MALVINAS DEBE ENSEÑARSE EN LA ESCUELA

Senadora Teresita Quintela

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Los hombres de Malvinas surgieron de la nada, sin aviso. Fueron catapultados a la Historia por una paradoja. Les tocó defender una causa nacional profundamente ligada a la identidad argentina.

MALVINAS DEBE ENSEÑARSE EN LA ESCUELA

Por Teresita Quintela 


Más de un cuarto de siglo nos separa de aquel 2 de abril de 1982, cuando el triunfo de la Operación Rosario permitió a nuestras tropas tomar Puerto Argentino, dando inicio a la Guerra de las Malvinas.

 

Y en verdad, mucha agua ha corrido bajo el puente de la historia desde entonces.

 

Hoy,  de pie ante un escenario mundial en vertiginoso proceso de cambio,  conmemoramos esta fecha con profundos sentimientos encontrados.

 Ante todo, no debemos escatimar entusiasmo para honrar a nuestros soldados caídos en combate. Ese conjunto de cruces blancas bajo el cual descansan nuestros hombres en el yermo helado de las islas, representa un sello recordatorio y una advertencia al país invasor y a sus aliados internacionales, y un compromiso eterno para nosotros, sus compatriotas.     Con su sacrificio, los argentinos caídos en Malvinas  dotaron al país de una poderosa voz propia y del derecho indiscutible a hacerla oír en todo el mundo. Ellos, los que encontraron su última morada en los confines australes, nos probaron también de un modo sorprendente que la Argentina guardaba en su seno una fuerza que nadie en el mundo había previsto, ni siquiera nosotros mismos.    Los hombres de Malvinas surgieron de la nada, sin aviso. Fueron catapultados a la Historia por una paradoja. Les tocó defender una causa nacional profundamente ligada a la identidad argentina, en un marco de oscuros designios políticos por parte del régimen militar que se derrumbaba.       Ellos, los soldados de Malvinas, aparecieron íntegros, firmes, como si se hubieran preparado desde siempre. Muchos de ellos venían de provincias lejanas y de hogares sencillos y pacíficos. Las cartas que enviaban a sus casas desde el frente transmitían pura y simplemente amor y coraje. No se permitieron ninguna vacilación, ninguna cobardía.  Estos hombres nuestros dieron una guerra, no un simulacro eufemístico para los medios de comunicación. Una guerra real, contra un enemigo mucho más poderoso, cruel, y experimentado, que además no actuaba solo. Vaya si dieron guerra nuestros argies. De pronto, el rutinario contraataque británico, destinado a restaurar el orden de las pequeñas colonias australes, se enfrentó a un factor imprevisto.  Sin previa experiencia bélica, con armamento en ocasiones defectuoso, sin satélites amigos, las fuerzas argentinas combatieron con la valentía inocente del que defiende lo que es suyo.  Esa energía inesperada barrió como una ola gigante todos los temores y dolores sociales y consiguió un milagro.  Durante dos meses y doce días, los argentinos vivimos la experiencia de compartir una identidad como Nación. De pronto tuvimos veteranos de guerra, una épica propia, una gesta nacional, una historia para poder contar en voz alta a nuestros hijos. Y resultó demasiado.  Hay que decirlo con todas las letras. No supimos entonces, y mucho menos en los años que siguieron, estar a la altura de la Guerra de Malvinas. En cuanto a nuestros veteranos de guerra, se debe señalar que luego de haber sobrevivido al aquelarre de bombas, misiles, gurkhas, británicos, kelpers, metralla, nieve, muerte y derrota -no por honrosa menos traumática- se enfrentaron a algo peor: el regreso al continente. Un año después, cuando los argentinos recuperábamos las libertades y responsabilidades del sistema democrático, una campaña de propaganda de una magnitud hasta entonces desconocida, se lanzó a efectos de desmalvinizar nuestro país, para desconcierto de las hermanas naciones de nuestra América que apoyaban el reclamo argentino.  Los argentinos fuimos implacablemente  impulsados a manifestar vergüenza y arrepentimiento por la guerra, juzgada como un brote de locura nacional que nos había arrastrado a la ruina y al descrédito.  El profundo cambio en la conciencia colectiva que se había operado cuando nuestra identidad como nación fue puesta a prueba en el campo de batalla, se relegó a las profundidades del inconsciente. Olvidamos, reprimimos, borramos. Las Malvinas no nos interesaban más.  Estaban demasiado lejos, eran demasiado pequeñas, demasiado frías.  Con tan enormes y fértiles praderas continentales ¿porqué habíamos de reclamar aquellos puntos diminutos sobre nuestra plataforma continental, que además sufrían tan inhóspito clima?   La guerra había sido un mero accidente motivado por el alcoholismo del militar de turno.  Los hombres de Malvinas se convirtieron en “los chicos”, y su misión fue despojada de significado, cubierta de falsa conmiseración, desestimada como una jugarreta sardónica, una trampa para bobos. La conmemoración del 2 de abril fue reemplazada. Se recordaba la guerra el 10 de junio, día de la derrota. Visto en perspectiva, resulta sorprendentemente claro el modo en que se preparaba a la opinión pública para renegar definitivamente del principio de la soberanía territorial.  Al fin -parecían decirnos desde las misteriosas usinas desmalvinizadoras- si el país ha prescindido hasta ahora de la integridad del territorio, qué nuevo capricho es éste, porqué habríamos de renunciar a la eficacia de nuestra institutriz inglesa, que cuida estoicamente aquel páramo tan poco interesante. Y así, también resulta claro cómo fue que llegaron los fatales años noventa, y la capitulación basada en la festiva y tan británica figura del paraguas, ocurrida en el marco histórico de la entrega total e indiscriminada de nuestros bienes nacionales.  Porqué en los primeros veinte años de la recuperación democrática los argentinos fuimos renunciando progresivamente a todos nuestros bienes materiales y espirituales hasta alcanzar la quiebra económica y la destrucción de nuestros valores, es un misterio que excede los alcances de estos modestos fundamentos. Lo que no habría que olvidar es que, en esta recurrente historia nuestra de división y odio entre argentinos, Malvinas representa la única causa nacional que puede lograr el milagro de la aglutinación, de juntar tanta estéril brillantez individual en un haz lo bastante fuerte como para lograr que Argentina florezca en  una sola, indivisa y soberana Nación. En este sentido, la nueva Ley Nacional de Educación, en su artículo 92, inciso b, remite a la primera cláusula provisoria de la Constitución Nacional cuando establece que la causa de la recuperación de nuestras islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, formará parte de los contenidos curriculares comunes a todas las jurisdicciones educativas del país.  Esto representa un paso importantísimo en la recuperación de la dignidad y verdad históricas, sin las cuales difícilmente podamos acceder a nuestra unidad territorial.  Nuestros chicos tienen hoy la posibilidad de informarse sobre un hecho crucial de nuestra historia reciente por transmisión oral de la gente que combatió en la guerra, la que realmente escribió esa historia, a menudo con su propia sangre.  Solicitamos, entonces,  que se implemente sin demora esta disposición nacional, porque el tiempo marcha en un solo sentido y a veces arrasa con nuestras mejores intenciones.  Los jóvenes de nuestros días, a diferencia de los adultos, son buenos receptores de la historia de la guerra del Atlántico Sur y es probable que, si nos tomamos el trabajo de informarlos, puedan convertirla en un mito que de veras funcione. Cada vez que reprimimos, recortamos o manipulamos un hecho histórico, lo único que logramos es restar siglos a nuestra cultura.  Los argentinos sufrimos en carne propia la mutilación de nuestra historia temprana, plagada de eufemismos y silencios destinados a evitar el penoso relato del despojo y la exterminación de nuestros pueblos originarios. Lo reprimido vuelve, según las ciencias que observan la conducta humana. Un siglo después de que los flamantes Rémingtons del ejército argentino pusieran en sus miras los pobres ranchos de nuestros indios en nombre de la civilización, sucedió un desastre mucho más complejo en la Argentina.  Los militares se creyeron llamados a diezmar a una generación para impedir que sus ideas fueran puestas en práctica.  Sin embargo, los actores que urdieron desde la sombra la trama de la historia argentina de la década del setenta difícilmente sean nombrados en los libros de historia. A menos que aprendamos a llamar a las cosas por su nombre, estaremos condenados a la repetición.  Hoy, frente a los grandes cambios geopolíticos del nuevo milenio,  tenemos una oportunidad de repensar la Guerra de Malvinas y darle el lugar que le corresponde en nuestra historia.  Lejos de esos raros espectáculos mediáticos tan en boga hoy en día, donde tropas armadas hasta los dientes combaten con gran derroche de armamentos a un enemigo invisible -una abstracta fuerza del mal que parece morar en otra dimensión-  no olvidemos contarle a nuestros hijos que Malvinas sí que fue una guerra, legítima y heroica, donde muchos argentinos pusieron el cuerpo, el alma y la vida por una buena razón. Si fuera necesario dimensionar esta buena razón que costó la vida a  más de seiscientos cuarenta y nueve compatriotas, tal vez ayude compararla con la muerte absurda, en épocas recientes, de ciento ochenta y cuatro jóvenes argentinos, ocurrida en pocos minutos, por pura diversión, en un antro nocturno convertido en cámara de gas.  Gracias al sello de cruces blancas sobre la superficie de las islas australes, la Guerra de Malvinas continúa y continuará por otros medios,  políticos y diplomáticos, hasta la victoria.  Por supuesto, nunca debiera resultar necesario legitimar con sangre un reclamo tan elemental y justo como el nuestro.  Pero tal como sucedieron las cosas, se hace imprescindible reconocer: nobleza obliga.  Aquel sello blanco  es, literalmente,  parte de todos nosotros, y tendríamos que violentar mucho nuestros valores para no reconocerlo así.  TQ/ N&P: El Correo-e de la autora es Teresita Quintela teresita.quintela@senado.gov.ar *Teresita Quintela es Senadora de la Nacion por la Provincia de La Rioja.