fuerte presencia de los medios masivos de comunicación, y sobre todo de la televisión.

 Siempre se cuidó de incurrir en la fácil simplificación de suponer que los medios podían reemplazar o disolver a la política, y prefirió pensar en cambio las diferentes formas de tensión entre ésta y aquéllos.

Cuando un pacto secreto entre dos notorios políticos argentinos permitió hace diez años la reforma constitucional que habilitó la reelección

como presidente de uno de ellos, Landi observó que el fuerte crecimiento de los medios como organizadores de la escena pública había generado -una especie de ilusión óptica por la cual parecía que no había política por fuera de lo que pasaba en las pantallas, pero que lo que acaba de ocurrir revelaba que las grandes decisiones políticas se gestan siempre en circuitos no mediáticos y que había una especificidad propia del mundo de la política que se trataba de pensar.

 Por supuesto que se trataba, para Landi, de condenar el secreto en la política (tema, entre paréntesis, del último de sus trabajos, escrito poco antes de su muerte y que aparecerá en estos días en la revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA).

 Pero no en nombre del alma bella del comunicólogo ofendido porque las cosas no siempre ocurren en los sets de televisión, sino en nombre de las posibilidades de democratización del espacio público y de ampliación de la ciudadanía.

 Que es finalmente la preocupación dominante que recorre toda la obra de Oscar, publicada en forma de libros, textos académicos y artículos periodísticos que, considerados retrospectivamente y en conjunto, constituyen un verdadero modelo de intervención intelectual en el campo de los debates públicos.

Deberemos volver una y otra vez sobre esta obra, sin duda una de las más originales y relevantes del pensamiento político argentino del último cuarto de siglo, y de la que aquí sólo hemos alcanzado a ofrecer una idea por completo insuficiente.

Habría que haber dicho algo, también, sobre los trabajos de Landi acerca de los consumos culturales de los argentinos, sobre sus aportes al análisis del discurso político y su contribución a la renovación política e intelectual del peronismo.

 Y habrá que seguir ocupándose de todas estas cosas, sin duda, en el futuro.

Mientras tanto, mientras lo seguimos leyendo y seguimos aprendiendo de sus textos, sirvan siquiera estas rápidas notas como evocación y como homenaje.

NOTA DE LA NAC&POP: Landi observó cómo –desde la pasada década del ‘90, la colonización de la política por la economía se hizo determinante, y señaló que –la salida de la crisis debe contener la reconstitución de las bases de legitimidad popular de los gobiernos en la democracia. MARTIN GARCIA / NAC&POP martincho_2000@yahoo.com